
Nalbandian, el tenista argentino
Dio la nota al ser el primer compatriota en llegar a una final en Wimbledon e integró la pareja que ganó un partido épico por la Copa Davis. Pero algo le falta, como al país
1 minuto de lectura'
Como a la Argentina, a David Nalbandian le sobran talentos, pero algo, por ahora inefable, le impide mantenerse en lo alto.
El chico nacido en Unquillo, provincia de Córdoba, el 1º de enero de 1982, ostenta un pasado brillante como tenista junior y una breve pero contundente irrupción en el mundo más áspero y tenso del tenis adulto; una trayectoria que, hasta el momento, alcanzó su punto más alto cuando Nalbandian se convirtió en el primer tenista argentino que llegó a disputar la final masculina del torneo de Wimbledon.
Pero, desde entonces, como si la gloria le hubiese pesado demasiado, su desempeño comenzó a ser desparejo e imprevisible: perdió en la primera rueda de torneos poco relevantes frente a rivales ubicados muy por debajo de su 15º posición en el ranking; integró la pareja argentina que ganó un partido épico ante los rusos por la semifinal de la Copa Davis y, al día siguiente, perdió el punto decisivo que dio la victoria a los locales, en la lejana Moscú. ¿Cómo entenderlo? ¿Nalbandian es reflejo de un país contradictorio, rico en posibilidades, pero sumido en la pobreza? ¿O la crisis argentina es capaz de afectar incluso a sus individualidades más promisorias?
La primera alternativa parece abusar de un pensamiento alegórico de poca monta. La otra opción, aunque más cercana a la realidad, exige algunos matices.
Las leyes del gran negocio global del entretenimiento exigen cada vez más eficacia y más novedad. Y la voracidad de este sistema de consagraciones tan súbitas como efímeras tiene, entre sus consecuencias más monstruosas, el haber consagrado la precocidad al alto precio de su alegre belleza.
Basta con hablar unos minutos con Nalbandian para comprobar que es todavía un chico de 20 años y origen humilde, a quien la crudeza del negocio tal vez haga perder el gusto de jugar al tenis.
Después de hablar con rostro grave, durante media hora, sobre este deporte como de una responsabilidad que debe cumplirse eficazmente como sea, el chico cordobés esboza su primera sonrisa y hace su primera broma sólo cuando se le pregunta por su pasión por el automovilismo.
Como todo tenista profesional de estos tiempos, Nalbandian confiesa haber hecho sacrificios muy grandes, no tener amigos de la secundaria, ni vacaciones dignas de llamarse tales desde sus 13 o 14 años. Mientras tanto, todo un país le hace saber que de sus éxitos dependerán, en buena medida, las magras cuotas de alegría de sus habitantes.
Es verdad: al país y a Nalbandian les falta algo, pero es muy probable que no sea lo mismo.






