
Nosotras y los miedos
Con los hijos también llega el pavor. Nada menor a una tragedia le puede haber ocurrido a la nena si llega más tarde de lo previsto, por ejemplo. Cosas que sabe bien, e imagina peor, Ana María Shua, por madre y por escritora, en el cuento Como una buena madre. Su hija Paloma Fabrykant (de 19 años), también publicó una suerte de manual para torturadas mamás de adolescentes
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Hay una madre de los cuentos. Una mujer abnegada y santa que huele a leche y miel, y tiene todos los dientes. La madre de los libros no llora, ni siquiera a escondidas. Tampoco maldice y jamás fantasea con tomar un vástago del cuello y apretar. La madre que todos leímos sabe bien de qué trata el vals de la vida cotidiana: un prolijo ensamble de firmeza, calma, amor y autoridad. Hágalo usted misma. Haga como ella, que sabe descifrar si el llanto del nene significa hambre, o miedo, o caca encima. Haga como ella, que no pierde la calma.
Pruebe ser como la madre de los cuentos. Esa que no existe.
-Las madres somos otra cosa: somos culposas, envidiamos esa perfección que no es nuestra, somos falibles, mundanas, maquilladas, a dieta, capaces de ganar dinero a costa del tiempo que dedicamos a nuestros hijos. Nos equivocamos y estamos siempre dudando de lo que hacemos. Y nos sentimos en peligro, siempre a punto de perder el título sagrado.
Ana María Shua se desespera mansamente. Pero sus ojos oscuros, maquillados, a dieta, parecen sonreír a pesar de todo. Ana María es escritora y autora del relato Como una buena madre, que se publica en estas páginas y que da título a todo un libro. En su cuento, sin embargo, la buena madre no es como la de los cuentos: es una mujer desbordada por tres hijos que casi se diría que son mala gente. Porque el dulce hogar, a veces, puede ser un infierno. Es, en definitiva, un cuento de terror.
-En un momento,la mamá piensa en estrangular al hijo.
-Ah, sí. Es ese deseo que tenemos en algún momento todas las madres. ¿Quién no dijo alguna vez: "Ah, lo tiraría por el balcón"? Cuando mis dos primeras hijas eran chiquitas se peleaban todo el tiempo y eso me hacía sufrir mucho y no sabía cómo manejarlo. He tenido pataletas, momentos en los que no sabía qué hacer más que patear el suelo y gritar descontroladamente. Y llorar. El volverse loca es un sentimiento muy típico de las madres de hijos chicos.
Las cosas siempre pueden empeorar. Si ya no son chicos, es porque son adolescentes. Ana María tiene tres hijas: Gabriela (de 22 años), Paloma (de 19) y Vera (de 14). Gabriela está allá al fondo: anteojos, pelo corto y vincha, los dedos golpeteando un teclado de PC. Vera está en su cuarto haciendo un trabajo para el colegio. Luego aparecerá emponchada en una remera de Attaque 77, rascándose/enredándose el pelo, y con cara de que le hicieron algo feo. O de que se lo van a hacer, o de que lo va a hacer ella, da igual.
Paloma, en cambio, está con nosotros. En su hermosa cara, justo en el ángulo derecho de su hermoso y celeste ojo derecho, hay un colmillo metálico atravesando la ceja.
Hija: -Me hice el piercing hace un mes, pero mamá no se lo tomó a mal.
Madre: -Digamos que ya era tarde para impedirlo.
Hija: -Digamos que hay lugares peores para ponerte un aro. Lo mismo con el tatuaje: me hice una bicicleta en el hombro. De esos también hay peores.
Madre: -Y no, no me puedo quejar.
Hay cosas de las que sí se quejó: la cabeza afeitada de Gabriela (ya le creció) y el pelo violeta que Paloma usó hace dos años. Estos dos detalles son algunos de los tantos casos testigo que aparecen en Piercing, tatuajes, y lo que se viene, uno de los capítulos de Cómo ser madre de una hija adolescente (escrito por una hija adolescente), el libro de Paloma que será lanzado por editorial Planeta este mes.
-La idea es, con un poco de humor, ayudar a las madres y a las hijas a entenderse. Porque durante toda tu infancia crecés con la idea de que tu mamá es perfecta, controlada, invulnerable. Pero en la adolescencia la idealización se cae. Te das cuenta de que tus padres son adultos normales y que vos, encima, vas camino a ser un adulto así. Y ahí empieza una rebelión muy fuerte donde no hay nada, absolutamente nada, que tus padres hagan y que te caiga bien.
-¿Qué cosas no lograste hacer entender a tu madre?
-En algún momento pensé que sería el chat, pero ya lo entendió. Mi madre, en general, entiende las cosas si le explicás. Aunque el tema de la música es muy difícil. Me gusta la música electrónica y si tratara de hacerle entender las diferencias entre el deep house y el progressive house sería chino básico.
-Ana María, ¿hacés algún intento por entender eso?
-No, no. Cuando llegamos al house no. No intento nada. De ninguna manera.
En su libro, Paloma enseña a las madres a reconocer cuándo una hija es raver, elegir un regalo para una nena dark, entender el sentido del chateo, o evitar comportamientos que minen irreversiblemente la relación filial. Porque, según Paloma, hay al menos diez formas de hacerse odiar por una hija adolescente.
Opinar sobre su ropa, por ejemplo.
Paloma: -Hay algo que pasó una vez y que muestra la brecha generacional. Teníamos que ir al doctor y hubo que esperar mucho en la sala de espera. Cuando finalmente salimos del consultorio mamá reconoció que ella había estado avergonzadísima porque yo tenía puesta una remera con un escote muy profundo. Decía que se me veía todo. Y yo, en cambio, estaba avergonzadísima de cómo ella había estado charlando sin parar con la esposa del doctor sobre las dietas, los hijos, todos detalles así. ¡Son tan distintas las cosas que nos avergüenzan! A mí no me molestaba que se me viera una parte grande de piel, pero sí me enfermaba que se vieran todas las vicisitudes que mi mamá contaba.
Ana María: -Y ella además lo tuteaba al médico, y yo lo trataba de usted. Hay una edad, un largo período, donde los hijos se avergüenzan de los padres, y viceversa. Pero en general no me meto con su ropa, salvo cuando a los 12, 13 años las chicas se querían vestir estilo modelo, y eso sí me preocupaba.
-Con eso de las modelos, ¿perseguís a tus hijas para que coman?
-No -interrumpe Paloma-. De eso se encarga mi abuela. Prepara las comidas más deliciosas del mundo, trata de que comas la mayor cantidad posible y después te dice: "Estás gordita".
-Sin embargo, cuando yo era chica mi mamá no quería que mi hermana y yo engordáramos, porque teníamos esa tendencia. Mi mamá nos llevaba siempre a médicos adelgazólogos, que desde muy chicas nos daban medicación para fomentar la anorexia. Y eso se transmitió generacionalmente de tal manera que ahora las madres nos preocupamos por lo contrario.
En realidad, Ana María no se preocupa por lo contrario: se preocupa por todo. Hay un país, una tercera dimensión ubicada en algún limbo oscuro, al que van las madres a preocuparse. Porque a los hijos, se sabe, sólo les pueden pasar cosas horribles. Basta un retraso de una hora, un sábado a la madrugada, para que una buena madre piense que su hija fue raptada, drogada y sometida por un grupo de malos tipos, preferiblemente punks.
-Una siempre tiene miedo. Si hay un retraso que considero alarmante agarro el teléfono y empiezo a llamar a todos lados.
-A mis hermanas y a mí nos ha avergonzado en la casa de todos nuestros amigos. O si no se avalanza sobre mi agenda y llama a una persona que nunca fue mi amiga y que yo no veo desde hace cinco años. "¿Hola, mi hija no está ahí, por casualidad?"
-¿Las madres y los miedos cambian según las épocas?
-Seguro que sí -dice Ana María-. Yo, por ejemplo, pasé mi adolescencia en los años 60 y 70, cuando los padres de mi generación sufrían porque militábamos en política y había una represión atroz. Ahora ese miedo uno lo reemplaza por el miedo a la droga y el sida, que hoy son los dos problemas centrales de la madre de una adolescente.
Ana María hace silencio. Mira a su hija: el piercing tiene el brillo envenenado de esas sonrisas con diente de oro.
-También hay otro miedo, pero logré transmitirlo: el miedo a andar en moto. O a que tengan un novio con moto, que es lo mismo.
Una buena madre, en estos casos, sabe que estuvo un poco exagerada y se ríe. Una risa como un temblor ácido y corvo. Una risa que -como las risas de todas las buenas madres- intenta, pero no lo logra, ocultar el pánico.





