Luis Cardei Un campeón para esperar
El reconocimiento como cantor de tango le llegó de golpe, bastante después de haber cumplido los 40 años. Con la misma paciencia, luchó contra su enfermedad y por mantener un estilo personal. No transa con sus gustos: ni siquiera acepta interpretar los temas de Discépolo
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En 1995, cuando el diario francés Le Monde lo entrevistó y lo presentó como la más sólida y agradable aparición en la canción tanguera de los últimos tiempos, Luis Cardei llevaba 25 años trajinando tablados tangueros y, como otro regalo tardío de la vida, aparecía su primer compact.
En estas últimas semanas cumplió otro sueño: su primer viaje artístico fuera del país. Hijo de un cantor nacional, hemofílico de nacimiento -lo que le provocó una secuela incurable en las piernas-, ex levantador de quiniela, maestro de interpretación, personaje de punta a punta, la vida de Luis Cardei es más que cualquier película. En los últimos años pasó de cabarets y boliches a instalar una tanguería propia en la calle Corrientes, con la que le fue mal, y a cantar en fiestas privadas, en la librería Gandhi, en Casablanca o en El Club del Vino. Durante la entrevista evocó, soñó, se emocionó hablando de su hijo y del amor y regaló con el fraseo de varios tangos.
-¿Cuál es el tango más lejano que escuchó o que le cantaron?
-Escuché mucho tango en casa, pero el que más me llamó la atención, porque podía compararlo con momentos de mi vida, fue Si se salva el pibe, por Gardel... Si se salva el pibe, si el pibe se salva, vas a ver la fiesta que vamos a dar. Llenaremos toda la casa de adornos y daremos juntos las gracias a Dios. En esos momentos yo advertía lo contento que se ponía mi viejo cuando El Negrito, como me decían a mí (o Viruta me decían también, por el pelo, que lo tenía parado), se ponía mejor. Era chico, a lo mejor fue en la cuna.
-¿Cómo es su enfermedad?
-Soy hemofílico, una enfermedad de nacimiento, que la padece el hombre y la transmite la mujer. Es una enfermedad cruel, que no tiene cura y que la llaman la enfermedad de los reyes. Hasta la Biblia la menciona. Actualmente se la trata muy bien, pero hay que seguir cuidándose: tengo que evitar dar la mano fuerte y, por supuesto, cortarme. Cuando yo nací, a los bebes hemofílicos, para que no se movieran y no se lastimaran, los fajaban de la cabeza a los pies. Y las piernitas se me atrofiaron. Muchos me preguntan si tuve polio. No, me pasó eso.
-Su papá también cantaba tangos. Si le pidiera que le hiciera una crítica, ¿qué era lo que más y menos le gustaba de él como cantante?
-El se preocupaba muchísimo por la voz. También se llamaba Luis Cardei, pero no teníamos voces parecidas. A lo mejor era un poco frío en la interpretación, pero tenía una voz importante. Yo le admiraba la pinta y la profesión.
-¿A dónde llegó a cantar el otro Luis Cardei?
-Lo de él fue muy cortito, porque falleció a los 39 años. Justo cuando iba a grabar con una orquesta. Me contaba mi madre que cantó en cada esquina, en los tiempos en que los boliches tangueros eran como parroquias. Pero no llegó a tener repercusión.
-Además de cantar, ¿qué otra cosa hacía su padre?
-Yo lo definiría como un bohemio de aquellos tiempos. Compraba y vendía algún cochecito, su oficina era el café de la esquina. Ponía los avisitos en el diario y ahí recibía. Ese era el medio de vida de la familia, con el respaldo tremendo de doña Catalina, mi mamá, que era una gran modista...Yo grabé mi primer disco después de 25 años de andar en esto y fue una alegría maravillosa. Una mañana me llaman de Radio de la Ciudad para avisarme que iban a pasar un tema mío. Pasaron Carnaval, de Francisco García Jiménez. Cuando lo escuché no lo podía creer. Tantas cosas se me cruzaron por la cabeza. Por ejemplo, mi viejo, cuando me agarraba en la cocina y me decía : "¡No metás la voz para adentro, carajo! ¡Largala! ¿O te la querés comer?" A mí siempre me gustó hacer un caño, una pared, un taquito. A mi viejo, no: él era Batistuta. Muchas veces, todavía hoy, cuando subo a algún escenario me parece que en alguna mesa están los dos, doña Cata y don Luis.
-Si un día descubriera que el viejo está en un recital suyo, ¿qué cree que le diría de su forma de cantar actual?
-El no cambiaría de parecer, me diría lo mismo. La diferencia es que yo podría hoy hablarle más de igual a igual, comprenderlo, no enojarme e invitarlo a que venga a mis talleres de interpretación, que doy aquí mismo. Igual, me gustan las sensaciones que me provocan los que están ahora conmigo: Alfredito, que me grita: Bien, papá; María, que me acompaña con todo su amor.
-¿Su hijo canta?
-No. El es un apasionado por el deporte y un fanático del papi. (N del R: Emociona ver en las actuaciones en vivo de Cardei cómo su hijo lo acompaña hasta el escenario, lo ayuda a subir y lo despide con un beso.) -¿A él le gusta el rock?
-Le gusta la buena música, en general.Y muchas veces me explica lo nuevo. Yo lo escucho mucho.
-Muchas letras de rock tienen estructura de tango porque cuentan historias muy urbanas. ¿A usted le interesa el rock?
-No, lamentablemente soy bastante cerrado en esto. Adentro mío hay algo que no le abre las puertas. Muchos chicos vienen a verme y me han gritado: Aguante, Luisito, o Aguante, Tío...
-Un productor discográfico se ha vuelto un poco loco y dice que usted, con otras pilchas, con ropa de cuero, con peluca, con anteojos oscuros y con otros acompañantes, se convertirá en el éxito del año cantando rock tanguero. ¿Qué le dice?
-Si me lo está diciendo por teléfono le preguntaría si le dieron bien el número. Y si me doy cuenta de que no está equivocado le preguntaría si estamos hablando en serio o no. Le explicaría que no puedo hacerlo, no me saldría nada. Si todavía me cuesta cantar sin saco, mire si me voy a poner ropa de cuero.
-¿Es cierto que elige su repertorio sobre la base de tangos que tengan que ver con su vida?
-Sí, algo tienen que tener mío o de alguna persona querida. Aunque sea un chiquito. Siento mucho el personaje del tango, amo a Buenos Aires, su gente, sus costumbres. Hasta ironizo con mis dificultades para caminar. Cuando me piden que haga El último organito les digo que hay una parte de la letra que yo la cambio: esa que dice con un caballo blanco, un rengo y un monito.
-Además de Si se salva el pibe, ¿qué otros tangos relatan partes de su vida?
-¡Uh!, tantos... Cuando nació Alfredito tenía preferencias por el tango Prisionero... Algo más lindo que la calle, que el trago y los bailes me llama...Porque ahora tengo un pibe que es mi vida y mi ilusión, que apacigua con ternura tanta locura. Otra vez en el cine del barrio me encontré con una noviecita y me acordé de ese tango que dice: Al verte los zapatos tan aburridos y aquel precioso traje que fue marrón. O cuando íbamos con Antoñito de un lugar a otro a hacer un bolo cantábamos: Trasnochando como todo calavera, para ver lo que le espera, que no sabe adónde va. Y en este momento cuando, como decía Julián Centeya, pasé la barrera de la media racha, el tango me devuelve encuentros y desencuentros.
-Desencuentro es el nombre de un tango...
-No, pero ése no lo canto. Es de Discépolo.
-¿Es cierto que no canta temas de Discépolo?
-Así es. No están dentro de mi vida. Desencuentro, por ejemplo, es un tango con un reproche muy grande: La araña que salvaste te picó, qué vas a hacer... Eso no quiere decir que no lo escuche o que no lo admire. Es más: a Mary, mi mujer, que es jovencita, se los explico.
-¿Hay algún otro autor que no cante?
-De los contemporáneos no canto nada. Ni a (Horacio) Ferrer ni a Eladia (Blásquez).
-¿Qué importancia tiene la pinta en el cantor de tangos?
-En algunos tiempos venía a ser casi una imposición. Hasta Celedonio (Flores) dice en una letra: Cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel.
-Alguna vez un amigo suyo contó que usted en el tango prefiere a los letristas antes que a los poetas. ¿Podría explicar la diferencia entre un letrista y un poeta?
-A los letristas los veo... como fotógrafos. Eran capaces de hacer historias más para sentir que para pensar, con principio y con final. A los poetas, como José María Contursi o Manzi, los admiro muchísimo. Pero su tango es más metaforizado, más para pensar. Prefiero cuando el tango se presenta como sentimiento puro.
-¿Me puede dar un ejemplo de tango típico de letrista y uno típico de poeta?
-Hay una letra de Luis Rubinstein que es hermosa. Charlando soy feliz, la vida es breve, soñemos en la gris tarde que llueve, hablemos de un amor, seremos ella y él, y con su voz, mi angustia cruel será más leve. Un tema típico de poeta es Naranjo en flor: Era más blanda que el agua, que el agua blanda.
-¿Cómo lo conoció a Antoñito?
-Fue una noche que llegamos de recalada a un lugar. Era en la peña Homero Manzi, ya hace 14 años, que funcionaba en los fondos de la cochería Banchero, en el barrio de San Cristóbal. Se hacía una mesa grande, había un plato único -arroz con pollo- y el que llegaba y quería, cantaba. Ahí me lo presentaron y nos dimos la mano. Enseguida hicimos El bulín de la calle Ayacucho. Desde entonces no nos separamos más.
-¿Observó mentiras o exageraciones del tango?
-A mí me gustan mucho los tangos festivos. Pascual Contursi, el papá de José María, tenía un ojo avizor. El decía: No te acordás que te traje aquella crema de lechuga, si hasta la última verruga de la cara te piantó. Si aquellos polvos rosados, que aumentaban tus colores, recordando sus amores... O ese otro tango: Arrímese al fogón, viejita aquí a mi lado, agárreme esas leñas, y sírvame otro mate y... ¡eh!, cuántas cosas que le pide a la pobre viejita! En Aquel tapado de armiño se cuenta una historia que parece exagerada, pero que probablemente ocurrió. Mangué amigos, vi usureros y estuve un mes sin fumar. Bueno, ¡bah!, si no le compró un tapado, algo le compró. Eran otras épocas.
-Por el solo hecho de ser descubierto a los 40 y pico se podría pensar que usted es un hombre al que las cosas le llegan tarde. ¿Es así?
-Cualquiera podría decirlo, pero no es que las cosas me llegaron tarde. La mayoría me llegaron en su momento, pero yo no pude recibirlas. Yo les diría que las cosas se cansaron de esperarme a mí.
-Mencionaba antes que enseña a interpretar tangos. ¿Cómo es la tarea?
-Lo que yo hago es ir buscando el estilo, hacer un repertorio. Pero no pasa de ser una sugerencia. Un alumno viene y me dice: Maestro, me gustaría cantar Marioneta. Primero le advierto que es un tango muy descriptivo. Es como abrir la puerta de una casa y entrar. Dale, entrá, yo te espero afuera y vos cuando salgas me contás lo que viste. El chico arranca con demasiada ansia: Tenía aquella casa, no sé qué suave encanto, y se para. Me mira y me dice: Mal, ¿no? Es que entraste en el patio como un loco, te llevaste por delante las macetas y se movió toda la parra...
-¿Les habla a ellos del tiempo de los cabarets en los que usted cantó?
-Ahí tuve mucha aceptación. ¿Sabe por qué? Porque eran lugares en los que no se podía gritar. Las chicas me ayudaban mucho: "Luisito, ¿me hacés Malena o Alma de loca?" Yo los hacía y de paso me ganaba unos manguitos. Eran los tiempos en que también me las rebuscaba con otras cosas. No sé si lo saben, pero yo hacía unos numeritos.
-¿Numeritos artísticos?
-No, levantaba juego. Ayudaba a mi vieja cuando murió mi papá. No es que fuera escolasador: vivía de eso. Tomaba apuestas, me ganaba la comisión. Eso lo podía hacer. Mi físico no daba para otra cosa. No podía ponerme un cajón de mandarinas al hombro. También durante un tiempo tuve un hobby: las carreras de caballos, pero sin jugar. Me apasionaban. En 1968, unos amigos del barrio me regalaron una parte de una yegua que se llamaba Democracia y yo me convertí en su cuidador; la visitaba todos los días, le llevaba las zanahorias, los remedios. Pero no fue exitosa, no tenía corazón.
-¿Qué diferencias hay entre el Cardei de los cafés y cantinas de hace 25 años y este que hoy actúa en lugares prestigiosos y que tiene seguidores y discípulos?
-La diferencia es que veo realizadas cosas que no me imaginaba. Lo que me tiene más feliz es que voy a viajar, por primera vez en la vida, a un festival de tango en Porto Alegre, Brasil. Todo llega, ¿ve? Por eso antes le decía que me acostumbré tanto a esperar. Soy un campeón del mundo para esperar. Siempre espero. Hace 25 años y ahora.
Los seres queridos
Algunos de los personajes de un hombre cuya vida bien podría ser una película: Antonio Pisano (bandoneonista, su acompañante desde siempre): "Uno de los mejores regalos que me dio la noche de Buenos Aires. Lo llevo en el canturreo, en la emoción. Desde el momento en que nos conocimos no nos separamos nunca, gracias a Dios, hace 30 años".
Elvio Vitali (el dueño de la librería Gandhi), Hugo Levín (dueño de la Editorial Galerna), Aurelio Narvaja (dueño de la Editorial Colihue) y Carlos Serrano: "Ellos fueron de los primeros en descubrirme en la cantina de Arturito. Me alentaron, me ayudaron a progresar, hablaron muy bien de mí. Y me produjeron, como gusto personal, pero cumpliendo un sueño mío, mi primer compact".
Cacho Vázquez: "Recomendado por Elvio Vitali, me vino a escuchar a la cantina y de inmediato me contrató en El Club del Vino. Ahí empieza a cambiar mi vida. Del submundo del tango paso a jugar en primera".
Alfredo Cardei: "Desde hace 25 años, mis ganas de vivir, de luchar. Desde que él llegó a mi vida no existen los bajones prolongados".
Doctor Alfredo Pavlovsky: "El hematólogo, una eminencia. Mi segundo padre, pero vestido de blanco. Fue fundamental para mi enfermedad: sólo verlo me hacía bien".
Otros: "Mi vieja, Gardel, el cantante Raúl Berón, mi ídolo".
A la cabeza y a los premios
1 Hijo, de 25 años. El lo llama Alfredito. Actualmente maneja un remise.
3 Los compact editados, El primero, De madrugada, el segundo, Tangos de ayer, y el último, Simplemente Luisito.
54 Sus años.
12 El tiempo en que cantó en La esquina de Arturito, siempre acompañado por el bandoneonista Antonio Pisano.
39 Los años desde que se inició (a los 15, en un concurso en un club de Villa Urquiza).
35 El número ideal, que para su enfermedad, debe darle un hematocrito (el valor normal es entre 45 y 48).






