Pasado futuro

Guillermo Jaim Etcheverry
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28 de mayo de 2006  

En un pasaje de La noche del oráculo, el novelista estadounidense Paul Auster plantea una idea inquietante. A propósito de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, la conocida historia cuyo protagonista viaja hacia el futuro, Auster se pregunta si, en realidad, no resultaría más atractivo regresar al pasado que aventurarse en el futuro. ¿Nos interesa en realidad ver cómo hemos envejecido, cómo nos desengañamos de nuestras vidas, cómo moriremos o, en cambio, preferiríamos conocer a nuestros abuelos cuando eran niños, ser testigos del momento en que se conocieron nuestros padres, ver jóvenes a las personas que quisimos? ¿Cambiaríamos esas experiencias por la contemplación de un mundo en el que ya no estaremos?

En esa reflexión subyace la convicción de que, en realidad, de algún modo ya hemos estado en el pasado, que hemos surgido de él. Auster imagina que dentro de dos siglos, como un rito de iniciación a la adultez, los gobiernos recompensarán a los jóvenes que cumplan veinte años invitándolos a realizar un único viaje al pasado. Expresamente vedada la posibilidad de intervenir en el curso de la historia, su propósito sería conocer a sus antepasados y su mundo. El viaje comenzaría dos siglos antes y el viajero volvería al presente al cabo de un año, después de haber recorrido velozmente siete generaciones. Esta experiencia permitiría aprender humildad y compasión, tolerancia hacia los demás seres humanos. Sostiene el autor: "Entre los cientos de antepasados que encontrará en su expedición, se despliega ante el viajero la más completa gama de posibilidades humanas, aparece cada número de la lotería genética. El viajero comprenderá que proviene de un inmenso caldero de contradicciones y que, entre sus antecesores, hay mendigos y tontos, santos y héroes, tullidos y beldades, almas buenas y criminales violentos, espíritus altruistas y ladrones. Estar expuesto a tantas vidas en tan poco tiempo supone alcanzar una nueva comprensión de sí y del lugar que se ocupa en el mundo. Es percibirse como parte de algo más grande que uno mismo y advertir que uno es un individuo singular, un ser sin precedentes con un futuro que le es propio e irreemplazable. Finalmente, uno comprende que es enteramente responsable de construirse a sí mismo". Tal vez debamos esperar mucho tiempo hasta que se concrete esa experiencia de viajar al pasado. No nos resultará tan fácil volver hacia atrás, como propone el escritor, y conocer a quienes nos precedieron. Sin embargo, contamos con una herramienta que, si bien no nos permite visitar a nuestros abuelos cuando eran niños, nos proporciona una idea aproximada de su mundo, acerca de qué y cómo pensaban. Se trata de la cultura. Acercarse a lo que ha producido el ser humano en su devenir histórico permite, de un modo rudimentario, emprender ese viaje hacia el origen, comprender que somos parte de ese "algo más grande que uno mismo" y, a la vez, percibir nuestra singularidad irrepetible. Si no advertimos que provenimos de un pasado, no seremos capaces de concebirnos como constructores de futuro. Como lo fueron quienes nos precedieron en ese pasado al que hoy la tecnología hace más fácil que nunca regresar.

Allí reside la importancia de transmitir a las nuevas generaciones esa esencial dimensión histórica del ser humano. Hoy es más urgente que nunca porque si algo define a nuestra época es la sensación, convertida ya en peligrosa convicción, de que el mundo comienza con la vida de cada uno. Condenar el pasado al olvido no sólo es privar de sentido al presente, sino despojar a la vida de la trascendencia que adquiere cuando advertimos que, sobre todo, es creación de futuro.

* El autor es escritor y periodista

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