
Me gusta y no me gusta: dos argumentos que se miran a los ojos
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En las clases que doy, de periodismo o de historia de la moda, propongo como premisa de partida que no aceptemos ni el Me gusta ni el No me gusta como argumentos válidos para explicar nuestros entusiasmos o rechazos ante tal o cual estilo, novedad, personaje o marca. A las alumnas (y al ocasional alumno) les resulta insólito, cuando no les cae fatal, verse invitadas a renunciar a una fórmula tan sencilla y elocuente, tan fácil de emitir y de tan bajo costo intelectual, que les evita toda explicación o discurso, puesto que quien la escuche la aceptará como legítima, limitándose a responder (si lo hace) con un Sí, a mí también me gusta o con un No, a mí no me gusta, o las otras apenas dos posibles variaciones.
Mi rol consiste en desilusionarlas. No basta, les advierto, con proclamar, aún en voz alta o en mayúsculas, que adorás el negro y detestás los escotes cavados, que vibraste viendo el video del desfile de Takahiro Miyashita The Soloist, pero que en cambio la colección de Alexa Chung "no gracias, paso". Es mi deber informar a estas jóvenes (y al ocasional muchacho) que se destinan a este oficio de elucidar gustos que, una vez desplegado el tema de la crónica como un menú, con sus secciones y detalles de componentes e ingredientes, las opiniones que se emitan deberán ser explicadas, razonadas, sustentadas, ilustradas, con ejemplos, e incluso puestas en duda o rebatidas en un enfrentamiento en espejo.
Desafortunadamente, en el área del periodismo de moda en español, ya sea clásico o virtual, no abundan crónicas de moda que sigan estos preceptos verdaderamente básicos y que puedan servir así de ejemplo, y de futura fuente de trabajo, a las futuras periodistas. Predominan en cambio la liviandad de tono, la información aproximativa, y las escalas de valores mustias de sociedades en las que la impronta del patriarcado es mucho más evidente que en los países donde la moda tiene sus sedes centrales. En 2019 sigue vigente en la Argentina el pensamiento machista que relega la moda al espacio, brillante pero hermético, de una feminidad encerrada entre poderosas comillas. En ese reducto la moda es vista y practicada como un espectáculo superficial, inocuo, un entretenimiento sin consecuencias para mujeres preocupadas por cumplir a la perfección roles puramente decorativos y por los falsos dilemas del juego del Me gusta o No me gusta, justamente.
Bien podría tratarse de 1959, aunque la reducción del fenómeno del vestido, y sus efectos culturales, a esta estrecha, primitiva opción binaria responde a dictados sociales perfectamente actuales. En efecto, el mecanismo que nos fuerza a elegir entre dos posibilidades solamente, sin ningún margen, ninguna alternativa, ningún intersticio para otras expresiones de deseo, es el que rige todo el sistema consumista, es la única ilusoria libertad que nos otorga, la única manifestación de subjetividad autorizada.
Tener gustos y aberraciones fijas es una esclavitud, un duro espejismo del Yo. Pero existe una simpática escapatoria, al menos en moda: es la de vestirnos no para gustarnos ególatras en el espejo sino para que les guste vernos de ojos a ojos a quienes queremos gustarles. Es más variado, es eminentemente sociable y satisfacemos así en un solo movimiento dos deseos.






