
Mujeres de Manhattan
Por Willy G. Bouillon (*)
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Nacho vivía solo en Manhattan. "La gente es rara aquí. Más las mujeres", me escribió en un mail. "¿Por qué más las mujeres?", pregunté. Dijo que podía darme muchos ejemplos, pero que bastaba con contarme algo sobre su vecina. "Unos 40 años, rubia, caucásica, como dicen por estos pagos." Los suyos eran los dos únicos departamentos del 7° piso. Ella nunca lo saludaba a Nacho; ni siquiera en un viaje en ascensor compartido, solos, a las 2 de la mañana. Pero una noche de verano ella salió al palier a dejar la basura y el viento cerró su puerta. No era el único problema. Había uno mucho peor: ¡estaba desnuda! Se cubrió con un diario y le tocó el timbre. El, que miraba TV, espió por la mirilla, la reconoció, y abrió asombrado. "Salí a dejar la basura y el viento me cerró la puerta –le explicó, con una expresión que parecía una sonrisa–. Y estoy desnuda." "Le contesté «ya lo veo», y en seguida me di cuenta de la estupidez de la respuesta", contó Nacho. La invitó a pasar y le trajo un kimono (que una tía le había traído de Japón), con el que su vecina reemplazó el diario, mientras él, discretamente, desaparecía diciendo que ya volvía. Ella le pidió el teléfono y llamó a un cerrajero, que logró abrir la puerta. En la espera, aceptó un whisky, "con un poquito de agua, pero sin hielo". Al otro día se encontraron en la entrada del edificio. "En cualquier lugar, un episodio así crea una relación de cualquier tipo entre un hombre y una mujer. En Manhattan no. Tampoco ahora me saluda Y, para colmo, ¡no me animo a pedirle el kimono!"
* El autor es redactor de LA NACION






