
Marcos López: "En mi vida cotidiana soy un tipo bastante miedoso, reprimido y conservador"
Fotógrafo, pintor y referente indiscutido del pop latino, expone su muestra Debut y Despedida en el Centro Cultural Recoleta y admite que, a veces, el arte contemporáneo no le interesa en absoluto
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Un altar de la Difunta Correa, un tigre y un yaguareté conectados a través de un tubo de sangre, un Ekeko saltando a una Pelopincho llena de billetes, la escultura de un sireno, Klemm y Berni y Nicolino Locche, la botella de Inca Kola y una prolija casa pintada de celeste cual sueño del conurbano que, de pronto, se transforma en pesadilla: adentro hay paredes de ladrillo hueco, alambres de púa y bolsas de residuos.
Éstas son sólo algunas de las cosas que se pueden encontrar en la flamante muestra que Marcos López (55), fotógrafo, pintor, ícono pop de la Argentina, inauguró el último miércoles en el Centro Cultural Recoleta. Se trata de un regreso a todo aquello que lo hizo famoso cuando abandonó la carrera de ingeniería para dedicarse a sacar fotos de una forma intuitiva, personal. Empezó con retratos en blanco y negro, siguió con los colores fuertes de la serie Pop Latino y luego llegó a lo más profundo del ser nacional con Sub-Realismo Criollo y el Asado en Mendiolaza , la imagen de una suerte de última cena vernácula que, según muchos, predijo la debacle de 2001.
Hoy, ese espíritu teatral, ácido e irreverente, reaparece en todo su esplendor. ¿El nombre elegido para la exposición? Debut y Despedida. Y un subtítulo hiperbólico: Toda la Carne al Asador.
-¿Ésa es tu frase de cabecera?
-Sí, yo tiro toda la carne al asador como si se acabara el mundo mañana. Tiene que ver con una necesidad de exorcizar y sacar todo afuera.
-¿Por qué te despedís? ¿Te estás yendo de la fotografía?
-Voy y vengo. Debut y despedida significa eso: el entusiasmo del debut, y el hecho de poner toda la carne al asador por las dudas, por si se va todo al demonio, por si el Titanic se hunde. Es todo lo que tengo para decir: se acabó.
-¿Tenés esa misma actitud en otros planos de tu vida?
-No, en realidad en mi vida cotidiana soy un tipo bastante miedoso, reprimido y conservador.
-Uno mira tu obra y la sensación es que girás todo el tiempo en torno a los mismos temas?
-Sí, ¿sabés qué son esos temas? El desamparo y la fragilidad de la existencia. Las sirenas y los sirenos son una ilusión, el sirenito en el Río de la Plata? es lo que hay. O la Pelopincho: no nos alcanza para irnos a Mar del Plata, pero tenemos la Pelopincho. Otra figura son los tigres, que tienen que ver con un costado salvaje mío que me sale en la obra. Después, a la noche, le leo cuentitos a mi hija.
- ¿Qué ves cuando caminás por la calle? ¿Cómo ves?
-No paro de mirar. Me descoloca la desigualdad social, no puedo evitar conmoverme cada vez que un tipo me pide una moneda en la calle. Todo el colapso urbano no lo soporto. Me iría a vivir al campo, pero mis hijos, que tienen 9 y 16, van a la escuela acá. Eso me da una idea de la insensatez de los seres humanos al no poder resolver cuestiones de sentido común en un país tan rico como éste: no puedo creer que exista el cinturón de pobreza del conurbano. Me irrita, pero no encuentro respuestas. Frente a eso, uno se pregunta qué sentido tiene la expresión artística.
-¿Y qué sentido tiene?
-En principio, tiene un sentido para las quince personas que estamos haciendo esta muestra. Todos estamos interactuando para hacer algo que pretende un horizonte de mejoramiento interno. Y, a la vez, siento que en un punto el arte contemporáneo no me interesa en absoluto, pero vivo de eso: transito esa contradicción. No te quiero, pero dame un beso.
-Se dice que, con tu obra, retrataste al menemismo como nadie. ¿Qué opinás?
-Que sí, pero sin querer, porque en los 90, en pleno menemismo, se me ocurrió hacer un arte de la truchada, de lo falso y, entonces, intuitivamente, con la puesta en escena, fui documentando los 90. Mi teatralización de ese país de cartón pintado, que sigue hasta el día de hoy, fue involuntaria. Lo que pasa es que durante el menemismo era todo mucho más obvio, más barroco.
-¿Vos decidiste ser autodidacta?
-No terminé nada de lo que empecé. Estudié ingeniería por mi papá, pero abandoné en el último año. De la Escuela de Cine de Cuba también me fui. Soy rebelde, no me gustan las instituciones. A los alumnos de mis talleres les digo: "Estudien tres meses conmigo y váyanse con otro".
-¿Por qué bautizaste a tus talleres "grupos de autoayuda"?
-Porque lo son. El arte no podría ser otra cosa que eso; si no lo viviera así, sería el loco del martillo.
-¿Te analizás?
-Sí, tengo dos psicólogos. Uno es bioenergético, y el otro es un "sabelotodo". Necesito un poco de cada uno para ser una persona normal. Yo soy un padre de familia. En casa a las nueve se cena, después los chicos se acuestan, los llevo a la escuela a las siete y media de la mañana. Hago una vida totalmente metódica. Igual, a veces me despierto a las cinco de la mañana y me pongo a pintar como un lobo estepario.
-Sos un referente pop. ¿Te imaginás haciendo otra cosa?
-Y, a veces me aburro del patito inflable, de las ojotas de segunda selección. En la fotografía comercial me llaman siempre por eso, y a veces me cansa. Aun así, algo me gusta de esa sencillez. Andy Warhol tiene una frase muy interesante: "Sólo hay que mirar la superficie, no hay más". Era un tipo que hablaba de plata, que decía: "Me gusta la guita". Era un provocador, como yo.
-¿Provocás con la ironía?
-Sí, la ironía es mi escudo para transitar por este mundo insensato.
-¿Te considerás, como Warhol, un materialista?
-No, pero necesito el dinero porque quiero hacer mi obra. Si me lo gasto en eso, entonces sí, me gusta. Me pongo bollos de plata en el bolsillo, tal vez no sé ni cuánto hay, gasto todo lo que tenga que gastar. Pero sólo me interesa para generar obra. Yo no sé ni la marca del auto que tengo.
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