
Madame Binoche
A los 43 años, la actriz francesa habla de sus orígenes, el futuro y la atracción que siente por nuestro país, adonde llegará para filmar junto con su pareja, un guionista argentino. Y por supuesto de la Ciudad Luz sobre la que se basa la recientemente estrenada París, Je t´aime
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De etérea belleza, Juliette Binoche lo transmite todo, lo dice sin decirlo. En cada línea de su rostro se dibujan las más disímiles sensaciones, desde la desgarradora y palpable tristeza que hizo cuerpo en Bleu, de Krzysztof Kieslowski, hasta el dolor y la culpa innombrable de Caché (Escondido), de Michael Haneke. Cosmopolita, eso dicen de Juliette. Una actriz que no conoce fronteras artísticas ni terrestres. “¿Fronteras, qué fronteras?”, dice y ríe Juliette, del otro lado de la línea, en una de las salas de la casa que posee en las afueras de París. “La Binoche”, como le dicen en Francia, su país natal, prefiere no hablar de límites geográficos ni actorales y sí de historias universales. “Cuando era adolescente y decidí ser actriz, una de mis mayores ambiciones era poder trabajar con gente del mundo, de culturas diferentes y de miradas distintas. Quería sentirme parte del mundo”, cuenta pausado y en un inglés demasiado prolijo, que parece sacado de un libro de texto.
Ese sueño, aquella ambición, es lo que hoy la sigue motivando. “Cuando el guión de Paris, Je t’aime (la película que acaba de estrenarse) llegó a mis manos, no lo dudé. Tenía la posibilidad de trabajar con el director japonés Nobuhiro Suwa (Una pareja perfecta), y seguir haciendo lo que me propuse.” Cuando en 1996 se quedó con el Oscar como mejor actriz de reparto por su actuación en El paciente inglés, de Anthony Minghella, Juliette no sólo rompió con la mala racha de 37 años de las mujeres francesas (la última en ganar una estatuilla había sido Simone Signoret, en 1959), sino que también logró proclamarse como una de las actrices con mayor proyección internacional.
“Oh, París, qué puedo decir de París. Es la ciudad en la que he vivido toda mi vida, es el lugar donde nací –dice, piensa, siente–. Mi relación con ella es muy íntima porque tiene que ver con quién soy, con mi historia, con mis emociones, con mi memoria, con mi cronómetro interno, con las graduaciones que uno hace en la vida. París lo es todo para mí, pero no puedo vivir más allí. No puedo soportar el ruido, la falta de árboles. Hoy, necesito de un lugar más apacible, necesito volver a los árboles, a los espacios. Es una ciudad hermosa, es cierto, que enamora, que lo tiene todo. Sin embargo, es difícil vivir en su corazón. Yo no puedo hacerlo más.”
La Binoche nació en el seno de una familia de artistas, pero no creció con el típico cuadro familiar como escenario. Sus padres, Jean Marie Binoche, director teatral y escultor, y su madre, Monique Stalens, profesora de literatura y actriz, se divorciaron cuándo ella tenía 4 años. Juliette no suele hablar de su infancia y cuando lo hace su tono de voz cambia. Ni desde el dolor ni desde el resentimiento, sólo se anima a decir: “Nosotros no éramos en realidad una familia.” Tras el divorcio de sus padres, la pequeña Juliette pasó tres años en un internado religioso. Para sobrevivir, sólo se valió de su capacidad creativa. “Tenía una vida de fantasía. La necesitaba.”
–Pero pasó mucho tiempo hasta que decidió volcarse definitivamente a la actuación.
–A los 17 años dije, sí quiero. No sabía muy bien qué era lo que quería, lo único que tenía en claro era que quería pertenecer al teatro, a ese mundo, a esa familia. No sabía si quería actuar, dirigir, diseñar, sólo quería estar ahí.
Fue en ese momento que Juliette tomó una de las decisiones más difíciles de su vida: la de elegir entre la pintura y la actuación. A pesar de que se decidió por la segunda, nunca abandonó del todo los pinceles y los óleos, y hasta expuso en varias ocasiones.
–¿Sigue pintando?
–No puedo hacerlo regularmente, requiere demasiado de mí y ahora buena parte de mi tiempo se lo entrego a mis hijos: Raphael, de 13 años, de su relación con el buzo profesional Andre Halle, y Hannah, de 6 años, de su ex pareja el actor Benoit Magimel. Pero no sólo se trata de tiempo. Es otro tipo de entrega.
Tenía 18 años cuando debutó en el cine. Lo hizo nada menos que en la controvertida Yo te saludo, María, de Jean Luc Godard. De allí en adelante su filmografía se enriqueció con directores de la talla de Krzysztof Kieslowski (Bleu), André Téchiné (Rendez-vous), Louis Malle (Una vez en la vida), Anthony Minghella (El paciente inglés y Violación de domicilio), Léos Carax (Mala sangre y Los amantes del Pont-Neuf), Jean-Jacques Annaud (La insoportable levedad del ser), Chantal Ackerman (Un diván en Nueva York), Lasse Hallström (Chocolate) y Patrice Leconte (Pasión de amor), entre otros.
–¿Qué busca de los personajes que suele elegir?
–Siempre busco roles que me permitan cuestionarme, transformarme emocional y físicamente. Me interesa construir desde la nada y perderlo todo de vista.
–¿Ha pensado en dejar la actuación para enseñar?
–Sí, me gustaría. Después digo que no. La enseñanza es muy interesante, te permite formar, moldear y ver a aquellos jóvenes crecer, desarrollarse, cambiar de pieles. Pienso en dejarlo todo, pero… (la respiración se agita) necesito de la actuación.
–Suele decir que los actores tienen responsabilidades. ¿A qué se refiere?
–Tenemos un papel que desempeñar, debemos preocuparnos por los problemas que afectan al ser humano. No lo hago con un fin político, no me interesa meterme en ese terreno; por eso hablo de personajes que me permitan cuestionarme.
Cuando rodó Country Of My Skull (en la Argentina pasó directo al video como En mi tierra, del director londinense John Boorman), film que se centra en el proceso de paz y reconciliación que se concretó en Sudáfrica tras el fin del apartheid, la actriz viajó al país africano y descubrió realidades y experiencias muy fuertes. Con Caché (Escondido), de Michael Haneke, le ocurrió algo similar. La película del realizador alemán –radicado en Austria– hace referencia a la matanza de argelinos en París, el 17 de octubre de 1961. Ello llevó a Binoche a pedir perdón al pueblo de Argelia. No fue casual que lo hiciera, ya conocía bien la historia antes de ponerse a las órdenes de Haneke. La actriz participó, en 2002, de encuentros en Argelia durante los festejos por los 40 años de la independencia del país africano. Su paso por el continente negro la marcó: “Los países ricos tienen un sistema en el que utilizan a los pobres como materia prima. Sacan provecho y se olvidan de ellos”, reflexiona. Pero Juliette no sólo habla; también es una mujer de acción. Durante cinco años (desde 1995 y hasta 2000) fue la cara de Poème, la fragancia der Lancôme. Según transcendidos, Binoche donó el millón de dólares por cada año de campaña a un orfanato camboyano, además de cumplir con el rol de madrina de cinco niños del castigado país asiático.
–¿Le preocupa el futuro?
–El futuro es el presente, es el ahora, es lo que nos sucede. La única manera de pensar en el futuro es construyendo un buen presente. A mis hijos les digo que lo importante es el ahora y mirar el mundo real, no sólo en el que nos movemos.
–¿Es una mujer religiosa?
–¿Una mujer de fe?
–¿Prefiere llamarlo así?
–No es que lo prefiera, hay momentos en los que necesito de la espiritualidad y otros que no, y me dejo llevar por la nada. Es difícil de explicar, es un tema complejo en el que las palabras y el hacer casi nunca van de la mano.
–Tengo entendido que suele leer la Biblia y el Corán.
–El Evangelio no es uno solo, me gusta investigar, buscar.
En su filmografía hay dos películas relacionadas con la religión, una es la controvertida Yo te saludo, María, en la que tiene una pequeña participación y la más reciente Mary, de Abel Ferrara, que se presentó en la edición de 2006 del Festival de Mar del Plata, en la que encarna a una María Magdalena para nada convencional.
La imagen del dolor parece condensarse en el rostro, en el cuerpo de La Binoche. Sin embargo, ella dice ser una persona bastante alegre. “Amo la vida, amo reír.” Fue en San Sebastián, en 2002, donde la actriz presentó junto a Jean Reno la comedia Jet Lag y se despachó con un “me pasa lo mismo que a Edith Piaf: ella cantaba de todo, pero era conocida por sus canciones más dramáticas.” Cuando vuelve a escuchar la frase, ríe y asegura que es cierto. “Soy muy alegre, pero siempre me ofrecen papeles dramáticos, no sé muy bien por qué. Soy una muchacha que sabe divertirse.” Y la risa hace eco en el tubo del teléfono y contagia. Sí, Juliette es dueña de una risa contagiosa.
Para saber más: www.imdb.com
Paris, Je t’aime
En París, el amor está en todas partes. La Ciudad Luz es la gran protagonista de Paris, je t’aime, el film que acaba de estrenarse y que está integrado por 18 historias dirigidas por realizadores tan heterogéneos como Olivier Assayas, Joel y Ethan Coen, Isabel Coixet, Wes Craven, Alfonso Cuaron, Alexander Payne, Gus Van Sant, Tom Tykwer y el japonés Nobuhiro Suwa, entre otros.
Cada historia cuenta con un elenco diferente y se sumerge en una zona en París para ofrecer un calidoscopio emocional, como en la que actúa Juliette Binoche, junto con Willem Dafoe e Hippolyte Girardot, titulado Place des Victoires. En este relato, el sueño de una mujer (Binoche) es interrumpido por los llantos de su hijo muerto. Ella vuelve a la plaza donde el pequeño falleció, donde se encontrará con un extraño cowboy (Dafoe) que le permitirá reencontrarse con su hijo, antes de desaparecer nuevamente.
Miranda Richardson, Fanny Ardant, Bob Hoskins, Elijah Wood, Natalie Portman, Gena Rowlands, Gérard Depardieu, Marianne Faithfull y Steve Buscemi son algunos de los actores que se dejaron seducir por la ciudad de Victor Hugo.
Un argentino en su corazón
Santiago Amigorena, guionista y escritor, nació en Buenos Aires en 1962 y fue criado en Argentina y Uruguay. En 1973 se instaló en Francia, junto con su familia, donde desarrolló una prolífica carrera como guionista de cine y escritor. En 2002 fue nominado al Premio Médicis en la categoría de mejor novela en francés. En la Argentina es conocido su trabajo como guionista del director Cédric Klapisch. Juntos escribieron Ni a favor, ni en contra (sino todo lo contrario). Amigorena también escribió El lobo de la Costa Oeste (2002), dirigida por Hugo Santiago.
En Francia tiene una importante trayectoria como guionista televisivo. En el último Festival de Mar del Plata presentó su ópera prima, Quelques jours en septembre.
Su paso por nuestro país
Fue en marzo de 2006, la misma semana en que U2 ofreció sus shows en Buenos Aires, que Binoche se mezcló entre la gente de la ciudad para recorrer las calles. “Me gusta el espíritu y la fuerza que tiene Buenos Aires –confiesa–, porque es una ciudad que tiene esa combinación de la que tanto se habla y que tan cierta es, esa mezcla sudamericana con presencia europea.” Antes de participar en el Festival de Mar del Plata, donde presentó Mary y festejó su cumpleaños 42, la actriz viajó a la Patagonia. Visitó El Calafate y se deslumbró ante el glaciar Perito Moreno. “Jamás había imaginado un azul tan profundo, esa mezcla de colores brillantes y opacos que iban cambiando. Un gran ojo azul, de una belleza que parece golpearte. No era un truco de mis ojos, era imponente.”
A Binoche no sólo la sedujo ese no sé que de la callecitas de Buenos Aires, desde hace un tiempo su corazón está en manos del director argentino, radicado en Francia, Santiago Amigorena. Con el realizador y guionista, de 45 años, la actriz trabajó en su ópera prima, Quelques jours en septembre y volverá a ser dirigida por él en Another Kind of Silence, la película que la traerá nuevamente a la Argentina.
“Sí, estamos juntando el dinero para financiar la filmación. La idea es poder estar en junio de este año en el Norte –anticipa–. Tengo muchas ganas de conocer esa Argentina que dicen que es tan diferente de un lado y de otro.”
Juliette es celosa de su intimidad. “Realmente lamento no poder contestarle sobre mi vida privada, porque es privada y no hablo de ella”, contesta categóricamente, cuando se le pregunta acerca de su relación con Amigorena. No lo niega ni lo afirma, es su vida fuera de la pantalla y prefiere mantenerla bien lejos de las luces y de la prensa.
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