
Mi adorable mentirosa
Engaña a todos de manera continua, sin necesidad y por acto reflejo. Hasta que las cosas se ponen mal.
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Durante un corto viaje de placer y negocios para anunciantes y agencias de publicidad que organizó el diario en San Martín de los Andes hice buenas migas con un creativo que curiosamente alguna vez había noviado con una ex novia mía. Como se trataba de asuntos románticos muy lejanos y por lo tanto ya indoloros, la coincidencia nos hizo reír y nos acercó aún más, y una noche después de cenar nos quedamos tomando algo frente a la gran chimenea del comedor del hotel y hablamos inevitablemente de Alejandra. El creativo se llamaba Franco, la había conocido cuando él era un aprendiz recién salido del horno de la facultad y me la describía como una gorda desgreñada, algo impensado para mí, que la recordaba de caderas anchas, pero de cintura angosta, con una piel blanca extraordinaria, una melena pelirroja y una traza elegante. "Esperá, esperá –me contuvo–. Esa fue la primera vez, cuando yo era un pichi y ella trabajaba en el último escalón, haciendo publicidad para almacén Don Pepito. Ahí no pasó nada, ella era infumable y yo estaba recién casado."
El asunto cambió cuando diez años después, ya más experimentado y en busca de una oportunidad, Franco se la reencontró en una agencia de mediano porte, donde ya era directora de Cuentas. Se la presentó el jefe de Finanzas y quedó estupefacto por dos razones. La primera era su aspecto: ella había adelgazado no menos de treinta kilos, se había teñido de rojo, utilizaba ropa entallada de marca y lucía orgullosa un anillo de diamante, un collar de perlas y un Rolex de oro. La segunda razón era que no lo recordaba. A pesar de que Franco se afanaba en refrescarle hechos, contextos y anécdotas, Alejandra se encogía de hombros y negaba con la cabeza. Hasta que le lanzó una mirada glacial y él se dio cuenta de que aquel pasado estaba muerto y olvidado, que ella era una mujer completamente nueva y que si quería entrar con el pie derecho y no ganarse una peligrosa enemiga debía aceptar calladamente cada una de esas decisiones. Franco cerró la boca y las aceptó.
La parte interesante de esta historia no se encontraba en esta asombrosa metamorfosis ni en el romance clandestino que mantuvieron a lo largo de seis meses, sino en el extraño desperfecto que disminuía los atractivos de la dama. "Alejandra era muy fantasiosa", acepté, recordando con una sonrisa algunos bochornos en los que me hacía caer. Cambiando figuritas resultó que Franco tenía más información, puesto que yo no la volví a ver y él la siguió tratando profesionalmente durante muchísimos años. La chica mentía sin necesidad y por acto reflejo. Algunos estudios de la neurociencia afirman que para el cerebro es más fácil mentir que decir la verdad. Esto no deja de asombrarme: fuimos programados para sobreadaptarnos al mundo hostil y por lo tanto, la elaboración de un bolazo nos resulta menos trabajosa que la simple sinceridad. Todos decimos decenas de pequeñas mentiras a lo largo de un solo día, la mayoría son inconscientes e inocuas, y permiten aceitar la vida y ejercer la misericordia. Estoy seguro de que sobre esas mentiritas descansa la civilización; sin ellas sobrevendrían homicidios y antropofagias. Pero Alejandra era diferente: disparaba engaños menudos e irrelevantes a toda hora, y se enredaba en su propio tejido de ficciones. Su propósito variaba. A veces lo hacía para demostrar que todos la apreciaban; otras para vanagloriarse del acceso que tenía a secretos míticos y bien guardados. Pero también podía jugar a ser víctima para que la ayudaran y quisieran, y sobre todo para que le perdonaran deslices u olvidos. O para adjudicarse la maternidad de proyectos ajenos y el madrinazgo de talentos que jamás había detectado.
Su familia original encerraba un auténtico misterio. En la sobremesa de un asado, ella había referido que su padre era un marino mercante y aventurero que gustaba navegar y leer filosofía, y con quien de vez en cuando hablaba desde un aparato de radioaficionado. Era un hombre de fortuna y estaba en edad de jubilarse, pero seguía recorriendo los mares del mundo y de vez en cuando le daba consejos radiofónicos con metáforas oceánicas. En la ficha de Recursos Humanos, sin embargo, figuraba como fallecido. Y al menos una vez ella le dijo a un diputado setentista, potencial cliente, que su padre había sido un militante revolucionario y que ahora manejaba una poderosa unidad básica en La Matanza. Todo se aclaró cuando un anciano andrajoso y enfermo se presentó una tarde en la oficina y pidió verla unos minutos. Requerido por una secretaria, dijo ser el padre de Alejandra y explicó que ella le había prometido un cheque para los remedios. La pelirroja lo hizo esperar en la sala tres horas y después le mandó con su secretaria un sobre con efectivo.
Aunque no era brillante solía ser eficiente, y su fuerte estaba en conseguir cuentas y contactos, aunque presumía tener más de los que realmente tenía. Conocía como nadie, eso sí, la historia íntima de amoríos e infidelidades de todo el mundo empresario y político. Un colega que la frecuentaba la definió alguna vez de esta manera: "Piensa muy bien… de la cintura para abajo". Ella se deslizaba por ese planeta de fiestas, cócteles y vernissage con una copa de champagne en la mano y cientos de fabulaciones deliciosas e intrigantes en la boca. Sus falsos recuerdos a veces eran tomados como anécdotas serias por los cronistas sociales, que la mencionaban permanentemente en sus páginas. Alejandra cometía, según ella misma aseguraba, actos sobrehumanos de altruismo y sagacidad, y dejaba boquiabierto al corrillo de oyentes con infidencias sobre celebridades y con escenas personales que supuestamente había tenido el privilegio de compartir junto a estadistas y héroes del deporte. Las patrañas eran relucientes, pero menores, y por lo tanto no merecían siquiera una desmentida. Una verdad, para Alejandra, era una mentira que no podía ser refutada. Y cuando alguien se atrevía a desautorizarla, lo tachaba de mentiroso y de cobarde, y se lo sacaba de encima como alguien que espanta una mota de polvo de un pantalón inmaculado.
Los únicos tramos de sufrimiento acontecían, sin embargo, puertas adentro, en las agencias donde llevaba a cabo su labor concreta, puesto que los relatos exuberantes quedaban habitualmente expuestos y sus rivales internos hacían cola para desenmascararla. La salvaba siempre su solvencia profesional y ese mismo y atroz talento, que en términos publicitarios servía para adornar con exageraciones halagadoras los productos y los clientes. Por piedad, pudor, admiración, pereza o cobardía se le perdonaba todo. En busca de aceptación, con baja autoestima encubierta, la adicción sin embargo no se detuvo por vergüenzas, escándalos ni duras lecciones. Siguió adelante y creció en magnitud progresiva.
Para vivir en ese cuarto de muñecas costosas, Alejandra necesitaba vestir siempre a la última moda y gastar en agasajos personales, por lo que comenzó a saquear la caja chica y a firmar vales a mansalva y sin respaldo. La descubrieron en una auditoría y la obligaron a renunciar, pero ella siguió viviendo de su oficio y por encima de sus posibilidades: un gobernador del Noroeste la contrató para que manejara la imagen de la provincia y para instalar su candidatura nacional. Aristócrata del interior, cabeza de una dinastía feudal y en matrimonio con una mujer mustia, el gobernador no tardó en acostarse con la pelirroja. Fue sólo el comienzo: el hombre se enamoró perdidamente de ella y de sus defectos. De sus cuentos incomprobables, de su ansia por adulterar los datos para embellecerlos, de la irresistible debilidad que se escondía detrás de sus embustes, de los enredos que se producían en los ambientes de campaña. También de la deslumbrante capacidad técnica para tocar con la varita mágica el triste pasado y transformarlo en una maravilla épica. Nada mejor que una mitómana del marketing para un político argentino.
Sin poder castigarla ni absolverla, con una mezcla de aversión y simpatía, el creativo y yo brindamos por ella con la última copa de la noche. "¿Sabés lo que me dijo un día de vos?", me preguntó con expresión regocijada. Resultó una mentira tan majestuosa como el cerro Chapelco. Merecía ser verdad.





