
No, gracias: no quiero vivir 150 años
Deberíamos atravesar el severo riesgo de vivir en numerosas ocasiones los mismos episodios: cinco o seis enlaces, otras tantas rupturas...
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Hace muy poco, dos científicos norteamericanos redoblaron su apuesta para que en el futuro los seres humanos podamos llegar a cumplir 150 años. Con el respeto y agradecimiento que estos investigadores se merecen, les hago saber que en lo personal declino absolutamente alcanzar semejante cetro. Está bien que nadie en su sano juicio quiera morirse, pero, ¿cuál es el chiste de llegar tan lejos? ¿Quién nos dijo que nos conviene? ¿Qué costo tendremos que pagar?
A comienzos del siglo XX la expectativa de vida era de 40 años. Si el propósito era hacer y ser algo en la vida, convenía empezar temprano y desarrollar todo con concentración y velocidad, porque entre la edad adulta y la muerte había un suspiro. Sobre la base de tal premura, los esposos se juraban cercanía hasta que la muerte los separara. Hoy, aquella cifra se duplicó y anda, exactamente, en 76 años para los hombres y 81 para las mujeres. Es decir que los afortunados mortales de estos tiempos disponemos, cuando menos, de tres o cuatro tramos vitales de considerable extensión. Llegar a soplar una torta con 150 velitas supondría tener que permanecer en el mundanal ruido el doble de lo que pasamos. Lo que nos acarrearía diversos inconvenientes.
Por ejemplo, deberíamos atravesar el severo riesgo de vivir en numerosas ocasiones los mismos episodios: cinco o seis enlaces, otras tantas rupturas, repetidísimas ceremonias bautismales, cientos de fines de semanas largos, y así. ¡Qué aburrimiento! Los cambios sociales y las modificaciones de costumbres, conductas, modas, y lenguajes serían tantos y tan vertiginosos que resultaría prácticamente imposible mantenerse actualizados. No sería sencillo descifrar la evolución de los medios, de la tecnología, de las relaciones humanas, de los consumos comerciales o de los procesos culturales, lo que nos haría vivir con una permanente sensación de deuda no saldada. Cuando aprendiéramos hasta el menor signo del más reciente programa de Windows ya habría otros diez nuevos, superpuestos, aguardando meterse en nuestras vidas. ¿De qué forma, como venerables padres sesquicentenarios, deberíamos aconsejar a nuestros hijos de 95 y 98 años, a los que seguiríamos viendo como chicos?
A pesar de que la ciencia puso en caja a temibles enfermedades y acorraló a cientos de dolencias que volvían más cercano el fin de nuestros días, lamentablemente todavía la evolución física de la especie humana no acompaña adecuadamente al sueño de la eterna juventud. En realidad, lo que veo que sucede en la gran mayoría de los casos es que si no se pone en crisis un extremo, se paraliza el otro; cuando no decae un costado, se arruga el de más acá. En caso de que el quebranto no sea cerebral, será hormonal. De no crujir la columna vertebral, se desencajará la rodilla, pero si la vista es impecable, se endurecerá el oído. Cuando la damnificada no es la memoria, la víctima serán los intestinos; habrá suerte si no flaquea la voluntad y será demasiado común que músculos y huesos pierdan lozanía y flexibilidad.
Acabémosla con el sueño mesiánico de la perenne juventud. Lo único que pido es vivir con dignidad y entereza los años de plena actividad. ¿Es acaso mucho pedir? Juro que no quiero años extras ni obsequios extemporáneos. Hasta se destruyó el mito de que cuanto más activo se mantenga al cerebro, eso nos salvará de averías en los años finales. Conozco a muchas personas que durante años le dieron un rendimiento admirable a la cabeza y que, de un día para el otro, marcharon hacia alguna esquina desconocida de la razón.
Por todo esto, porque si no me castiga una cosa me atormentará la otra, no quiero vivir 150 años. No le temo a las arrugas que me parecen bellas. Le temo, eso sí, a la decadencia por decreto que consagra arbitrariamente la ausencia de antecedentes. Le temo, cuanto más, a un país, como el nuestro, que nos instala con mucha frecuencia en la categoría de joven promesa y que un día, sin transiciones, nos arroja a la hoguera del rubro viejos inservibles. Y también le temo mucho a un mundo que jerarquiza a la juventud en exceso. Pónganse de acuerdo. Quieren que lleguemos a vivir 150 años, pero de distintas maneras decretan la inutilidad de las personas a los 45. Hoy, vivir más no es vivir mejor. En un texto ejemplar de Nathaniel Hawthorne, La mancha de nacimiento, el personaje que descubre el elixir de la inmortalidad afirma que la bebida debería llamarse el veneno más precioso que haya sido confeccionado en este mundo.






