
Mimbreros del Tigre: un oficio que rebrota
Hasta hace poco era un rubro en extinción, víctima de la importación. Hoy resurge en medio de la crisis. Vida y desvelos de sus protagonistas
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Cuando un barco amarra frente una casa isleña, los perros son los primeros en dar la bienvenida. En el muelle del Club Anacreonte, sobre el canal de la Serna, el silencio es apenas cortado por el zumbido de los mosquitos y el rumor del barco que se aleja. No hay perros, y tampoco personas. Sólo quedan dos construcciones abandonadas, una cancha de bochas invadida por la maleza y un arco de fútbol comido por las enredaderas. En una pared, un escudo descolorido remite a tiempos mejores: Club Sportivo Anacreonte, 50 Aniversario: 1927 - 1977.
Cuarenta años atrás, más de 200 personas llegaban para alentar a su equipo los domingos, y el campeonato era disputado entre diez cuadros isleños. Roberto Jeancón, wing izquierdo del Anacreonte en la época de oro, cuenta que los lugareños pusieron el hombro para terminar el club. “Cuando todo estuvo listo, hace cinco años, hubo que cerrar porque no alcanzábamos a armar ni un solo equipo: la juventud se fue yendo”, cuenta.
A diferencia de la fruta, cuya producción mermó con la marea de 1959, el mimbre se mantuvo como una importante fuente de ingresos para varias generaciones de isleños. Pero todo cambió en los años 90, cuando a la inundación se le sumaron amenazas más devastadoras: la importación de mimbre chileno, que se adueñó de la plaza, y el ingreso a precios irrisorios de canastería china e indonesia.
En los últimos diez años, unas 400 familias dejaron de producir mimbre. La mayoría de ellas abandonó el Delta, y la vida en las islas declinó sin remedio. Sin embargo, los mimbreros que resistieron el embate de las políticas económicas de la última década hoy alumbran una tibia esperanza. Según Sergio Baram, presidente de la cooperativa Los Mimbreros, los 80.000 kilos mensuales que la entidad vendía a finales de la década del 80 cayeron desde entonces hasta tocar un piso de apenas 2000 en diciembre último.
Pero hoy, con una salida de 10.000 kilos por mes, el mimbre de las islas empieza a recuperar el terreno perdido.
Un jardín
La casa de Jeancón, una construcción rústica y sencilla de dos plantas, blanqueada a la cal, se levanta frente al arroyo Rico, en la Segunda Sección del Delta. Hasta allí llegó hace casi un siglo su abuelo francés, para vivir de la huerta y el cuero de nutria. Y allí nació y creció su padre, al que Roberto, de chico, ayudaba en la pelada del mimbre. Un canasto lleno de fruta es la postal perfecta de su infancia. “De aquí salían 1200 canastos de ciruelas y 1400 de duraznos por cosecha –se entusiasma–. La isla era un jardín.”
Roberto no es el último eslabón en la cadena. A menos de un kilómetro vive la familia de su hijo Miguel, de 32 años. Y más cerca aún está la casa que Mónica, hermana de Miguel, ocupa con su marido y sus tres chicos. “Acá nadie tiene a los hijos. Nosotros no sólo los tenemos cerca, sino que también tenemos a los nietos”, comenta Dolores Mirto, mujer de Roberto, a la que todos llaman Pichona.
Un sendero que corre junto al arroyo lleva hasta la plantación, donde el mimbre crece en hileras. Cada planta tiene entre ocho y veinte varillas que se abren en ramillete desde la base, como un plumero, hasta alcanzar los dos metros de altura. La recolección empieza en junio, cuando la planta pierde la hoja. Una vez cortado, el mimbre se clasifica por altura y se espicha. Es decir, se clava en tierra, donde queda hasta que la primavera le arranca los primeros brotes. Entonces, ya sin savia, hay que sacarlo y pelarlo, a mano o a máquina. Y después va al galpón en atados de una arroba (diez kilos), listo para ser vendido. Hoy, el precio promedio oscila entre 1,20 y 1,50 peso el kilo.
Hasta hace poco, el mimbre de la isla se acumulaba en los galpones del Puerto de Frutos. Por eso en los últimos años Roberto debió apretarse el cinto y salir con Miguel a cortar madera ajena, una trabajo duro: limpiar maleza, voltear álamos, trocear, cargar. Esa changa, que los ayudó a ir tirando, se cortó hace un año. “Eso nos cambió la vida. Más que nada, en cositas que uno se va prohibiendo. Por suerte tenemos la huerta y entre nosotros nos ayudamos”, se consuela Pichona. Su marido espera sacar unos 3000 kilos de mimbre seco de sus dos hectáreas cultivadas, y el doble el año próximo. "Tengo fe en que ahora se va a vender”, dice Jeancón.
De las quince familias que vivían del mimbre en el arroyo Rico quedan sólo tres. Eso sin contar a Vicente Mesiano, cuya casa, más elemental que la de Jeancón, tiene el aspecto descuidado de una buhardilla de soltero donde falta la mano de una mujer. Y algo de eso tiene Mesiano: es un hombre de 69 años y mirada pacífica que nunca se ha casado. Goza del aprecio de muchos isleños: compra mimbre ajeno, que carga en su barco junto al suyo para llevar al Tigre. Paga bien y en tiempo, y eso ha sido un alivio para los productores chicos.
Mesiano está en el galpón entre el mimbre acopiado, como un hacendado que mira pastar el ganado. Hijo de calabreses que llegaron al Delta en 1923, hace mimbre desde siempre. Tiene dos hectáreas cultivadas, pero llegó a plantar once. “Hace siete u ocho años venían correntinos de Itatí para la cosecha y éramos doce o trece personas trabajando. Antes hacía tres viajes por semana al Tigre, con seis o siete mil kilos cada uno. El año último, con suerte, llevaba mil kilos por mes. Ahora eso aumentó en un 15 por ciento. De a poquito va mejorando.”
Sólo una vez en su vida dejó las islas. Una carnicería que puso en Morón provocó la infidelidad, en 1969. “Era una esclavitud. A los cinco años, le dejé el negocio a mi hermano y me volví. Aquí con un barco sos libre para ir adonde quieras”, dice, y señala el Geisha II, motor Bedford de 97 caballos.
No sólo el mimbre chileno y la canastería china conspiraron contra los mimbreros. El progreso también hizo su parte. Antes, el mimbre se usaba para forrar damajuanas. Para hacer canastos de pesca o mudanza. Para fabricar las clásicas sillas de playa. El plástico acabó con todo eso. Horacio Vales, mimbrero y artesano de Canal 5, lo resume así: “Antes había gente que vivía de hacer canastos para la cosecha de maíz. Ahora, con las máquinas cosechadoras, ya no se necesitan. Y el canasto liviano quedó desplazado por el plástico.”
Por la vuelta
Es domingo y la quinta de los Alonso parece una factoría en plena actividad. En el muelle descansa el Albatros, el barco almacén en el que Agustín Alonso, de 68 años, hizo el reparto durante más de cuatro décadas. Alonso nació allí, en Canal 5, y trabajó en el mimbre junto a su padre hasta los 17. Tras una vida en el río, quiso volver al origen y hace seis años, a pesar de que los vientos no eran favorables, plantó cuatro hectáreas de mimbre. “Siempre le tuve cariño a la tierra”, explica.
Sus hijas trazaron un recorrido inverso al habitual. Adriana, Azucena y Mónica dejaron la ciudad y regresaron a la isla que las vio nacer. Y con ellas vinieron los nietos, que son quienes hoy, domingo, se afanan con el mimbre y el junco porque hay un pedido que atender.
Al volver, Mónica arrastró sin mucho esfuerzo a su marido, Horacio Vales, que doce años atrás dejó su Lanús natal y su trabajo de transportista. Un viejo maestro artesano de arroyo Grande, Basilio Popovich, le enseñó algunos secretos del tejido. El resto lo aprendió solo. Y lo aprendió bien. Vendió sus primeros canastos y se entusiasmó. Enseguida plantó dos hectáreas en su quinta, y ahora hace todo el proceso: plantación, cosecha y artesanía.
“El mimbre es un material dócil –dice este artesano que escucha tango y rock nacional de la primera hora mientras trabaja–. Te invita a inventar cosas nuevas, aunque parezca que estás siempre en lo mismo.” Hubo tiempos mejores, reconoce, pero la nostalgia le dura poco: “Fueron seis o siete años muy duros, pero ahora hay un resurgimiento del mimbre en las islas. Muchos empezaron a plantar de nuevo”, dice. De algo está seguro: no regresaría a la ciudad. ¿Y sus hijas? ¿Se quedarán? “Uno quisiera que no pase el tiempo. Que no llegue el día en que terminen la secundaria”, dice.
Pero no toda la juventud se va. Ahí están los hijos de Roberto Jeancón. Y son precisamente Roberto y su mujer, Pichona, los que convocan otra imagen del club Anacreonte que contrarresta la actual, de derrota y abandono, cuando rescatan historias del tiempo en que la juventud de las islas coincidía con la juventud de sus vidas. Historias de la época en que el arroyo era un jardín y en la cancha del club, llena de voces de aliento, la mirada del wing izquierdo local se encontraba con la de aquella muchacha que había venido del arroyo La Viuda para ver jugar a su hermano. Era verano, y quizás esos tímidos guiños se repitieron por la noche en algún baile, en Boca Carabelas, en el club Felicaria o en el Navarquita. Y si aquello tenía gusto a poco había otro domingo, otro partido, otro baile por venir.
Tal vez la juventud de las islas no vuelva más. Pero es distinto en el caso de los Jeancón: ellos siempre están volviendo a empezar. De hecho, a los 64, y con una vida entera de pequeño productor, Roberto prometió aprender a tejer mimbre. “Un poco por gusto, y otro poco por necesidad”, bromea mientras le hace un guiño a su mujer.






