
Operación Tronador: la mayor movilización naval argentina, el plan de ataque a Chile, la base secreta Frutilla y las visitas de Palito y Monzón
El teniente de navío Pablo Loubet Jambert VGM revive sus días en el sur, en diciembre de 1978, cuando la Armada Argentina estuvo a horas de invadir Chile y conquistar toda la isla de Tierra del Fuego
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Fue la mayor movilización naval en la historia argentina. La Armada desplegó su Flota de Mar, todas las piezas de la Aviación Naval y el 100 por ciento de su personal. Oficiales, suboficiales y conscriptos. Incluso a furrieles, los “oficinistas” de la fuerza. También reincorporó marinos que estaban en retiro efectivo. Ya no se trataba de una hipótesis de conflicto: el ataque a Chile tenía fecha cierta. Estaban definidos el “Día D” y la “Hora H”.

Esta vez, el foco del conflicto estaba en el sur. Más allá de Tierra del Fuego, en las islas Picton, Nueva y Lennox, que en 1977 un laudo arbitral británico había otorgado a Chile. La Argentina rechazó el fallo y la fricción entre los dos países siguió escalando. Para 1978 la crisis del Canal del Beagle alcanzó su pico de tensión.
En el mes de octubre, la Junta Militar presidida por Jorge Rafael Videla movilizó 300 mil efectivos hacia los Andes. El nombre oficial de los aprestos fue: Campaña de Defensa y Afirmación de la Soberanía en la zona del Canal de Beagle e islas australes. Pero trascendió en la historia como Operación Soberanía.
La Armada Argentina recibió la responsabilidad de concretar el primer ataque. El “Día D” a la “Hora H” debía ocupar cuatro islotes al este del Cabo de Hornos: Evout, Hornos, Barnevelt y Deceit. Fueron elegidos porque eran relativamente chicos y estaban poco defendidos. Recién después las tropas argentinas darían el salto a Picton, Nueva y Lennox. La Aviación Naval “ablandaría” las defensas chilenas para permitir el desembarco de los infantes de marina y la llegada de los helicópteros de transporte. Al Batallón de Infantería de Marina 4, responsable del asalto, se le sumó la Compañía Leopardo, compuesta por 124 efectivos del Ejército Argentino.

Este operativo habría desencadenado un conflicto abierto con Chile a lo largo de los más de 5.000 kilómetros de frontera.
Así lo explicó el historiador y teniente coronel Roberto Fabián Arias Malatesta a LA NACION: “La Operación Soberanía era un plan puramente ofensivo. La idea era conquistar la mayor cantidad de terreno posible para cuando interviniera Naciones Unidas negociar desde una posición de fuerza. El objetivo era cortar el país en dos y asediar Santiago”.
Luego de ocupar y asegurar las islas, la Armada tenía que controlar el Estrecho de Magallanes, llegar al Cabo de Hornos, pasar al Pacífico y destruir la flota chilena. Además, debía conquistar toda la isla de Tierra del Fuego. Al este conjunto de acciones llamó Operación Tronador.

Camino al Valle de Andorra
Pablo Loubet Jambert es aviador naval, piloto de helicópteros. Veterano de la Guerra de Malvinas, se retiró en 1990 con el cargo de teniente de navío. En diciembre de 1978, cuando le faltaban días para egresar de la Escuela de Aviación Naval, fue movilizado a Tierra del Fuego para participar en la Operación Tronador. A partir de su experiencia e investigaciones posteriores, escribió Conflicto con Chile... la guerra que nunca llegó (Instituto de Publicaciones Navales), el libro que mejor documenta la movilización naval. Con fotos, mapas y testimonios de los protagonistas.
Llegó a Tierra del Fuego con 22 años. Aún no había recibido sus alas, el brevet que le permite volar aviones. Recién después podría comenzar el curso para pilotear helicópteros.

-¿De dónde nace su pasión por los helicópteros?
-Yo nací en el 56. En la década del 60 había una serie que se llamaba Pájaro de Acero. Ahí aparecían los helicópteros Bell 47, esos que tienen la cabina como una burbuja, ¿viste MASH? Yo tenía 6 años y dije: “Yo quiero volar eso”. Y toda mi vida estuvo enfocada en los helicópteros. Cuando terminé el secundario dije: “Bueno, me voy a probar a la Fuerza Aérea”.
-Hubiese sido lo lógico. Sin embargo, terminó en la Armada.
-Sí, porque mi familia es naval. Y me empezaron a ver como un traidor (ríe). La Armada me ofrecía más alternativas que la Fuerza Aérea: si no llegaba a ser piloto no me quedaba en tierra, me podía ir a un buque, podía ser artillero, antisubmarino, o muchas otras cosas. Eso me decidió, así entré a la Escuela Naval Militar.
-Era todavía un alumno cuando, en 1978, lo mandaron a Tierra del Fuego.
-Todavía no era nada. Guardiamarina, pinche, último en el escalafón... Recién había terminado el viaje en la Fragata Libertad, que son seis meses de un poco de todo, ¿no? De pronto, en 1978, en la escuela de aviación nos aceleraron las etapas de vuelo. Para noviembre solo nos quedaban unas pocas materias teóricas. En diciembre dieron por terminado el curso y nos mandaron a distintas escuadrillas operativas. Como sabían que yo quería volar helicópteros, me mandaron a Espora.
-¿Sabía que había una posibilidad de conflicto concreta?
-No, para nada. Llegué a Espora (la base aeronaval en Bahía Blanca), me dieron un portafolio y me dijeron: “Esta es su valija de navegación. Mañana salimos, nos vamos a Río Grande”. Ahí tuve mi primer contacto con el helicóptero Alouette, como navegante, con la carta náutica, marcando el rumbo.

-Todavía no había hecho el curso de helicóptero.
-No, ni siquiera había recibido mis alas. En esos primeros vuelos descubrí que el helicóptero es muy distinto al avión, porque no quiere volar. Es aerodinámicamente inestable. Vos soltás los comandos del avión y el avión vuela. El helicóptero, en cambio, no quiere volar. Vos tenés que tenerlo permanentemente agarrado. Estoy hablando del año 78, ¿eh?
-¿Sabía a qué iba a Río Grande?
-No. Salimos siete helicópteros juntos, en patota. El vuelo duró tres días, hicimos varias escalas. Prefectura -que dependía de la Armada- contaba con aviones Skyvan, que aterrizaban y despegaban en espacios cortos. Uno de ellos volaba con nosotros y llevaba combustible. De Río Grande nos mandaron a Ushuaia, adonde nos dijeron: “Hay que preparar un helipuerto de campaña”. Y nos señalaron un punto en el mapa llamado el Valle de Andorra, que está justo detrás de Ushuaia, pasando el Cerro del Medio.

-¿Qué había en Valle de Andorra?
-Nada, todo naturaleza. Armamos una base desde cero que cumplía con todos los requerimientos: tenía generadores de electricidad, ametralladoras antiaéreas y pomada para lustrar zapatos. Nos ayudó un grupo de “infantes de marina”. Y le pongo comillas porque era un oficial mayor, infante de marina, que vino con dos conscriptos y tres cabos que eran furrieles. Mientras armamos la base nos fuimos enterando cómo venía escalando el conflicto con Chile. Yo era un pajarito recién salido del cascarón, de la Escuela Naval.

-¿Cómo era la base Andorra?
-Con carpas grandes armamos nuestras barracas, el comedor, la cocina, una enfermería, la sala de operaciones... ¡hasta un arsenal para guardar la munición! Todo metido dentro del bosque. Construimos el helipuerto para los Alouette con su anillo perimetral de luces. Teníamos dos generadores que nos proveían electricidad. Alrededor de la base construimos búnkers -o casamatas- que recubrimos con nylons para protegerlos de la humedad, donde teníamos guardias permanentes. También minamos parte de la entrada al valle. Si cortábamos un tronco, poníamos barro en el tocón que quedaba para que no quedara blanco. Siempre pensábamos en fotografías aéreas chilenas.

-¿Cuál era su misión allá?
-Hice de todo. Cada dos o tres días viajaba como podía a Río Grande. De polizón en un avión, colado en un helicóptero o en la caja de un camión. Iba a buscar provisiones y cosas para la base. Allá había un SADOS (Supermercado de la Obra Social de la Armada Argentina) donde teníamos una cuenta corriente. En la base de Río Grande estaba prácticamente toda la Aviación Naval, excepto la embarcada. Estaban los Aermacchi 326, los Grumman Tracker S-2E recién llegados, los North American T-28, algún Sea King... La base estaba desbordada. Hay un detalle color que dimensiona todo esto: en la base había un solo baño. Algunos compañeros hicieron un cálculo y definieron que todos teníamos dos minutos por día para ir al baño... Una locura.
-¿Los Alouette en Andorra estaban armados?
—Estaban listos para salir a volar, pero no en configuración de combate. Algunos tenían ametralladoras MAG que después, a la noche, se sacaban y se usaban para los búnkeres, para la defensa.
-¿Supo, en aquél momento, cuál era el Día D y la Hora H?
—Estaba fijado, pero nosotros nunca lo supimos. El comandante, sí. Nosotros lo supimos después. Es una historia muy graciosa. Todas las noches nos juntábamos a cenar. El 22 de diciembre notamos a nuestro comandante, el capitán Juan Imperiale, un poco eufórico. Empezó una charla que nos pareció bizarra, que no tenía mucho sentido, porque habló de supervivencia, primeros auxilios y de la relación entre los milésimos ocupados en la mira por las lanchas torpederas chilenas con la distancia a la que se encontraban del helicóptero... ¿De qué está hablando el señor este?, pensábamos. Además, a medida que iba hablando se ponía cosas en la cabeza: capucha, anteojos... Nos fuimos a dormir sin entender qué había pasado. Al otro día, diana temprano, como siempre, y en el desayuno nos enteramos de que había llegado el “Día D” y la “Hora H” de la Operación Tronador. Pero el ataque se había suspendido por el acuerdo con el cardenal Samoré. Fue todo tan repentino que algunos grupos ya habían cruzado la frontera. Ya habían empezado. Por suerte no se cruzaron con ningún chileno...

El “Día D” fijado para disparar la Operación Tronador era el sábado 23 de diciembre. Y la “Hora H”, donde comenzaría el ataque, a las 4 de la mañana.
Pasada la medianoche del 22 de diciembre, en la primera hora del 23, cuenta Loubet, se emitió un mensaje por radio a todas las unidades involucradas en comenzar la ofensiva. No tenía códigos ni estaba cifrado. Muy claro, decía “No puedo proveerle víveres”. La frase tenía un sentido único: cancelar la operación. Los grupos que habían comenzado el desplazamiento volvieron al punto de partida.
El capitán Imperiale, comandante de la Base de Andorra, revelaría mucho después la misión que le habían asignado: “En las primeras horas de la mañana teníamos que atacar una batería de obuses de 120 mm ubicada frente a Ushuaia. Lo íbamos a hacer con nuestros helicópteros, armados con misiles filoguiados AS-12 (...) Todo quedó anulado cuando llegó la comunicación de cancelar el ataque”.


Del otro lado de la cordillera, los servicios de inteligencia chilenos sabían del ataque. Lo esperaban. La Escuadra Nacional chilena estaba oculta en fondeaderos cercanos al Cabo de Hornos. De acuerdo a la revista Interferencia de Chile, el vicealmirante Raúl López Silva recibió un cable con una orden perentoria del comandante en jefe de la Armada, el almirante José Toribio Merino, el más “anti-argentino” en la mesa chica del dictador Augusto Pinochet. Decía, de forma contundente: “Atacar y destruir cualquier buque en aguas chilenas”.

El plan de guerra y los encuentros “incómodos”
El libro de Loubet precisa, con mapas y gráficos, cómo sería el plan de invasión. Queda claro qué zona ocuparía cada Batallón de Infantería de Marina (más de 12 mil hombres), cómo se desplegaría la Flota de Mar y cuáles serían los objetivos de la Aviación Naval. Detalla, incluso, cómo sería el plan de minado que cerraría el paso por el Canal de Beagle.
“Había más de 25 buques operativos en la zona: portaaviones, cruceros, destructores... Más los cuatro submarinos argentinos. Sin contar los buques de apoyo y los buques de YPF con combustible. Además, en el portaaviones ARA 25 de Mayo llevaba embarcados 12 Skyhawk, 12 A-4Q, 3 Grumman Tracker S-2E antisubmarinos... Nunca tuvo un poder tan grande como en 1978, ni siquiera en la Guerra de Malvinas. En total, la Aviación Civil movilizó 80 aeronaves”, precisa Loubet.

Su relato repasa los días previos y posteriores al “Día D”. Y describe cómo crece la tensión en el sur. Además, revive con lujo de detalles algunos encuentros “incómodos” entre la Flota de Mar y la escuadra chilena que pudieron haber desatado la guerra.
-El 15 de diciembre, un A4 de la Aviación Naval encuentra un avión de exploración chileno. Lo tiene en la mira y pide permiso para disparar...
—Cuando navegás el portaaviones en situación de conflicto, siempre tenés dos aviones con sus pilotos a bordo listos para ir a catapulta. Cuando se detectó por radar la presencia de una aeronave no identificada, se catapultaron dos A-4Q. Ahí, en el aire, se dan cuenta que se trata de un avión de exploración chileno. El líder de los A-4Q pidió autorización para hacer fuego y se lo negaron, porque no estábamos formalmente en guerra. Había una tensión, una situación de conflicto, pero no había una guerra declarada.
-La sensación es que hubo alguien con un dedo sobre el botón, que la guerra estuvo muy cerca.
-La solicitud del piloto del A-4Q es correcta. Como también es correcta la orden de no atacar que le da su superior. Ese mismo día, los submarinos argentinos detectaron a la escuadra chilena: pasaron la información de todo lo que veían y se quedaron expectantes. Nunca atacaron.

-Su libro también refiere a un incidente que se produce el 16 de diciembre, cuando los destructores ARA Rosales y ARA Piedrabuena atacaron a un submarino chileno.
-Ellos, en una situación de tensión, detectan un submarino no identificado que está siguiendo a nuestra Flota de Mar en el Mar Argentino. No sé de quién fue la decisión, la verdad es que no pude ahondar, pero se lanzaron bombas de profundidad y “erizos” (conocidos como Hedgehogs, son morteros antisubmarinos desarrollados por la Marina real Británica en la Segunda Guerra Mundial). No hicieron impacto.
-La guerra con Chile estuvo cerca.
-Sí, demasiado cerca.
Frutilla, la base secreta, y el único prisionero
Para llevar adelante la Operación Tronador, la Armada Argentina construyó distintas bases en la provincia. Y estableció, al menos, 13 nuevas pistas de aterrizaje (la mayoría pertenecía a estancias) donde sus aviones o helicópteros podían recargar combustible.

-¿Cuál era la misión de su unidad si se desataba el conflicto?
-En la base teníamos cuatro helicópteros Alouette III y un Hughes 500 de Prefectura. Los Alouette tenían misiles antitanque y antibuque. El objetivo nuestro eran las baterías chilenas que hacían la defensa de las islas Picton, Lennox y Nueva. Habíamos hecho muchos ejercicios, muchos lanzamientos de munición real. También íbamos a participar en el desembarco. Para reabastecernos de combustible, se construyó una base secreta, de nombre clave “Frutilla”, que estaba sobre el Beagle.

-¿Cómo era Frutilla?
-Frutilla no tenía comodidades, la única agua que tenías para beber era un chorrillo que corría cerca. Solo podías lavarte con agua helada. Era un ambiente inhóspito. Se armó con el apoyo de un helicóptero que estaba en Río Grande y les llevaba víveres. Iba al SADOS y llenaba el changuito. Pero Frutilla era tan secreta que el piloto no podía explicar a qué destino llevaba sus compras... Nadie, excepto dos personas en todo Río Grande, sabía que existía Frutilla.
-Era una base fundamental en la Operación Tronador.
-Sí. Los helicópteros llegarían desde Río Grande con toda la gente a bordo. Aterrizarían ahí, cargarían combustible y desde esa posición se lanzarían a la misión de desembarco en las islas del Beagle.
-Hay un dato de color interesante: en el marco de la Operación Tronador, en semejante despliegue, solo hubo un prisionero.
-(ríe) Prisionero entre comillas, porque termina siendo compañero de truco del comandante de Frutilla, Jorge París, que es quien lo arresta. Era un puestero chileno que lo único que tenía eran sus caballos y sus perros, nada más. No representaba ningún peligro, no tenía manera de comunicarse con nadie. Cuando Paira llegó al lugar le dijo “mire, nosotros vamos a hacer esto, usted considérese prisionero”. Pero nunca lo ataron ni lo encerraron... ¿Adónde iría? Fue uno más dentro del grupo. Es más, cuando los marinos se van, el tipo los despidió con regalos.
El libro de Loubet recoge el testimonio del capitán de navío (RE) VGM Jorge París. Cuenta sus días en la base, cómo se organizó en un lugar tan precario, y recuerda cuando recibió la orden de comenzar con la Operación Tronador: “Cuando llegó la orden de iniciar la operación, izamos el pabellón por primera vez porque ya no tenía motivos para permanecer ocultos y, cuando estábamos preparando todo para recibir a los helicópteros, nos llegó la orden de suspender la maniobra porque se había llegado a un acuerdo. Levantamos el campamento y nos fuimos. Navidad y Año Nuevo no lo pasamos ahí”, rememoró.

-¿Cuál era la relación de fuerzas entre las armadas argentina y chilena?
-Creo que nosotros teníamos una superioridad importante. Era notable la diferencia en la cantidad de aviones que había de un lado y de otro... Nosotros sentíamos que estábamos muy por arriba. Yo creo que ellos tenían más posibilidades en el combate terrestre, porque estaban en su territorio y habían preparado la defensa. Pero la Armada desplegó sus siete batallones de Infantería de Marina. Única vez en la historia. El BIM 3 estaba al norte de Tierra del Fuego y tenía la misión de cruzar al lado chileno con el apoyo de los helicópteros que estaban en Río Grande. Se hicieron muchos vuelos de reconocimiento de la frontera...
-¿Qué cree que hubiese pasado si se desataba la guerra?
-Hubiese sido algo muy cruel. Las islas Lennox, Picton y Nueva estaban bastante bien defendidas... Tampoco hubiera sido un trámite la ocupación de toda la isla de Tierra del Fuego ni el cruce de los Andes para ir a Santiago. Pero estoy convencido de que la Argentina tenía superioridad absoluta en 1978. No la tenemos hoy.
-¿Qué quedó de la Base de Andorra?
-Se desarmó todo... Hoy es un lugar turístico en el que hay cierto desarrollo inmobiliario. Algunos búnkers quedaron, estaban muy bien armados. En Internet hay videos de turistas descubriéndolos.
-¿Y Frutilla?
-No tengo ni idea. Es, como te dije, un lugar prácticamente inaccesible.


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