
¿Misogino y avaro? Picasso, la otra historia
Olivier Widmaier-Picasso, el nieto del gran pintor español, acaba de publicar un libro que despertará controversias. En él desmiente dichos de alto voltaje que su prima Marina volcó en Picasso, mi abuelo (1998). Este parisino de 43 años busca acabar con las leyendas negras instauradas por biógrafos y parientes, que responsabilizaron al artista del trágico destino de su familia
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MADRID.- "Mi abuelo no era un tacaño, ni un egoísta ni manipulaba a las mujeres." Algo difícil de decir si uno es Olivier Widmaier-Picasso, nieto del genial pintor malagueño. Porque Pablo Picasso hoy se volvió sinónimo no sólo del hombre que revolucionó el arte del siglo XX, sino también del monstruo que "necesitaba de la sangre de sus familiares para firmar sus obras", al decir de su nieta Marina.
Pero Widmaier-Picasso, un abogado parisino de 43 años con la misma nariz de su abuelo, y que es uno de los personajes más buscados por los diarios franceses, está empecinado en acabar con las leyendas negras que distintos biógrafos y familiares han instaurado sobre su abuelo.
Con ese fin escribió su propia historia, Picasso. Retratos de familia, de flamante aparición en las librerías porteñas. En ella responde, entre otros, a los horrores que narra su prima Marina en su versión de los hechos, Picasso, mi abuelo, publicado €
en 1998. "Picasso no era un ser inocente. Pero su única culpa es la de habernos hecho reflexionar y soñar. Después de su muerte, se lo quiso culpar de todo lo malo que sucedió en la familia. Como él ya no está aquí para defenderse, sentí que era mi deber hacerlo yo", aclaró durante la presentación del libro en el Centro Reina Sofía.
Por ejemplo: cuando Picasso murió, en 1973, otro de sus nietos, Pablito, de 23 años, se suicidó tomando lavandina al sentir que la última mujer de Picasso, Jacqueline Roque, lo excluiría del funeral. Cuatro años más tarde, Marie Thérèse Walter, la abuela de Olivier y segunda mujer de Picasso, se ahorcó. En 1986, Jacqueline Roque misma se pegó un tiro. El padre de Pablito, Paulo, vivió siempre en un estado de parálisis total por ser "el hijo de..."; su esposa, Emilienne, consciente de que Picasso la despreciaba, perdió el juicio, y su hija Marina necesitó de 14 años de terapia para exorcizarse de lo que ella llamó "el virus Picasso", cuya "obra brillante necesitó de sacrificios humanos".
Para colmo, Picasso, que odiaba pensar en la muerte, no arregló su herencia. Y el juicio por la fortuna que dejó en obras e inmuebles (la mayor sucesión de la historia de Francia, cuyo monto se estima en 10.000 millones de euros) fue seguido como una telenovela por el público francés, fascinado por las historias de luchas en la familia más controvertida del país.
Olivier Widmaier-Picasso se crió en este seno. Y decidió ser abogado, justamente, después de una infancia rodeado de letrados y asesores que durante años trataron de encontrar la manera de dividir los bienes más preciados del siglo XX entre las mujeres, las amantes, los hijos legítimos, los ilegítimos y nietos varios.
"Para mí, mi abuelo nació el día en que murió. Antes no existía, ni en mis sueños ni en la realidad. Era alguien de quien me hablaban de tanto en tanto, pero a quien nunca veía. Pero un día, en la televisión se cortó la transmisión para anunciar su fallecimiento como se anuncian los terremotos o las grandes catástrofes. Todo el mundo empezó a hablar de Picasso y de su herencia. Me miraban en la escuela", recuerda.
La abuela de Olivier era Marie-Thérèse Walter, una voluptuosa vendedora de las galerías Lafayette que Picasso conoció cuando ella tenía sólo 17 años. Ella inspiró las pinturas de Picasso más cargadas de sexualidad, como El sueño, en el que una rubia duerme con un símbolo fálico rodeando su cabeza. Picasso la llevaba a los balnearios a los que concurría con su entonces esposa, Olga Khokhlova (la abuela de Pablito y Marina), y le alquilaba una cabaña en la playa a la que iba de visita cada tarde. En uno de esos encuentros fue concebida Maya, la madre de Olivier, que vivió con Picasso hasta que a los 18 años se fue del hogar para formar uno propio, más estable y lejos de todo el entorno Picasso.
"Mi madre tenía otros valores, quería una vida de familia", explica Olivier. Además, ella se casó con Widmaier, un capitán de navío que tenía un buen ingreso y que nunca quiso vivir a la sombra de su suegro. A diferencia del resto de la familia, llevaron siempre una vida burguesa bastante normal.
"Tuvimos un hogar tranquilo y crecimos felices y sin rencores", afirma Widmaier. Y contraría a la mayor parte de los biógrafos y a su prima Marina, al afirmar que "es difícil hacerlo responsable de todas esas muertes. Marie-Thérèse y Jacqueline se suicidaron por amor, quisieron terminar con una vida que les parecía banal después de la muerte de Pablo. Ellas prefirieron reencontrarse con el único amor de sus vidas. Además, no existen en absoluto cartas o declaraciones en las que alguna de ellas le haya reprochado algo a Pablo jamás. Pero Marina no hizo ninguna investigación. Como dijo un periodista francés, lo de Marina es una sarta de chimentos infundados. La visión de Marina es distinta porque ella sólo lo conoció a través de los ojos llenos de rencor de sus padres".
-¿Cómo era su abuelo con las mujeres?
-Muy simple: mi abuelo era el rey sol, un astro dominante. Las mujeres eran los planetas satélites, girando satisfechas sobre sí mismas, acercándose a la estrella, a veces alejándose, si es que él no se decidía a enviarlas al otro extremo de la galaxia, donde se extinguían. Pero ganaron la eternidad.
-En el libro de Françoise Gilot, Mi vida con Picasso, ella cuenta que cierta vez su abuelo, después de una pelea, le acercó a la cara un cigarrillo para quemarla.
-Mi abuelo finalmente alejó el cigarrillo y le dijo: "No es una buena idea. Después de todo, puede ser que algún día quiera volver a mirarte". En la traducción del libro se da a entender como si la hubiese quemado, pero no es así en el original. Además, yo hablé con muchísimos amigos de la pareja, y ninguno jamás recordó haber visto una marca en la cara de Françoise. Picasso era un duro, pero no una mala persona.
-¿Y era tan avaro como lo pintan?
-Son mitos. No paró de donar en su vida, fue muy generoso, sólo que nunca llamaba a un fotógrafo para que inmortalizase el momento. A mi madre le enseñó que había que "vivir modestamente con mucho dinero en el bolsillo". Sus comienzos en la extrema pobreza lo habían marcado, y podemos decir que tenía una relación responsable con el dinero, no despilfarraba. Pero siempre pagó bien a sus ex mujeres y ayudó a sus amigos y a las causas en las que creía. Sólo entre 1938 y 1939 entregó el equivalente a unos 260.000 euros al comité de ayuda a España, por ejemplo. Picasso nunca hacía alarde de altruismo ni revelaba sus contribuciones. Sin duda fue un error. Ignoraba que en nuestra sociedad del espectáculo la generosidad debe ser pública y publicada. El juzgaba, a la antigua, que no tenía que rendirle cuentas a nadie.
-¿El arreglo de la herencia fue tan sórdido y violento como se ha sostenido?
-Para nada; dadas las circunstancias, diría que fue muy civilizado. La prueba está en que ahora todos podemos reunirnos amigablemente, como ocurrió para la inauguración del Museo Picasso en Málaga, y en que hemos armado la indivisión Picasso para proteger el nombre y mantener unidas la obras que heredamos. Yo mismo soy asesor de mi tío Claude (hijo de Françoise Gilot), que preside su administración. Salvo Marina, que siempre ha preferido mantenerse a un lado, la relación entre todos los descendientes es muy buena.
-Si su abuelo tenía alguna gran falta, ¿cuál fue?
-La falta de comunicación. Era lo único verdaderamente negativo de su personalidad. Era tosco y fuerte, y de altura modesta. Pero, como prueba la historia, esos cinco centímetros no los necesitó para nada.
Para saber más
www.museupicasso.bcn.es
www.museopicassomalaga.org
El biógrafo
NUEVA YORK.- Ex presidente de Christie’s en EE.UU., profesor de arte en Oxford y miembro de la Academia Británica, John Richardson es el autor de una monumental biografía de Picasso (Alianza Editorial), de la cual ya se publicaron los dos primeros volúmenes y que lo convirtió en la máxima autoridad en el tema. "Es excelente", asegura Olivier Picasso.
Richardson también rechaza las visiones simplistas que pintan a Picasso como un monstruo. O sólo como eso. "El problema con Picasso es que, de cualquier cosa que se diga de él, lo exactamente opuesto también es verdad. Era el hombre más bueno, generoso y cariñoso del mundo, y la prueba está en que todas sus mujeres lo amaron", argumenta.





