
Mary, Betty, Peggy, Julie
¡Rubias de Buenos Aires! Ahora se las llama producidas, pero ¿quién no lo está?
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Una reciente película argelina de cuyo autor no me acuerdo plantea un tema para nosotros tan familiar, que basta con cambiar argelina por argentina para hallarnos en casa. Desde por lo menos los años cuarenta, si no treinta, las argelinas solucionan sus conflictos con Occidente tiñéndose de rubias. (Las que pueden, claro). Una escena de la película resulta particularmente sabrosa. La señora algo mayor, de cabellos de lino y maquillaje al tono, le dice a una vieja amiga, estupefacta: "¿Qué te pasó que estás morocha? ¿Es por falta de plata o te volviste tacaña?". Es que los ritmos de la descolonización y de la decoloración no marchan parejos. Una cosa es dejar de ser colonia en lo institucional y otra, muy otra, en la cabeza. De Gaulle mediante, Francia se retiró de Argelia en fecha lo bastante próxima como para que aún queden argelinas a las que el solo recuerdo de las francesas con sus melenitas de oro les produzca un sofocón. Frente a estos vuelcos del corazón y de la sangre sólo cabe un par de soluciones: diferenciarse del colonizador poniéndose la chilaba y el velo, o imitarlo disfrazándose de Brigitte Bardot.
La Argentina, si mal no recuerdo, se liberó de sus colonizadores en 1810. En ese momento aclararse para diferenciarse no tenía gollete; una porque los españoles eran tan castaño oscuro como nosotros y otra porque no había con qué. Tuvimos que esperar la llegada de nuevos colonizadores, esos que traían ferrocarriles o que cantaban tee for two and two for tee, para que las argelinas, perdón, las argentinas, comenzaran a tirarse de los pelos de pura envidia, primero, y a teñirlos después. Evita es el ejemplo más a la vista. Pero, como sucede con otro de nuestros productos culturales, el tango, la imitación sobrepasó el modelo para volverse auténtica creación: en cualquier parte del mundo, la rubia argentina resulta identificable por ese algo indiscernible que ni la argelina posee.
¿En qué se la distingue? En el amarillo patito de los cabellos largos, en el largo de esos cabellos y en la impresión de doble mirada vigilante que crean los anteojos colocados arriba, a media mollera. Veinte años después (la cantidad de años y la noción de regreso no sólo tienen que ver con nuestro Zorzal criollo, sino también con Athos, Porthos y Aramís en su edad madura), todo está como era entonces: la argentina no se rapa, el argentino sí. (Los que cuentan, claro.) El lleva blazer azul marino con botones dorados y pantalón gris, en abierta alusión a los colegios que acompañaron la venida de los ferrocarriles; ella, minifalda y maxipelo. Ambos uniformes se refieren a lo mismo, y la ausencia de traje bicolor o de claritos suscitaría en Buenos Aires igual reacción que en Argel: "¿Andan sin plata o se volvieron tacaños?" ¡Rubias de Buenos Aires! Ahora se las llama producidas, pero, ¿quién no lo está? Tampoco a la chola boliviana la vimos nunca como era, antes de verse obligada a ponerse faldas de española y galerita de inglés. ¿Entonces por qué habríamos de verlas a ellas como en el salón de Mariquita Sánchez, con pelo de azabache y piel de magnolia? Así como las vemos, pajizas y anoréxicas, ellas representan el anhelo argentino de ser otros como quería Rimbaud. Un anhelo ampliamente logrado hasta la fecha y que en este caso concreto se consigue con hambre, cirugía y rayo del sol.
No todo brilla, sin embargo, bajo este último. Para retomar otro de nuestros temas nacionales, "¿cómo nos ven afuera?", digamos que la escualidez de la turista argentina no inquieta al hotelero de países lejanos: todo el mundo sabe que las pobres son gordas. La cirugía, de estar bien hecha, no se ve. En cambio el cuero achicharrado, otro de los rasgos que permiten reconocer a nuestra compatriota de viaje por el mundo, comienza a preocupar. Aparte de operarse poco o nada, de teñirse aun menos y de ser flacas porque el cielo y la madre así lo han querido, las francesas se están yendo a las playas de Bretaña y Normandía para esquivar los solazos de la Costa Azul. No es por sembrar cizaña, pero, ¿qué imagen tercermundista estamos dando con nuestras Mary, Peggy, Betty y Julie fijadas en un tiempo que ya no es?






