
Luca vive
Lejos del rock y cerca de la evolución, el último ancestro común universal (el recontratatarabuelo de todos los seres vivos) podría responder la gran pregunta: ¿de dónde venimos?
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Todos tenemos un Luca adentro, y no es el querido pelado de Sumo, ni siquiera el Luka al que le cantaba Suzanne Vega hace algunos años. No, se trata del último ancestro común universal (y LUCA son justamente sus siglas en inglés), algo así como el padre-madre-recontratatarabuelo de todo bicho que camina, nada, se arrastra, fotosintetiza o juega al billar sobre nuestro planeta. La vieja pregunta ¿de dónde venimos?, parece que la respuesta viene de un coso que, hace unos 3500 millones de años, se las arreglaba para fabricarse a sí mismo, se fue conformando al azar a lo largo de mucho tiempo y sobre el que la evolución fue actuando ciega, silenciosa y lentamente para que se viniera todo lo demás, nosotros incluidos.
Y, como diría el Diego, aún lo tenemos adentro: hay genes universales cuyo origen se puede rastrear hasta el mismísimo origen de la vida. Parece que le fue bastante bien a LUCA, porque la maquinaria genética (el código, para decirlo en términos más hollywoodenses) es, palabras más, palabras menos, la misma en todos los organismos terrestres, y nos dice que todo tiene que ver con todo, en esos bellísimos árboles filogenéticos de los que se van desprendiendo los diferentes reinos de la vida. Justamente, uno de esos árboles fue diseñado por un tal Carl Woese que puso en la base del tronco a lo que llamó el ancestro universal (el LUCA de la gente), y desde entonces estamos en carrera para entenderlo y conocerlo, unos milloncitos de años más tarde. Tal vez a esto se refería también el gran Gregory Bateson (que ya se ha paseado por estas páginas) cuando se preguntaba por "la pauta que conecta al cangrejo con la langosta, y a la orquídea con el girasol. ¿Y qué es lo que une a todo aquello entre sí? ¿Y a todo ello conmigo? ¿Y a todos con la ameba?"
El tronco de la vida tiene tres ramas en la base, o dominios principales: las bacterias, las arqueas (archaea) y las células eucariontes. Buscando desesperadamente a LUCA, el asunto es encontrar qué comparten estos dominios desde la noche de los tiempos: bucear en el genoma de los organismos que tengamos a mano en el laboratorio para encontrar el puñado de genes mínimo-común-denominador. Y los hay: por ahora estos genes son alrededor de 100. La otra gran pregunta es cómo, a partir de este ancestro común, se diferenciaron las ramas de células tan diferentes. Claro, mucho tiempo después empezaron las chanchadas: que te paso un gen, que me devolvés unos cuantos pero medio mordidos, que qué tal si me voy a vivir a tu casa o, mucho mejor, adentro tuyo.
Así es, tenemos la historia de la vida escrita en el cuerpo. Pero también encerramos otras maravillas, nuestra existencia seguramente se debe a muchos, muchísimos otros genes extranjeros (llevamos dentro todos los genomas de nuestras bacterias y, ya que estamos, también nos forman parte unos cuantos neandertales que se nos colaron). Seguro que ya oyeron hablar del proyecto genoma humano, esa quimera por conocer todos los genes que nos forman parte, después vendrían el proteoma (las proteínas) y hasta el interactoma (cómo charlan esas proteínas entre sí). Pero hoy el último grito del conócete a ti mismo pasa por el microbioma (saber cuánto del material genético de nuestro cuerpo es realmente nuestro y no de tanto bicho suelto que uno tiene adentro, y sin el cual ya no podríamos vivir). Y ojo que en cualquier momento se viene el neandertaloma: cuánto heredamos de nuestros primos los cabezones. Estamos rodeados de viejos vinagres, sí, pero del lado de adentro.
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