Los recados criollos

La montura del caballo también supo cobijar el sueño del gaucho durante los altos en la huella. Un nuevo libro y una exposición cuentan la historia de estas nobles prendas
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29 de octubre de 2000  

"Recorrer estancias, puestos de campo, depósitos de museos, talleres artesanales y colecciones particulares ha sido para nosotros una cantera mágica de datos precisos, de interrogantes movilizadores y por sobre todo, de goce espiritual. De este modo logramos encontrarnos frente a muchas de las manifestaciones más acabadas que se conservan de dicho acervo (el nacional), lo que nos abrió nuevas perspectivas en la búsqueda de conocimientos e información sobre las tradiciones criollas." Esta confidencia de Roberto Vega y José M. Eguiguren Molina aparece en el prólogo del libro El apero criollo, arte y tradición, cuya edición dirigieron y forma parte de una gran exposición del mismo nombre, que funcionará hasta el 5 de noviembre en el Museo Nacional de Arte Decorativo.

Los editores han continuado por la huella de investigación y divulgación del tema, que ya abrieron figuras como Justo P. Sáenz (h.), Martiniano Leguizamón, Roberto Cuinninghame Graham, Tito Saubidet, Fernando Assunçao y Paladino Giménez. Los 15 capítulos del libro, que incluyen finalmente un Vocabulario del apero criollo, estuvieron a cargo de otros tantos especialistas en temas como la evolución del recado porteño desde el lomillo hasta el basto, o el apero cordobés, o el patagónico, o las matras y ponchos pampa, o el apero en las Américas, por citar algunos. El material fotográfico es formidable por su calidad y abundancia, y resulta de gran variedad y amenidad todo cuanto se dice acerca de esta cama del gaucho que es el recado criollo, con lo cual el interés del asunto alcanza un nivel general.

El apero argentino, que tanta historia tiene, adquiere, cuando se convierte en lecho, el carácter de casa ambulante, casi de hogar si es posible imaginar al arriero que duerme bajo las estrellas, metido en la tibieza de los aperos y con sus añoranzas y esperanzas como el patrimonio que se lleva consigo al camino.

En esa cama, y según lo dice en el libro Carlos A. Moncaut, no hay humedad ni frío nocturnos que afecten al durmiente. Este habrá tendido su cama gaucha disponiendo contra el suelo pelado la carona de cuero de vaca, y luego, sobre ella, las caronillas y los mullidos pellones que sostendrán cómodamente su cuerpo.

Se abrigará con el poncho, pero, además, con un cuero de carnero que lleva como sobrepuesto entre las demás piezas de su recado. Si acaso la región es cálida, se cubrirá con un sobrepuesto de carpincho, más fresco que el de carnero. Reconoce Moncaut que para el caso nada superaría la liviandad del de "perico ligero", aunque es "muy caro y sólo se lo consigue en Salta".

Aclara que podría haber mencionado al sobrepuesto de cabra, pero que prefiere no ocuparse de él "porque dicen los paisanos que produce hemorroides", cuando es parte del recado en funciones específicas. En la cabecera pondrá la montura propiamente dicha. Allí el gaucho apoya la cabeza, los pensamientos y por último los sueños.

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