
MARCOS ZUCKER DE TODO CORAZON
Lo pierde una linda mujer. Y también un caballo en Palermo. Pero lo que más le despierta esa cuerda sentimental que lo domina es el teatro. Hace poco, recibió un premio que lo enorgullece. Hizo todo, pero quiere hacer más, aunque a veces no lo dejen y lo echen sin preaviso de la tele
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Cuando uno recibe un premio como el que recibiste vos, el Trinidad Guevara, uno hace una revisión de su vida. Me gustaría hablar un poquito del pibe ese que empezó a trabajar a los 6 años cantando tangos.
-Yo vivía en un conventillo en la calle Zelaya, ahí en el Abasto, donde nací, y a los 4 años yo salía con conjuntos carnavalescos, porque había seis días de Carnaval. Trabajábamos en los cines. Yo estaba en un grupo que se llamaba La familia Mastrocucci de barrenderos, y ahí cantaba tangos. Aparte de eso, yo mangaba. Cantaba en cualquier lado, y cuando terminaba de cantar pedía chirolitas.
-Pasabas la gorra.
-No era la gorra, la mano.
-No había para comprarse gorra.
-A los 6 años me llegó un vale al colegio, de la Compañía Infantil Angelina Pagano, que trabajaba en el Teatro Ideal, al lado del cabaret Chantecler. Miraba el vale y decía: me gustaría. Y un día me subí a un banquito, porque el teléfono estaba un poco alto, y llamé. Me atendió un señor y dijo: Teatro Ideal. ¡Yo sé cantar! Y empecé a cantar, para que el tipo me escuchara. Cuando yo terminaba, no había nadie del otro lado.
-Te habían cortado.
-Imaginate. Y así lo hice varias veces hasta que un día agarró el teléfono la directora, Angelina Pagano, y me citó en el teatro.
-¿Ella era italiana?
-Sí, italiana, una de las grandes que tuvimos acá. Entones un día fui al teatro con mi hermana y me invitó a tomar un té con leche y masitas. Angelina me dijo: ¿Te gustaría estar acá con nosotros? ¡Y cómo! Yo vine para eso. Y bueno, me quedé en la compañía. Cuando debuté canté Garufa, y de ahí en más siempre me dijeron El Pibe Garufa. Lo estrené yo, en 1928. Del barrio ´e la Mondiola, sos el más rana...
-¿Te acordás quiénes eran tus compañeros?
-Sí, me acuerdo: Irma Córdoba, Rosita Rosen, Jaime Walfish, René Cosa, Rosales, Blanca Tapia, una muy buena actriz que tuvimos que ya no está, lamentablemente. Y un día, mamá Angelina, como le decíamos, me dio un papel en una obra que se llamaba Rosa de oro, de Arturo Capdevila, un gran poeta. Yo hacía de jefe de enanos. Salía con la barba, vestido con una camisa blanca y un pantalón blanco, y salía de abajo de la tierra, se abría un foso y aparecía el enanito. Y ahí arranco, con eso empecé a ser actor.
-¿Qué edad tenías? ¿Nueve, diez años?
-No, tendría siete, ocho años. Entonces por ahí de pronto una compañía de profesionales necesitaba chicos y nos llevaban a nosotros. Y a los que más llamaban era a Gogó Andreu y a mí.
-Y entonces dejaste de cantar...
-Con el canto... Yo canté con los mejores: Troilo. Cantaba temas en el Teatro Presidente Alvear, que después los grabó Roberto Goyeneche, que era más que amigo mío. Lindo, épocas gloriosas. Pero, ya te digo, después me inserté directamente en el teatro. Y a los 14, 15 años me daban papeles de viejos de 90, y yo me pintaba arrugas hasta en el tujes para aparentar, pero no podía. Y ahí empezó mi carrera. Una carrera de mucho aprendizaje. Porque yo quería aprender, miraba a todos los que tenía a mi lado.
-¿Quiénes eran tus ídolos entonces?
-Muiño, Alippi, Parravicini, Arata... Y Luisa Vehil, Eva Franco, Paulina Singerman. Yo me colgué con todos ellos. Me amaban, y yo los amaba también. Yo recuerdo haber visto Así es la vida, en el Teatro Nacional, con Muiño, veinte días seguidos. Era tanta la emoción que tenía la obra, que la iba a ver todos los días. Después me iba al camarín y le besaba las manos (Marcos se besa las manos) a Muiño, por el momento que yo había vivido. Bueno, esa actitud la mantengo hasta el día de hoy. Yo hoy voy a ver un espectáculo y si me gusta grito como un loco.
-¿Cuántos eran en tu familia?
-Nueve hermanos, papá y mamá.
-¿Cuántos varones eran?
-Cinco varones y cuatro mujeres. (Cuenta una de sus hermanas al pasar, mientras insiste en su oferta de budín.)
-¿En qué año naciste?
-Yo nací en 1921. Fue todo tan lindo, porque me quería tanto la gente, tanto... Cadícamo, Cobián, Cortázar, Alfonsina Storni.
-Eras un nene... (La hermana le ofrece budín.). Ahora no, gracias.
-Luisita, pará un poquito.
Luisa: -Sí, sí, paro. A Marquitos le molesta cuando molesto.
-Eras un nene codeándote con gente más grande.
-Claro, totalmente. En el barrio muy de vez en cuando me ponía a jugar con los chicos con la pelota de goma. Yo iba a lo mío.
-Y ya tenías tu plata...
-Ya le daba platita a papá y papá se arreglaba... Con el tiempo, gané bastante. Lo que pasa es que lamentablemente tengo algunos vicios profesionales que me quitaron un poco. Me gustan los chuchos.
-¿En serio?
-Sí.
-¿Gastaste mucho en los chuchos?
-Sí. Tengo muchos amigos en la hípica.
-¿Y seguís yendo?
-Síííí. A la mañana, a la tarde y a la noche. Ja, ja, ja. Sí, voy mucho. No me gusta otro tipo de juego, ni la ruleta ni los naipes...
-¿Y llegaste a patinarte mucho ahí?
-Sí, sí. Nunca fui ganador. Cuando fui ganador me compré muebles, un departamento, un día que gané bastante. En la época que se podía comprar todavía un departamento.
-Pero en general perdías...
-Sí, perdí mucho, sí. Lo deploro sensiblemente, pero a esta altura del partido pienso que es un recurso afectivo. Yo me siento en la tribuna de Palermo, donde soy un asiduo concurrente y me quiere mucho la gente, y la paso realmente bien, la paso muy bien. Si yo hubiera tenido conducta hubiera sido un gran ganador, pero no tuve nunca conducta. Yo quería jugar. Si había nueve carreras, nueve. Si había 26, 26. Y así no puede ganar nadie.
-Claro. Supongo que vos estabas adelantado. Vos eras un pibe de once años que pensaba como un pibe de 17, 18.
-Exacto, así es.
-Y eso con las mujeres también, supongo.
-Puf. ¡Las minas! Fui un desastre con las minas. Siempre me enamoraba, era un eterno enamorado. Ahora también. Con los grandes disgustos de mi rubia, que me reta. Le digo: Y bueno ¿qué querés que haga?
-¿Dónde gastaste más, en el hipódromo o con las chicas?
-Mmm. Más o menos lo mismo. Fifty fifty. (Se ríe.)
-¿A qué edad te casaste?
-A los 24 años.
-¿Ella era actriz también?
-No, no era actriz. Era ama de casa. La mamá de mi hija y de mi hijo. Silvia se llamaba. Una mujer fuera de serie, estupenda, muy buena mujer. Yo le hice mal, porque la engañé. Pero reconocí mi error. Y entonces para tratar de paliar la cosa me fui a España con Vicente Rubino. Teníamos un dúo formado. Nos fuimos a trabajar con Alfredo Alaria. Yo tenía ansiedad de irme porque en mi casa la vida se me hacía imposible. Rompí la relación paralela que tenía y me fui a España. Estuve seis meses y le mandé a Silvia 180 cartas.
-Todos los días una carta.
-Todos los días. Y ella me mandaba todos los días una carta. En Barcelona nos fue muy bien. Alaria tuvo un accidente, se quebró el tendón. Entonces tuvimos que ir a buscarnos la vida y empezamos a trabajar en un cabaret que se llamaba Río, en Barcelona, un hermoso cabaret. Y nos fue muy bien, muy bien.
-Eran buenos los dos.
-De pronto, llegó un gran ofrecimiento de Madrid. El sitio se llamaba Pasapoga y era como decirte acá el Tabarís, en su mejor época. Fuimos con el triple de paga. Catorce días de contrato. Debutamos y matamos. Matamos. Como era Semana Santa, el lugar estaba lleno de españoles. El cuarto día ya no era Semana Santa. Salimos a trabajar a hacer lo mismo y no pasó nada. Pregunté qué pasó y me contestan: Es que los días normales aquí vienen nada más que extranjeros. No os entendieron. Todo lo que dijisteis no tuvo valor. Por ahí, Jorge Mistral nos consiguió un lugar donde trabajar tres días: viernes, sábado y domingo. Era público español, y matamos otra vez, porque nos entendían. Fuimos a ese cabaret tres días, muy bien, y al tercer día el hombre nos tenía preparada la plata para que rajáramos...
-¿Y por qué?
-Nunca supimos el porqué. Nunca supimos. Nosotros le decíamos: ¿Usted vio el éxito que tuvimos? Pero igual nos echaron. Bueno, entonces retorno. Puerto. En barco nos vinimos. Me esperaba mucha gente de mi familia. Yo venía con unos mangos.
-¿Y Rubino?
-Vicente también, como yo. Vicente andaba mal con la mujer también. Pero en el puerto nos abrazamos con mi mujer. Me preparó una fiesta en casa, una fiesta hermosa.
-Pero seguiste siendo un travieso.
-No. Pero te cuento cómo venía la mano rápida, inmediata. Al cuarto día de estar acá me llaman del Maipo y yo había estado los cuatro días en casa. Me dieron trabajo, mi vida, mi amor. Voy a ver qué es eso y a las seis y media estoy de vuelta, le digo a mi mujer. Entonces fui al Maipo, hablé, arreglé y en lugar de llegar a las seis y media llegué a las siete. Me puso la casa encima. Está enferma mi mujer. Le había dolido mucho aquí (se toca el corazón), la había dejado muy mal. Entonces dije: parece que la mano es dura. Yo quería mi casa, y la quería a Silvia, mi mujer, pero no hubo forma.
-Se terminó.
-No hubo forma, de ninguna manera. Me había apartado a los chicos, mi ropa no se lavaba con nada, estaba un poco excluido. Lo pensé un poco y me fui... Bueno, después tuve los problemas que tuve con Ricardo.
-Yo sabía que tu hijo es uno de los desaparecidos. Ahora, él en un momento se había ido a España.
-Yo lo mandé a España. Primero lo mandé a Río de Janeiro.
-¿Ya lo habían agarrado en algún momento?
-Me lo habían devuelto. Pero me lo devolvieron porque me moví mucho. ¡Me dejé manosear tantas veces! Me incitaban a que no fuera más, que no fuera, que no iba a lograr mi objetivo. ¿Me entendés? Que no iba a pasar nada.
-¿Con quién hablabas?
-Suárez Mason, Massera, Viola, todos. Pero allá en Palermo, a las seis de la mañana estaba adentro. Esperaba y esperaba y esperaba. Y fui a ver al nuncio apostólico y a mucha gente. A un padre que se llamaba Graceli, que estaba en Stella Maris, lo fui a ver veinte veces. Me arrodillé, me arrodillé porque en ese momento creía en Dios, y me arrodillé. Haga algo por mí, estoy desesperado. Pasó un tiempo y me lo devolvieron. ¿Qué hacemos?, le dije a mi hijo. Me quiero ir papá. Bueno. ¿Adónde querés ir? En principio, me quiero ir a Brasil. Bueno, yo te llevo. Yo te mando a Brasil. (En este diálogo con su hijo Marcos habla muy pausado, tranquilo. Se nota que está emocionado.) El día que fuimos a tomar el micro para Brasil tuve más miedo del que tuve en mi vida. Calles oscuras, por ahí, por plaza Once. Yo tenía el temor de que en cualquier momento me lo bajaran. Por suerte subió y se fue. Yo seguí y un día la mamá decide ir a verlo. Yo le dije: no vayas. Ya no tenía nada que ver con ella, pero yo sabía el estado de salud que tenía, me lo había dicho un médico: Mire que su mujer no puede hacer nada, absolutamente nada. Entonces cuando me dijo que se iba le digo no vayas. Dejalo. El va a volver y todo va a andar bien. Lo vamos a cuidar entre vos y yo. Y se fue igual ella. Y me llaman y mi mujer ya no estaba más, se había muerto. Tuve que repatriarla y enterrarla. Y ya no estaba más Silvia.
-¿Y por qué volvió después Ricardo?
-Y, porque en España había muchos argentinos políticamente comprometidos, y él estuvo con ellos.
-Lo convencieron de volver.
-Claro. Y de pronto llegaron. No lo sé a ciencia cierta, pero lo imaginé a través de todo el tiempo, a la Argentina a través de Bolivia. Eran 16 chicos y chicas. Pero no contaban con que habría delatores. Así que cuando llegaron (hace gesto de metralleta con las manos), bum, bum, a todos.
-¿Te enteraste enseguida?
-No, no me enteré ahí. De ahí en más yo empecé a buscar una tumba donde poder llorar. Yo lo había visto a Ricardo en Madrid, y ya me había dado cuenta de que no había nada que hacer. El me tenía cariño, pero me decía que nadie lo podría hacer cambiar de idea. Entonces yo le decía: Pero escuchame, te vas a jugar ¿en pos de qué? Que no insistiera, me decía... Y después, como te cuento, empezó mi búsqueda. Mucho tiempo después, mi hija me dice que me van a bonificar por Ricardo. Le digo: Mirá, Periquena, yo no acepto plata por mi hijo. Yo acepto que me digan dónde está él, en qué lugar, para ir a velarlo.
-Después de esta separación, estuviste casado con una mujer chilena. ¿Cómo fue?
-Sí, varios años, desde 1980 hasta 1984, 85. Después de lo que ocurrió con Silvia, yo busqué unos romances. Algunos me hicieron bien, otros no tan bien, porque no fui un hombre total y absolutamente feliz. Y de pronto me ocurren dos cosas: me voy a Chile, a hacer El violinista en el tejado. Y empiezo a sentir problemas en la vista.
-¿Tenías cataratas?
-Cataratas y glaucoma. Hice la temporada allá y me fue de locos, de locos.
-¿Acá no te dejaban trabajar?
-Sí, no había ningún problema. Pero me hicieron la oferta en Chile. Entonces hice la obra allá durante todo 1978. Mil setecientas localidades y todos los días, repleto. La ovación en el final, te lo digo con toda la humildad del mundo, diez minutos la gente aplaudiendo. Cuando le dije al empresario que me iba porque me tenía que operar de los ojos, me dice: Bueno, ¿pero vuelves? Le digo: sí, sí, yo vuelvo. Pero la verdad que necesito operarme. Estando en Chile, tejí un romance con una niña con la que me divertía bastante. Al volver a Buenos Aires me sentí mal, solito en mi departamento de la calle Bulnes. Y la llamé a ella, a Mariana, a Chile. Me caso contigo. Me casé. Volví a Chile, y me casé. Yo sabía que no era la solución, pero estaba solo, totalmente solo. La cosa anduvo muy mal. La traje a Buenos Aires, compramos un hermoso piso en la calle Santa Fe y después lo vendimos malamente. Ella se llevó la plata, los muebles y lo que yo más quería, a nuestro hijo. Les mandaba dinero mensualmente. No me porté mal con ella, para nada, ni con el niño. Pero se había establecido una separación. Ahora estoy tratando de recuperarlo y creo que voy a lograrlo.
-¿En el ambiente tenías fama de picaflor?
-Sí, y la sigo teniendo. Ella me reta. (Señala el portarretratos.) La rubia me reta.
-¿Cómo es el romance con la rubia? Contame. ¿Cuánto hace que están juntos?
-Ocho años. Ella vive con sus hijos, que son abogados, y yo vivo con mi hermana, pero prácticamente estamos más juntos que lejos. No estamos viviendo juntos, pero sí casi todos los días.
-¿Dónde la conociste?
-Eramos amigos de hace 30 años. Es viuda, ella. Murió el marido, nos volvimos a encontrar y se manejaron las cosas de otra manera.
-O sea, ella sabía cómo eras.
-Sí, claro que sabía. Pero igual a veces seguimos teniendo problemitas...
-Así que sos incurable.
-Incurable.
-¿Cómo era el ambiente de los artistas antes y cómo es ahora?
-Mirá, la televisión mató sentimientos. Hay egoísmo, cosa que antes no existía, ¿entendés? El que te puede poner la pata encima, te la pone.
-Pero vos en televisión hiciste cosas que han tenido mucho éxito.
-Claro. Trabajé con Olmedo, con Altavista. Después llegaron las comedias en el 9, Compromiso, cosas que me gustaron mucho. Yo no me puedo quejar. Yo te estoy diciendo de la envidia. Yo tengo una anécdota: estaba haciendo De corazón, en el Canal 13, hacía del papá de Bonín, abuelo de los chicos, un personaje hermoso, me venía muy bien. Me descompongo en el canal. Bueno, se asustaron, me hicieron respiración boca a boca. Estuve dos días en terapia intensiva, me dieron el alta, y me llevaron a lo de Favaloro. Estuve dos días y me fui. El señor productor, Estevanez, me sacó totalmente del programa sin darme la más mínima explicación, el porqué. ¿Qué le hice? Quiero saber qué le hice. Me echó. Y no me pagaba millones.
-No, me imagino.
-No, él paga muy mal. Así que no puedo entender. Me parece perfecto que trabajen los chicos. La gente joven es una maravilla porque todos éstos van a salir actores fuera de serie. Pero todo lento, pausado.
-¿Qué personaje te dio más satisfacciones?
-El deEl violinista en el tejado.
-Vos hacías lo que hizo Topol en cine.
-Exacto. Y en teatro aquí lo hizo Raúl Rossi. Y Raúl lo puso en Chile. El lo dirigió. Raúl estaba estupendo en la obra, estupendo. Yo terminaba de hacer la obra, recibía el aplauso del público y nos íbamos a comer con Mariana y yo no comía, no tenía hambre, yo tenía aplausos, aplausos, los gritos de la gente. Comé -me decía ella-, tenés que comer algo. Dejame, yo voy a comer, yo voy a comer.
-Marquitos, ¿qué significa el premio este?
-Mucha alegría. Me ha demostrado lo que me quiere la gente y lo que me quieren mis pares. El otro día cuando dijeron Marquitos Zucker, la gente de la platea, que estaba repleta, se levantó toda y me aplaudió. Un recuerdo imborrable para un actor.
-¿Y en cuanto al premio económico? ¿Es una entrada mensual de mil pesos?
-Mil pesos. Es ampliamente para festejar.
-Ahora, gastaste suela en asfalto, ¿no?
-Sí. Yo transité todos los lugares lindos de este país, hermosos. Este es uno de los mejores países del mundo, sobre todo porque todavía sustentamos una cosa de afecto, de amor. Yo te toco así (agarra mi brazo) y vos sabés que es sincero mi ademán afectivo. Pero estamos perdiendo algo. Yo tengo miedo, tengo mucho miedo.
-¿Miedo a qué?
-No me gusta cómo nos estamos manejando. Los hombres, la familia, las ideas. La calle me suena por momentos a falsa. Así como de pronto tengo las mejores bendiciones, en otros momentos me asusto. Algún judío de mierda que escucho. Me lo gritó hace dos años un señor con una chiquita, en la calle. Me hizo mucho mal, mucho mal. ¿Por qué, en forma gratuita? Soy un buen judío, lo siento así. Todavía no sé en qué cementerio voy a descansar, si en mi Asociación Argentina de Actores, que tiene su panteón, o en Tablada, al lado de mis padres. Pero quiero andar tranquilo por la calle y ya no ando tan tranquilo.
-¿Sentís que es una época violenta?
-Sí, sí. Yo vivo a cuatro cuadras de Pasteur, yo pude haber pasado por ahí, porque yo camino mucho, y tengo miedo.
Un tipo admirado y querido
Gustavo Garzón: "De chico admiraba a Marcos cuando hacía la obra Papá. Es uno de los más grandes actores argentinos. Y después trabajé con él en La mujer del domingo, y a mi admiración artística le sumé un enorme cariño personal. El contagia las ganas de vivir".
Cipe Lincovsky: "Hace más de 30 años que nos conocemos. Marcos es un gran actor con una gran sensibilidad, y también una persona terriblemente agradable. Es muy grato encontrarse y conversar con él".
Ana María Picchio: "Marquitos es un actorazo de los grandes, un gran capocómico. Maneja el drama y la comedia como sólo él lo puede hacer. Yo aprendí muchísimo al lado de él. Además es una excelente persona llena de sensibilidad, muy divertida y muy dada. Siempre quiere pagar cuando vamos a comer. Su gran familia es el teatro".
Pablo Rago: "De chico lo miraba en la tele y me moría con sus personajes y después estar laburando con él fue alucinante. Es una suerte haber trabajado con un grande como Marcos".
Daniel Fanego: "En Los machos él era mi idishe tátele, un papel precioso, entrañable; era el viejo rana de un hijo rana. El también supo ser un macho y un tipo bravo, y parece que sigue siéndolo. Marcos Zucker es un actor extraordinario, es una marca a nivel de actuación, es una persona muy importante de la teatralidad nacional. Marcos es un tipo muy expresivo, un gran capocómico".
Leonardo Sbaraglia: "En Clave de sol yo era muy chiquito y estaba muy expuesto con lo que tenía que hacer, entonces yo le pedía consejos a Marcos. El era como un padre, un maestro, daba muy buenos consejos y también mucho apoyo. Siento mucho respeto por él como actor y como persona".
Arturo Bonín: "Trabajar con Marcos es siempre una alegría, es estar con un pedazo grande de la historia del teatro que yo amo y admiro. En De corazón nos daba lecciones de laburo constantemente, el hecho de estar enchufado todo el tiempo y de estar siempre dispuesto y de nunca bajar la guardia, todo eso me hace quererlo muchísimo más. Es un tipo divertido, siempre de buen humor. Lo quiero mucho, realmente".





