
Tras un minucioso trabajo de investigación, el periodista Pablo S. Alonso compiló en La música de Sandro la historia detrás de todas y cada una de las grabaciones que el Gitano realizó entre 1963 y 1979.
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Por Gustavo Grazioli
Al parecer hay trabajos que no se agotan fácilmente en el mero acto de la obsesión por llevar al centro de la escena una investigación que tenga que ver con figuras centrales de la cultura popular. No todo parece quedar regado a la simple alabanza de ese ídolo ni tampoco significa que se mueva hacia una sacralización. En este caso, siguiendo con esta idea de ídolo popular, hacemos hincapié en un libro de salida reciente que analiza netamente las composiciones musicales de Roberto Sánchez. Se trata de La música de Sandro (Gourmet Musical, 2016) de Pablo Alonso. Esta minuciosa investigación pone por delante de todo su carrera musical y deja atrás cualquier clase de construcción que tenga que ver con amoríos, chismes irregulares y demás. Todo el anecdotario que se puede leer va a estar delimitado por historias propias que pudieron haber transcurrido dentro del estudio de grabación o en un show. Tanto es así que para empezar a desandar las 700 páginas de las que se nutre esta obra, lo primero que uno se encuentra tiene que ver con una introducción del mismo autor, que le da un marco y hasta caracteriza la lectura, delimitando el período estudiado e investigado. Y se aclara, entonces, que el glorioso derrotero del libro está comprendido entre los años 1963 y 1979.
La música de Sandro impresiona por la gran cantidad de detalles y la profunda calidad de su investigación. Alonso se recorrió casi todo el arco de archivos por internet, entrevistas en medios gráficos, películas y participaciones de Sandro en medios televisivos. Todo forma parte de este impactante volumen de datos almacenados por el autor que, de esta manera, por ejemplo, vuelca información que tiene que ver con el debut profesional en un estudio de grabación. “Un dato nunca antes publicado en libro”, aclara Alonso. Después acerca la lupa y muestra el tejido de cómo funcionaba el proceso de grabación en aquella época y de cómo los tiempos dominaban esa dinámica. “El trabajo instrumental se realizaba en un mismo día –el tarifario del sindicato establecía como estándar la grabación de dos canciones, el equivalente a un disco simple–, mientras las voces, generalmente –con los primeros años como principal excepción–, se grababan con posterioridad. Sandro llevaría este método al límite, amparado por su estatus como figura de éxito, muchas veces escribiendo las letras de sus canciones en el mismo estudio, una vez que ya se había grabado la base instrumental”.
Dentro de este universo atravesado por este tipo de anécdotas, el libro transita un sendero que se ocupa de todos los detalles del cantante, muchas veces recordado por su cantidad de fans y por la cantidad de objetos que podían llegar a tirarle en una noche. Pero esta vez, el recuerdo y la fortaleza de la información se ven atravesados por minuciosidades tales como la vez que Sandro compró una guitarra construida por el luthier Pedro Malosetti (hermano del legendario guitarrista de jazz Walter Malosetti, quien mucho tiempo después grabaría con el cantante). Es que todo el abecedario del rock and roll en Argentina lo pone a rodar este ícono popular con sus influencias siempre en los bordes de cada canción. Aunque muchos hayan forzado la construcción de un Elvis argentino, Sandro dice en el recorte de una entrevista que utiliza Alonso que “el rock ya existía antes de Elvis… A mí me gustaban mucho más Ray Charles, Little Richard; Jerry Lee Lewis me ponía más loco que Elvis”. La música negra vibraba en el corazón de este joven que después se instaló en Banfield y tuvo su propio estudio de grabación y hasta un sello llamado Excalibur Records.

La música de Sandro es, entonces, un trabajo que recorre de punta a punta todas las vertientes de un artista que supo ser una de las máximas expresiones de la música popular en la Argentina y todo el continente. Serio y riguroso, su autor le dedicó los años de investigación que su obra requiere. Todo un corpus de canciones, épocas, discos. Un pasaje que abarca sus inicios en el rock y su posterior conquista del mundo del espectáculo con su traje de baladista romántico. Es que Sandro pasó por todos los lugares, y hasta llegó a ser censurado en el programa de Pipo Mancera, Sábados circulares. Así era el camino de la vanguardia en la que se estaba sumergiendo. En pleno programa salía a tocar canciones de Little Richard y los espectadores presentes en el estudio se alborotaban y destrozaban el lugar. Recuerda Sandro en una entrevista que Mancera salió en su defensa: “Si me sacan al chico yo levanto el programa, se arma un tole tole muy grande”.






