
Máximo Ravenna: "Comer poco despeja la mente"
Tiene una postura que, para algunos, es controvertida: dice que ingerir 600 calorías diarias no sólo adelgaza, sino que también elimina la sensación de hambre. Charla íntima con el médico que les hace perder peso a los famosos
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Si se le pregunta por la obesidad como enfermedad, Máximo Ravenna, dueño de un centro terapéutico que lleva su nombre, no duda en responder:
–Cuando alguien exagera el carácter de enfermedad de la obesidad, yo le digo que no es tanto como parece. La pregunta que yo siempre me hago es: ¿resulta tan incurable o es tan pobre la voluntad que pone la persona gorda para combatirla? Si yo tengo una neumonía y la combato con un antibiótico cada cuarenta y ocho horas, no me voy a curar. Pero tal vez pueda evitarlo si actúo en forma directa sobre los elementos que la perpetúan.
–¿Prefiere la idea de adicción?
–El comer es adictivo y provoca una enfermedad: la obesidad. Los alimentos, sobre todo las grasas y los hidratos de carbono refinados –azúcar y harina–, producen un efecto de necesidad porque actúan sobre los neurotransmisores cerebrales. Se la ha considerado incluso un mal cerebral, a partir de que se ha ido estudiando el circuito que permite que la comida actúe como una droga.
–¿Cerebral y no psicológica?
–Psicológica también, pero mucho menos que química, fisiológica, genética y conductual. Lo peligroso es considerarla sólo psicológica, aunque, como toda conducta humana, pasa por el aparato psíquico. Yo sostengo que es un acto adictivo porque, aunque no sea una verdadera adicción, cuando comienza a hacer efecto en el cuerpo la repetición de gran cantidad de comida, y de un cierto tipo de comida sobre ciertas zonas, el organismo se acostumbra a funcionar a base de estímulos o aplacamientos de la serotonina, la dopamina, la adrenalina.
–¿Con qué engordan los argentinos?
–Con la comida, como todo el mundo. La obesidad es paralela a la aparición del refinamiento de los hidratos de carbono naturales, o sea, la utilización del maíz, el trigo, la caña de azúcar, etcétera. Cuando todo esto no circulaba, la gente comía frutas, vegetales, carnes, y además se registraba mucho menos sedentarismo y menos automatización, la obesidad casi no existía. Yo siempre digo: aparece la caña de azúcar y aparece la diabetes del adulto; aparecen el maíz, el trigo y la avena, que pueden manufacturarse fácilmente, y empieza a aparecer la obesidad. Con estos alimentos, sumados al factor del sedentarismo, surge la obesidad. Y la hipertensión irrumpe cuando comienza a agregarse sodio a los alimentos.
–¿O sea que no hay alimentos buenos y alimentos malos para los obesos?
–Aclaremos que el comer es adicción, en la mayoría de los casos, porque hay cierto tipo de comidas que son las que abren la puerta para que no se pueda parar. Se entra sonriendo al comer, no adictivamente, y uno se da cuenta de la dependencia cuando quiere salir y no puede; ve que van sucediéndose daños psicológicos, espirituales y físicos, y sigue comiendo. Por lo tanto: ¿qué otra cosa sino una droga es esto? Por lo menos, es una acción-droga.
–Entonces, ¿es obeso el que puede y no el que quiere?
–Antes, era obeso el que podía y además tenía una carga genética. Hace cuarenta años, el 15% de los obesos y gordos que había en el mundo eran genéticos. De ese 15% de la población, el 3% eran gordos psicológicamente activos. Y todo el resto eran personas con carga hereditaria que tenían mayor predisposición a producir depósitos de grasa y menor gasto energético. Con el paso del tiempo, esto cambió hasta el punto de que hoy la mayor parte de la población se está haciendo gorda, y se pronostica que, en veinte años, el 90% de la gente será gordo. Tengo que pensar, entonces, que es una enfermedad de la civilización, como tantas. Pero, ahora, la presión del automatismo más la oferta de comida y el estrés de la vida en sociedad han provocado que se recurriera a lo que está más a mano. Al tener todo servido, se actúa como lo hace un animal doméstico. El animal libre es delgado; la mascota engorda. Y no sólo porque come más, sino también porque no se mueve para obtener la comida: la recibe pasivamente.
–Usted propone una dieta de 600 calorías, y asiste a un grupo o de manera individual donde no se habla de comida. ¿Qué entiende usted que a su criterio los demás no entendieron?
–Es cierto. Los demás no entendieron. Un dato importante es que ahora, a partir de mi persistencia en función de los resultados, encontré un sistema que funciona por primera vez en mi experiencia médica; pero yo, como médico, con otros sistemas tan elaborados como éste no obtuve resultados importantes.
–¿A qué se refiere?
–Yo trabajaba con un sistema tradicional, basado en una dieta de más comida, una pseudoeducación alimentaria y la utilización de premios con comida. A partir de leer muchos trabajos sobre todos los efectos de la poca comida en el organismo, empecé a entender, en los últimos dieciséis años, la idea de que en la obesidad hay un fenómeno de tipo adictivo. Se decía, y es cierto, que todo el sistema celular pide más y más. Pero uno también puede ofrecer menos y parar un poquito. En los tratamientos de dietas hipocalóricas y ayuno se ve que la gente se despeja de la adherencia, y se genera un alivio en su espíritu y en su pensamiento; se les va la obsesión. Esto me hizo pensar que hay comida dentro de las células del cuerpo y dentro de la mente. Por eso también fui distanciando las comidas. No es obligación comer cada cuatro horas y no cada dos; el que quiera comer cada dos, que coma. Pero cuando el obeso no encara ningún tratamiento, genera un reloj biológico permanente que hace que no pueda alejarse del acto de comer. Lo que yo fui viendo es que la gente, con poca comida, además de bajar de peso pensaba, trabajaba, mejoraba y no tenía hambre. Y los pacientes que salían de una dieta hipocalórica y entraban en una pseudohipocalórica –desde mi punto de vista, de 1200 a 1400 calorías–, bajaban mucho menos, y siempre tenían hambre. Insisto, al disminuir el hambre disminuye el interés por la comida. Aquí hay que considerar el trabajo químico que produce la poca comida.
–¿Eso es la acidosis?
–La acidosis es lo siguiente. Cuando entran 800 calorías en el cuerpo y necesita 1500 o 1600, las otras 900 u 800 se producen desde adentro. La grasa, que es el depósito de calorías extras, comienza a funcionar como combustible interno. Se suma, desde la grasa, la cantidad de energía suficiente para que la persona viva tranquila, haga deportes y se mueva perfectamente bien. Por supuesto, es preciso complementar esto con los aminoácidos, las vitaminas, los minerales, en justa proporción. Ahora bien, cuando se quema la grasa se degrada en ácido acetocético e hidroxibutídico –ácidos grasos–, que circulan por el cuerpo generando un estado de acidosis metabólica –es decir, el cuerpo en un estado ácido–, que está compensada por mecanismos de respiración, transpiración, intestinales, urinarios, para que no queden cuerpos cetónicos dando vueltas, que podrían intoxicar: este proceso genera desintoxicación corporal. Además, la grasa, al pasar por la zona del hipotálamo, en el cerebro, bloquea el centro del apetito y produce una suerte de anestesia. Este proceso lleva a la ausencia de hambre a las 24 o 48 horas. Una vez que se agotan las reservas de glucógeno del hígado, la grasa comienza a quemarse cada vez en mayor cantidad. Esto produce ese gustito a manzana que se llama cetosis.
–¿Eso es bueno o malo?
–Es bueno para bajar de peso. Tengo que comer en pequeñas cantidades. Este es nuestro método. No dar grasas, sino provocar la salida de la grasa. Esta grasa que se elimina es la que provoca la saciedad. Y la poca cantidad de comida es la que va a hacer que se mueva la grasa depositada. Ahora bien, esta poca comida es una dieta variada; de la comida, que engorda, la pequeña porción es la "vacuna". Yo no doy pastillas, sino que doy una pequeña porción de la misma comida que engorda, pero que, al ser poca cantidad ,provoca que la grasa salga, bloquee el hambre, genere indiferencia. A esto le agrego el abrazo y la contención de los grupos permanentemente, para luchar contra las ganas de comer, que de todos modos se atenúa instintivamente, sobre todo porque se ve día a día el descenso de peso, en doscientos, trescientos o cuatrocientos gramos. Esto es muy impactante para una persona que ha estado padeciendo descensos de 100 a 500 gramos por semana.
–¿Es real que su sistema consiste en comer seiscientas calorías, pagar el tratamiento y encima ser maltratado?
–Yo trato muy bien a la gente; yo amo mi trabajo, amo a la gente con la que trabajo. No soy un esteticista. Trabajo con toda la firmeza que requiere cualquier adicto. Y mi firmeza es necesaria porque las personas con tendencias adictivas son vuelteras cuando hablan de lo que no quieren largar, en este caso, la comida, y ponen trabas. A veces, hay que enfrentarse duramente, hay que ser muy firme. Generalmente, la gente que dice que yo la maltrato –que, por suerte, es poca– es la que sigue gorda. Y la gente que dice que la trato bien es la que agradece que yo le haya parado el carro al "enanito gordo interno" que la hacía resistir indicaciones, no venir cuando tenía que venir, no tomar los minerales, romper y transgredir. A un transgresor uno le pone límites. A un ladrón, uno lo tiene que poner tras las rejas. Y, en este caso, la parte gorda de cada uno es un ladrón de vida, de salud. Por eso soy duro; pero también soy básicamente contenedor.
–¿Cuánta gente pasó por esta clínica?
–Veinte mil, en doce años. Pero del ’99 al 2006 pasaron 17.000. Este crecimiento se debió a que hubo más lugar y, además, a que la gente que comenzó el tratamiento sostuvo su adelgazamiento. Por otra parte, nosotros tendemos al cuerpo ideal. Esto significa el menor peso posible.
–Se dice que es caro.
–No es caro: el que lo hace no lo hace más. Le va bien y define su delgadez. Es mucho más caro haber hecho veinte tratamientos baratos, sin ningún resultado, en muchos años, por pastillas o por frustraciones.
–También se dice que en los grupos usted es como una especie de pastor Giménez, lavado de cerebro incluido.
–No es un lavado de cerebro. En todo caso, se detectan las ideas erróneas, los pensamientos automáticos y los que conducen a una persona a no estar bien. No se les inyecta una idea respecto de la vida. De hecho, en los grupos se habla del adelgazamiento, pero fundamentalmente se habla de cómo esta manera de ser equilibrado, medido, acotado, achicando la porción, produciendo el corte con la compulsión, teniendo una medida con la comida y tomando distancia entre comidas y de la comida, se empieza a aplicar a todas las situaciones que son pegoteadas y conflictivas, en las cuales todos los seres humanos estamos involucrados. De este modo, se utiliza esto como una forma de generar alivio. La gente se separa de algo a lo cual está muy pegado y queda libre. Entonces, habla mucho, habla bien, piensa diferente, escucha más, tiene mejor humor. Bueno: si eso es lavar la cabeza, yo sí lavo la cabeza.
El método
- “Nuestro método está basado en corte, medida y distancia”, dice Ravenna. Y se explica: “El corte inmediato con los excesos; la medida en la porción, el cuerpo y la ropa, y la distancia entre las comidas y con la comida”. Propone una dieta muy baja en calorías (unas 600 diarias), que obliga al organismo a obtener energía de sus propios depósitos de grasa, combinada con vitaminas, oligoelementos y aminoácidos. Esto genera una reacción biológica llamada acidosis.
- Su sistema incluye programas personalizados, asistencia a grupos de pares, actividad física adaptada, delivery de viandas, restaurante y viajes spa.
Quién es Ravenna
- Es egresado de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires, y de la Primera Escuela Argentina de Psicoterapias para Graduados.
- Se define como “un defensor de un logro rápido y eficaz, duradero y sin desgaste ni agresión”.
- Es miembro de asociaciones científicas locales e internacionales dedicadas al estudio y el tratamiento de la obesidad.
- Afirma que por su clínica pasaron “20 mil pacientes, en 12 años”
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