Opinión educada

Guillermo Jaim Etcheverry
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21 de septiembre de 2003  

En el interesante diálogo radial, el periodista interroga a un reconocido experto en economía acerca de la situación en un cierto país. La respuesta no se hace esperar: "Discúlpeme, no estoy en condiciones de responder a su inquietud porque no tengo una opinión educada sobre esa cuestión". Esas sencillas palabras descubrían uno de los problemas más graves y, tal vez, menos aparentes que caracterizan a la sociedad actual. Hace ya demasiados años se sostenía que quienes conocían un tema estaban en condiciones de debatir, mientras que aquellos que ignoraban el problema optaban por callar. Como dijera Mark Twain, se pensaba: "Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar toda duda". Esa situación ha cambiado de manera radical en los últimos tiempos.

La sobreexposición a la información a que estamos sometidos consigue crear en nosotros la ilusión de haber adquirido vastos conocimientos. De pronto, nos hemos transformado en expertos en los más diversos campos del quehacer humano. Por ejemplo, quien sintoniza la radio con frecuencia no se sorprende de escuchar a personas que representan el más amplio espectro educativo opinando sin vacilaciones sobre los equilibrios en la balanza de pagos, la mejor manera de enfrentar los cambios en los regímenes de lluvias, la crisis económica en un país del Africa central, las alternativas para combatir la violencia callejera adoptando las estrategias seguidas en Dublín o evaluando las ventajas e inconvenientes de la clonación humana.

Es decir, todos parecemos dominar las cuestiones más diversas y nos sentimos autorizados a opinar sobre ellas provistos de la certeza que nos da el haber escuchado alguna vez a alguien hablando sobre el tema.

Convertidos en espejo de las opiniones de otros -a menudo carentes también de todo conocimiento, pero imbuidos del singular entusiasmo de hacer conocer su parecer sobre todo- ni siquiera advertimos que carecemos del saber que nos permita fundar los juicios sobre realidades tan complejas como las del mundo actual. El límite entre el conocimiento concreto y la opinión se ha ido borrando con rapidez y esta última, transformada en seudoconocimiento ya digerido, ocupa el lugar que antes se destinaba al saber. Estamos hechos cada vez más de pareceres que de saberes. Esas opiniones que nos construyen pertenecen, además, a otros y no resultan del análisis de nuestros propios saberes.

De allí que haya resonado tan significativa la respuesta del economista del relato que, a pesar de ser conocedor del tema planteado, no consideró que su opinión estaba lo suficientemente educada como para ser emitida en público. Por respeto al otro, descubrió su humildad frente al saber ausente. Tal vez debamos hacer un esfuerzo para recuperar ese respeto al conocimiento que se traduce en admitir que es posible que sobre ciertas cuestiones carezcamos de argumentos valiosos para aportar a la discusión. Reconocer que antes de considerar como saber las opiniones de los demás es preciso realizar el esfuerzo de aprender por nosotros mismos.

Eso nos permitirá, además, discriminar la información que nos indigesta y que, no pocas veces, es sólo opinión interesada y poco educada sobre la realidad. Por eso, en este mundo tan complejo, en el que las relaciones entre las personas y los hechos son tan sutiles, resulta esencial proponernos ha-cer el esfuerzo imprescindible de educar nuestra propia opinión.

El autor es educador y ensayista.

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