
Marcelo Moguilevsky: el perseguidor
Vientista virtuoso y flamante escritor, se ganó el respeto de sus pares en más de 25 años de carrera. Junto con César Lerner, protagoniza la escena internacional del klezmer, la música de los judíos errantes de Europa central y oriental
1 minuto de lectura'
La idea es hablar largo y tendido para develar al hombre detrás del músico –y al músico también–, pero apenas nos sentamos a la mesa de madera del comedor de su casa, mate mediante, Marcelo Moguilevsky complica las cosas:
–Estoy en crisis con la música –dice.
Se trata ni más ni menos que del vientista de culto que a los 20 años, allá por los 80, creó el Trío Comedia, un combo de cámara que sorprendía en el límite entre lo erudito y lo popular; el mismo que con sus flautas, saxos y clarinetes reformuló clásicos del folklore argentino junto con los guitarristas Juan Falú y Quique Sinesi, con quien acaba de sacar nuevo disco y junto al cual se presenta el fin de semana próximo en concierto (ver recuadro); el expresivo ejecutante que con César Lerner lleva el klezmer a salas de todo el mundo, integrante además del grupo Puente Celeste, rara avis de la música argentina.
¿Crisis?, ¿qué crisis? Veamos. Mogui –así lo llaman sus pares– cuenta que todo empezó el año pasado, mientras se presentaba ante una muchedumbre durante un festival al aire libre que había organizado la Fundación Konex en Carlos Keen.
–Estaba tocando para un público enfervorizado y me hice una autorradiografía tremenda –cuenta–. Ahora tocá bajito y cerrá los ojos, me decía; ahora dale duro, que vienen el crescendo y los aplausos. Me desdoblé y vi los mecanismos aprendidos en treinta años de músico. Le estaba fallando a mi modesto juramento hipocrático, que es buscar siempre algo nuevo y verdadero. Tocaba de oficio. Volví con la cara pegada al vidrio, mirando el campo y pensando que mi carrera había terminado.
No era broma: los 60 conciertos que tenía programados le produjeron vértigo. Vaya paradoja: aquello que lo había ayudado a superar tantas crisis –como ya se verá– ahora estaba en crisis. ¿A qué aferrarse cuando el romance más largo de la vida pierde el sentido de la aventura?
La música llegó a él con el silbido de la flauta que le hizo comprar la maestra de primer grado. Sus compañeros la olvidaron enseguida, pero Mogui no se separó de ella. A cambio, lo salvó de la soledad. "Mis juegos eran los animalitos del chocolatín Jack y tocar la flauta mirando la tele –cuenta–. Sacaba todos los jingles. Sin darme cuenta, así aprendí a tocar en las doce tonalidades. Llevaba la flauta en el bolsillo del saco. Era mi modo de conseguir amigos, chicas, y después el pecunio".
–¿Tuviste profesores?
–Yo era como un sampler: escuchaba y repetía. A los 15, cuando veraneaba en Mar del Plata, Piazzolla tocaba en el Refasi o en La Botonera y yo lo iba a escuchar todas las semanas. Volvía a casa desesperado, agarraba la flauta y tocaba la Suite Troileana con cada rulito, todo de oreja. Y lo mismo hacía con los conciertos de fagot de Vivaldi que tenía mi viejo. Esa fue mi escuela: tocar la música que me conmovía.
La música volvería al rescate años después, en Europa. Cuando cumplió los 18, su padre –hijo de inmigrante judío nacido en Basavilbaso, Entre Ríos– le ofreció el negocio al que había consagrado su vida, una mercería. Pero él era músico profesional desde los 14, y para poner los mandatos familiares a prudente distancia decidió salir de viaje.
–En el albergue estudiantil de Nápoles me robaron todo, incluidos los 500 dólares que llevaba. Quedé con lo puesto y el bolso con las quenas, los sikus y las flautas, al que dormía abrazado. Entonces salí a tocar a las plazas con el charanguista Rolando Goldman. No sólo dio para viajar un año entero, sino que me compré mi primera flauta travesera. Y cuando volví, un piano para estudiar. El hecho de enfrentar el mundo sin más que la flauta y salir adelante es muy fuerte.
Allí estuvo la música en el ’82, cuando lo reclutó la colimba. Mogui padeció los rigores de la instrucción hasta que un día envió un SOS con un compañero que salía de franco: "Mamá, traeme la flauta". Con la flauta se acabaron los cuerpo-a-tierra y las maniobras: todos a bailar chamamés, rancheras y milongas, cabos y sargentos incluidos.
–Me hicieron asistente de un mayor que era fanático del jazz. Me dijo: "No te preocupes, ruso, que a las Malvinas no vas. La música volvía a tomar ese cariz mágico y a conectarme con la gente.
Después vendría el éxito profesional, con proyectos musicales que tuvieron mucho de exploración, de cruza impertinente de géneros. ¿Cómo podía ser de otro modo, si había crecido escuchando a Hugo Díaz, Piazzolla, Los Jaivas, Los Beatles, Spinetta, el rock sinfónico de ELP, Gentle Giant y King Crimson, y luego clásicos como Bartok, Stravinsky y Ravel?
–Para los del conservatorio, los del grupo Comedia éramos unos sátrapas, y para los populares, unos sectarios –dice a la hora de recordar aquel mítico grupo–. Yo me siento sin tierra.
–¿Te hace sentir eso poco reconocido?
–Nunca aspiré a ser famoso. Cuando era pibe soñaba con vivir de la música y con viajar tocando. Y logré las dos cosas.
Un sueño cumplido puede volverse pesadilla a fuerza de repetirse. A fuerza de repetirnos en él. En cualquier caso, llegada la crisis Mogui supo que la cuestión no era la música. También, que esta vez era distinto: no se arreglaba con fusas y corcheas. Y en medio del desasosiego se aferró, para no hundirse, al madero de la escritura.
Hoy pasa horas llenando cuadernos con letra apurada, refugiado en los bares aledaños a su casa de Chacarita. Lleva escritos varios cuentos y progresa en una novela. Una vuelta a su fuente creativa. A la pregunta sobre el sentido de su búsqueda artística. Que repercute –y cómo– en su música.
–Al principio salían cosas que tenían que ver con mi vida. Después empecé una novela sobre un músico, un trompetista, con cosas autorreferenciales, pero también con mucho de ficción. La escritura me conecta con mi intimidad. Esa sensación es muy poderosa, y muy útil en cuanto a cómo me puedo parar a partir de ahora con la música.
Uno de sus primeros lectores fue Santiago Kovadloff, que compartió con Moguilevsky y Lerner recordados ciclos de música y poesía en la librería Clásica y Moderna. "Bueno, flaco, hacete cargo –le dijo el escritor–. De ahora en más tenés dos instrumentos."
Otra paradoja: la crisis lo devolvió a la composición. Mientras llenaba sus libretas, Moguilevsky empezó a reunirse con un amigo, el músico Marcelo Katz, para componer a dúo. Fue como sacarle el tapón a un caño obturado: se encontró haciendo música para cuarteto de cuerdas, para piano y clarinete, para cinta magnetofónica y voz. "¿Sabés cómo empezó todo? Agarré un tema de los Beatles, I will, y escribí ocho versiones para orquesta de cuerdas. No es raro que haya ido a los Beatles. Es volver al corazón."
Ese corazón se siente en Sólo el río (Los Años Luz Discos), el CD que acaba de grabar junto a Quique Sinesi, viejo compañero de ruta. Allí se adentran en el candombe, la milonga, el tango y la zamba con composiciones propias y mucho espacio para la improvisación. "En este disco, Quique aporta su amor por los ritmos rioplatenses y yo, el caleidoscopio cultural que tengo en el mate. Además, me animo a cantar una letra propia", cuenta. Tras presentarlo aquí, llevarán el disco a Europa en mayo próximo.
Viajes al exterior no faltan en la agenda de Mogui, entre el klezmer, Puente Celeste y otros proyectos. "Yo digo que tengo el plan Guggenheim. No gané la beca ni la pretendo, pero con las dos o tres giras europeas que hago por año y los conciertos en la Argentina, más lo que aporta Graciela, mi familia vive bien y al día".
Graciela es su mujer, psicoanalista y artista plástica con consultorio y taller en casa, madre además de sus tres hijos: Melina (19), Bruno (14) y María (6). "Hasta que la conocí, a los 20 años, para mí el mundo era sonido. De a poco fue siendo letra, y plástica también", cuenta Mogui. Y reconoce que la nutrida biblioteca que tapiza las paredes del living de su casa tiene más que ver con Graciela que con él mismo. De cualquier modo, allí estuvieron Octavio Paz, Olga Orozco, Carver, Ishiguro y Saer –sus lecturas más recientes– cuando necesitó acudir a ellos.
–¿Pasó la crisis, entonces?
–Me he encariñado con ella, más bien. Para mí fue una oportunidad de volver a las preguntas originales. Incluso a aquellas que nunca me había formulado. Confío en lo que me está pasando. Sin crisis ni dolor, la rueda no se mueve –dice y pasa el mate–. Todo se cristaliza y fuiste.
En vivo
Moguilevsky y Sinesi presentan su segundo CD, Sólo el río, el viernes y el sábado próximos, a las 21.30, y el domingo, a las 20, en La Vaca Profana, Lavalle 3683 (reservas, 4867-0934). Los jueves de este mes, en el mismo lugar, se presenta con su dúo de klezmer. Y a partir de la segunda quincena vuelve con Informe Pessoa (junto a Lerner y Kovadloff) a Clásica y Moderna
Mogui esencial
De familia entrerriana (de la colonia judía de Basavilbaso), Marcelo Moguilevsky nació en Rosario hace 45 años, pero vino de chico a Buenos Aires. Autodidacta, empezó a tocar flauta a los 6. En 989 y 1994 integró el grupo de saxos Cuatro Vientos. Al año siguiente formó Moguilevsky y los Acústicos, quinteto con el que grabó el disco El viaje (1996). Paralelamente desarrolló dos dúos junto a los guitarristas Juan Falú –con quien grabó Improvisaciones sobre folklore argentino (1996) y Semitas (2003)– y Quique Sinesi (Soltando amarras, 1996; Sólo el río, 2006).
En 1995 fundó con César Lerner el dúo Klezmer en Buenos Aires, de creciente presencia nacional e internacional, con el que grabó Basavilbaso (1997), Shtil (2001) y Sobreviviente (2002). Integra el grupo Puente Celeste, con el que editó Pasando el mar (2002) y Mañana domingo (2005). Compone música original para cine, teatro y danza.






