
Miguel Ángel Reigosa: "El whisky es la única bebida que te levanta el ánimo"
El fundador del Museo del Whisky, que creó la primera escuela de catadores, alberga la colección privada más grande del mundo y dicta cátedra en el país del vino
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La primera vez que tuvo una copa de whisky en la mano fue a los 14 años, después de una tremenda borrachera con algunos compañeros de colegio. Esa noche, su padre los juntó para hablarles. No les dio un reto ni un sermón. Les dijo: "Si van a tomar, tomen poco, pero bien". Y les puso una botella de Old Parr sobre la mesa. A partir de entonces, Miguel Ángel Reigosa no tomó otra cosa que whisky. "Con esa primera copa sentí cosas maravillosas. Ya no quise tomar nada más", cuenta el fundador del Museo del Whisky y de la Whisky Malt Argentina, dos de las instituciones desde donde Reigosa, propietario de la primera colección privada más grande del mundo, hizo y hace escuela en el país del vino.

En el 82, Miguel Ángel participó en Malvinas transportando helicópteros Bell UH 1H hasta el 1° de mayo de ese año. Pero es un tema del que prefiere no hablar. Es un trago demasiado amargo. En cambio, sus ojos claros se vuelven a iluminar cuando la charla deriva otra vez en el tema que más lo apasiona y enseguida se retrotrae a sus comienzos: "Yo era importador de artículos y cada vez que viajaba me traía una botella de single malt. Ahí empecé el verdadero camino en el mundo del whisky", dice quien fue también dueño del Café de los Incas, una mítica esquina en Villa Ortúzar donde la gente pasaba a degustar esas etiquetas imposibles de encontrar hasta en los bares más exclusivos de Buenos Aires. Tan grande era su colección que Reigosa jugaba apuestas con sus clientes: si una botella que pedían no estaba, la casa invitaba.
-Es raro que un chico de 14 años se interese tanto por el whisky. ¿Qué te despertó esa primera copa?
-Lo primero que noté fue que era una bebida para respetar. El resto de las bebidas se toman por tomar, para cambiar de estado. El whisky no. Es un buen compañero, un buen amigo. Es la bebida más noble que hay, lo más maravilloso que creó el ser humano. En 1999 fundé la Whisky Malt Argentina, la escuela de catadores, y ahí renació el whisky en el país. Desde hacía 40 años que no se tomaba whisky en la Argentina.
-¿Cómo es ser amante del whisky en el país del vino?
-Es maravilloso. Los escoceses me dicen que es como si un escocés abriera un museo del mate en Escocia. De a poco, fui llevando a las personas a que se involucraran con este mundo. Todos los tomadores de whisky pasaron por el Café de los Incas y ahora por el Museo del Whisky, donde tenemos 2900 botellas. El más grande, que es el de Edimburgo, tiene 3384, estamos muy cerca. Acá está la segunda colección del mundo y la primera colección privada. Importamos 70 variedades para los 4100 socios del club. Son productos de altísima calidad. Y hace 10 años elaboré el agua William Wallace para tomar con whisky. Con una ósmosis inversa se le extraen todos los minerales y hace que se disfrute mejor.
-¿Hay un renacer del whisky en la Argentina?
-Sí, empezó a crecer. Sobre todo los jóvenes y las mujeres están cada vez más interesados por conocer nuevos productos, no sólo los que te dan las multinacionales. Las mujeres le perdieron el miedo. La nuestra era una sociedad tan machista que la palabra whisquería estaba ligada a la trata de personas. Ninguna mujer se servía una copita en público. Ahora se están desinhibiendo, saben, entienden y se fanatizan más.
-¿Existe producción nacional?
-Hay una destilería en el Sur que perfila como buen producto. Se llama La Alazana, es una destilería single malt que está en el lago Puelo. Pero en un país con sobresaltos nadie se arriesga a producir de acá a 15 años porque no sabés qué va a pasar, te podés quedar a mitad de camino.
-¿No soñaste nunca con hacer tu propio whisky?
-En un momento, sí. Pero tampoco era lo que más me gustaba. Es un trabajo muy sacrificado y hay que saber mucho. Además, no lo haría porque le empezaría a tomar cariño a mi whisky y dejaría a los otros de lado. Y a mí lo que me gusta es respetar todas las marcas, cada una te da algo distinto. El mejor whisky es el que más te gusta.
-¿El whisky te abrió muchas puertas?
-Las del Palacio de Buckingham, por ejemplo. Estuve ahí para el cumpleaños de la reina. Después de haber estado en Malvinas para mí fue una revancha, fue muy fuerte, fui en representación de mis compañeros. Pero con los ingleses me llevo muy bien. Viajé el día del cumpleaños de mi madre, me tuve que alquilar un esmoquin por 15 días y el que me lo alquiló me mataba a preguntas. ¿Es para un 15? Pero no se lo podía decir a nadie. ¡Quién me hubiera creído que iba al cumpleaños de la reina madre! Después me vio en el diario y me dijo: "¡Pero me hubieras dicho que era para eso!".
-¿Qué te pasa con el resto de las bebidas?
-Vino no tomo, no me gusta. No lo tomo ni siquiera para brindar. Una copa de vino me adormece, no me causa placer. El whisky, en cambio, es la única bebida que te levanta el ánimo. En poca cantidad uno aprende a disfrutarlo. Es lo mismo que pasa con un puro o con los cigarrillos: el primero se lo consume por placer, el otro, por vicio.
-¿Para vos whisky siempre fue disfrute, nunca un vicio?
-Tuve etapas. De más chico, tomaba para ponerme contento. Pero uno aprende a respetar al whisky como a un hijo. El día que vos te desbandás, perdés el placer, es agresión y necesidad de tapar. Cuando uno está mal de ánimo lo peor que puede hacer es tomarse un whisky. Hay que dejarlo ahí. A mí una copita me puede durar una película entera. Eso es disfrute; lo otro es agresión.
-¿Pero todos los días tomás una copita?
-No, pueden pasar dos o tres días sin tomar. Yo ceno con agua. Si me estoy comiendo un salmón y quiero acompañarlo con una copita de whisky lo hago. Lo que la gente no entiende es que al lado de esa copita tenés una copa de agua para bajar la comida. Eso es cenar o almorzar con whisky, no es que te tomás un litro.
-Más allá de lo emotivo, lo que tenés acá tiene un valor monetario. ¿Lo calculaste alguna vez?
-Una compañía francesa me ofreció una cifra muy, pero muy importante. Yo no trabajaba más. Pero no me gusta la plata. ¿Qué hago? Si yo no tuviera esto, ¿qué hago mañana? ¿Cuento plata? A la pasión no hay plata que la pague. Esto tiene mucho valor, pero no tiene precio. Al que me hizo la oferta le pregunté cuánto valía su vida. Porque yo le estaba vendiendo la mía a él. Todo lo que se puede comprar con plata es barato. Tengo un hijo de 5 años. Lorenzo va a heredar esta pasión. Yo esto lo hice para dejarlo en la Argentina. Quiero que quede acá. Éste es mi legado para el pueblo argentino.
-¿Cuál es la botella más preciada de la colección?
Hay muchas muy importantes. Está la Concorde de edición limitada que fue diseñada para el viaje transatlántico inaugural. Hay tres en el mundo y una está acá. Un cliente americano del Café de los Incas me la trajo de regalo.
-¿Y de los accesibles cuál es el que preferís?
-Mi favorito es Famous Grouse, fue mi whisky de cabecera durante muchos años, le tengo mucho cariño a la marca. Otra marca a la que le tengo mucho respeto es The Macallan.
-¿La pasión por el whisky y formar una familia son incompatibles?
-No, ¿por qué? Mi mamá me ayudó a albergar toda la colección, fue muy importante en mi carrera. Puso su hogar. Le debo mucho a ella. Yo fui un padre grande... se vive de otra forma. De joven me gustaba salir y no me sentía capacitado para ser papá. En el momento que Dios quiso, me lo mandó. Y lo disfruto a pleno. Antes no hubiera podido, hubiera sido un padre ausente. Pero el whisky une generaciones. Un padre, una madre y un hijo hoy pueden compartir la misma pasión por el whisky.
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