
Los recuerdos del GUARDAESPALDAS DE PERON
Militar y convencido peronista, Andrés López estuvo a cargo de la seguridad del caudillo justicialista en tiempos duros: durante su segundo gobierno y en su exilio en Venezuela. El hombre que devolvió al general sus famosos perritos cuenta por primera vez sus anécdotas
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Los ojos claros, la mirada penetrante, el gesto erguido típico del militar de carrera, delatan, junto a la pasión con que se refiere al pasado, a un hombre de acción. Locuaz, de sonrisa amplia y gardeliana (peroniana, le gustaría aclarar a él), su memoria, que funciona como un disparador, convierte al suboficial mayor (R) Andrés López en un testigo preferencial del período de la segunda presidencia peronista.
Nacido el 17 de julio de 1923, en "el conventillo más grande de Buenos Aires", ubicado en Cochabamba 2335, barrio de San Cristóbal, López, que fue custodio del general Perón entre 1951 y 1955, en tiempos peculiarmente difíciles, acompañó después al caudillo en su exilio venezolano.
En su doble condición, de custodio y fervoroso simpatizante peronista, a los 75 años constituye una fuente inapreciable para conocer los entretelones de un controvertido período de la historia argentina.
Uno de seis hermanos criados por padres españoles, conoció la pobreza y trabajó desde muy chico como lustrabotas y canillita, y también vivió la difícil vida de los conventillos, con sus baños lejanos y, en las noches, el penetrante frío que hasta hoy no se ha podido sacudir del todo.
El 4 junio de 1943 le tocó participar en un hecho crucial de la revolución triunfante esa jornada: el tiroteo frente a la Escuela de Mecánica de la Armada. Recuerda: "El 3 de junio, a las 11 de la noche, nos ordenaron alistarnos para AOP (Alteración Orden Público), con munición de guerra y todo. A la una de la mañana nos levantaron y rompimos la marcha hacia la ciudad de Buenos Aires. Yo era aspirante de 2º año de la Escuela de Suboficiales. Me acuerdo que marchamos encolumnados por la ruta 8, que en aquel tiempo tenía poco tránsito, casi ninguno. Al llegar a la avenida General Paz, le rendimos honores al general Rawson, que era el jefe de la revolución. A las 11 de la mañana, nuestra compañía (que iba a ser la más castigada en muertos y heridos) ocupó el frente de la Escuela de Mecánica de la Armada. Cuando se produce el tiroteo en el lugar, nos ordenaron cubierta completa, y nos acomodamos como pudimos. Hasta el cordón de la vereda servía de protección. Yo en un momento me levanté y avancé corriendo. De pronto, estalló un proyectil de mortero que venía de la General Paz (disparado por los nuestros). Al caer sobre la verja de la Escuela mató a varios. A mí, durante la marcha, me alcanzó una esquirla de mortero y me abrió toda la mano derecha. Justo cuando iba a refugiarme en un negocio, una ferretería, siento un golpe en la pierna, me habían dado un tiro ahí, también."
Los regalos de Eva
Terminado el enfrentamiento, que fue breve pero intenso, hubo que levantar a los muertos y los heridos. A López le tocó ser atendido en la Escuela de Mecánica, en donde, por casualidad, revistaba su hermano, que terminó ayudando a sostenerle la mano mientras se la cosían. De allí, lo llevarían al hospital Pirovano, y posteriomente, al Hospital Militar. En este último sitio, compartió la habitación con un cabo, pero de la Marina, un eventual oponente durante el tiroteo, que también yacía herido por una esquirla.
Convalecer en el Hospital Militar fue para López una desgracia, pero también una suerte. Allí tendría la oportunidad de conocer personalmente al coronel Perón, que llegó a visitar a los heridos acompañando al general Edelmiro J. Farrell y su ayudante de campo, el mayor Perrotta. "Se pararon frente a mi cama como lo hicieron en todas. Perón me extendió la mano diciéndome la del corazón (porque la derecha yo la tenía herida). Farrell, que era muy gracioso, haciendo un gesto con los dedos de su mano me dijo: Qué cuiqui ese día... Lo repetía con todos los heridos." López recibió una medalla de plata.
Convertido en fervoroso peronista, volvió a encontrarse con Perón el 10 de octubre de 1945 en su departamento de la calle Posadas, y posteriormente, en 1951, terminó por hacerse cargo de la custodia presidencial. El suboficial, que además era un estupendo andinista, prestó servicios en el III Regimiento de Montaña de Uspallata, Mendoza.
De Eva Perón recuerda que "era increíblemente laburadora. No paraba en todo el día. Terminaba siempre cenando (o almorzando, ya no sé) a las tres o cuatro de la mañana. En la intimidad trataba a Perón de determinada manera, le decía Juan, pero cuando había gente presente siempre lo llamaba general o señor presidente. Tenía una generosidad inmensa. Recuerdo que en una oportunidad le había regalado un departamento a una familia muy humilde. Entonces le preguntó a la esposa qué muebles iban a llevar y si los tenían de hace mucho tiempo. La mujer le respondió que desde que se habían casado, cuarenta años atrás. Eva, entonces, dijo: Pero cómo van a inaugurar un departamento con muebles viejos. Renzi (por Atilio, su colaborador), mándeles los muebles".
"¿Cómo iba a matar a Juan?"
López afirma, además, que Perón quería mucho al hermano de Eva, a Juan Duarte, y se niega a creer, aún hoy, que el gobierno peronista haya tenido algo que ver con su muerte. Para él, fue un suicidio.
"¿Cómo lo iba a matar? -se pregunta-, si Perón lo quería muchísimo, le decía Juancito y pocos días antes de su muerte, incluso, le había regalado un auto, un Packard negro. Juan era un tipo simpático, muy mujeriego, de salir con estrellas de cine. Evita la quería mucho a Fanny Navarro, que era casi la novia oficial de Juancito, y que iba a la residencia a visitarlo. Era un tipo de la noche, muy gaucho, que dejó bien parados a todos sus amigos."
Fervoroso peronista, las tareas de custodio presidencial realizadas por Andrés López se combinaron con su habilidad å de escalador de montañas, y entre enero y febrero de 1954 participó en una curiosa expedición que subió al Aconcagua para colocar en su cima sendos bustos de Juan Domingo Perón y de Eva Perón.
Esos bustos serían retirados del lugar por otra expedición igualmente curiosa, especialmente enviada en 1956, cuando ya había caído el régimen peronista.
Las bombas de junio
Como custodio presidencial López tuvo que vivir graves momentos, como la dramática jornada del 16 de junio de 1955. Durante ese intento de tumbar a Perón él estaba a cargo del destacamento militar de la residencia presidencial, en ese entonces el palacio Alzaga-Unzué, de Libertador y Salguero. Recibió la orden de abandonar la residencia porque se suponía que iba a ser atacada. Se negó a hacerlo, afirmando que iba a defenderla como si estuviera en ella el mismo Perón. En plan de guerra, dispuso gente y armas en la terraza alta del chalet.
"La residencia -narra- fue bombardeada por tres aviones en diferentes tiempos. Por suerte no hubo víctimas en el edificio, pero sí rotura total de vidrios en toda la zona lindera, además de víctimas y destrucción de propiedades en Gelly y Obes. La primera bomba hizo un profundo agujero en la vereda, pero sin explotar. De otra manera, no lo estaría contando, porque era de gran capacidad y hubiera hecho volar parte de la residencia. La segunda cayó sobre la escalinata y mató a una sirvienta que estaba en un balconcito y a un barrendero. Nosotros les tirábamos con todo, con nuestras ametralladoras y fusiles-ametralladoras, y los obligamos a cambiar algo la trayectoria de tiro. Esto fue bueno para la residencia que defendíamos, pero no tanto para los edificios vecinos, porque los pilotos estaban muy presionados y arrojaban sus bombas en cualquier lugar. Otra de ellas, por ejemplo, destruyó dos casas en Las Heras y Pueyrredón, y otra más, todavía, que cayó en una carnicería, mató a un pibe y a otro barrendero."
Como recompensa por esta defensa de la residencia presidencial, Perón le hizo un regalo personal: una moto roja. El conserva hasta hoy el documento de la cesión del vehículo, firmado por el entonces presidente. López atribuye la caída de Perón, en septiembre, a la debilidad y traición de muchos jefes, tanto militares como civiles, en los que el caudillo justicialista, en su opinión, no debió haber confiado nunca.
Una bomba chiquita
Andrés López participó, tras la Revolución Libertadora, en todos los actos de la resistencia peronista que, en sus palabras, empezó en el momento mismo del derrocamiento de Perón. "Participé en ella -afirma- junto al suboficial mayor (R) Francisco José García, el amigo de toda la vida. Lo digo con orgullo, porque nadie salió lastimado, pero creo que la primera bomba que estalló tras la Libertadora, en el 56, la puse yo. Era de estruendo, y la había sacado del regimiento. La hice estallar en el mástil de la plaza de Salguero y Charcas. Yo tenía un Ford 35. Nos paramos a 50 metros, pusimos la bomba y salimos volando. La hicimos con una mecha larga para darnos tiempo a escapar. Una bombita así no hacía más que ruido, era de las que usábamos en el Ejército para ejercicios. Cuando empezamos con el asunto de la resistencia, andábamos en todas, viajábamos al interior y tomábamos contacto con otros camaradas, con mando o sin él. Así se fue gestando la revolución del sábado 9 de junio de 1956." López había preparado con cuidado a su unidad, la 6a compañía del Regimiento Motorizado de Buenos Aires, para ese fracasado intento revolucionario. Una semana antes, apretó más que de costumbre a sus hombres, para mostrar a sus jefes que la compañía andaba mal, que necesitaba más disciplina y ejercicio. Con ese pretexto, buscaba negarle la salida de fin de semana y tenerla así lista y bajo sus órdenes el día esperado de la sublevación, cosa que finalmente logró.
Tras el fracaso del movimiento de junio del 56, junto a otros siete implicados buscó refugio en la casa del embajador de Haití, Jean Brierre, que ya había brindado asilo a dirigentes peronistas tras la revolución del 55. Según recuerda, el embajador mismo fue a buscar al general Raúl Demetrio Tanco y lo trajo en su coche para evitar que le pasara algo en el trayecto. El grupo de asilados, entre los que se encontraba López, debió pasar todavía un momento muy difícil, cuando una partida de oficiales de civil los retiró, a punta de pistola, de la residencia del embajador, llevándolos a una unidad militar donde los interrogaron.
Los perritos bandidos
El diplomático haitiano logró, sin embargo, rescatarlos de allí. "Así fuimos saliendo, en columna de uno, y el embajador nos dijo que íbamos a utilizar dos coches. El problema era que las autoridades militares le señalaron que sólo su coche personal tendría inmunidad diplomática, así que todos los asilados se tenían que acomodar como pudieran en él. Yo fui el último en subir al auto, ya no había más lugar, así que le dije a Tanco: Permiso, mi general, y me senté en sus rodillas."
El embajador Brierre hizo todavía un favor más a los refugiados: se llevó los caniches preferidos de Perón, Canela y Picha (los "perritos bandidos"), con los que el caudillo justicialista se encontraría en su exilio venezolano.
"Cuando los llevamos al fin al departamento del general en Caracas, le abrimos la puerta un poquito y largamos a los perritos. Le caían los lagrimones al Viejo, pero los desgraciados no le llevaron el apunte, porque se habían acostumbrado a mí, que los cuidé por mucho tiempo, y se venían conmigo. Después, el general los mandó a pelar, a peinar, y los dos terminaron muriendo en España años después. Uno era blanco y canela, y el otro, negro."
Operativo Retorno
En diciembre de 1964 fue el fallido intento de que Perón retornase a la Argentina. López tiene algo que decir al respecto: "Quisimos tomar parte en el Operativo Retorno, pero no pudimos, por injerencia de algunos sindicalistas. Le ofrecí a Perón la seguridad, con los suboficiales, para cuando decidiera regresar. Me trajo la contestación mi amigo Andrés Framini. Conforme con el ofrecimiento, el general me mandaba a tomar contacto con Delia Parodi, que tenía instrucciones, y ella me mandó a hablar con Armando Cabo, que pretendía que los suboficiales peronistas nos
subordináramos a él, ya que decía disponer de todos los medios para la misión. Yo le informé por carta al general (carta que llevó John William Cooke) que no estaba de acuerdo con lo resuelto por Cabo. El general no me contestó, porque inmediatamente se realizó el Operativo Retorno, que fue un fracaso total, y que de haberse concretado, el general hubiera arribado sin ningún tipo de seguridad y riesgo verdadero para su vida. Los sindicalistas que tenían que organizar las cosas se habían ido a Montevideo, para la foto con el general, y dejaron todo en banda. Fue un fiasco".
No todos los recuerdos del peronismo son positivos para López. Nunca fue demasiado buena su relación con Isabel Perón, a la que sin embargo acompañó en su gira por la Argentina de fines de 1965, destinada a liquidar el poder del vandorismo. Tal vez en este distanciamiento con la nueva esposa de Perón se puede explicar que no acompañara a éste en su regreso definitivo al país.
López Rega
Menos grata aún es la imagen que guarda de otro personaje del peronismo de los años 70, José López Rega. "A López Rega -dice- lo conocí cuando era agente de policía. Cubría la seguridad de la entrada de Agüero 2502. Fue una figura que le hizo mucho daño a Perón, al peronismo y al país. Fue nefasto. Perón se dio cuenta de su juego al final, pero no tuvo tiempo de deshacerse de él. Claro que contaba con la colaboración de Isabelita, que era su aliada. Los motivos habría que averiguarlos."
El custodio considera que fue inevitable el derrocamiento del gobierno justicialista en marzo de 1976. "Hasta yo, peronista de la primera hora -señala-, lo deseaba. No se podía seguir viviendo con tanta inseguridad y tanta anarquía, provocada tanto por los dirigentes gremiales como por la guerrilla. En marzo del 76 estábamos al borde del caos, o ya en el caos mismo." López se fue acercando, afectivamente por lo menos, a los grupos militares carapintadas. Para que no queden dudas de su perfil, es preciso destacar que respeta al coronel Seineldín. Del menemismo no tiene mucho bueno que decir: "Menem no es peronista. Si lo fuera, hubiera tratado de superar la obra de Perón, y no de retrotraer con su política al país y a su pueblo a una situación anterior a la de Perón".
Amarguras y desilusiones políticas de lado, el viejo militante no puede olvidar, sin embargo, la última ocasión en que estuvo con Perón. "Lo vi un mes antes de morir. Lo encontré el 25 de mayo de 1974 en la Casa de Gobierno, durante el saludo al cuerpo diplomático. Lo vi bien y le pedí que cuidara su salud, que lo necesitábamos bien. Y... se murió el Viejo, el 1º de julio. Pero está vivo, ¿vio?"
El Perón cotidiano
"Perón era un tipo macanudísimo -afirma López- y muy preocupado por su gente, especialmente por quienes estaban a su alrededor para cuidarle la vida. En la residencia presidencial venía caminando del chalet hasta el garaje, se encontraba con uno de los soldados del destacamento de custodia, le ponía la mano en el hombro, sacaba un cigarrillo, lo convidaba y se iba caminando con él.
"La locura de Perón -agrega- eran los coches. Cuando le regalaban un auto se ponía como chico con juguete nuevo. Enseguida empezaban a llegar a la residencia personalidades, generales o ministros para verlo. Era muy buen conductor, y sólo sacaba sus autos si el día estaba radiante. Si el día era feo o lluvioso, su coche no se mojaba, pedía en cambio uno de la policía y salía en él. Como manejaba bien y el garaje era amplio, no necesitaba en realidad ayuda para entrarlo marcha atrás. Sin embargo, solía pedirle a algún soldado que lo guiara en la operación, algo completamente innecesario. Una vez le pregunté por qué lo hacía y me dijo: ¿Sabe una cosa, López? Este soldado no se olvida más, y no solamente no se olvida más, sino que lo comenta por todos lados."
También lo entusiasmaba el fútbol. López lo vio gritar con delirio el famoso gol de Grillo a los ingleses, ocasión en la que Perón rubricó sus festejos saltando como un desmelenado.
En contradicción a lo que piensa y ha escrito mucha gente, las simpatías futbolísticas de Perón -en la opinión de López- no se inclinaban hacia el Racing Club. "Lo de que era de Racing prendió entre la gente, pero fue en realidad un invento de Ramón Cereijo. Perón era de Boca. Mil veces, cuando le preguntaban si era de algún otro cuadro, lo he oído contestar: No, de Boca." A Perón le gustaban todos los deportes, pero indudablemente el que más lo atraía era el boxeo. "Todas las noches veíamos por TV transmisiones de boxeo. En el exilio también, en Venezuela. A Perón le gustaba sacarse fotos con los boxeadores. A Gatica lo quería por su forma de ser. Era un payasón, le causaba mucha gracia. A Pascualito Pérez, en cambio, lo apreciaba por su humildad. A Goyo Peralta, que era un señor, lo trató mucho en España, también."
En realidad, señala su custodio, a Perón le encantaban los entretenimientos populares, le gustaba mucho el tango, pero lo prefería en su versión bien tradicional, sin cambios en la letra ni en la orquestación de los temas. Silbaba y tarareaba los tangos con ganas. "Una vez lo vi bailar el tango. No era el Cachafaz, pero se defendía."
Según rememora su custodio, Perón era muy frugal en las comidas. "Comía de todo lo que le ponían, como buen milico. Se cuidaba, eso sí, y no le gustaba nada tener pancita. El se hacía el té, se cebaba y tomaba mate, pero no convidaba. Le gustaba cocinar, era un buen cocinero, se ponía un delantal y todo. El vino le hacía mal, se mareaba en seguida. Con las comidas tomaba soda, y con la parte posterior del cuchillo la revolvía quitándole la efervescencia. Fumaba en una forma muy particular. Agarraba un cigarrillo y lo encendía, y se pasaba el rato cambiándolo de mano, dando una pitada de vez en cuando y dejando que se convirtiera en pura ceniza. Fumaba de todo, negros, rubios, lo que viniera, hasta de los que venían en cajas de contrabando."
Dice López que el caudillo justicialista no era mal hablado y que no tuteaba a nadie. Se refería a todos como usted o hijo. "Una tarde, durante el exilio venezolano, salimos a caminar por Caracas. Pasó una rubia espectacular y yo le dije piropos en voz alta. Perón se rió y me dijo: López, a las mujeres no hay que valorarles el continente, sino el contenido. Era fanático de la puntualidad y se acostaba temprano, a las diez de la noche. A las cinco de la mañana ya estaba despierto. La siesta era sagrada para él. Siendo presidente le podían decir: el Papa lo está esperando y el tipo seguía durmiento su hora u hora y media de siesta."
Andrés López recuerda que Perón amaba a los animales. Al respecto, señala: "El general tenía, saliendo del chalet de la residencia, y en camino hacia la cochera, una jaula grandísima donde había papagayos y todo tipo de pájaros. Uno de los papagayos cantaba la marcha peronista que daba calambre. El general se lo ponía en el brazo y le empezaba a silbar el comienzo de la marchita, y el bicho entraba a cantarla. Cuando Evita estaba muy enferma, y se escuchaba algún murmullo abajo, el mismo papagayo, desde la ventana, mandaba callar. Un día, Aloé quiso imitar a Perón, se lo puso en el brazo y le empezó a silbar la marcha, pero el loro le tiró un picotazo en la cara. Fue todo un espectáculo".
En otra ocasión, Perón recibió como obsequio un puma de Santiago del Estero. Para el espanto de su allegados, se introdujo en la jaula del felino y terminó jugueteando con él. Cuando salió de la jaula, Perón les dijo a quienes lo rodeaban: "¿Vieron que el animal es salvaje, pero ataca sólo cuando tiene hambre? Este está bien comido".
El líder peronista, según su custodio, era bastante austero en el exilio, y en sus últimos años su ropero parecía el de un cadete del Colegio Militar. "Si uno le decía al general: qué linda esa corbata que tiene, él se la sacaba y la regalaba."
Sobre los supuestos hijos de Perón que han proliferado en los medios en los últimos tiempos, López tiene una opinión definida: "A la que se dice hija de Perón yo nunca la vi en la residencia. Las únicas mujeres que venían eran las hermanas de Evita, y en una sola oportunidad, la madre de Perón, a la que pude conocer entonces. El hermano de Perón, Mario, también lo visitaba, como sus sobrinos (dos varones y dos mujeres). Cuando cayó el peronismo, al general le inventaron hijos en todas partes, incluso durante su estada en Italia. Perón nunca tuvo hijos. Yo tuve la suerte de leer, sin expurgaciones, el legajo personal de Perón, y ahí no figuraba ningún hijo".
A Perón le encantaba conversar, y tenía un estilo característico al hacerlo. "El general estaba hablando de un tema específico con un grupo de personas, y de pronto largaba una anécdota de la Segunda Guerra Mundial que no tenía nada que ver con el tema de la charla. Siempre traía a colación anécdotas y cuentos, y a la gente le encantaba oírlo, lo escuchaban por horas. Un día, recuerdo, ya en el exilio, que entre dirigentes del peronismo se estaban mencionando cursos de acción contra el gobierno militar, todos arriesgados, y los compañeros no se ponían de acuerdo, por peligrosos, con ninguno. Perón los interrumpió y les dijo: ¿Me permiten, señores? No conozco ningún cagón al que le hayan levantado un monumento."
Andrés López recuerda que lo que más gracia le daba era observar cómo "todos los que despotricaban contra Perón sin conocerlo, con sólo cambiar algunas palabras con él salían convertidos en admiradores, y a veces, con una edición de La razón de mi vida, autografiada, bajo el brazo. Siempre tenía a mano ejemplares del libro de Eva Perón para regalar. El general una vez me dijo: ¿Sabe cuál es mi peor defecto, López? Hablo y convenzo..."
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