Nunca es tarde. Le rompieron el corazón, dio vuelta la página y se enamoró en el lugar menos esperado
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Una relación clandestina y tóxica. Ese era el último vínculo que Cecilia (32) recordaba en su historia. Sin quererlo ni pensarlo, se había enamorado de un compañero de trabajo. Pero él no sentía lo mismo. "Ya no podemos seguir así. No sentimos lo mismo", le dijo él un día a escondidas en uno de los pasillos de la oficina que había visto nacer su vínculo. La tomó por sorpresa. Cecilia albergaba la esperanza de cortar con la mala racha de relaciones disfuncionales en las que se había visto envuelta una y otra vez. Pero esa no iba a ser la excepción. "Me rompió el corazón literalmente. Y un gran amigo de la oficina me tendió todo su apoyo para mejorar. Le estaré siempre agradecida. Aprendí que no valía la pena seguir con alguien no correspondido. La gente NO cambia de sentimientos".
Muy a su pesar, Cecilia había llegado a la conclusión de que jamás iba a ser tomada en serio. Había pasado por relaciones livianas, en las que nunca se jugaban por ella, y terminaba sola. Pensó que así seguiría por siempre. Mientras sus amigas tenían parejas y relaciones formales, ella era la "compinche", siempre dispuesta a salir y pasarla bien, pero en su lista de posibilidades nunca figuraba un amor verdadero.

Hasta que un buen día su suerte cambió. Fue en la Colectividad Helénica Sócrates, de Remedios de Escalada, en la provincia de Buenos Aires. Allí Cecilia y sus papás asistían desde que ella era pequeña. Amantes de la cultura griega, participaban de distintos eventos para mantener el contacto con sus raíces. "Durante muchos años no fui, porque no había gente agradable de mi edad. Pero esa tarde decidí volver a ir ya que mis papás en ese entonces colaboraban en la Subcomisión de Cultura. Y fue en el acto de celebración del Día del Niño cuando me di cuenta que mis ojos estaban mirando de forma diferente a ese hombre que compartía el escenario con mi papá, mientras representaban la famosa leyenda de Teseo y Minotauro".

Lo volvió a ver en otras oportunidades. Supo por conocidos que se llamaba Esteban, que era apenas unos años menor que ella y que hacía danzas e idioma en la colectividad. Compartir esos gustos, hizo posible que Cecilia lo agregara en Facebook con una excusa. Luego de intercambiar varios chats, el día del 80mo aniversario de la Colectividad -donde Esteban bailó y ella fue a cenar con la familia- charlaron formalmente. Otra vez un pasillo fue el escenario que el destino había elegido para que Cecilia tuviera su oportunidad. "Empezamos a hablar y no paramos hasta la madrugada. Nos habíamos visto cuando yo llegué. El estaba en el buffet. Las miradas conectaron de inmediato y fue inevitable acercarnos a conversar".
La siguiente parada en la aventura de Cecilia y Esteban fue coordinar un café en el shopping Avellaneda. "Desde ese día no nos separamos: su valentía, su amor y sus ganas de valorarme como mujer por primera vez en mi vida, me enamoraron para siempre. Mi corazón se abrió hacia su persona, y fundimos en un solo proyecto".
Se conocieron, viajaron, atravesaron momentos difíciles y se animaron a apostar por más. "Tuvimos varios momentos en los que, por nuestros caracteres y distintas vivencias previas, chocamos y pensamos que no podríamos solucionarlo. Pero no bajamos los brazos. Crecimos uno con el otro cada día, aprendiendo a consensuar y compartir los gustos del otro, respetando también nuestras individualidades. La familia, la gastronomía y los viajes, ya sean paseos al campo o viajes a miles de km, son parte del ADN de nuestra relación".
Con miras a un futuro compartido, organizaron un viaje por Italia y Grecia, las tierras de sus antepasados. "Fueron días maravillosos, porque cada uno compartió las raíces del otro, teniendo tanto en común. Calabria, en el suroeste de Italia, de donde viene gran parte de mi sangre, se considera la Magna Grecia. Por eso nuestra película favorita, es Mediterráneo". Y allí mismo, casi como en un cuento de hadas, mientras disfrutaban del espectáculo que les ofrecía el Faro del pueblo de la Isla de Creta, en Grecia, Esteban se arrodilló y le pidió casamiento.

"Hemos recorrido un largo camino de 6 años, en los que incluimos momentos felices y no tanto, viajes a nuestras tierras de origen y un número que nos perseguirá para siempre: el 12. Un 12 nos pusimos de novios, un 12 nos casamos. 12 es el nombre propio de una bebida muy popular griega, y 12 es aquel colectivo que todos los días me transporta a mi lugar de trabajo, donde pasé por mucho dolor, pero también aprendí a dar vuelta la página y escribir mi propia historia. Lo tengo siempre presente. A veces a las personas nos cuesta encontrarnos, pero se trata de una simple percepción. Solo hay que abrir los ojos y dejarse llevar".
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