
Mónaco: la vida sin Rainiero
Muerto el príncipe, y reemplazado por su hijo Alberto, los monegascos se preguntan por la suerte de este lujoso paraíso del juego libre de impuestos
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Los inciertos planes matrimoniales de Alberto –un eco de las intrincadas cuestiones sucesorias de Inglaterra y de otras muchas monarquías modernas– causan cierta inquietud entre los monegascos. Es otro aspecto más en el que el príncipe difiere de su padre: Rainiero fue un luchador capaz de enfrentarse a Charles de Gaulle y al magnate griego Aristóteles Onassis para defender la independencia de su principado, y de convertir la milla cuadrada de territorio que ocupa Mónaco en un floreciente refugio impositivo para el mundo de los nuevos ricos. No se espera que el príncipe Alberto, tartamudo y tímido, gobierne con la firmeza de su padre. "Lo que puede cambiar es la manera de gobernar", declaró Frédéric Laurent, nativo de Mónaco y autor de The Prince on His Rock. "El príncipe Rainiero era un autócrata, pero Alberto es más bien un demócrata."
La familia Grimaldi no siempre estuvo cargada de joyas y medallas: empezaron como piratas que operaban desde una inexpugnable fortaleza mediterránea que actualmente forma parte del palacio. Francia se apoderó de la rocosa franja de tierra costera después de la Revolución Francesa, y cuando Napoleón III se la devolvió a los Grimaldi, más de 60 años después, retuvo el 85% del territorio.
Llega el dinero
Carlos III, el monarca monegasco reinante en ese momento, obtuvo cuatro millones de francos en oro como compensación por el territorio perdido, y los usó para construir un casino en una colina que dominaba el puerto. Llamó a esa elevación Monte Carlo, en honor de sí mismo, y el casino, un ornamentado edificio estilo belle époque –junto con su compañero, el Hotel de París– atrajo a los ricos de las rivieras francesa e italiana, donde el juego era ilegal.
Para los locos años 20, cuando Rainiero era niño, Montecarlo era sinónimo de glamour y pecado. Pero el colapso financiero global de 1930 hizo aún más daño en Mónaco que en los lugares de mayor solidez económica. Para la Segunda Guerra Mundial, momento en que Rainiero accedió al trono, el principado era una sombra de lo que había sido. Pero durante su gobierno, Mónaco se convirtió en un país libre de impuestos, y el dinero empezó a fluir nuevamente, a tal punto que a principios de los años sesenta de Gaulle exigió que el principado cancelara las prebendas fiscales que drenaban a los capitales franceses.
Salvo para los franceses, para el resto del mundo no hay en Mónaco impuesto a las ganancias, ni al capital ni a la herencia. Y eso explica que haya miles de viviendas vacías que son falsas residencias, donde las luces se encienden de manera automática a la noche para que las cuentas de electricidad permitan justificar que sus dueños pasan al menos seis meses al año en Mónaco y puedan así acogerse al beneficio de sus leyes.
Uno de los mayores desafíos del príncipe Alberto será defender ese sistema impositivo. El principado ya ha tenido que modificar sus laxas regulaciones bancarias, que hasta hace una década permitían que los empresarios llegaran en barco a depositar valijas enteras colmadas de dinero en efectivo. Ahora existen controles destinados a prevenir el lavado de dinero y el terrorismo financiero.
Mientras tanto, la fabulosa edad dorada ha dado paso al turismo masivo. El casino eduardiano de Montecarlo ya no alberga a turistas de smoking, sino a gente de zapatillas. Y aunque hace años el juego era el ingreso más importante de Mónaco, ahora la economía del principado se basa en los bancos, las corporaciones y los cruceros. Los hoteles de lujo y las torres de departamentos han invadido las laderas, con sus garajes subterráneos repletos de marcas tales como Bentley, Rolls Royce y Ferrari.
Pero nadie le hubiera prestado a Mónaco más atención que a los otros pequeños paraísos fiscales de Europa, como Liechtenstein y Andorra, de no haber sido por el glamoroso y trágico matrimonio de Rainiero con Grace Kelly y por sus famosos hijos díscolos: la Chica Mala, la Buena Viuda y el Lindo Chico.
Tres hermanos
Estefanía, de 40 años, es la típica aristócrata alocada, potencial estrella de rock y modelo, con una tendencia a las relaciones amorosas con los hombres menos adecuados. Una vez se fugó con un entrenador de elefantes y ha tenido relaciones con un jardinero real y con el mayordomo de su padre. En 2003 se casó con un acróbata circense portugués, aunque no se sabe si el matrimonio perdura. Tiene tres hijos, dos de ellos de su ex guardaespaldas Daniel Ducruet, con quien luego se casó. Pero se divorció en 1996, ya que él fue fotografiado abrazando a Miss Senos Desnudos de Bélgica.
La princesa Carolina, de 48 años, se convirtió en la primera dama de Mónaco tras la muerte de su madre, pero ha tenido casi tan poca suerte como su hermana en el rubro esposos. En 1978, se casó con el playboy francés Philippe Junot, y el matrimonio acabó dos años más tarde. En 1983, contrajo enlace con el italiano Stefano Casiraghi, heredero del petróleo, y tuvo dos hijos con él. Este, su segundo esposo, murió en un accidente náutico hace quince años. Carolina tuvo un tercer hijo con su tercer marido, el príncipe Ernesto Augusto de Hanover, que recientemente ha sufrido una grave enfermedad.
En los últimos años, se ha considerado a Carolina como el verdadero poder detrás del trono. En el principado hay algunos que dicen que su hermano debería retirarse para que Carolina ocupara su lugar, pero otros manifiestan su preocupación por la influencia que podría ejercer su esposo alemán, conocido por actitudes tales como golpear a los periodistas y orinar en público.
Mientras tanto, el príncipe Alberto ha sido vinculado con una larga lista de mujeres prominentes que ya han aparecido en brazos de cuantiosos solteros de mediana edad. Sin embargo, en ningún caso ha habido signo alguno de romance.
"Por haber conocido a Rainiero, estoy convencido de que él lamentó no haber visto a su hijo casado con una joven princesa católica y convertido en padre", dijo Claude de Kermoularia, ex jefe de estado del palacio y antiguo amigo del fallecido príncipe. "Siempre se mostró renuente a entregar el poder a su hijo porque esperaba verlo casado y con un heredero".
Pero Alberto ha sido hasta ahora tan reticente a casarse que su padre introdujo hace tres años ciertos cambios en la Constitución del país para permitir que la corona pasara a una de las princesas o a los hijos éstas en caso de que Alberto abdicara o muriera sin descendencia. Por ahora, sin embargo, Alberto es el gobernante de ese diminuto país en el que los Alpes se internan en el mar.
(Traducción: Mirta Rosenberg)
Para saber más:
www.visitmonaco.com






