
LOS SIMPSON
Hace unos años, unos seres bastante raros, pero muy simpáticos, aparecían en nuestros televisores. A diferencia de otros dibujitos, los Simpsons tenían las virtudes y defectos de cualquier ser humano, y por eso se transformaron en los grandes reyes de la pantalla animada. ¿Por qué no contar, entonces, la crónica de un éxito?
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Esta es la historia de una familia común. De un marido barrigón que sólo piensa en mirar tele y comer rosquillas con cerveza. De una esposa que lo soporta y lo quiere, a pesar de todo. De un hijo que prefiere enfermarse antes que ir al colegio. De una hija superdotada que toca el saxo, pero no encuentra quien la escuche. Y de una beba con chupete que apenas imagina el hogar que le tocó en suerte.Esta es, amigos, la historia de Los Simpsons: unos dibujos animados con ojos que parecen huevos y una vida parecida a la de mucha gente. Unos individuos que, desde hace once años, habitan los televisores de todo el mundo.
Todo empezó en 1987. Los encargados del Show de Tracey Ullman -un programa norteamericano- estaban buscando personajes nuevos que protagonizaran cortos de tres minutos justo antes de ir a las propagandas. Un buen día, un señor de 33 años, regordete y simpaticón, llamado Matt Groening, apareció con una idea bajo el brazo. Tengo algo para ofrecerles, dijo. Y abrió una carpeta llena de dibujos: ahí estaba su familia amarilla.
Cuando los productores vieron el proyecto, hubo algo que les llamó la atención: un tipejo panzón y con cara de haragán, pero de aspecto muy gracioso.
-¿Cuál es la ocupación del padre? -preguntaron.
-Trabaja en una planta de energía atómica -contestó Matt.
No podían creer lo que oían. ¿Desde cuándo un dibujo animado tenía trabajos como ése? Popeye era marinero, ágil y musculoso; Batman y Superman eran indiscutidos héroes universales; el inspector Gadget era un ingenioso detective... ¿Cómo podía ser que Homero Simpson fuera gordo, con pocas luces y empleado industrial? Y, sin embargo, la propuesta les pareció buenísima, y lo contrataron.
Desde el 19 de abril, cuando se proyectó el primer corto, nada volvería a ser como antes: el público quedó fascinado con lo que vio.
Los Simpsons se hicieron tan populares que, dos años más tarde, subieron más escalones en su camino hacia el éxito: del corto de tres minutos, pasaron a tener su propio programa en la cadena Fox. La fiebre amarilla estaba tan desatada que el primer capítulo se llamó Simpsons Roasting on an Open Fire, que en castellano se tradujo como ¡Alerta roja! ¡Se desató la Simpsonsmanía! Era cierto. Millones de norteamericanos, grandes y chicos, se habían montado sobre los hombros del mejor dibujo animado de la historia. Compraban remeras con la cara de su personaje preferido, leían historietas y escuchaban la banda de sonido de la serie. Semejante locura tiene una explicación: por primera vez, la gente se sentía identificada con una familia muy normal. ¿Quién no conoció, alguna vez, a un padre como Homero, una madre como Marge o unos hijos como Bart, Lisa y Maggie?
Y quieren saber un secreto? Estos nombres no son casuales: la familia de Matt se llama así. Homero, su papá, era un publicista que realizaba dibujitos y algunas tiras cómicas. Su mamá, Margaret, era maestra, y sus hermanas se llaman Lisa y Maggie. "Creí que si llamaba al personaje principal Matt, sería demasiado autobiográfico -admitió Groening en una entrevista publicada por la revista Comiqueando-. Pero, en verdad, yo soy Bart."
Bart -perdón, Matt- nació en Portland, una ciudad muy verde y lluviosa en el noroeste de los Estados Unidos. Su casa, rodeada por árboles y montañas, estaba muy cerca de un zoológico. Por eso, mientras Matt leía al Pato Donald y a la Pequeña Lulú (sus historietas preferidas), escuchaba de fondo los gritos de los elefantes, el rugido de los leones y las charlas entre pájaros.
Esa vida al natural le desarrolló mucho la imaginación, y empezó a dibujar animales, monstruos y bichos cómicos. Como si fuera poco, y por suerte, el papá lo incentivaba permanentemente: le daba consejos, le regalaba todo tipo de lápices y marcadores, y terminó enviándolo a una preparatoria especial para desarrollar el talento artístico.
Los años pasaron y a los veintitrés Matt tomó una decisión: Portland era demasiado pueblerino para el éxito. Si él quería transformarse en un grande, nada mejor que irse a Los Angeles.
Pero no todo resultó tan fácil. Durante mucho tiempo, trabajó de chofer, mozo y empleado en una fotocopiadora. Hasta que pronto llegó el desempleo. Las cosas no podían ir peor: Matt estaba solo, sin dinero, y en una ciudad inmensa, llena de humo y gente nerviosa. Esto es un infierno, escribía a sus amigos de Portland. Y junto con el texto, acompañaba sus cartas con dibujos cómicos protagonizados por un conejo llamado Binky.
Un buen día, se dio cuenta de que el conejito tenía su atractivo. Fue así como decidió fotocopiar las historietas que mandaba en las cartas, escribir algunas nuevas y armar una revistita.
Esta tira, lentamente, se fue haciendo popular en el ambiente under de Los Angeles. Para poder distribuirla, Matt sacaba fotocopias y las abrochaba formando un cuadernillo que vendía en una casa de discos, junto con revistas punk. Vida en el Infierno, se llamaba la obra, y contaba las desventuras de Binky y su hijito de una sola oreja, llamado Bongo; de una coneja de nombre Sheba, y de dos gemelos medio locos llamados Akbar y Jeff.
Claro que esta temporadita en el infierno no vino nada mal. Un productor de Tracey Ullman leyó la tira y le ofreció a Matt una oportunidad: si presentaba una buena propuesta, podría conseguir trabajo en el show de televisión. Fue entonces cuando se le prendió la lamparita. En su historieta aparecía una pareja, Ozzie y Harriet, bastante similar a los seres humanos. ¿Y si probaba hacer una familia donde los protagonistas no fueran animales?
Así nacieron Los Simpsons: unos individuos de grandes dientes que vivían en un tranquilo pueblito llamado Springfield, y que hicieron de Groening el padre de una gran criatura del entretenimiento. "Queríamos introducir un humor que todos entendieran -explicó Groening en la misma entrevista publicada por Comiqueando-. Podés hacer un chiste para chicos, donde Bart se golpea la cabeza contra una puerta, o un humor mucho más político y para gente mayor. Una de las cosas que más me alegra es que los chicos lo entienden, pero cuando crezcan lo van a disfrutar en un nivel totalmente diferente."
Hoy, Matt no trabaja solo ni tiene que fotocopiar sus dibujos. Lo ayuda un equipo de animadores, escritores y actores que permiten hacer unos 24 capítulos por año. Incluso, la serie es tan importante que hasta se dan el lujo de tener invitados especiales como Robert Redford, Dustin Hoffman, Tom Cruise, Sting y Michael Jackson, que prestaron sus voces en distintos episodios.
En un principio, sin embargo, nadie imaginó que tremendas superestrellas se sumarían al proyecto. Es más: pocos pensaron que el éxito sería semejante. Antes del lanzamiento de la primera tira, los directivos de la Fox estaban verdaderamente nerviosos. Esto es muy adulto, tenemos que hacerlo más estúpido, repetían. Pero Matt y su equipo se mantuvieron firmes y respondieron que no. Los Simpsons eran como eran: con algunos defectos, voces raras y problemas de dinero.
Nada más común, y nada más genial.
(Las imágenes de Los Simpsons que se reproducen en estas páginas son gentileza de Ediciones B, que edita con exclusividad en la Argentina las historietas, cuya propiedad intelectual pertenece a Comics Bongo, la compañía de Matt Groening.)





