
Mi misión, ayudar
Donan tiempo, saber y esfuerzo para que todos vivamos en un mundo mejor. Historias del voluntariado, un espíritu de acción que en la Argentina convoca al 21 por ciento de la población: dos de cada diez adultos hacen que el eje de su vida sea colaborar con los demás
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"tu visión del mundo cambia para siempre"

Hace 21 años, cuando Adriana Saluzzi decidió ingresar a las Damas Rosadas, se puso al servicio de la ternura más frágil: la de los bebes y las mamás que se atienden en el hospital Sardá
El duro trance de tener un hijo en terapia intensiva, de buscar respuestas en esos hombres y mujeres que diariamente transitan por la Sala de Neonatología, cambió la vida de Adriana Saluzzi (57). "De esto hace 21 años. Fue un momento muy difícil –recuerda–. Cuando mi hijo se salvó comencé a indagar acerca del equipo que trabajaba en la clínica, un equipo excelso que hacía lo suyo también en el Hospital Materno Infantil Ramón Sardá. Descubrí las necesidades del lugar, que eran muy diferentes a las de la clínica privada donde había sido atendido mi hijo menor."
Rápidamente su suegra comenzó a colaborar con el Sardá a través de donaciones y a establecer contacto con este hospital en el barrio de Parque Patricios. Adriana, por su parte, decidió asumir un compromiso mayor. "Cuando mi hijo, el mismo que había estado en terapia, arrancó segundo grado me acerqué a las Damas Rosadas y me ofrecí como voluntaria. Sentía que era el momento en el que podía ser madre (tiene dos varones) y ofrecer mi ayuda." Para poder hacerlo, decidió pagar la cuota que ayuda a fomentar los gastos. "No importa el monto –aclara–, algunas pueden pagar más, otras menos. La cuota hace que sostengamos los gastos básicos."
Con su nombre bordado en el bolsillo del guardapolvo rosa, todo un símbolo de las damas, Adriana se sumó a las voluntarias (hoy son más de 400) que se dividen en cuatro hospitales y un hogar de niños. A medida que sus dos hijos crecían se fue involucrando aún más. "En aquel momento no trabajaba; soy profesora de Química –aclara esta mujer que vive en Caballito–. No me dediqué a mi profesión pero sí a las rosadas. Fue una elección, una posibilidad de realización, de devolver todo lo que uno recibió. Somos afortunadas."
Fue en los consultorios de Pediatría del Sardá donde dio sus primeros pasos con el delantal. "Recibía a la mamá con su bebito, quizá después de varias horas de viajes. Para muchos puede ser un trabajo administrativo, pero para la parturienta de pocos días encontrarse con una rosada es bien diferente. Sabe que allí habrá un hombro, alguien que le brindará seguridad emocional. Damos contención, una mano amiga."
Orgullosa, Saluzzi habla de la residencia de madres, un espacio dentro de la Maternidad Sardá bajo la responsabilidad de las rosadas. "Está muy cerca de Neonatología –explica–, la idea es que las madres puedan vivir allí mientras sus hijos están internados en la Unidad de Terapia Intensiva. El hospital atiende un promedio de 7000 partos por año. Un 10 por ciento, aproximadamente, culmina en terapia intensiva. Hay bebes que sólo pasan unos días; otros, varios meses. Por eso es tan importante la residencia. Más de 60 voluntarias trabajan para mejorar la atención, la calidad de vida. Acompañamos en el trabajo de parto, brindamos alojamiento y asistencia integral, entregamos viáticos para reducir la deserción a la consulta médica. Lo que tratamos es valorizar la dignidad de las mujeres y de los pacientes que están cerca de nosotros."
Muchas de las mamás que transitan por los pasillos del Sardá pasan varias horas solas haciendo frente a situaciones complejas y dolorosas. "Buscamos que se sientan cuidadas, queremos que encuentren en nosotras una persona en quien confiar, alguien que las pueda guiar –describe–. Como voluntarias también tenemos que conocer nuestros límites. No somos médicas, ni enfermeras ni psicólogas; nuestro principal objetivo es humanizar la atención hospitalaria."
En los 14 años que lleva en la organización, Adriana Saluzzi fue ocupando diferentes puestos hasta llegar a la vicepresidencia de la institución. "En todo este tiempo uno toma contacto con historias de vida tan diferentes a la propia que hacen que la visión del mundo que tenías cambie para siempre. Inevitablemente comenzás a redimensionar todo lo que te rodea."
Bien sabe que poder ser parte de las Damas Rosadas se lo debe a su familia. "Sin su apoyo resultaría imposible", asegura esta mujer que cuando deja el guardapolvo de lado disfruta de sus clases de teatro y de sus largas caminatas al alba.
Hay quienes encuentran en el voluntariado un espacio terapéutico...
(Interrumpe) Esto no es terapéutico. Muchos lo creen, pero no es así. Lo mejor en esos casos es ir al psicólogo. Para poder ayudar al otro tenemos que estar bien con nosotros mismos. Uno tiene que tener una vida laboral y personal muy organizada para poder hacerlo. Si uno pasa por complicaciones, lo mejor es retirarse y después volver. Necesitás estar entero para poder hacerlo bien y tener en claro los objetivos. Es un aprendizaje. Uno al comienzo quiere cambiar todo lo que está mal, como si se tratara de una lucha quijotesca. Después uno aprende que lo importante es ayudar, que los objetivos pueden ser tangibles y no imposibles. Y cuando encontrás la manera de hacerlo, la satisfacción es enorme. Es maravilloso poder dar. Y lo que recibimos es único. Las que estamos en esto tenemos el privilegio de poder ejercer la vocación solidaria.
SERVICIO DE VOLUNTARIAS PARA HOSPITALES
- En 1959, la señora Eloísa Casal, junto con otras mujeres, formó el Servicio de Voluntarias para Hospitales, con la misión de hacer trabajo solidario en salud y educación. Hay más de 400 voluntarias en los hospitales Central San Isidro, Materno Infantil de San Isidro, Rivadavia y Materno Infantil Ramón Sardá.
- Con el fin de ofrecer cuidados, alimentación y estímulo a niños (de 45 días a 3 años) crearon el Hogar de Día Casa Nuestra Señora de los Niños.
- El delantal rosa viene de las guerras europeas del siglo XX: las enfermeras manchaban su ropa con sangre. Pese a los lavados, las prendas quedaban rosa.
No hay fuego que la detenga

La vida de Sofía Doval marcha al ritmo de la sirena de los Bomberos de Bernal y su vocación por rescatar a los otros
Cuando escucho la sirena tengo que dejarlo todo. Salgo corriendo. Es más fuerte que yo, un estímulo, una respuesta que sale del cuerpo. No es una obligación, es una vocación que despertó en mí. Estoy enamorada de lo que hago", relata de manera pasional Sofía Doval (22).
"Nunca me hubiese imaginado estar en el lugar en el que estoy. Sí me veía estudiando y trabajando, pero nunca vestida de bombero, metiéndome en los lugares donde me metí, haciendo cosas impensadas para mí en otro momento." Hace cuatro años que decidió ser bombero voluntario. No lo hizo por mandato familiar ni por un sueño infantil. Estaba por culminar el secundario y el futuro se le presentaba por momentos incierto. "Sabía que iba a seguir la Licenciatura en Seguridad e Higiene (se recibe en diciembre), pero sentía que me faltaba algo." Comenzó la carrera y conoció entre sus compañeros a varios bomberos. Escuchaba sus historias y cada vez se interesaba más. Como esas cosas del destino, un destacamento abrió sus puertas a diez cuadras de donde vive. Sofía ya no tenía excusas. En casa dio la noticia y la respuesta fue un sí por inercia. "El mismo sí que me dieron cuando tuve ganas de anotarme en los Cascos Azules", recuerda entre risas la chica de Bernal.
Junto con unas amigas se acercó al destacamento y sin dudarlo, dijo: "Vengo a ser bombero". Se anotó. Sólo quedaba esperar el llamado. Un llamado que no llegaba.
"Me comuniqué con el destacamento y ahí me dijeron que me habían dejado varios mensajes. Mi papá se había olvidado de pasármelos. Ahora, a la distancia, lo entiendo. Soy la más chica de la casa. Tengo una hermana de 26 y un hermano de 25. Fue una reacción lógica", justifica.
Sofía tenía bien en claro que quería ayudar, no sabía muy bien cómo y la imagen de los bomberos voluntarios siempre le pareció positiva. "Cuando empecé en la academia no sólo mi vida cambió, la de mi familia también –reconoce–. Hubo momentos en los que la sirena sonaba a las 3 de la mañana y yo tenía que levantar a mis papás. Obviamente no les gustaba nada, les cortaba el sueño y se quedaban muy preocupados. Al comienzo me llamaban para saber dónde estaba, qué estaba haciendo."
Poco a poco buscó la manera de ir perfeccionándose. Hizo el curso de buceo y el de altura.
Se la ve menudita; sin embargo, está preparada para rescatar a personas en profundidades o en altura. "En el destacamento Nº 2 de bomberos de Bernal (http://bomberosdebernal.com.ar) somos 9 mujeres. Poco a poco vamos ganando lugar y para eso es necesario contar con todas las herramientas –asegura–. Cada vez hay más chicas postulantes."
Siente que creció de golpe desde que forma parte del cuerpo de bomberos. "Uno comienza a tomar conciencia de situaciones que quizá de otra manera no aparecen en tu vida o cuando lo hacen parecen realidades bien alejadas a la propia –reflexiona–. Antes no pensaba en la muerte y ahora está presente. Solemos convivir con accidentes de autos, baleados, gente que se suicida, que la matan, incendios. La gente joven también se muere. No trabajo en una funeraria, pero la muerte está presente."
¿Qué es lo que te impulsa a seguir adelante?
Los agradecimientos, el saber que estás haciendo las cosas bien. Hablar con mis amigos, con mi novio.
¿Ellos también son bomberos?
Sí, la mayoría de mis amigos son bomberos; mi novio también. No todos pueden entender lo que te pasa, lo que vivís en cada situación. Que mi novio comparta mi vocación es una contención, una ayuda. Veo a las personas que me rodean, que no tienen parejas dentro del cuartel y se les complica mucho. No todos comprenden que cuando suena la sirena tu vida cambia. A mi familia le llevó un tiempo, pero ahora me acompaña, me alienta. Sólo a mi abuela de 96 años le cuesta un poco. Ser bombero es un estilo de vida.
PODER FEMENINO
- Según un informe del Consejo Nacional de Bomberos, el sistema nacional cuenta con 35.000 hombres y 6500 mujeres en todo el país.
- Desde hace 10 años el consejo lleva adelante una política comprometida en la inclusión de las mujeres en sus cuerpos activos.
"cuando empezás con esto no podés parar"

En el Banco de Alimentos, Víctor Bardeci encontró mucho más que la posibilidad de ayudar a los que menos tienen: descubrió otro modo de ver las cosas. Que el pan no falte
Es importante estar vacunado contra la indiferencia", dice bien seguro Víctor Bardeci (75). "A esta altura podría estar jugando a las bochas, pero prefiero hacer cosas que le pueden servir a alguien", asevera este arquitecto, esposo de Rita, padre de cuatro hijos y abuelo de seis nietos.
Todos los sábados, desde hace cinco años, Víctor sale temprano de su casa para trabajar por más de tres horas como voluntario en la Fundación Banco de Alimentos. En el gran galpón que tiene la organización, Víctor se topó con hombres y mujeres que comparten un mismo fin. "La publicidad de los buenos actos alienta, contagia. Hay mucha gente que quiere ayudar, pero muchas veces no sabe cómo ni dónde. Hay resquemores, temores a meterse en un lugar donde todo sea negocio o una apuesta política."
Cuando Víctor mira hacia atrás, piensa que esto de ayudar se remonta a la época en la que estaba metido en la cooperadora de la escuela de sus hijos, donde todo se era a pulmón. "Hacía otras cosas, pero de manera personal, como juntar juguetes y llevarlos a un hospital, pero era eso, llevar, dejar y listo. El vínculo quedaba un poco roto –se sincera–. Ahora en cambio puedo ir más allá. Soy testigo de un ciclo completo."
¿A qué se refiere?
Bajamos la mercadería que llega al banco, la seleccionamos, la empaquetamos y sabemos a qué lugares va destinada. Suelo ir a los comedores, porque no sólo se trata de entregar el producto; nos interesa saber qué necesitan, cuánta gente concurre. Ayudamos a más de 360 lugares y todos trabajan de manera diferente. Tomar contacto de manera directa con la gente y sus necesidades te cambia por completo el modo de ver las cosas.
En ese instante, ingresa Rita con una bandeja. Un café y unas masitas. "Todo lo que hago como voluntario se lo debo a ella –dice Víctor–. Me aguanta, me apoya, se suma. Es mi compañera de la vida." Hace 54 años que están casados. Ella fue su primera novia. Víctor tenía 21 y Rita 23 cuando decidieron que no iban a separarse nunca más.
"Tiene una mano de oro. Es artesana –aclara–. El año pasado hizo ciento y pico de muñequitas de trapo; esta vez se inclinó por las marionetas."
"Está bueno darles de comer a los que necesitan, pero también vale la pena regalarles un momentito de alegría –resume Rita–. Verlos abrazar las muñecas fue un momento maravilloso."
Víctor, orgulloso ante las palabras de Rita, confiesa que él hace juguetes de madera. "Sobre todo camioncitos."
En esto de contagiar las buenas acciones, Víctor sumó amigos y buena parte de la familia a realizar clasificación de alimentos. "Agustina, mi nieta de 14, viene con nosotros todos los sábados –asegura–. Lo hace desde que tenía 9 años. Muchas veces viene con amiguitas. Le encanta. La verdad es que volvemos felices. Agotados, pero felices. Mi otra nieta, Cecilia (25), también se sumó."
Inquieto por naturaleza, mantiene su trabajo como arquitecto. "No le saqué el jugo a mi profesión –confiesa–. Soy un desastre en los negocios. Hay arquitectos que saben hacer mucha plata, no es mi caso." Además, desde hace 22 años ocupa un puesto en la Agrupación de Vecinos de Vicente López, organización vecinal apolítica. "Soy un tipo optimista, que tuvo mucha suerte. Pude estudiar, me casé, formé una familia, tengo buena salud. Por todo esto agradezco la vida que llevo. Quizá otros no le den el mismo valor. Pero yo sí, tal vez sea porque tomé contacto con otras realidades."
Una vez por semana recorre, junto a su hija Noemí (44), las calles de Vicente López. "Llevamos comida, abrigo, replicamos lo que hace la Fundación Si –cuenta–. Intentamos darle una mano dentro de nuestras posibilidades, los escuchamos, le damos un abrazo. Cuando empezás en esto, no podés parar."
Entre los referentes que alimentan su vida, Víctor reconoce sentir un cariño especial hacia Gandhi. "Siempre me interesó leer sobre gente que ha hecho el bien. Hay tantas historias que valen la pena rescatar, tanta gente que hace cosas maravillosas y no tienen la difusión que se merecen. Me preocupa la pérdida de valores, quizá sea la vejez, qué sé yo."
Bajar lo brazos no se le cruza por la cabeza, ¿no?
Sé que estoy trabajando en una situación de emergencia y que lo que hago puede ser sólo un parche. No, no pienso bajar los brazos, soy un vasco cabeza dura.
NUTRIR, ASISTIR
- Los voluntarios del Banco de Alimentos se ocupan de las tareas necesarias para que los alimentos lleguen a sus destinatarios.
- Durante 2011, participaron 583 personas; más de 67 empresas y organizaciones. En total, 23.418 horas de trabajo.
Mi huella en áfrica

La Infectóloga Marcela Tommasi pasa nueve meses al año en misión con Médicos Sin Fronteras. Un desafío profesional y humano
Mientras estudiaba Medicina en la UBA, Marcela Tommasi (40) fantaseaba con la posibilidad de hacer un voluntariado en África. Las experiencias de amigos que trabajaban en diversas organizaciones no gubernamentales aumentaron la sed de embarcarse en un proyecto que la llevara a aquellas tierras. Faltaban pocos meses para que terminara su residencia como infectóloga en el hospital Muñiz, cuando Médicos Sin Fronteras se puso en contacto con la institución para convocar a profesionales. "No lo dudé ni un instante y fui a la entrevista", dice, recordando el momento que cambiaría su vida para siempre.
Su primer viaje como representante de Médicos Sin Fronteras fue a Kenia. "A un lugar llamado Mandera. Una de las zonas más duras en las que estuve –reconoce–. Es un desierto y las condiciones de vida son muy difíciles. Trabajé en un centro de malnutrición infantil. Fue todo un desafío porque nunca había atendido a niños y menos en este terreno. Había momentos de recuperación y el cambio de los chicos era maravilloso. Pero también había que enfrentar la mortalidad."
Tres meses fueron los que pasó en Mandera. La experiencia la impulsó a seguir sumando desafíos. "Cuando te enfrentás con estas vivencias tu vida empieza a cambiar –analiza–. Comenzás a valorar otras cosas, detalles de la vida diaria. Cuestiones que muchas veces uno no tiene en cuenta, como el uso del agua." Su segunda misión fue en Angola. Allí trabajó en un puesto de salud dedicado a la atención primaria, en una zona que había quedado aislada por la guerra. "La demanda era muy grande. Durante muchos años no hubo médicos en ese lugar. Había pacientes que caminaban hasta 80 kilómetros para vernos, a pesar del mal estado físico."
El tiempo hizo que Marcela comprendiera que uno no puede cambiar el mundo. "Te vas haciendo más realista –reflexiona–. Al comienzo uno se mueve como un idealista y después se topa con una realidad mucho más dura. En ese momento empezás a valorar los pequeños logros, los que en el futuro producirán un verdadero cambio."
De su mamá pediatra heredó el amor por la medicina. "No recuerdo que en casa haya habido voluntarios –se esfuerza por revisar el pasado–; sin embargo, creo que cuando uno estudia Medicina lo hace pensando en querer ayudar al otro."
Fue en Busia, Kenia (región fronteriza con Uganda), donde Tommasi comenzó a trabajar en proyectos relacionados con VIH. "Allá todos tienen un conocido o algún familiar que padece la enfermedad. En África, el VIH es un tema muy complejo. Se ha avanzado muchísimo, pero todavía queda un trabajo enorme por hacer, no sólo desde el aspecto médico, sino también desde lo cultural –apunta–. Ya se realizan estudios antropológicos para abordar diferentes problemáticas y conseguir así un mayor compromiso desde la comunidad."
Nueve meses son los que suele estar lejos de los afectos. El resto, aprovecha para volver al país y reencontrarse con amigos y familiares. "Casi siempre, antes de llegar a Buenos Aires me hago una escapadita por España, donde vive una de mis hermanas. Somos cuatro, todas mujeres", aclara.
Reconoce no estar en pareja. Su ex novio, que conoció en África, también trabajaba para Médicos Sin Fronteras. "No es fácil –se sincera–, porque muchas veces la relación debe funcionar a la distancia. Pasé entre 4 y 6 meses sin verlo; nuestro contacto era vía Skype." No está en sus planes por ahora, pero sí cree que es posible tener una familia y seguir en la organización. "Es compatible. En muchos países están dadas las condiciones para poder vivir con la familia; obviamente tienen que ser lugares seguros, donde los chicos puedan acceder a colegios y a una vida dentro de lo normal."
A mediados de septiembre partirá hacia Mozambique, al sureste de África.
¿Hay momentos para relajarse?
No muchos, así que hay que aprovecharlos. Bailar me resulta terapéutico. Cuando estuve en Colombia aprendí a bailar joropo; en Sanaa (Yemen), algo de danza árabe. En Buenos Aires hice afro con profesores brasileños.
Orgullosa y feliz del camino que tomó su profesión, asegura que la gratificación está en los pequeños gestos. "Todo lo que se emprende es un desafío profesional y humano."
COMPROMISO ES SALUD
- Médicos Sin Fronteras (MSF) fue fundada en París en 1971, en 1999 ganó el Premio Nobel de la Paz y trabaja en 65 países.
- A pesar de que sus profesionales reciben una remuneración, se mantiene el espíritu del voluntariado: un fuerte ánimo de entrega.
HEROINA AMBIENTAL

La rosarina Maite Ruggieri no es una chica de medias tintas: activista ecológica, participó en una acción contra un rompehielos en Finlandia y cuida al planeta a cada rato
Fue en mayo cuando Maite, junto con otros 40 activistas de Greenpeace, intentó detener en el puerto de Helsinski a un rompehielos finlandés contratado por Shell. "No logramos impedir su salida –se lamenta esta rosarina que días después de aquella odisea festejó los 23 años–. Pero la noticia dio la vuelta al mundo. Nuestro mayor objetivo es poner un freno a la explotación en el Ártico, una de las reservas de agua dulce más grandes del mundo."
Como si estuviera en una película de acción, Maite, la única voluntaria argentina en la operación, hizo frente a la guardia costera finlandesa. "Con mi grupo íbamos a toda velocidad en un gomón. Después de que detuvieron al primer equipo, nuestra apuesta era llegar al barco y escalarlo. La situación era cada vez más agresiva. Llegamos a enganchar una cuerda en uno de los cabos de amarre. En el instante en que un compañero comenzó a subir, nos detuvo la policía."
Más de seis horas pasó detenida en el país escandinavo. "En el momento uno no toma conciencia de lo que está pasando, porque estás con toda la adrenalina encima –resume–. Después, caés en lo que pasó. Pensé en todas las películas de gente que queda detenida en el extranjero y que nunca vuelve."
¿Era tu primera vez en prisión?
No. Estuve detenida en otras ocasiones, pero acá en el país. Es diferente. Muchas veces ni siquiera te llevan a la celda y hasta los policías se disculpan.
Hace más de un año y medio Maite Ruggieri dejó Rosario para instalarse en Temperley, provincia de Buenos Aires, en la casa de su abuela. No es frecuente que los rosarinos abandonen su ciudad, pero ella decidió que era hora de un cambio. "Siempre me interesó lo ambiental, quería trabajar en una ONG y para hacerlo era importante instalarme acá, en Buenos Aires." Antes de partir abandonó la carrera de Abogacía y anunció que lo suyo era la Antropología. En casa, sus hermanos estudian Administración de Empresas e Ingeniería, mamá trabaja en el departamento comercial de una revista de negocios y papá, en una empresa de organización de eventos.
¿Cómo llega Greenpeace a tu vida?
Por casualidad. Caminaba por la peatonal cuando me crucé con unos chicos vestidos de jaguares que pedían por la ley del bosque. Firmé la petición y después de hablar con ellos me metí en un ciber para saber más del tema y ver de qué manera trabajaban. Quedé fascinada: la acción directa, de la denuncia, del escrache, me volvieron loca. Esto fue hace nueve años, más o menos. Por aquel entonces no había un grupo local, cuando abrieron uno en Rosario fui una de las primeras convocadas.
Poco a poco el compromiso con la organización fue mayor. "Empecé a participar activamente y a poner más el cuerpo", asegura esta experta en escalada deportiva que participó en los reclamos realizados frente a las instalaciones de las centrales nucleares Atucha I y Atucha II para exigir al Gobierno Nacional que revea el plan nuclear que lleva adelante desde 2004. "Estuve en el pedido al jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, para que cumpliera con la ley de basura cero, en la denuncia que se le hizo a la curtiembre La Hispano por contaminar el Riachuelo –enumera– y en el reclamo para poner freno a la minera canadiense Barrick Gold en San Juan." Su trabajo part time en un restaurante en Temperley le permite ser una activista ad honórem. "Tengo un jefe muy comprensivo", asegura.
¿Y en la vida diaria, cómo cuidás el medio ambiente?
Uso el transporte público al máximo, o la bicicleta. Nunca tomo un taxi. Intento moverme de manera sustentable. Soy muy obsesiva con el cuidado del agua. Tenemos un país muy rico en recursos y quizá eso hace que no seamos tan conscientes de su cuidado. Hago también separación de residuos, aunque no esté implementada como corresponde.
Desde hace cuatro años es vegetariana. "Siempre intenté tomarme las cosas con calma y no hacer cambios radicales de la noche a la mañana –recuerda–. Hasta que me di cuenta de que podía dejar de comer carne sin problemas, que había encontrado la manera de hacerlo."
Como la mayoría de los voluntarios, Maite reconoce que hay muchas formar de ayudar. "No es necesario estar colgado de un barco o de un cartel, sino tener ganas de hacer un cambio, de aportar un granito de arena. De creer que es posible."
LA PAZ VERDE
www.greenpeace.org/argentina/es/
- Greenpeace está en 40 países, tiene unos 13.000 voluntarios activos y una base de datos de más de 100.000 registrados.
- En la Argentina tienen una base de datos de 25 mil voluntarios. Tienen, en promedio, entre 20 y 30 años.
"la calle te saca los prejuicios"

La Fundación Si, dirigida por Manuel Lozano, nació para repartir sopa y abrigo entre las personas que están en situación de calle. Hoy tiene proyección federal y no para de crecer
Un camino de ida", así define Manuel Lozano (28) al voluntariado, ese espíritu de acción que despertó su interés siendo muy chico. "Se necesita tener ganas, sólo eso. Hay un sinfín de lugares donde uno puede colaborar, y mil maneras de hacerlo", explica Lozano, cabeza de la Fundación Si que tiene como principal objetivo promover la inclusión social de los sectores más vulnerables del país. "El ser humano es bueno por naturaleza –reflexiona–, sólo necesitamos levantar la mirada y ver lo que sucede a nuestro alrededor. Hay tanto por hacer."
Fue en el colegio que Manuel dio su primer gran paso. Tenía 9 años. "Es la historia que me viene a la cabeza cuando me preguntan cómo empezó todo esto", asegura el oriundo de Chascomús. Como si se tratara de un flashback, uno puede imaginar al pequeño Lozano entre sorprendido e indignado en el patio del colegio. "Hacía frío. Estábamos izando la bandera y un chico de primer grado estaba con medias y ojotas. Llegué a casa y le conté a mi mamá. Juntamos algo de ropa y al otro día la lleve a la escuela –relata–. Así me enteré de que el nene usaba ojotas porque se había lastimado el pie. Creo que en ese momento tomé conciencia de que otros chicos sí pasaban frío y necesitaban zapatillas." De alguna manera entonces se despertó la vocación que hoy lo tiene al frente de una fundación de proyección federal, que reúne a voluntarios de todo el país. "Mi intención no es abarcar, sino profundizar. Es la única manera de transformar –reconoce–. Es un trabajo a largo plazo que requiere de un mayor compromiso."
¿De qué manera se profundiza?
En las recorridas por el frío (más de 2000 voluntarios caminan las calles a diario). No sólo repartimos sopas y frazadas; tomamos contacto con la gente y con sus realidades. Ayudamos a quienes pueden dejarla, a los que tienen ganas, fuerzas. Hay días que la calle la recorren médicos, gente que trabaja con embarazadas y bebes; otros, con discapacitados. Tratamos de ir a fondo con cada problemática. Sabemos que vamos a fracasar un montón de veces, pero no hay otro camino. La calle es una trituradora y el paco hace estragos, los pibes están consumiendo desde muy chicos. Otro ejemplo es el trabajo que estamos haciendo con el Centro Universitario Warmi, en Jujuy.
A más de 3400 metros de altura, en Abra Pampa, Rosario Quispe, de la Asociación Warmi Sayajsunqo, cumplió uno de sus tantos sueños, el de abrir una universidad en la Puna. "Cuando empezamos con esta idea parecía algo muy loco, imposible para muchos, de hecho la fundación se llama Si por eso, porque estábamos rodeados de no. Lo que hicimos junto con Rosario superó ampliamente nuestras expectativas. Es un proyecto que llevó y va requerir mucho tiempo, pero que va a tener un impacto fortísimo –cuenta, entusiasmado–. Pensá que desde marzo de este año están estudiando 25 pibes que nunca hubieran tenido la posibilidad de tener una educación universitaria. Se están formando sin la necesidad de dejar su lugar, sus costumbres, su identidad."
En casa de los Lozano, allá en Chascomús, la realidad no se escondía. "Estaba eso de pensar en el otro –reconoce el muchacho de dreadlocks que ya a los 14 años colaboraba con un hogar de niños–. El que arrancó con el voluntariado fui yo, pero obviamente algo debo haber mamado. Mi hermana (24) me siguió. Se está por recibir de contadora. Me ayuda en la fundación con los papeles, con toda la burocracia. Para eso soy un desastre."
A la ciudad de Buenos Aires llegó para estudiar Derecho. "Estuve a punto de hacer Psicología, pero me decía a mí mismo que no iba a poder escuchar las historias, que me iba a sensibilizar –cuenta con cierta ironía–. Mirame hoy, no puedo dejar de escuchar, de hablar, de aconsejar."
Al poco tiempo, con 18 años, ingresó a Red Solidaria, la organización creada por Juan Carr. Su compromiso fue en aumento y quedó al frente de la red en 2008, lugar que ocupó hasta mayo de este año, cuando decidió que era hora de embarcarse en un nuevo desafío y dar vida a Fundación Si.
El celular de Manuel suena una y otra vez. Pide disculpas, atiende y teje redes en busca de soluciones. "Es cierto que hay momentos en los que uno siente que se la pasa poniendo parches. Muchas veces no queda otra y la ayuda se transforma en un paliativo."
Hay quienes no ven con buenos ojos este tipo de asistencialismo.
Muchas veces escuché decir: "No hay que darles el pescado, hay que enseñarles a pescar", pero no siempre tienen la fuerza para levantar la caña. Los mejores resultados se logran con abordaje simultáneo. Si armo un taller de carpintería pero los chicos tienen hambre, te puedo asegurar que no van aprender nada. Pero si les ofrezco las dos cosas, todo cambia. Muchas veces se acercan por la comida, pero después, poco a poco, podes empezar a hacer frente a otras cuestiones.
Obviamente están los fracasos y la sensación de que nada cambia. Eso, ¿no te enoja?
Si te dijera que no, te miento. Pero sé que desde la bronca no se construye, me quedo con la ilusión de que lo que hacemos sirve para que otros también lo vean y de alguna manera despierte su interés. En mi libro (Te invito a creer, editado por Sudamericana) busco contagiar a través de diferentes historias y experiencias de vida.
Entre las tantas cosas que lo ponen feliz a Manuel, está la de ser testigo de la heterogeneidad de la gente que se reúne todos los días en la esquina de Riobamba y Perón para recorrer las calles (se replica en diferentes zonas del Gran Buenos Aires, Mar del Plata, Córdoba, Rosario, Tucumán y Posadas). "Es gente que en otro contexto ni siquiera se hablaría, incluso hasta se pelearía. No importan posición social, religión, profesión. Hay un norte tan fuerte y tan claro que nos une y una realidad tan dura con la que nos chocamos diariamente, que inevitablemente tu orden de prioridades cambia. La calle te saca todo tipo de prejuicios y te abre la cabeza."
Fueron más las historias que resultaron bien que aquellas que salieron mal. Sin embargo, fueron estas últimas las que lo marcaron. "Siempre tengo la sensación de que es poco lo que hago. Me siento muy culpable cuando las cosas no resultan, pero eso no me hace bajar los brazos; al contrario, cada día tengo más fuerza."
ABORDAJE INTEGRAL
- Si es una fundación que tiene como principal objetivo promover la inclusión social de los sectores más vulnerables de la Argentina.
- El trabajo es llevado adelante por voluntarios con un abordaje que trabaja la asistencia, la contención, la capacitación, la educación y la cultura del trabajo.
- "Quienes formamos Si, creemos en el trabajo de igual a igual, en el trabajo en equipo, en la heterogeneidad de los grupos", aseguran en su página de Internet.
- Recorridas por el frío: recorridas@fundacionsi.org.ar. En caso de requerir más información, comunicarse al (011) 4858-0154.
CADA CASA, UN SUEÑO

Además de estudiar Periodismo, Victoria Moreno trabaja con la ONG Techo, para que nadie habite en condiciones precarias
Cada sábado, como si fuera un sacerdocio, Victoria Moreno (22) sale de su casa a las 6.30. No le pesa; al contrario, cuenta que desde Ituzaingó, donde ella vive, toma el tren Sarmiento para llegar a horario a Plaza Miserere, donde la esperan compañeros de Techo. Juntos viajan hacia el barrio El Triunfo (kilómetro 35 de la Ruta 3, en González Catán). "A casa llego a eso de las 17 y voy directo a la cama. Ese día no sirvo para nada –confiesa–. No me angustia, al contrario, me siento cansada, pero feliz."
Hace tres años que la ceremonia de los sábados se repite. "Siempre tuve ganas de hacer algo, pero no sabía cómo y dónde –aclara–. Estaba cursando periodismo en TEA cuando me topé con un folleto de Techo. Un amigo me contó del laburo que hacían en la organización (busca superar la situación de pobreza que viven miles de personas en los asentamientos precarios) y me anoté. Al comienzo pensé que sólo se construían casas, pero después descubrí que se hace foco en el desarrollo comunitario."
Ayudar al otro es una constante en casa de Victoria. "Mis papás colaboran con diferentes instituciones, para las fiestas siempre nos hacían juntar a mí y a mis hermanos los juguetes que ya no usábamos para donarlos –asegura–. Llegó un momento en que quise ir más allá, comprometerme con la ayuda, pero no encontraba la forma hasta que me metí en la organización. De alguna manera los metí a todos."
¿Tu familia colabora?
Si ellos no me ayudaran, no podría hacerlo. Me acompañan todo el tiempo. Mi papá, por ejemplo, me ayuda a trasladar cosas, mi mamá me acompaña cuando armamos las colectas. Salimos por la calle con la alcancía con forma de casita. Mi hermana (un año menor) se animó y fue una vez a construir. No se enganchó del todo, pero sí me ayuda con las colectas o cuando necesito armar un póster o preparar bolsitas con caramelos. Mi hermano (15), también.
Cuando recuerda su salida inicial al barrio Nicole (La Matanza), Victoria no duda en decir que lo primero que hizo cuando llegó a su casa fue ver el baño. "Me quedé mirándolo, dándole importancia –hace una pausa–. Uno toma contacto con otras realidades. El baño, para muchos no existe."
No duda en decir que su vida cambió. "Los problemas que en algún momento me parecieron graves ya no lo son –afirma–. Hoy doy gracias a muchas cosas, como la oportunidad que tengo de estudiar (está cursando licenciatura en Periodismo). En el camino encontré a tanta gente que lamentablemente no puede. No que no quiere, como muchos piensan."
Fue en el barrio Nicole (su nombre proviene de la frase de los vecinos: Ni colectivo ni colegio) que conoció a su novio, también voluntario de Un Techo y se convirtió en la madrina de una de las nenas del lugar. "Para las familias es muy importante lo que hacemos, es un ida y vuelta permanente. Porque no sólo se comprometen a participar en la construcción, sino que incentivamos un sentimiento de progreso. La segunda parte del trabajo es la de crear propuestas para mejor la calidad de vida del barrio. Focalizamos en salud, trabajo y educación (ya se graduaron en diversos oficios 1300 vecinos en todo el país)."
La elección de los barrios donde se desarrolla el programa surge de un trabajo de campo que realizan los miembros de la entidad, utilizando como criterio la emergencia habitacional que tienen las familias. "En octubre, en El Triunfo vamos a construir 20 casas –adelanta–, para seguir con toda la actividad comunitaria y que el barrio poco a poco se levante."
Sabe que no todos entienden o comparten su trabajo como voluntaria. "Las razones de por qué lo hago son tan personales. Es muy profundo, es un aprendizaje para toda la vida. Creo en lo que hago."
MAS QUE UN HOGAR DIGNO
- Techo es una organización presente en América latina y el Caribe, que busca superar la situación de pobreza que viven miles de personas en los asentamientos precarios, a través de la acción conjunta de sus pobladores y jóvenes voluntarios.
- En la Argentina trabajan en 98 barrios y movilizan a más de 40.000 voluntarios.
- Más de 1300 vecinos se graduaron en diferentes oficios (peluquería, costura, electricidad, herrería, repostería, panadería).





