Mi mejor amigo heterosexual

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19 de julio de 2019  • 15:39

Todas las mujeres, o al menos la inmensa mayoría, tienen un gran amigo gay, y también un gran amigo heterosexual (tomemos "gran" por "mejor"). Como siempre en estos casos, suele ser un compañero de trabajo o de la facultad; un primo, un vecino del barrio, o alguien que aparece espontáneamente en nuestro camino. Es el hermano elegido. Un confidente incondicional que no especula jamás, ni siquiera cuando le pedimos opinión sobre citas y otros conflictos existenciales. Al contrario, es objetivo porque quiere vernos felices. Lamentablemente en esta sociedad todavía existe cierto escepticismo cultural respecto de la amistad entre un hombre y una mujer. Se nos intenta convencer de que la tensión sexual lo hace insostenible, y más, que acostarse con amigos tiene muchos beneficios.

Sobre esas hipótesis se han escrito decenas de teorías, una más arriesgada que la otra. Por ejemplo, un equipo de psicólogos de la Universidad de Wisconsin, Estados Unidos, en una investigación titulada "Benefit or burden? Attraction in cross-sex friendship" (¿Beneficio o carga? La atracción en la amistad entre sexos) concluye de manera categórica que tarde o temprano una de las partes (cuando no, las dos) acaba por desarrollar algún tipo de interés erótico, y que por lo general son los hombres quienes cruzan la barrera. Las mujeres, dice el estudio, suelen interpretar las actitudes gentiles y amables como una consecuencia directa de la relación de amistad, por lo que son menos propensas al malentendido (¿?). En la vereda opuesta, Geoffrey Greif, profesor de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad de Maryland, en su libro Buddy System: Entendiendo las amistades masculinas (2008), escribía que el 65% de las mujeres y el 75 % de los hombres de Estados Unidos admitía tener amistades no románticas con el género opuesto. Platónicas, les llaman algunos, y aunque la definición no se aviene exactamente al concepto filosófico original, el sentimiento se le parece bastante. Es de una belleza espiritual fuera de lo común.

Repaso esos argumentos "conspirativos" porque hace pocos meses murió mi gran amigo heterosexual.

Fredy era un tipo agnóstico por definición, pero igual le ponía onda cuando en fechas obvias yo le mandaba el fastidioso saludito de rigor. ¿ che, nos juntamos hoy? Sus amigas éramos amigas también. Raquel, Flor, Monina. A lo largo de más de veinte años compartidos fue testigo de mis extravagancias amorosas, incluso fue compinche de mis ex. Tuvo parejas estables, creía en la monogamia. Tenía mucho éxito porque era espléndido de buen mozo y, sobre todo, era par, sensible al "alma" femenina. Sabía escuchar y ponerse en tu lugar. Cada vez que me separé siempre tuvo tiempo para un café en el barcito del barrio, la ochava vidriada de Uruguay y Marcelo T, que tanto nos gustaba. Era sincero, y podía ser despiadado si te quedaba mal el corte de pelo o eras dura para la tecnología. Cuando estuve enferma se ocupó de hacer las compras, la limpieza, buscar los remedios y hasta inventó un dispositivo para que pudiera levantar cada cosa que se caía al piso, porque no podía moverme. Las mil veces que cambié de casa ahí estaba Fredy, colocando cortinas y pintando paredes, cargando muebles en la camioneta. Podía hacerse pasar por mi hermano si detectaba en el horizonte algún probable candidato, como cuando fuimos a comprar mármol para el baño y el proveedor resultó un bombón. Sentía que podía confiarle cualquier cosa pues, aunque pegara cuatro gritos en desacuerdo (era muy cabrón), al final nunca iba a juzgarme. A su última novia, su gran amor, se la presenté yo. Está triste, pero agradecida por haberlo conocido.

En fin, que las teorías no son aplicables a todas las personas y las cosas. Por eso, si la vida los ha premiado con un amigo (o amiga) hetero como el que tuve yo, sean conscientes del tesoro. Sexo se consigue en cualquier esquina...

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