Mi casa es una Le Corbusier

El proyecto artístico del italiano Cristian Chironi es vivir en cada una de las creaciones del arquitecto suizo-francés en el mundo. “Soy un peregrino de viviendas”, dice en su paso por la Casa Curutchet
Jose Supera
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18 de septiembre de 2016  

El hombre mira por el ventanal hacia la luz. Está ofuscado. La casa está llena de gente que viene a conocerla. Gente que desfila vestida con ropa africana, con telas de colores, las caras pintadas. Hay música de tambores en la casa. No le gustan este tipo de visitas. Le rompieron una obra de acrílico y papel que había hecho. No lo registran ni lo saludan. De alguna forma, en este momento, prefiere la soledad de las paredes. La oscuridad pegándosele en el cuerpo como ventosas de sombra, de nada. Como la noche anterior. Como todas las noches anteriores desde hace casi un mes. Con ese silencio de las casas que habita. En unos de los cuartitos más pequeños de la casa tiene un colchón con unas sábanas blancas y una almohada. Sin nada más que eso. Ah, y un bolsito de cuero, en una de las esquinas de la habitación. Después, no tiene nada más que eso, salvo su historia. Cuando se cierren las puertas, otra vez se quedará solo. Será él y la casa. Pero ahora está toda esta gente invadiendo.

Y entonces les cierra la puerta en la cara a unos estudiantes de arquitectura. “Acá vamos a estar mejor”, me dice en italiano.

Mi casa es una Le Corbusier, es un proyecto creado en enero de 2015, y que cuenta con el apoyo y la financiación de la Fundación Le Corbusier en París, aunque también colaboran otras instituciones, como el Museo de Arte de Italia (MAN, MAMbo) y otras (XING; NERO). Es muy simple. El artista plástico italiano Cristian Chironi, impulsor de la idea, vive durante un mes en una casa de Le Corbusier. La que le toque en suerte. Son 30 obras habitables, en 12 naciones diferentes. Una performance más allá del tiempo y el espacio, de casa en casa, un “peregrino de viviendas”, como Chironi se define, pero también de vivencias, porque en ese ir y venir, interceden y lo redefinen las diferentes geografías y culturas con las que va conviviendo.

“Cuando llego a una casa, tengo que procurarme las necesidades básicas, ya que la mayoría, al ser museos, no están en funcionamiento. Me consigo una cocina eléctrica, un colchón, son pocas cosas. Uno tiene que crearse el hábitat, el espacio donde va a estar durante un mes. Y ahí empieza mi verdadero trabajo, que es el poblar el lugar, y a partir de ahí dar una resignificación; la gente viene a visitarme, se produce el intercambio cultural, yo no entiendo bien en qué tiempo vivo, si el tiempo lo conceden los espacios estos que me rodean, quizás sea yo el atemporal.”

El momento exacto en el que nació esta idea de Cristian Chironi, a partir de un episodio, o como él dice, un successo, fue a finales de 1960. La situación: dos hombres tomaban unas copas en una balconcito mágico de Cerdeña, con el mar azulado de fondo. Ellos: el reconocido artista plástico Costantino Nivola y su amigo Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido por su seudónimo de Le Corbusier. Ahí se había quedado unos días el arquitecto. Y ahora, después de unas copas de más, le mostró unos planos a su amigo el artista. Los planos para construcción de un "Chischeddu". Tenía esperanza de que él y sus hijos, hábiles en el arte de la construcción, llevaran a cabo su obra.

Chironi cuenta que “el proyecto empieza después de una discusión, un intercambio que tuvimos con Daniele Nivola, el nieto del artista Constantino Nivola. Es ahí que me dice que en el año 65, su abuelo Constantino, que tenía una amistad y colaboraba con el ya famoso Le Corbusier, obtiene este proyecto para construir una casa, pero el proyecto no fue ni siquiera interpretado como había sido concebido en la idea original y es así que termina siendo archivado durante años. Luego Constantino Nivola vuelve de los Estados Unidos, después de una larga estancia. Ahí fue a ver cómo era que había quedado terminada la casa, pero observó que no se correspondía con la idea original, entonces preguntó por qué no se había respetado el proyecto. No estaba de acuerdo con las características que él había determinado, ya que carecía de puertas y ventanas”.

Es así como Cristian sigue con esta idea que significa vivir dentro de las casas diseñadas o construidas por Le Corbusier y estudia los problemas asociados a la lectura, interpretación y comunicación de esos proyectos arquitectónicos y artísticos. Las casas de Le Corbusier son 30 (de ella, 17 tienen estatus de Patrimonio de la Humanidad desde agosto último). La idea del proyecto es que sean visitadas una por una, para que este hombre, este artista, pueda vivir en todas como si Le Corbusier hubiera diseñado en su mente también a este hombre y lo hubiera enviado hacia el futuro, para que un día presentara un proyecto en una fundación que llevará su nombre.

Chironi dice que de alguna forma el proyecto “implica confrontar, pero también asimilarse con las distintas realidades culturales, lingüísticas, sociales, políticas, económicas, de cada uno de los países que va visitando”. La Casa Curutchet, en La Plata, es su tercera experiencia en una Le Corbusier. Antes estuvo en el pabellón de Nouveau Esprit, en Boloña, y luego en el apartamento-estudio en la Rue Nungesser et Coli, en París. “No conocía la Argentina, ni América latina. Estoy maravillado con el país que tienen, con la Boca, lo italiano se encuentra por todos lados”, pero el desorden de la gente le parece demasiado caótico.

Chironi hace de estas habitaciones “puestos de observación privilegiados” para entender cómo se percibe hoy la herencia de Le Corbusier y en qué condiciones se encuentra La casa de los hombres; una arquitectura expuesta a través de la narrativa y de la percepción directa de su dimensión espacio-temporal, en la cual se pudo durante agosto discutir y confrontarse, ver al artista trabajando en sus propias obras, asistir a eventos, documentarse acerca del material reunido, o tomar un café juntos.

El ambiente como arte

Cristian Chironi nace en Nuoro, Cerdeña. Estudia en la Academia de Artes en Boloña. Aprende a conectarse con el entorno, porque utiliza diferentes lenguajes, desde el performático pasando por la fotografía, el video, el dibujo, la escultura. “Uso el soporte que me sirve para ese momento”, aunque hay un arte, especifica, “un arte que no se puede entender desde el arte, sino desde el ambiente, desde el hábitat, y ahí es donde entra en interacción lo humano, que es lo que le da sentido, tiempo y espacio”. Sus obras han encontrado lugar en sitios públicos de toda Europa, pero también trabajó en museos y galerías de arte.

Hubo un momento en el que iba por la calle, y entonces, en un segundo, miró hacia una ventana, la ventana de una casa, las formas de esa vida, y entonces entendió que en el encierro podía encontrarse el concepto de libertad, el arte de estar atrapado en algo que fue diseñado para ser habitado.

La Casa Curutchet fue comisionada a Le Corbusier en 1948 por Pedro Domingo Curutchet, considerado uno de los mayores innovadores en el campo de la cirugía. La construcción, confiada al arquitecto Amancio Williams, comenzó en 1949 y se terminó en 1955. La casa se desarrolla en cuatro niveles principales. Un patio separa la clínica de la parte privada. La construcción es un ejemplo de los cinco puntos fundamentales de la arquitectura de Le Corbusier; claramente definida en sus áreas funcionales, o sea: trabajo, vida, reposo, tiempo libre. Se caracteriza por la relación entre llenos y vacíos, y es uno de los pocos edificios de Le Corbusier adyacentes a construcciones preexistentes, en perfecta armonía con el contexto histórico. La casa es monumento nacional y funciona como sede del Colegio de Arquitectos de la Provincia de Buenos Aires. Es, además, una de las que integran el patrimonio de la Unesco.

“Esta casa es una de las de Le Corbusier más bellas que conocí. Este lugar es para mí algo exótico, nuevo, es la otra parte del mundo. Venir hasta acá es como una especie de sueño raro, otra realidad, del otro lado del continente, después de cruzar un gran océano”, dice y propone cruzar a la plaza, porque el ruido que hacen los estudiantes que visitan la casa es tremendo. Nos sentamos en el pasto. Miramos la casa desde afuera. Se prende otros cigarros italianos. “Estaba loco ese hombre”, me dice mirando la fachada.

No sabe aún cuál será la próxima casa que le tocará habitar. Nombra una en Suiza, otra en la India. Pero no quiere saber. Y en la intención de su voz hay algo de bronca, de odio, como si la obra de arte, la performance de habitar, de volverse inquilino de la historia, como si todo eso fuera esa vida que tiene sin hijos, sin mujer, de acá para allá, un misterio errante entre paredes, con la mirada torva, dura, el gesto reacio. Y ahí uno se da cuenta de que Chironi no vino de vacaciones ni a tomarse un mes de descanso, que su proyecto lo sufre, que las casas que habita lo asfixian, no lo dejan dormir con sus fantasmas de líneas rectas, porque de alguna forma, él es ese fantasma.

Le pregunto por Europa y dice: “Algunos países están levantando muros o paredes de alambres, y eso es algo muy triste, porque en un sentido u otro el mundo es una casa, como una de estas casas de Le Corbusier, donde le abro la puerta a que todo el mundo pase y así se genere el verdadero intercambio, así debería ser Europa, deberíamos tener abierta la puerta para todos”.

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