Nubes: el lenguaje del cielo

Desde la clasificación que Luke Howard hizo en el siglo XIX, las analogías con lanas y algodones pasaron a ser sólo precisas variantes de cumulus, cirrus y stratus
Desde la clasificación que Luke Howard hizo en el siglo XIX, las analogías con lanas y algodones pasaron a ser sólo precisas variantes de cumulus, cirrus y stratus
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26 de agosto de 2001  

El tiempo. Todo el mundo habla del tiempo, pero nadie hace nada al respecto. Sin embargo, a principios del siglo XIX, Luke Howard, un científico amateur inglés, decidió poner manos a la obra. Tal como Adán puso nombres los animales del Edén, Howard ideó una clasificación precisa para las nubes.

Por lo que parece, Howard presentó su lista de nombres durante una reunión de una sociedad británica de científicos amateurs, la Askesian Society, en diciembre de 1802. Así, al sentar las bases de una nueva ciencia (el estudio de las nubes), Howard se convirtió en el padre de la meteorología moderna. Los términos latinos cirrus, stratus, cumulus y nimbus siguen en uso y son aplicados para designar e identificar las clases de nubes por cualquiera que posea al menos un conocimiento elemental de la ciencia meteorológica. Howard no llamó formas a sus categorías de nubes, sino modificaciones, subrayando de este modo la propensión de las nubes a cambiar de forma y de textura. También ideó nombres compuestos, como cirrus-cumulus, cirrus-stratus y cumulus-stratus, para describir las etapas intermedios del proceso de cambio, y la clasificación final contaba con siete categorías principales. La meteorología moderna emplea un número mayor de designaciones para las nubes, pero los cuatro nombres originales de Howard siguen funcionando como piedras angulares del sistema.

Como en el caso de la mayoría de los miembros de la Askesian Society, Howard pertenecía a la clase media, y era hijo de un próspero comerciante. Como casi todos los científicos amateurs de su época, también era un disidente, un término que connotaba en esa época cierta voluntad de permitir que la razón, más que la tradición y la revelación religiosas, jugara un papel importante en la determinación de la verdad. De este modo, las perspectivas racionales y empíricas podían funcionar con soltura en el contexto secular, y la ciencia podía identificar y esclarecer signos y portentos que quedaban fuera del alcance del conocimiento religioso. En los Salmos podía estar escrito "¡Ojalá tuviera alas como una paloma!", pero los principios científicos eran los que permitieron a los Montgolfier idear un globo aerostático capaz de llevar a un observador sin alas hasta el reino de las nubes. Y los químicos, que admiraban los lirios del campo, estaban en condiciones de producir tinturas textiles que rivalizaban con el color de las flores.

La taxonomía de Howard delimitó un campo científico en el que siempre había intervenido la cosmología religiosa. El estudio de los cielos siempre ha revestido un aspecto espiritual. En griego, meteoros significaba elevado, y se aplicaba a cualquier cosa que pareciera en los cielos. Y el sustantivo meteora, cosas elevadas, también aludía a cualquier especulación en el plano filosófico. Al respecto, resulta revelador citar a Descartes: "Naturalmente sentimos mayor admiración por la cosas que están por encima de nosotros que por las que están a nuestra misma altura o más bajas". En cualquier caso, la reverencia que siente un observador cuando alza los ojos al cielo también puede ser fisiológica, una sensación óptica vinculada a la tensión muscular del ojo. Es posible que por esas razones se explique el papel que han desempeñado los cuerpos celestes y las nubes en el arte y la literatura religiosa, algo que además nos permitiría entender por qué los artistas románticos preferían las nubes a las constelaciones: las constelaciones encarnaban una concepción rígida y clásica del universo. Las nubes, en cambio, por su carácter cambiante y fluido, ofrecían a los románticos una metáfora adecuada para su exploración de la conciencia y el mundo interior.

En el siglo XIX, con la irrupción del pensamiento científico, algunos poetas, como Keats, reaccionaron contra la cuantificación exacta del reino natural que proponía la clasificación de Howard, alegando que así la naturaleza era despojada de misterio, sometiendo a la imaginación a la tiranía de un positivismo mortífero. Pero otros como Shelley, por el contrario, consideraron que la ciencia era un esclarecedor compañero de viaje del arte. Y John Ruskin, otro firme defensor de la ciencia, dijo: "Si hiciera falta un nombre general y específico para el arte paisajista moderno, el mejor sería un oficio (en el sentido religioso) de las nubes".

La teoría de Luke Howard ganó partidarios con rapidez, incluso fuera de Inglaterra, y su admirador más distinguido fue Goethe, quien escribió un poema basado en la clasificación howardiana. Y en él describe a los cirrus (las nubes más altas) con estos versos: "Y los vapores suben y suben cada vez más alto./¡el triunfo es el impulso más noble del espíritu!/Luego, como un cordero que desecha su vellón plateado/, las masas de algodón caen y son rocío en el campo/, o suavemente buscan su descanso/ con el Padre, allá en lo alto".

Aunque el poema se basa en la descripción de Howard, sin duda tiene además fuerte connotación religiosa. El arte y la poesía, incluso en la actualidad, nunca se han despojado del todo de sus connotaciones visionarias. Y no es raro, si se tiene en cuenta la semejanza entre las nubes y los movimientos del espíritu. La conciencia creativa cambia permanentemente, al igual que las nubes observadas, descriptas y clasificadas por Howard. Y qué monótono sería el cielo si sólo existiera una clase de nube.

(*) Las fotografías de esta nota pertenecen al libro Río de la Plata, Río de los Sueños, de Marcos Zimmermann.

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