
Ombligo rey
Ese garbanzo central del cuerpo es todo olvido. Tal vez se lo evite por pudor. Cuesta creer que concluya en una artesanía de morondanga
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Curioso asunto: la literatura le debe casi todo y, sin embargo, no existen libros dedicados al ombligo. Este súbito interés por el marginado me lo despertó la inquietud de una amiga a quien debieron envolverle la cintura con una faja de velcro. No fue por un gozoso desborde de kilos. Ocurrió que una mala mañana su ombligo le empezó a florecer con tal ímpetu que se temió que le abriera un boquete exponiendo a resfrío perpetuo su intimidad estomacal. Lo escribo como fue y acudiendo a las palabras más piadosas. Tener el ombligo en contra no es poca cosa. Requiere la ayuda del mundo. Por eso me fui rápido de librerías. Pero mi intento de calmarla fracasó: no hay libros sobre ombligos. Los hay hasta de lo que no hay, como fantasmas, platos voladores, etcétera.
Pero sobre ese lugarcito del big bang personal y el cordel rosado que ata al bebe madrenauta con el origen no se escribe. Ese solitario garbanzo central del cuerpo es todo olvido. Se lo ningunea. Tal vez se lo evite por pudor, pues realmente cuesta creer que tanta prolija construcción humana concluya en una artesanía de morondanga. Hubo apuro en la terminación del modelo. Tanto gasto al final de las neuronas (con sinapsis más sensibles que cuerdas de violín) para ultimar la línea de montaje que sale al exterior con un nudo de entrecasa. Una chapuza.
Este tema del ombligo merece, creo yo, al menos un simposio, un homenaje. De realizarse, presentaré ponencia propia, auténtica. Nací donde fui concebido: en la cama de mis padres. La partera rusa que nos asistió aconsejó que cuando se desprendiera el cordón umbilical mi madre lo resguardara en una cajita con talco y que a la edad de 3 años me lo diese a desatar por propia mano. Que de poder hacerlo, liberaría mi vida, y todo eso. Mi madre cumplió el rito y mis dedos quitaron los nudos. "Fue por eso que te hiciste escritor y viajás tanto por el mundo", remarcó mi madre. Esta información (y su comentario) me llegó en 1980, acompañando al más desopilante regalo de cumpleaños que puede recibir un adulto: los restos de su nacimiento.
Boquiabierto, abrí la cajita y me encontré delante de un diminuto fósil de mi cuerpo, un desprendido cadáver de mí mismo que insistía en reunirse conmigo y con mi perplejidad (que aún continúa). A contrapelo de la notable torpeza que distingue a mis manos, aquel mi primer acto de iniciación (1933) lo cumplí según el canon de la comadrona. Y fue guardado.
Para los más curiosos: este resto egipcio de mí, existe y está en casa. No me atrae mirarlo ni mostrarlo pero allí resiste, junto a fotos en sepia, cartas y objetos sin olvido. Si alguno duda (o se muestra ateo de mi cordón umbilical) ruego lo hagan saber a stefco@overnet.com.ar Va mi promesa de escanearlo y presentarlo en sociedad.
Pero no se trataba de darle prensa a mi ombligo, sino al de mi amiga. Ella, felizmente, se repone con rapidez y ha descubierto una mejor relación de su persona con el mundo. Es como si los caprichos se le hubieran evaporado. Hasta ha llegado al límite de ponerse a pensar en los ombligos de los otros. Esta experiencia de autoayuda la volcó en una pequeña frase que resalta desde hace unos días en su mesa de luz: Sostener el ombligo en faja nos permite mantener al yo en su caja. Un pareado algo ripioso, aunque elocuente.
Ahora, por teléfono, me informa que el médico le sugiere una mínima cirugía y el retiro de la abrumadora faja. Para mi sorpresa, le ha dicho que no. Y allí mismo, dejando de lado al que fuera su mayúsculo yo de toda la vida, pasó a leerme el texto de una sugerencia que habrá de elevar al Colegio de Cirujanos. Tras prólogo en donde relata su experiencia de iluminación, les pide no ahorren esfuerzos en encontrar el modo de que al cuerpo humano pueda implantársele, desde el cuello hasta el pubis, una cremallera, cierre relámpago o sostén de velcro.
En mi contestador aún quedan más frases de su tesis: "... pues así, en un santiamén, podrán ustedes, sin hacernos doler, ver en el acto si nos pasa algo grave, serio o levísimo".
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