
Los testigos de la muerte de Menem Junior
Muchos de quienes vieron la caída del helicóptero en que viajaban Carlitos Menem y Silvio Oltra apenas quieren hablar, todavía impresionados por la tragedia. El doctor Oscar Carreto, quien asistió al hijo del Presidente, insiste en que no tiene dudas de que fue un accidente.
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Carlitos Menem Yoma - Silvio Oltra
En el nombre de Dios, el compasivo, el misericordioso, alabado sea Dios, señor del Universo, el compasivo, el misericordioso, dueño del día del Juicio. A ti sólo servimos y a ti sólo imploramos ayuda. Dirígenos por la vía recta, la vía de los que tú has agraciado, no de los que han incurrido en la ira, ni de los extraviados.
La placa de bronce donde está grabada esta oración ocupa gran parte de una base de mármol negro que soporta, además, una roca sobre la que se apoyan dos cascos separados por un tramo de metal, quebrado en el medio, que simboliza una ruta.
El monolito, que recuerda las muertes de Junior y de Oltra lo hizo construir Zulemita Menem; la roca fue traída desde La Rioja, y los cascos, de color plata, no llevan inscripción alguna.
Detrás, una pared de cuatro metros de alto por quince de largo y una docena de pequeños pinos completan esta especie de santuario popular levantado a la altura del kilómetro 211,5 de la ruta 9, sobre la mano que une Rosario con Buenos Aires.
Camioneros, ciclistas, automovilistas, turistas, gente de paso, chicos a caballo, vecinos de Ramallo y de San Nicolás dejan sobre ese monolito sus ofrendas, lo que tienen a mano, lo que pueden, lo que sienten.
En uno de los costados, dos calcomanías redondas con la inscripción Menem Presidente se ven muy raspadas, como si alguien hubiera querido despegarlas con un cuchillo.
Rosarios, estampitas, flores, velas, guantes, chupetes, cartas y monedas se deterioran amontonadas sobre la base de ese mármol frío que impone un enorme respeto, aun visto a la distancia.
Cualquiera sea el que se acerque hasta ahí, lo hará, invariablemente, a paso lento. Con curiosidad, es cierto; no con rostros desencajados ni con lágrimas, también es cierto. Pero, sí, con dientes apretados. Sí, con miradas filosas que buscarán abarcar todo en el menor tiempo posible.
Es curioso -¿lo es?-, pero observando a los que observan, el rito será siempre el mismo: antes de la estampita, antes del rosario, antes de las flores, de las monedas y las cartas, los ojos de los visitantes se hundirán primero en los cascos, después en la placa, enseguida en los cables que atraviesan la ruta y, finalmente, en ese pedazo de campo donde se estrelló el helicóptero.
Antes de esa ceremonia repetida, lo que domina es el silencio. Un silencio duro como ese mármol negro.
Al rato, surgirán las preguntas, las conjeturas, las conclusiones rápidas, los lamentos, las muecas de dolor, de fastidio y, en especial, ese gesto universal del ceño fruncido cuando uno no encuentra lo que busca: la certeza, el saber qué fue lo que realmente pasó.
Pero hay una diferencia notable entre los visitantes de paso y los lugareños. Mientras los primeros conjeturan y arriesgan conclusiones, los otros guardan, digamos, un prudente silencio. "La gente de acá sólo habla de esto con los parientes, y en sus casas", reconoce Juan Carlos Ianotti, un viajante de Villa Ballester que vuelve de visitar a unos primos de San Nicolás. "¿Accidente..? Para mí, al pibe lo bajaron". "Vamos, viejo, que nos agarra la noche y la ruta me da miedo", apura María Cristina, su esposa.
Dos años y cinco meses después de la muerte del hijo del presidente y de Silvio Oltra, la sospecha de atentado, sin embargo, no está tan fuertemente instalada como antes en el pensamiento de la gente del lugar.
El paso del tiempo, si bien parece haber desplazado la teoría del atentado por la de accidente, no actuó como cicatrizante en los principales testigos presenciales de la caída del helicóptero. Para ellos, el 15 de marzo de 1995, fue una bisagra en sus vidas. Nunca más nada volvió a ser lo que antes era.
"A los dos que hablaron acá los tienen locos los periodistas y los policías", dice una empleada de la estación de servicio Shell, ubicada a cuatro kilómetros del lugar donde cayó el helicóptero. "A mí lo que más me duele es que de Oltra nadie se acuerda", termina la empleada, que se cuidó muy bien de dar su nombre.
¿Por qué la gente no habla? es la pregunta que sigue. La respuesta es tajante: "No hablamos porque ya estamos cansados".
El caso del testigo Rafael Villafañe ( El Rafa , 24 años) sirve por sí solo para resumir lo que les pasa a todos los demás.
Villafañe, empleado de la Esso que se levanta justo enfrente del lugar del siniestro, no sólo se hace negar cuando algún periodista pregunta por él, sino que, además, tuvo que pedir que le cambien el turno de trabajo porque "hace dos años que mi vida es un desastre. ¡Si hasta hay quienes me vienen a pedir autógrafos! ¿Te das cuenta? Unos, por pesados; otros, por p... Lo peor es que dentro de diez años me van a seguir preguntando. Ojalá que no... pero me es muy difícil vivir como vivo".
No con poco fastidio, El Rafa dice ahora que hasta pensó en renunciar a su empleo. "Yo lo único que voy a decir es que al helicóptero lo vi pasar muy bajo, muy bajo."
Fermín Coria, Nito Yabosky, Samuel Avendaño, José Luis Rucci, Jorge Pagnanini -algunos de los principales testigos del paso y caída del helicóptero- dirán, casi como calcadas, esas mismas palabras. Y nada más.
Veintinueve meses pasaron. El expediente engorda: el juez Carlos Villafuerte Ruzo sigue buscando pruebas y ordena peritajes. "Hay cápsulas de balas en algún lugar de ese campo", alertó por teléfono una voz anónima hace unos días. Villafuerte ordenó inspeccionar el gallinero y los alrededores de la casa donde vivió Epifanio Siri... veintinueve meses después.
Zulema no consiguió el per saltum reclamado. Raúl Maseda, un camarógrafo de Ramallo y el primero en llegar y filmar la agonía de Jr. insiste con su verdad: "Lo ví a Oltra muerto... lo ví a Carlitos ahogarse en su propia sangre... respirando entrecortadamente... inmóvil, fracturado por todas partes, con su cabeza hinchada... No había un tercer pasajero... no cobré un solo peso por distribuir esa filmación, ni aun cuando Crónica TV me dijo: Maseda, ponga usted el precio que quiera . Y no paro de insistir con lo mismo: en esos tres primeros minutos de la filmación, esos minutos que ningún canal de televisión mostró, creo que por humanidad, porque lo que se ve ahí es la lenta muerte de Jr., está la verdad".
En San Nicolás, a 25 kilómetros de Ramallo, el tema ni siquiera se ventila en los cafés. Pero en el hospital San Felipe, en cambio, las escenas se recuerdan como si hubieran ocurrido ayer.
"Fue todo tan inesperado... nos dejó una angustia enorme durante mucho tiempo. Todavía estamos angustiados por la muerte de este chico".
Como adivinando la pregunta inicial, el doctor Oscar Carreto (59 años, 30 de médico, 26 de ellos como cirujano), director asociado del hospital San Felipe, arrimaría esa primera reflexión. La charla, en sus primeros minutos, presagiaba una dura formalidad. Pero hubo sorpresas.
-¿También los angustia todo lo que se ha dicho, y se dice, del hospital relacionado con este caso?
-Si, seguro. Nosotros, con el doctor Ismael Passaglia, estamos desde 1988. Levantamos este hospital con un esfuerzo enorme, y todavía no hemos terminado. Cuando entramos, teníamos 3000 consultas mensuales; hoy superamos las 18.000. Así que todas esas cosas que se dijeron, más que bronca, lo que nos producen es angustia. Porque son acusaciones absolutamente gratuitas.
- Sin embargo, recibieron una donación importante de la Fundación Carlos Menem Jr.
- A los seis meses hubo una donación de la Fundación, pero sólo se trató de un equipo portátil de rayos, cuyo valor oscila entre 30.000 y 35.000 pesos.
- ¿No fue un tomógrafo?
- No, no. Un tomógrafo cuesta alrededor de 300.000 dólares.
- ¿Cómo los afectó esa acusación de impericia que Zulema Yoma hizo sobre ustedes?
- Nos afectó íntimamente, porque todo el personal del hospital actuó correctamente. Al chico se lo atendió como correspondía en esas circunstancias. Y no hubo queja alguna en ese momento.
- Sin embargo, un médico de San Nicolás dijo que el San Felipe no era el lugar adecuado porque no contaba con un tomógrafo.
- No escuchamos nada de eso. Además, le digo, en esas circunstancias, el tomógrafo -si bien no contamos con uno- no era necesario. Es más, era tan crítico el estado del paciente que era imposible trasladarlo para practicarle una tomografía. La lesión era muy severa. Lo que Carlitos necesitaba era un respirador, no un tomógrafo. El entró aquí con un coma grado tres; sólo un milagro hubiera salvado su vida.
- ¿La reacción del hospital fue la adecuada?
- Mire, la situación fue así: nosotros recibimos un llamado desde Ramallo donde nos informan que traen a un herido por la caída de un helicóptero. Yo pregunto quién es, y me dicen "es Menem"; ¿El presidente?, pregunto yo. No, es el hijo, me responden. Enseguida doy la orden de que no lo pasen por la guardia, que lo trasladen directamente a cirugía. Y así se hizo. Inmediatamente se lo entubó y se comenzó a buscar vías para canalizarlo, ponerle suero... el chico tenía hundimiento del macizo facial y un traumatismo cráneoencefálico muy importante, muy grave.
- A propósito, el doctor Alberto Mejía, médico pericial que presenció la autopsia, disiente con la causa de muerte. ¿Por qué? ¿Puede haber dos opiniones tan contrarias referidas a esa conclusión?
- Mire, para mí son problemas de tipo técnico que tendrán que resolver ellos. El certificado de defunción fue firmado por el médico policial (Rovera), que no era médico de nuestro staff. Así que, en realidad, nosotros no sabemos qué fue lo que informó el médico policial. Yo, prácticamente, me estoy enterando ahora por usted. Pero, lo cierto, es que este chico murió por un traumatismo grave seguido por un paro cardiorrespiratorio.
- ¿Llegó a recobrar el conocimiento en algún momento?
- Nunca, en ningún momento.
- ¿Tenía todas las piezas dentales? Se lo pregunto porque éste es otro punto en discusión.
-Eh... Mire, creo que faltaban piezas dentales. Pero no se lo puedo decir con exactitud porque yo estaba manejando la parte operativa en general, junto con el doctor Passaglia.
- ¿Cuantos profesionales atendieron a Junior?
-A ver, déjeme pensar... Había un traumatólogo, un neurocirujano, dos terapistas, un anestesista, un radiólogo, un técnico radiólogo, el jefe de terapia intensiva, un inmunólogo, Passaglia y yo, enfermeras de quirófano y de terapia. Eran muchos profesionales. En total, alrededor de treinta personas.
- ¿Qué fue exactamente lo que Zulema Yoma les custionó a ustedes?
-Mire, probablemente pueden haber cuestionado que estaba con vida y se le retiró el respirador. Fíjese que a este chico le hicimos noventa minutos de masaje cardíaco que, además, es un trabajo manual. Estaba monitorizado. Carlitos Menem no sale de un paro cardíaco, se le hizo de todo. El masaje cardíaco, en general, no se practica por más de treinta minutos. Nosotros estuvimos haciéndolo durante una hora y media.
- ¿Ustedes ordenaron un sumario interno ante las denuncias de Zulema?
- De ninguna manera. Son quejas que no sé de dónde se sustentan porque, todavía, nosotros no fuimos a declarar al juzgado. El juez todavía no citó a declarar a ningún miembro de este hospital.
- ¿Están esperando esa citación?
-No. Supongo que para lo que se está investigando, esto no es importante.
- ¿Detectaron en el cuerpo de Carlitos alguna herida que les haya llamado la atención?
- Vea, desde ya le afirmo que el cuerpo no presentaba heridas de bala. Eso se lo pueden decir todos los que estuvieron en contacto con el paciente.
- A propósito, doctor ¿cuánto tiempo demora un cuerpo en descomponerse?
- Eso depende de muchísimos factores. No todos los cuerpos reaccionan de la misma forma. ¿Por qué me lo pregunta?
- Porque en la filmación de la autopsia se ve claramente que la descomposición del cuerpo presenta una aceleración significativa considerando el tiempo transcurrido entre el fallecimiento y la exhumación. Ese es otro de los puntos oscuros que plantean los abogados de Zulema Yoma. ¿Usted vio esa filmación?
-No, nunca la vi. Pero, le digo, hay cuerpos que se descomponen mucho más rápido que otros, según la flora bacteriana, según la causa de muerte, en fin, influyen muchas cosas. Eso no significa nada. Lo importante es que solamente al ver las placas radiográficas se comprueba la gravedad de las lesiones. Tan graves eran, que el macizo facial hizo un corrimiento.
- ¿Existía una mínima posibilidad de que Carlitos pudiera recuperarse?
- Yo hace muchos años que trabajo en urgencias. He vistos casos que parecen fatales y sin embargo, salen. Con Carlitos se hizo más de lo posible, más de lo posible...
- ¿Ustedestuvo al lado del Presidente?
- Estuve con el unos treinta minutos, mientras el hijo estaba aún con vida.
- ¿Qué le decía el presidente?
- Estaba muy ansioso. Me preguntaba a cada momento cómo estaba su hijo. Era muy desgarrador verlo así. Cuando su hijo falleció... Bueno, ahí lloramos todos... a todos se nos caían las lágrimas. Fue... cómo decirte... tremendo.
(Al doctor Carreto se le entrecortan las palabras. Sus ojos se empañan. Lagrimea. Pide cortar el grabador. Intenta sobreponerse. A partir de ese momento, la entrevista adquiere otro tono. Como más paternal, por su lado. Tutea al cronista.)
- Zulema estaba con él.
- No, no. Ella estaba en otra sala.
- Se emociona usted...
- Sí, sí... son cosas que pasan, sabés.
- Es la primera vez que veo llorar a un médico.
- ¿Sabés? Yo también tengo hijos adolescentes. Juan Pablo tiene 24 y María Virginia, 19... y eso mismo se lo dije a Menem... qué se yo... será que me estoy poniendo viejo. Todos los profesionales que atendieron a Carlitos actuaron como correspondía. Por eso, ahora, tenemos miedo... digo, tenemos angustia, porque se nos ha echado un manto de dudas.
- Lo toma como una injuria.
- Sí, sí, a mí me duelen muchísimo las cosas que dice ese hombre (Se refiere a Alejandro Vázquez, uno de los abogados de Zulema). Ese hombre... ese hombre nefasto no sabe nada de medicina y se ha largado a decir tantas pavadas juntas que...
- ¿Usted cree que a Zulema la están usando?
- No, yo sobre eso no puedo opinar. La entiendo a ella como madre. Yo, en su lugar, a lo mejor hubiera hecho lo mismo. Pero creo que también hay que dividir las aguas, y conocer a la gente. Ella en ningún momento vino a conocerme a mí. Ninguno de nosotros tenemos antecedentes de mala práctica...
- ¿Cómo manejaron la información de la muerte de Carlitos ante los padres? ¿Les avisaron en el mismo momento de ocurrido el deceso, o esperaron un poco?
- Cuando el chico fallece, estaban dentro de la sala los doctores Passaglia y Tfeli, que entraban y salían permanentemente de terapia acercando información. En un momento, el doctor Tfeli sale de terapia y cruza su mirada con la del Presidente... el Presidente le pregunta cómo está su hijo... Tfeli baja la mirada... no le responde... se pone a lagrimear y enseguida lo estremece con un fuerte abrazo, casi interminable. Ese fue el desenlace. Así se enteró el Presidente. No hubo palabras, sólo gestos. Zulema no estaba en ese momento, se enteró unos minutos más tarde.
- ¿Qué hizo el Presidente?
- Bueno, entró en la sala de terapia, llorando. Le besó la cara y la frente a su hijo varias veces... fue muy dramático. Ahí mismo empezó a rezar un padre nuestro en voz muy baja, como balbuceando. Todos los que nos encontrábamos a su lado hicimos lo mismo. Todos rezamos con él. Así fue.
Jorge Palomar
Fotos: Rubén Digilio






