
Marcela Serrano Escritora, como mamá
Como un elegante faisán de plumas doradas bailó con un movimiento válido: el de encontrar el camino a casa
1 minuto de lectura'
Esta cita de Nuestra Señora de la Soledad, la quinta novela de la escritora chilena Marcela Serrano, define una de las obsesiones de toda su narrativa: reflejar el universo de las mujeres. Aunque ella no se lo haya propuesto, la mayor parte de sus lectoras son mujeres que encuentran en su escritura un juego de espejos.
Ese juego enreda sus raíces en su propia historia. Marcela se crió con cuatro hermanas con edades en escalera: siempre un año de diferencia, de mayor a menor. Cuenta: "Creo que algo muy bueno hicieron nuestros padres con nosotras, por la relación que mantenemos. Hace poco nos juntamos las cinco en México. Una de nosotras cumplía 50 años. Coincidimos en que el mejor regalo que nos dio la vida fue tenernos las unas a las otras. Si yo me deprimo, por ejemplo, se movilizan desde Santiago mandándome remedios y buscándome psiquiatra".
Todo el círculo que la rodeó en su infancia, salvo su padre, fue femenino: su madre, tías maternas, dos abuelas, las compañeras del colegio. Y, en la actualidad, dos hijas: Elisa, de 17 años, y Margarita, de 11.
Con esa habla musical de los chilenos, en la que patinan y aspiran ciertas sílabas, comenta: "Una vez un escritor, enojado, me insistía en que mi literatura era programática, que yo me había propuesto escribir sobre mujeres. Yo lo miraba y pensaba: Si supieras... Empecé a escribir como una catarsis, para exorcizar experiencias, no pensaba publicar".
Publicó y empezó a vender con abundancia: 250.000 ejemplares por cada uno de sus libros en los países de habla hispana; 30.000 de promedio en la Argentina. Sobriamente vestida de negro, con una mirada honda que sobresale en un rostro anguloso, Marcela Serrano se sienta en un sillón de una suite del Caesar Park desde la que se ve el río. Toma una taza de café y comenta: "Muchos en la adultez sostienen que la infancia es un drama. La mía fue un privilegio, un gran privilegio". Más adelante se verá que esa palabra, aplicada así, puede tener significados varios y bemoles.
Desde chiquita conoció el sabor de los atardeceres, las cabalgatas y la intemperie. Sus padres pertenecen a la alta burguesía chilena y pasaban sus veraneos en una estancia de la familia paterna, Los Remolinos, en el sur de Chile.
"Era un lugar muy salvaje. No había luz eléctrica, no teníamos radio y el agua se calentaba en caldera. Eso permitió que aprendiéramos a bastarnos a nosotros mismos. Ese silencio me ayudó a incorporar naturalmente la soledad. Esto lo agradezco muchísimo, porque creo que una de las dificultades del mundo moderno es no poder lidiar con uno mismo."
Define a su padre como un pájaro raro, mezcla de académico y agricultor. Ingeniero civil doctorado en Cambridge, columnista del diario El Mercurio y autor de libros sobre las culturas griega e hindú. Hombre poco convencional, inculcó a sus cinco hijas que las mujeres debían estudiar e independizarse económicamente para olfatear la libertad. También les recalcaba, leyéndoles poemas de Neruda, que el papel de una mujer no consistía sólo en traer hijos al mundo. Que ésta era una elección.
Con todas estas ideas bulléndole en la cabeza, la pequeña de ojazos negros iba construyendo su perfil. De ese mágico mundo de la infancia, Serrano recuerda a su madre como una mujer muy hermosa, que invitaba a la gente a tomar el té y cumplía con todos los ritos sociales. Después se enteró de que su madre era novelista y le costó relacionar un personaje con otro. Su estupor no terminó allí: además de escribir su madre gozaba de una excelente crítica literaria por su trabajo. Cuenta: "La diferencia básica entre mi madre y yo es que ella nunca quebró con su clase y con esa cosa tan acartonada". Se produce un silencio que se rompe cuando la escritora parte el aire con una carcajada caudalosa. Agrega: "A los críticos chilenos les encanta decir que ella era mucho mejor escritora que yo".
-¿Te acarreó ciertos problemas el tener el mismo oficio que tu madre?
-Tuve que esperar que ella dejase de escribir para hacerlo yo.
-¿Qué sentías? ¿Miedo? ¿Celos?
-No era consciente en esa época. Lo he pensado mucho después. Yo dibujaba y escribía desde muy chica. Supongo que llegado el momento de elegir, opté por la pintura por un problema de diferenciación. Yo no podía hacer lo mismo que mi madre, y ahí entran muchas cosas, desde la culpa si eres mejor, desde el complejo si eres peor. Mi madre era muy famosa en Chile y adonde yo iba era la hija de ella. Mi identidad era ser hija de la escritora.
-¿Ella te alentaba a escribir?
-No, y eso se lo critico. Mi padre y ella siempre me reforzaron la inclinación por el dibujo. Un día les pregunté a los dos por qué no me habían incentivado para que escribiera. Me respondieron: "Si todo el mundo escribe... ¿Qué tiene de especial que tú lo hagas?". Y es cierto, en casa las cinco hermanas escribíamos. Entonces, daba lo mismo.
-Era como estudiar inglés...
-Sí. Ahora lo que yo siempre reclamo es que la única que escribía novelas era yo. Entonces, ¿por qué no me hicieron caso?
-¿Y qué te decían cuando les leías lo tuyo?
-Que era estupendo, pero que siguiera dibujando. ¿Entiendes?
-¿Te regalaban lápices, témperas?
(Risas.) -Diste en la tecla, ésos eran mis regalos de cumpleaños... En ese sentido, mi familia fue clave para el desarrollo tardío de mi escritura. Empecé en 1988, con 37 años.
Antes de llegar a escribir, esa pequeña de ojazos negros fue descubriendo año tras año que el mundo no era como se lo mostraban. Cuando mira para atrás, protesta: "El clasismo que se vivía en casa era una cosa de locos; la cantidad de reglas, lo que se podía decir y lo que no; a veces pienso lo que hubiese sucedido conmigo si me quedaba allí. En la adolescencia fui la típica niñita bien chilena, insoportable, me interesaba tener mucha ropa y que me convidasen muchos hombres. Lo que me salvaba es que pintaba y leía mucho, pero fuera de eso era fatal". Y resopla, en un intento de alejar ese personaje.
Con la rebeldía pisándole los talones, empezó su despertar. Se inscribió, como era previsible, en la Escuela de Arte de la Universidad Católica de Chile, donde se graduó. En años de efervescencia política militaba en el MAPU. Comenta: "Era un partido de niñitos bien cristianos que se habían ido a la izquierda. Y terminamos como correspondía: más marxistas que los propios comunistas. Las cinco hermanas nos fuimos a la izquierda, y eso causó una revolución familiar. Pasamos de los vestidos elegantes a los blue jeans de la noche a la mañana. Mi pobre madre no tenía consuelo. Además, yo me puse a pololear con uno del grupo musical Quilapayún. No te puedo decir la cara que puso cuando lo conoció".
Con la caída de Salvador Allende, la joven de los blue jeans partió al exilio siguiendo al hombre que amaba. Dice: "No es que me persiguiesen a mí. Yo era una militante de base que no le importaba a nadie". Aterrizó en Roma, se las rebuscó como pudo económicamente, se separó, y durante cuatro años osciló entre el miedo y la desazón de no poder volver a Chile.
Luego regresó a su tierra, silenciosamente. Algo desorientada, se unió a unos grupos de plástica muy vanguardistas: "Oye -explica-, vanguardistas para lo que era Chile en ese momento, porque la verdad es que hacíamos cosas que los alemanes hacían treinta años atrás". Se ganaba la vida en escuelas de arte e incursionó por el body art, o sea trabajar con el propio cuerpo: "Hacíamos cosas muy lindas, pero en el fondo muy sufrientes, relacionadas con lo que era el Chile destrozado por la pobreza y por la represión de ese tiempo".
Un día, la Serrano decapitó de un solo golpe y sin asco al dibujo para siempre. Comprendió entonces que el diseño nunca la había hecho feliz y sabía que allí, muy adentro, lo que deseaba era escribir. Aun guerreando con esta idea, se propuso dedicarse a hacer mermeladas y a convertirse en una buena ama de casa.
-¿Te salían ricas las mermeladas?
-Eran agrias (se tienta). Pero pasaba horas, me parecía maravilloso eso de dar vueltas a una olla -explica, y arrastra cada palabra en cámara lenta, como si literalmente estuviese revolviendo dentro de una cacerola.
-Mientras tanto, los fantasmas giraban por tu cerebro.
-Sí, además en esos años empezaba una resistencia más pública contra Pinochet, en la que me metí ciento por ciento. Tuve mi primera hija con mi segundo marido.
Más tarde llegó el momento de la transición democrática y la euforia chilena. Aunque ella no se sentía demasiado feliz: consideraba que estaban regalando el país. Conoció entonces a Luis Maira, su tercer -y según ella, último- marido, embajador actual en México, y tuvo su segunda hija. Cuando todo parecía florecerle porque sentía que había resuelto afectivamente su vida y su trabajo como directora en la Escuela de Diseño la satisfacía, se hundió en una depresión feroz: "Pasaron meses -cuenta- en los que no soportaba la vida y me metía en cama a las cinco de la tarde". Recurrió a un psiquiatra: "En la primera sesión, el terapeuta me dijo que normalmente las depresiones eran afectivas. Que aquí no había nada de eso, que todo tenía que ver con la vocación abortada".
Serrano empezó a escribir en forma catártica su primera novela para vomitar rabias, alegrías y penas. Ella sólo quería sentirse mejor; su marido la obligó a publicar Nosotras que nos queremos tanto (Premio Sor Juana Inés de la Cruz). A diferencia de otros prosistas, no se deprimió ni se sintió vacía en el posparto. Cuenta: "Era una compuerta tan largamente cerrada que al abrirla se inundó todo. Al finalizar mi primera novela ya estaba en forma compulsiva escribiendo otra". Parece que la compuerta no volvió a cerrarse, porque en diez años escribió cinco novelas encontrando, como el faisán de la cita, "el camino de regreso a casa". Los personajes de Marcela Serrano son mujeres investigando "el camino de regreso a casa". Estas eligen, generalmente, después de varios desencuentros afectivos, la soledad. Comenta: "Creo que estamos viviendo un desencuentro entre hombres y mujeres. Nosotras hemos ganado batallas, ya no llevamos la vida de nuestras madres o abuelas, y creo que nuestras hijas o nietas van a llegar a una igualdad total. Ahora estamos en un momento de transición".
-¿Cómo ves a los hombres de hoy?
-Están viviendo un momento muy difícil. Han sido criados por sus madres para relacionarse con mujeres pasivas y de repente aparecen mujeres que dicen: somos pares o nada. Evidentemente hay excepciones, hombres maravillosos que entienden y se proponen investigar y escuchar su parte femenina, ya que a nuestra parte masculina la hemos sacado con creces en las últimas décadas. Creo que hay que tender puentes entre hombres y mujeres, pero los hombres deben cambiar.
-En tu última novela decís: "El amor es el gran ausente de finales de siglo".
-Siento que toda esta modernidad no ayuda en absoluto al tema del encuentro. Si fuese una modernidad real tendríamos que crecer todos juntos; es una modernidad muy fragmentada, muy mentirosa. Todo este fin de siglo es un apuro muy loco, una competencia despiadada, un correr para llegar no se sabe adónde. Sensorialmente, te diría que este fin de siglo me da frío.
-¿Cómo vivís en tu vida personal todo este desencuentro que planteás en tus novelas entre el hombre y la mujer?
-Yo no escribo sobre mí misma. Lo que tenía que decir sobre mí lo dije en mi primera novela y se acabó. Parafraseando a Violeta Parra, puedo decir gracias a la vida, que me ha dado tanto. Doy gracias por la buena relación que tengo con un hombre, me siento muy privilegiada. Hasta ese punto siento que es raro tener una buena relación a esta altura de la vida. Aunque padezco un montón de cosas de las que sufren las mujeres: el tema de los hijos está a cargo mío y no de él. Los típicos roles femeninos y masculinos dentro de la pareja...
Marcela Serrano siente que ya saldó cuentas morales con el género femenino escribiendo sus novelas y comenta que ahora puede elegir las obsesiones que se le antojen: "Tengo un par de ellas, pero con toda alevosía las echo al patio de atrás de la mente. He trabajado muy duro, estoy cansada, quiero pasar un tiempo sin escribir". Y calla. A la cronista le salta a la mente el poema de Alfonsina Storni que incluye en su última novela: "Yo soy como la loba./ Quebré con el rebaño/y me fui a la montaña/fatigada de llano./ Yo tengo un hijo fruto del amor,/ amor sin ley".
Entreacto
Entre cafés que van y vienen, cuatro personas están sentadas en el living de la suite del Caesar Park: Marcela Serrano, Analía Rossi (de Editoral Alfaguara), el fotógrafo y la cronista. En un momento, grabador apagado mediante, se arma una amplia discusión sobre la condición de la mujer en la sociedad, en todos los ámbitos: trabajo, sueldos, sexo y hogar. Las opiniones se entrecruzan, y salvo algunas leves diferencias, las mujeres concuerdan en su discurso y el fotógrafo aporta sus discrepancias para avivar un poco el fuego.
En un momento en que se está discutiendo la diferencia de sueldos entre hombres y mujeres, el hombre de la cámara, parándose y revoleando el flequillo, dice: "No me hablen de eso a mí. En ese campo, soy un hombre golpeado".
Marcela Serrano suelta la carcajada, y la guerra de los sexos entra en una benévola pausa.






