
No hay moros en la costa
Su primer año en el aire por Canal Ideas
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El programa de entrevistas, que se emite los lunes, a las 23, por el Canal Ideas, acaba de cumplir su primer año en el aire.
Cuesta iluminar el lado oscuro de la luna. Aunque no sea el mejor, ni el más noble, tiene el lustre de las palabras nuevas. "Me asombro con lo que el otro se abre conmigo, sin que yo sea un amigo." Una vez por semana, Jorge Andrés Moya escarba en la noche de sus invitados: caras que, a primera vista, resultan demasiado famosas como para contar otra historia. Caras que la televisión frota en pantalla una y mil veces, que han sido excesivamente preguntadas, que -en algunos casos- se transformaron en máscaras.
No hay moros en la costa se nutre de esas caras; las toma y, con paciencia, les lame el maquillaje. "No tengo ni siquiera un papel orientativo con preguntas, pero estudio. Y después trato de rescatar la imagen popular que tiene el invitado. Hablo con la gente, con mis amigos. Me pasó con Gastón Pauls. Muchos me preguntaban: "¿Para dónde patea?". Y al aire le dije: "Tu imagen es muy amplia. Hasta me han preguntado si eras bisexual". Y él ahí me contestó que sí, que la gente suele ser muy grosera para hablar del se supone que... Y yo siento que No hay moros... es el derecho a réplica, la oportunidad de cambiar el discurso. Para mí fue un honor que Federica Pais se sonriera una sola vez en todo el programa, o que Pablo Echarri abandonara su imagen de chico lindo y hablara de su gusto por Jorge Castañeda." -¿No los elogiás demasiado?
-No. Sin embargo, si dicen o hacen algo que me parece admirable, lo rescato. De todos modos, tengo algo en favor: no me veo con ellos hasta cinco minutos antes de salir al aire. Y cuando salimos, es lo de siempre: nos miramos a los ojos, y adelante.
Florencia de la Vega contando que le gustaría ser madre adoptante, Palo Pandolfo leyendo poesía, o Hebe de Bonafini recordando sus rutinas matrimoniales, son el muestrario de un programa que -si bien no tiene una propuesta innovadora- ofrece un producto limpio; una entrevista en vivo y, por lo tanto, sin editar; un entrevistador que escucha; y un entrevistado que se siente cómodo porque se sabe escuchado. "Por una cuestión de respeto, intento que el diálogo no sea un ping-pong. Creo que estamos respondiendo a una necesidad de la televisión, en la que se ven cada vez más imágenes construidas con formato de videoclip. No hay moros ... cumple con dos funciones: si estás haciendo zapping y parás, es porque estás de un estado de ánimo especial para dar con este programa. Y además, mientras lo estás viendo, te podés levantar, ir a preparar un café, y seguirlo radialmente."
La propuesta dos en uno tiene una explicación: Moya es un animal de radio. Después de sus años en la Rock & Pop, pasó a FM Palermo para despuntar el aire trasnochado con Cuchillos de palo , un proyecto que destinaba parte de su espacio a las entrevistas primo cartello . Después de cada reportaje, en plena madrugada y en sombras, la misma pregunta llegaba como una retórica inevitable: "Si hiciera un programa en cable, ¿vendrías?".
Nadie se atrevió a responder que no. Y el lobby de hormiga, que empezó en 1995, soltó sus frutos dos años más tarde. En 1997, No hay moros... preparaba el piloto con una invitada de lujo: Carmen Maura. "La convencí en la calle. Bajé de un taxi y me la crucé tratando de que un perro no se comiera a su perrita. Me salió el cholulo, y le grité: "¡Maura!". Entonces le conté lo del programa. Mientras tanto, ella le gritaba al otro perro: "¡Vete! ¡Vete!", pero no se iba. Hasta que yo le dije: "Andate", y se fue. Ahí empezó a haber buena onda y me respondió que le insistiera más tarde."
Maura no conocía a Moya. Ignoraba la constancia de ese obseso capaz de quebrar piedras con sólo un gotero en la mano. El muchacho le mandó flores, cartas, productores, etcéteras. Hasta que partió la roca. Y ahora, a un año de la primera emisión, las flores le llegaron a él: entre seiscientos participantes, Aptra los incluyó en la terna de mejor programa de cable, junto a D a 2 y El acomodador. A cambio del elogio, Moya ofrece su mejor diamante: buenas preguntas (pocas veces pretenciosas o concesivas) y una mentira piadosa. El simulacro velado de que no hay nadie escuchando, de que todo está por decirse, de que el tiempo es infinito.





