Mario Markic: "Algunos piensan que hago un programa turístico"

Diego Sehinkman
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11 de agosto de 2019  

Desde 1996 hace En el camino, el popular programa que emite TN, por el que ganó el Martín Fierro de oro en cable. Mario Markic es profesor de la carrera de periodismo de la Universidad de Belgrano, en radio y televisión, y un referente en eso de buscar historias a la vera de las carreteras argentinas. Aquí, responde al Cuestionario Sehinkman .

-Estamos en 1957. Sentado en el cordón de la vereda de alguna calle de Río Gallegos; detrás suyo, el almacén de ramos generales de su papá Emilio, descendiente de croatas. El pequeño Mario ve pasar un auto que no era infrecuente en ese momento en el sur: un Studebaker Silver Hawk. ¿Qué podría estar pensando aquel pequeño Markic?

-Estoy sorprendido porque están construyendo el primer cordón de la vereda del pueblo. Ese año asfaltaron la primera calle. Y pasaban estos autos que eran como lanchas gigantes, norteamericanos, cromados, relucientes, pero inadecuados o fuera de contexto en ese lugar. Fue un plan del gobierno de entonces para promocionar la Patagonia, para poblarla, entonces entraban sin impuestos. Ni en Buenos Aires estaban. También, se importaban camionetas para la gente que trabajaba en las estancias, para llevar las lanas. Yo era un chiquito que estaba mirando esos autos, deslumbrado por todos ellos, pero el que más me gustaba era el Studebaker Hawk. Fue el auto de mis sueños, lo fui idealizando y, años más tarde, supe que el tipo que lo inventó, Raymond Loewy, fue un capo del diseño norteamericano que había inventado incluso la botella de Coca Cola con forma de mujer, así estilizada.

-Ya vamos a ver cómo el Studebaker vuelve años después a tu vida. Pero hagamos el recorrido: viniste a estudiar periodismo a Buenos Aires, trabajaste en Gente, Somos, Noticias y, desde 1992, en Canal 13. Y en 1996 surge En el camino, por TN, que gana el Martín Fierro de oro en cable.

-Algunos piensan que hago un programa turístico cuando en realidad yo quiero contar historias. Incluso, hay historias que terminaron siendo destinos turísticos después de que las contáramos en el programa. En La Falda conté la historia del hotel Edén, donde estaban los nazis. Era un relato que no quería contar nadie y que a mí me reveló un señor que ya murió. Hoy, el hotel Edén es un destino turístico. Y me llamaron a mí para entregarme una placa de ciudadano ilustre. Incluso, el Che Guevara quiso hacer un sabotaje en el hotel porque durante la Segunda Guerra el país se dividía entre germanófilos y aliadófilos. Y el Che estuvo ahí por el asma. El Che y su padre lo querían sabotear porque decían que los nazis hacían transmisiones por una antena muy poderosa que tenían ahí.

-De manera que en tu programa son tan o más importantes las historias que la geografía.

-Sí. Igual, la geografía a mí me apasiona, porque a veces te desafía a contar historias a partir de la nada misma. Yo me considero un intruso dentro de mis documentales. Pero ocurrió que algunos lugares que me generan mucha atracción, como un salar, no siempre tienen tanto para mostrar, solo la imagen. El camarógrafo se volvía loco: "Ya lo hice para arriba, para el costado, di vuelta todo, no tengo más nada para hacer porque no hay nada". Entonces, yo dije: "Bueno, me voy a meter yo. Grabame cuando me siento en esa piedra y empiezo a pensar". Entonces miro para arriba, para abajo, el sol que me enceguece. Y con eso empezamos a hacer historias, porque siempre hay una leyenda dando vueltas en lugares así. Imaginate un lugar que se llama El salar del hombre muerto.

-Recorriste un millón y medio de kilómetros e hiciste infinidad de viajes en 23 años de programa. ¿Podrías elegir alguno de los que más te impactó?

-Una gran nota fue hace unos 15 años en el Amazonas Fordlandia, porque fue el único fracaso en la vida de Henry Ford. Él quería obtener caucho para los neumáticos y entonces decide alquilarle la mitad de la selva amazónica a los brasileños. Los brasileños no tenían la más pálida idea de qué era el Amazonas. Entonces, Ford funda Fordlandia -le puso su propio nombre- en una orilla del río Tapajós, afluente del Amazonas, y junta 30 mil tipos para que trabajen en la fábrica de caucho. Pero, ¿qué pasa? Como el árbol de Siringa crece uno acá, el otro allá, en el medio de la espesura de la selva y las enredaderas, Ford arrasó con la selva para armar una especie de "línea de producción fordiana", bien prolijita, con un árbol plantado al lado del otro para optimizar la extracción, en la creencia de que la plantación artificial iba a dar la misma cantidad de caucho que los árboles naturales. Pero la selva tiene sus códigos: si los árboles estaban dispersos y estaban con enredaderas, era porque los que sobrevivían tenían enredaderas buenas, que cortaban a la maleza mala.

-¿Cómo describirías lo que viste?

-Es como si en ese pueblo hubiera explotado la bomba neutrónica. Había camiones Ford del año 30 oxidados en el medio de los árboles, invadidos por la vegetación. A cuatro o cinco metros del suelo, veías autos atravesados por ramas. La selva los tenía como trofeos. Para Ford, un héroe del siglo XX, fue una gran cachetada porque no pudo dominar a la naturaleza. Esa fue una historia maravillosa que nosotros presentamos y ese programa ganó la medalla de bronce en el New York Festival, entre 7 mil documentales. Creo que fue porque los norteamericanos encontraron un fracaso de Ford que no lo tenían registrado. Y para mí, fue descubrir la ecología de un modo brutal.

-Y de Ford vayamos, finalmente, al primer auto: el Studebaker Silver Hawk.

-(se ríe) Bueno, en Buenos Aires los años pasaron. De no tener un peso pasé a tener algunos pesos, fui evolucionando un poco en mi trabajo hasta que llegó un momento, en los 90, que había ahorrado y podía comprar un auto. Como nunca se me cruzó por la cabeza tener un cero kilómetro, siempre pensé en alguno de colección, que además significaba para mí un sueño estético. Un buen día salí con 4500 dólares y estuve a punto de comprar un BMW de esos que se abren por adelante, de posguerra, chiquito, para dos personas. Pero recordé que yo quería el Studebaker. Hasta que otro día leí en el diario: "Studebaker 57 Coupe". Fui al taller donde lo tenían: costaba 8 mil y no andaba. Lo terminé comprando y estuve muchos años con la restauración. ¡Me desplumaron! Para arreglar el motor iba a lo de un mecánico y, para la chapa, a otro. ¡Entre los dos se hicieron un picnic conmigo durante cinco años! (risas). Uno finalmente algo aprende: para tener un auto de colección, o tenés que ser Pérez Companc o ser mecánico. Pero no un periodista, que no entiende nada de fierros y lo único que quiere es el auto porque representa un regreso a la infancia feliz.

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