
Mordiendo en la banquina
La ruta puede ser caja de sorpresas. Los buscavidas, con el ingenio azuzado por la crisis, tienen medios originales de llamar la atención del que pasa. La Revista recorrió miles de kilómetros y recogió historias de lo más extrañas
1 minuto de lectura'
No son personajes folklóricos de los lugares que habitan. No los envuelve la magia; los une la necesidad. No se quejan. Pero tampoco disfrutan. Lo hacen. Simplemente, lo hacen.
Muchos, artesanos en general, viven del turismo ocasional -aunque no figuren en ningún folleto porque la necesidad no genera divisas ni promete circuitos bucólicos-, y la mayoría encuentra en camioneros y viajantes a sus más fieles clientes.
Ellos, caminantes de banquinas, buscavidas solitarios, hace tiempo se volcaron a las rutas para tratar de conseguir, aunque en la mayoría de los casos mínimamente, el dinero que no tienen por falta de trabajo o, aun teniéndolo, para hacer menos pesada la realidad de un ingreso escaso.
Pasan buena parte de sus días yendo y viniendo por las banquinas, o estacionados en ellas. Y no importa lo que haya que vender con tal de cubrir la necesidad diaria. Así ellos, hombres, mujeres y niños, anuncian su oferta con carteles precarios pegados sobre rústicos palos, o aparecen subrepticiamente de entre los árboles, cuando el ruido de un motor a la distancia avisa de un potencial comprador.
Ofertas que van desde monos hasta bolsas con naranjas; desde cuadros hasta estuches para guitarras; desde enanitos de jardín hasta chorizos caseros; desde pajaritos hasta churrascos cortados sobre un tablón apoyado sobre lastimosos caballetes; desde miel de abeja hasta tortillas caseras; desde ponchos hasta lombrices.
Cada uno de ellos tiene una historia que contar. Y cada historia es un mundo, como todas, como cada protagonista, dueño silencioso de su relato.
Tan silencioso, que ni se lo conoce, ni se le presta atención, ni se lo atiende.
Acostumbrados a vivir al día, son ellos los verdaderos gasoleros: un mono vendido en veinte pesos es una fiesta. Y dos dorados por treinta, la gloria.
Espanta el contraste entre el progreso y la necesidad: caminantes de banquinas y conductores de autos y camiones costosísimos comparten un mismo escenario, la ruta, pero casi sin mirarse a los ojos. Y cuando se cruzan, cuando se entienden, cuando uno vende y otro compra, el instante es tan efímero, tan extrañamente cruel y placentero a la vez que mientras al primero le sobra el día para contar monedas, al segundo le bastan segundos para perderse en el horizonte con su mercadería de ocasión en el baúl.
El camino de los hornos
Silvia, de 18 años, aguanta con sus manos huesudas los ladrillos que le va lanzando, en pilas de a tres, su hermana Sandra, de 13. Miriam, de 20, cuida a su pequeño hijo y Juan Carlos, de 18, mezcla el barro con aserrín que pronto volcará en los moldes de madera que terminarán por convertirse, tres días después, en ladrillos.
Los hermanos Fagundo viven de eso. Desde chicos viven de eso, del horno de ladrillo levantado ahí, pegadito a la ruta.
Ramón y Ramona no están en la precaria casa de madera teñida de tierra colorada, desvencijada por años de lluvia y viento. Ramón y Ramona son los padres de Sandra, Miriam, Silvia y Juan Carlos. Ladrilleros desde hace años -cuando la madera dejó de ser su fuente de trabajo-, hoy los hijos siguen la tradición. El horno, no demasiado grande, tiene capacidad para secar hasta 12.000 ladrillos. Con suerte, podrán venderlos en un mes.
"Vendemos en la ruta. Hace tiempo que vendemos en la ruta, porque es la única manera. No vamos a los corralones porque no tenemos con qué... Lo único es ese carromato y aquel matungo, que está más para la mortadela que para el trabajo... Si la suerte y el tiempo nos acompañan, en un mes podemos redondear 400 pesos."
Hay días y días. Hay días de 4000 ladrillos y días de 100. Cuando la venta no aparece, lo poco que venden lo canjean por mercadería en los almacenes de la zona. "Vivimos para uno", se resigna Juan Carlos. Y Silvia termina: "Te lastimás las manos acarreando ladrillos para poder tener un plato de comida al final del día. Y nosotros somos diez. Igual no me quejo, ¿para qué? Es esto... o nada".
Carnicería al paso
A pocos kilómetros de Perugorría, un lugar devastado por las últimas inundaciones, Casimiro Casas -en patas y con tres cuchillos al cinto- y Lucas -su anciano ayudante, ex jockey- trozan carne del ternero sacrificado la noche anterior. Ellos trabajan sólo por la carne que doña Alegre, la dueña de los tablones y los caballetes que sirven de mostrador al paso, les da cada mañana a cambio de que la ayuden en su improvisada carnicería.
Pero masculla bronca el Casimiro. "Antes de la inundación, yo me faenaba hasta tres novillos por día... hoy apenas si podemos vender un ternero chico a dos pesos el kilo. La inundación nos llevó todo, hasta las nutrias y las vizcachas, que antes brotaban como hongos de la tierra." Y rezonga peor cuando cuenta que la cosecha del tabaco ya no deja como antes: "hoy no hay ni un cinco por ningún lado".
"Pero no por culpa del agua -aclara doña Alegre-. Es que la gente se quedó sin trabajo, sin campos, sin changas y entonces empezó a cazar nutrias y vizcachas. Hasta que casi no quedó ninguna. ¿Y sabe por qué no hay más? No hay más porque se las han comido. Eso es lo que ha pasado aquí."
Colgado en las ramas de dos grandes árboles, una pata de ternero espera dueño. El dueño, esta vez, será un hombre de aspecto rudo, cazador, que vive en San Isidro. A doña Alegre y a Casimiro se les ilumina el rostro: por treinta kilos de carne, recibirán 35 pesos. "Llevo la carne para mi casa -cuenta el cazador-, para la familia, acá se compra barato, hay que aprovechar." Seguro. ¿Qué duda cabe?
Banquinas milagrosas
Aparicio Palacios, de 57 años, se instala sobre la banquina a las 7 de de la mañana, como todos los días desde hace ocho años, cuando tuvo que dejar su trabajo de peón de chacra obligado por un infarto. Desde entonces vende imágenes de la Vírgen de Itatí, que las acomoda sobre su viejo Falcon. Pero este día, pasadas las 12, lo único que había logrado vender fue un paquete de velas a 60 centavos. "Hay días que saco cuatro pesos y hay días que saco diez. En el mes, con toda la furia, puedo redondear ciento cincuenta pesos... Esto está cada vez peor, nadie tiene plata y la virgencita, la verdad, más no puede hacer. Pero igual le estoy agradecido."
Aparicio tiene cuatro hijos. Ninguno con trabajo.
Hugo, Abel y Hernán
En la Argentina habitan 12.200.000 chicos menores de 18 años. Según un informe de la Cepal, el 45 por ciento de niños menores de 14 años es pobre.
Hugo, de 8 años, flequillo hasta los ojos, mirada inquieta y palabras rápidas; Abel, 10 años, carita redonda quemada por el sol; Hernán, 12 años, pelo renegrido y rápido para los números.
Hugo vende monos y pajaritos. Abel vende dorados, y Hernán, siempre acompañado por su amigo Leonel, vende lombrices, anguilas y morenas.
Hugo cuenta: "Los monitos los caza el papi en los islotes del Paraná. A veces vendo uno por semana. Me dan treinta pesos, a veces quince. Cuando en la casa estamos necesitados, el papi va al Paraná y caza monos. ¿Me va a dar plata por las fotos?" Abel explica: "Yo le compro los pescados a un señor de acá a un peso el kilo. El dorado lo vendo a diez, y me quedan cuatro o cinco de ganancia. Si vendo dos, por ahí me quedan diez. ¿Con la plata? Mi papá es albañil, y hay que ayudar. ¿Que si junto para mí? Cuando puedo, si... Algún día voy a ir a la cancha de River, y la voy a conocer, porque no la conozco, y me voy a pagar la entrada para verlo a Bonano y a Saviola. ¿Que si es peligrosa la ruta? No, ¿por qué va a ser peligrosa? Hay que mirar bien, lo único, ¿vio?
Hernán dice: "Haceme propaganda y poné que el negocio se llama El Gato, así vienen más. Las morenas las tengo a ocho pesos la docena y las anguilas a diez. Los lombrices están baratitas, y son bien rechonchas, pero, igual, hay que estar acá, hay que estar..."
Petrona, el parrillero y otras ofertas
A Petrona Brum, una misionera de 43 años, todavía le sobra espíritu para descargar risotadas y contar que, a pesar de que debe alimentar a siete hijos, criar chanchos y gallinas y vender ropa en la ruta, se las arregla muy bien sola después que lo echó a su marido de la casa, "porque era más el tiempo que estaba borracho que en pie".
Tampoco le falta espíritu a Francisco Rojas, que disimula -como buen hombre de campo que es- sus 66 años a la hora de hacer el fuego y cubrir la inmensa parrilla del parador Ceibas, punto de encuentro casi irreemplazable de camioneros y colectiveros.
El minúsculo almacén sin nombre que se levanta pegado a la banquina la ayuda a Petrona a juntar algunos pesos. "Con lo que me da el almacencito, compro carne una vez a la semana. Con eso nos arreglamos. Y con lo que me dejan las gallinas, y con la ropa que vendo en la ruta y en los campos, crío a los siete. ¿El chancho? Ah, no... lo tengo de reserva, como un ahorro, ¿vio? Si no me pasa nada raro, lo engordo para después carnearlo. Pero vivimos bien... Bah, vivimos... Al menos estamos tranquilos, porque acá, por suerte, todavía no nos llegó la maldad."
Y si de maldades se trata, Andrea, mandamás del 77, la boîte de Victoria, pegadita a la ruta 11, tiene bastante que contar "porque, en fin, en la ruta está la plata y por la ruta, también, pasa de todo... y no es cuestión de que me arruinen el negocio".
Días de hojalata
Chacarero y artesano, Eusebio Fernández, de 64 años, el hojalatero, agradece al cielo cada vez que despierta, y a la ruta, cada vez que apunta sus largos y seguros trancos para vestir de baldes, regaderas, fuentones y aceiteras de hojalata tres árboles secos, como dos vigías petrificados, vidriera y mostrador que desde la banquina intentan atraer a viajantes.
Acorralado por un viejo infarto, hace quince años Eusebio dejó de ponerle el pecho al campo. Obligado a abandonar siembras y cosechas, el hombre resignó arados y tractores, pero no así la tierra; que aunque nunca fue suya y nunca lo será, la generosidad de su patrón le permite estar ahí, en ese pedazo de suelo negro salpicado de pajonales, su refugio, su mundo. "Gracias a Dios tengo a la ruta, mi compañera desde hace quince años. Hace quince años que vivo de esto, que era mi antigua profesión, cuando muchachito. Puedo sacar entre cien y ciento cincuenta pesos mensuales. Y como también tengo mi huerta, y cuatro o cinco gallinas, y la radio, y el cuzco que me acompaña... ¿qué más necesito? -¿Tiene familia, Eusebio?
-Sí. Tengo cuatro hermanos, pero hace veinte años que no nos vemos. En el medio del campo, Eusebio habla despacio. Mientras madura la tarde.
1
2Hotel Casino Míguez: parte del emblemático edificio de Punta de Este está abandonado, en venta, y espera renacer
3En fotos. Todos los invitados a la muestra de Paola Marzotto en Punta del Este
4Se conocieron cuando ella tenía 12 y él 17 y llevan juntos ocho décadas: “Solo puedo hablar de ella con letras mayúsculas”


