
Manuel Vicent Hombre de mar
El escritor y periodista valenciano, que los porteños conocen por medio de sus columnas del diario español El País, publicadas en medios locales, estuvo en Buenos Aires para presentar su última novela, Son de Mar . La descripción de un plato en la sección pescados de un barroco menú, en un restaurante, le bastó para imaginar una historia que terminó por convertirse en un delicioso bocado sobre la identidad
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De niño creía que mi mirada terminaba en una línea azul y esa línea azul estaba incorporada a la esencia de las cosas." Manuel Vicent habla y sus ojos azules parecen volver a mirar aquel Mediterráneo desde la ventana de su casa natal, en el pueblo castellonense de Villavieja. Al escritor español la ternura se le cuela en el recuerdo, pero él no se deja envolver por la nostalgia. El universo, dice, no es otra cosa que "los 200 metros a nuestro alrededor", y la historia universal "es lo que pueda sucederte dentro de una hora".
Conocido en nuestro país por sus artículos publicados en el diario El País y menos por sus obras literarias,Vicent llegó a Buenos Aires para presentar su última novela, Son de Mar , una historia de náufragos cuyo escenario no es otro que aquella línea azul mediterránea. Vicent parte de la aparición de los cadáveres de un profesor de literatura clásica y de su mujer en una playa y remite a su pasado, en el que confluyen el amor y la mitología, bajo un halo de misterio.
"Al Mediterráneo lo descubrí cuando lo perdí -confiesa Vicent-. Cuando terminé la carrera (es licenciado en derecho y estudió filosofía y letras y periodismo), me fui a Madrid y allí comencé a descubrir esa niñez en la playa. Cuando lo pierdes, lo recuperas porque lo transformas en deseo. Es cuando estás fuera que sueñas. A las aventuras las escriben los cojos.
-Un sueño que se transformó en Son de Mar .
-El Mediterráneo es un mar interior, cultural, que lo llevas dentro y que lo puedes aplicar a cualquier parte. Pero aparte de esto, es una forma mitológica y la mitología está en el cerebro de las personas. Es un mar cerebral, y la mitología, una forma del inconsciente. Como el periodismo de hoy, la mitología permitía entender el mundo de entonces a través de las montañas, de los dioses; pero los dioses se transforman, se adaptan a los tiempos.
-¿Quiénes serían hoy nuestros dioses?
-Cuando Zeus se acostaba con una ninfa, se producía un monstruo; imagínate que Homero se encuentre con un material como es Clinton y la Lewinsky. Y después de esa conjunción, se produce una guerra. ¿Quieres tú algo más planetariamente mitológico? Vicent sonríe ante su propia picardía y continúa salpicando la charla de ironías al referirse a una realidad que observa con la mirada aguda de quien la convertirá en columna periodística o en relato literario, que en su caso es la misma cosa. No deja de sorprenderse ante un mundo que se transforma en ficción cada minuto en la pantalla del televisor y habla de una humanidad generadora de residuos de los que deben nutrirse los poetas. No obstante, se define como un optimista, sólo que "a corto plazo".
El sentido del límite
"Soy un optimista de fin de semana. Para mí, la historia es lo que pueda pasar dentro de una hora. Es el sentido del límite que viene de la filosofía griega; porque los griegos descubren la individualidad del ser humano sacándolo del mar. En el Egeo, siempre ves un límite, una isla; la inmensidad allí no se ve. Un navegante no puede dormirse, tiene que ser un individuo. En cambio, en tierra, en medio de la naturaleza, puedes soñar, imaginar, diluirte en las sensaciones".
-En el mar no hay panteismo.
- No puedes ser panteista porque te ahogas. De ese principio marinero sale prácticamente toda la filosofía griega; cómo el ser humano tiene que convertirse en la navegación de la vida. Vivir es navegar como individuo, salir al mar en actitud de alerta...
- Me recuerda al sueño de Ulises, el personaje de Son de Mar... -Ulises regresa para celebrar una boda en el más allá. El primer capítulo del libro puede ser un cuento, puede terminar ahí como una boda de dos naúfragos que salen del mar ahogados, vestidos de novios, se les hace una autopsia y se les deja vestidos para la eternidad, elegantes, cogidos de la mano. Pero no es el Ulises de Homero, ni Martina es Penélope. Es una mujer que se convierte en el mar donde él naufraga de verdad; un naufragio del amor, de la pasión, del cuerpo.
-¿Es cierto que la idea de la novela surgió de un plato en un restaurante?
-Sí, un restaurante de esos que copian la literatura culinaria francesa, tan cursi. En la sección de pescados, en letras muy adornadas, decía: "De cómo los atunes vuelven a la vida". Me recordó algo que se cuenta en el Mediterráneo sobre el atún, un pez que no duerme, siempre navega, come y engorda. Pues un alevín de escasos centímetros al que se le colocó una anilla con sus medidas, a los cuatro años fue capturado en la isla de Sumatra, pesaba 500 kilos y medía 2 metros. Esto me sugirió que un pescador llamado Ulises Adsuara le promete a su mujer el primer atún, y debe ir hasta la isla de Sumatra a pescarlo. Tarda diez años en volver con el atún, y ella está haciendo unas patatas...
-La comida está muy presente en su novela.
-El paisaje y las sensaciones son lo mismo. Lo que llamamos espíritu es ese punto donde los cinco sentidos convergen. Se trata de diluir la materia -el paisaje, la naturaleza- en un momento en que el lector siente los cinco sentidos corporales a la vez; las luces, el sabor de un puchero que se está haciendo, las prendas íntimas goteando, la música. Como sucede con las pinturas de Velázquez, el perfil de los personajes lo marca el exterior. Es el recuerdo que se mete dentro de tu figura y por ende te sientes integrado en la naturaleza. Es el aire el que te contornea, no tú el que lo desplazas; es el aire el que te limita.
-¿Una referencia al hedonismo clásico?
-Pero debajo de cualquier hedonista, de todo epicúreo, hay un estoico; debajo de cualquier místico, un asceta; debajo de una pasión, un conquistador. Y una conquista debe ser un sacrificio; todo placer lleva consigo un sacrificio.
-¿Es acaso el amor uno de los grandes sacrificios?
-El amor es un sentimiento peligrosísimo; es excluyente, egoísta, está lleno de celos y de trampas. Por eso, hablar de una novela de amor al final del milenio, cuando todo se está cayendo a pedazos y el cielo y el infierno están revueltos, suena un poco cursi. Pero en el amor estás siempre en el filo de sentirte el más feliz o el más desgraciado del mundo. En cambio la amistad es un sentimiento noble, relajado, sin culpa, generoso. Si a esa amistad de vez en cuando se le pone una guinda de amor o de sexo, como en un buen manjar, es lo máximo que se puede tener en este planeta.
-Otra alternativa puede ser el amor cibernético, al que usted dedicó una columna.
-Fabuloso; ahora la gente se conoce primero por dentro que por fuera. En la pantalla, un cibernauta, con un nombre que puede ser real o ficticio, conecta con otro, comienzan a descubrirse el alma, los deseos, las ilusiones, se enamoran, y puede suceder que en el mejor de los casos no decidan cometer la torpeza de conocerse. Pero vamos a suponer que la cometen, él viene de Australia, ella de Canadá, y se citan en un bar de París. La sorpresa física será paralela con la que se tiene cuando dentro de un cuerpo espléndido descubres un idiota. También puede suceder que se enamoren (vía Internet) un niño con una vieja o un señor con otro señor. Son almas. Y ese sueño humano de borrar lo estúpido de la creación que es el tiempo y el espacio, pues ya se ha conseguido.





