
PAUL AUSTER-MIRA SORVINO LA PELICULA DE LA BELLA Y EL NOVELISTA
Por primera vez, el célebre autor de Leviatán y Trilogía de Nueva York se sienta, solo, en la silla de director de cine. La protagonista de Lulu on the bridge es Mira, rubia, sexy y talentosa. La Revista entrevistó a los dos integrantes de esta fórmula explosiva
1 minuto de lectura'
MADRID.- Paul Auster (New Jersey, 1947) acaba de debutar, a los 51 años, como director de cine con la película Lulu on the bridge, a partir de un guión escrito por él. Ya se había acercado al séptimo arte con Cigarros y Blue in the face, pero nunca asumiendo la responsabilidad absoluta.
Poeta, traductor, crítico, novelista, ensayista y guionista, la obra de Auster ganó gran prestigio con novelas como La música del azar, Leviatán, El país de las últimas cosas, La invención de la soledad, El cuaderno rojo, Mr. Vértigo y Trilogía de Nueva York. Como director, eligió una historia ambientada en una atmósfera de misterio, dividida entre el mundo soñado y el mundo real, entre Nueva York y Dublín.
Auster, convencido de su producto -"Me siento orgulloso de todo, hasta de sus errores", declara-, ha salido a defenderlo como jamás lo hizo con ningún libro suyo: una extensa e intensa gira europea lo llevó a España, en donde, además de la película, tema prioritario en esta charla, insistimos en hablar de los temas que susurran sus relatos: el azar, el destino, la soledad y la literatura, envueltos en las volutas de humo del puro que juega entre los dedos del escritor.
-¿Por qué decidió ser el director de esta película?
-Las primeras imágenes de la historia surgieron mientras hacía Cigarros, con el director Wayne Wang, una experiencia que me fascinó y me metió definitivamente en el cine. Hasta que se concretó, mucha gente se acercó a la propuesta. Iba a dirigirla Wim Wenders, pero no pudo. Paul Newman iba a ser el productor, la protagonista era Julie-tte Binoche... y le había ofrecido a Salman Rushdie que hiciera el papel que luego quedó en manos de Willem Dafoe. Desistimos, porque hubiera sido una bomba de tiempo. Ya ve, muchos cambios. El hecho es que la hacía yo o tal vez tenía que esperar mucho tiempo, y me decidí, muy arropado por el equipo técnico de Wang. Mira y Harvey Keitel son amigos y se sumaron enseguida al proyecto. Fue una relación inmejorable en la que todos participaron. He conocido otro mundo y estoy muy conforme con el resultado. Mi visión como escritor pasó a segundo plano y me concentré en ejercer como director. Quería que los personajes y la atmósfera fueran totalmente fie-les al lenguaje cinematográfico. Aprovechar los espacios, los silencios y la luz que otorga la narración fílmica era un desafío que no podía dejar pasar.
-El equipo de trabajo para su debut como director ha sido fundamental.
-Y muy sencillo. Reuní un buen número de personas en las que confiaba, en las que necesitaba confiar y que, a su vez, confiaban en mí. Traté de crear un buen ambiente en el set, porque siempre se plantean problemas y cuando la gente se enfrenta, todo se va al infierno. Además me dije a mí mismo, antes de empezar la película: quizá sea la única vez que haga esto, y quería que fuera una buena experiencia para todos. Quería que, dentro de diez años, el que se encargó de poner los cables piense que ésa fue una buena época. Es otro mundo y me gustó. Porque es una gran familia. Y no descarto que lo repita, pero siempre con una idea propia y con dinero, que es algo muy importante para hacer cine.
-¿Fue muy distinto dirigir que escribir?
-A mis novelas se las ve como muy cinematográficas, tienen mucho diálogo, poca descripción. La narración cinematográfica es una estructura dramática partida en escenas y las únicas palabras que hay son las que dicen los personajes. Pero es un planteamiento totalmente distinto. Podría decir que lo único que se mantiene igual es la atmósfera. Aunque resulte muy difícil articular lo que esto significa, no he tenido la sensación de estar traicionándome a mí mismo. Cuando escribo, quiero que las palabras sean y se conviertan en transparentes. Es casi un objetivo imposible, pero también he querido hacer esto en la película, creando un estilo visual que permita seguir la historia de un modo natural. Y mi director de fotografía me entendió perfectamente, porque hay escenas que yo veía como un cuadro, muy pictóricas, en un marco irreal...
-Con todo, parece que le ha tomado el gusto a esto de escribir guiones.
-Es un proceso diferente. Las cosas van cambiando en ese proceso. Ves poco a poco cómo el énfasis y algunas escenas funcionan y otras no, y cuando has terminado, empiezas a reconstruir todo otra vez. En Cigarros, quitamos una hora entera. Con un guión no sabes qué van a hacer los actores. De repente encuentras en una palabra, en una frase, todo el significado del personaje. Y eso lo dan los actores; son milagros.
-Es curiosa su relación con Wim Wenders y que nunca puedan concretar un trabajo juntos.
-Hace 9 años recibí una carta de la nada, de Wenders, que decía: "Querido señor Auster, he leído sus libros y no me queda ninguno por leer y me da pena que no haya escrito más. Quizás usted me conozca o no. He hecho películas y sueño con que algún día podamos trabajar juntos". Era una carta muy bonita. Le contesté que por supuesto sabía quién era y a los pocos meses nos reunimos. Fue una experiencia conmovedora porque fue el día de la reunificación alemana, en octubre de 1990, en Francfort. Estaba todo el país en ebullición. Desde entonces, hemos seguido siendo buenos amigos, hemos planeado varios proyectos y discutido, pero por una razón u otra no hemos sido capaces de materializarlo. Tal vez se dé la colaboración. O no, pero seguiremos siendo amigos.
-¿No le incomoda que pueda ser criticado por querer abarcar otras disciplinas que todavía no controla del todo técnicamente?
-Ayer tuve unas poquitas horas libres y me fui al Museo del Prado a ver la sala de Goya, que es probablemente el más grande pintor español. Al cabo de un rato tenía lágrimas en mis ojos al mirar los cuadros. El hacía de todo: dibujos con escenas de la vida cotidiana, niños y niñas que se miran y se ríen, gente que camina en la nieve, retratos muy tiernos, muy sensibles y otros muy aireados, luego están las pesadillas, las pinturas negras, y las pinturas políticas, El 2 de mayo, La Guerra de la Independencia. Me sentí muy conectado a este pintor y a toda su vida. Creo que un artista puede contarlo todo y Goya es uno de los pocos que lo consigue. No sé si yo lo conseguiré, pero he dejado de sentir temor. No hay que tener miedo, sino dudas. La duda es un motor y no la puedes evitar en ninguna actividad creativa. El artista que no duda de lo que hace no puede ser bueno, no me interesa. He encontrado otra forma de explicar historias y de expresarme. Me trae sorpresa y fortuna. Creo que es bueno cambiar y no estar siempre en el mismo lugar. Me pasé gran parte de mi vida solo, sentado en una habitación, y el cine es estar con gente. Este es un desvío interesante.
-Ahora que se ha decidido a hacer cine, parece que lo hace, como sus libros, para un público joven. Si el público mira sus historias en la pantalla, ¿no teme que deje de leerlo?
-No todo es para todo el mundo. La literatura siempre ha sido pequeña en número de lectores. El paraíso perdido, de John Milton, ha tenido unos trescientos lectores y es un gran poema del que aprendemos hoy en día. Estas cuestiones no me preocupan. Nadie me ha pedido que sea escritor, no pertenezco a ningún sindicato que me diga que escriba un libro cada año, y lo hago todo por mi propia y libre voluntad, y hay otras personas que por libre decisión leen mis obras. Eso es lo hermoso. No soy un general que quiere conquistar el mundo y creo, respecto de lo que dices, que el libro jamás de los jamases desaparecerá, porque el libro es el único lugar en el mundo donde pueden conocerse dos perfectos extraños en la más absoluta intimidad. Cuando lees un buen libro, entras en contacto físico con alguien a quien jamás has visto y con quien nunca has hablado. Eso es maravilloso. Creo que la lectura es una experiencia insustituible que ni el cine ni el teatro pueden duplicar o replicar. Las películas son diferentes porque tienen lugar en público. Son respetables, pero diferentes. Cumplen otra función en la vida.
-Leí estos días, en un periódico, un perfil sobre usted en el que se mencionaba que se lo veía mucho más comunicativo. ¿Ha sido una persona?
-A medida que crezco me es más fácil hablar. Cuando tenía 20 años no podía dirigir la palabra a nadie. Cuando tenía 30, temblaba. Creo que una de las cosas que más me ayudó fue dar clases durante cinco años en la Universidad de Princeton. Eso me ayudó a superar mi timidez.
-¿Y por qué dejó esas clases?
-Empecé por cambiar las clases de creación literaria por las de traducción, en las que sólo se traducía poesía. Pero llegó un momento en que no sabía qué contar a mis alumnos y decidí que no podía seguir dando clases de ningún tipo, a lo sumo conferencias o seminarios. Pensé que era una crisis más, pero me convencí de que sólo se puede guiar hacia una lectura mejor, que es imposible dar lecciones sobre el esfuerzo de escribir. Uno sólo se enseña a sí mismo, y sólo se aprende a escribir escribiendo.
-Y parece que usted ha aprendido, aunque diga que narrar le resulta un proceso lento y angustioso.
-Mi último libro me ha llevado cinco años. Yo necesito mucha energía y un estado mental determinado para escribir. No puedo hacerlo en cualquier momento. Generalmente no planifico ni parto de una estructura fija, sino que me dejo llevar por las palabras. Me insume mucho tiempo porque no puedo pasar de un párrafo al otro si no he terminado, cerrado el anterior. El párrafo es la unidad de la novela, el verso de la novela.
-Pero no volvió a hacer poesía.
-He estado escribiendo durante más de treinta años. A los 30, me encontré con una crisis personal, espiritual y literaria; durante dos años estuve contra una pared. Pensé que tenía que cambiar. Cuando volví a escribir lo hice en prosa y no hice nada de lo anterior. No pude, como si la poesía hubiera podido conmigo.
-Su mirada sobre las relaciones humanas habla del azar, la fatalidad, la soledad. ¿Es una visión pesimista?
-No creo que en mi obra las palabras azar, destino, casualidad o soledad estén pensadas para escribirse con mayúsculas. Simplemente me preocupan estas cosas. Pienso más bien en términos de historia en lo que tiene que ver con la vida, la tragedia y el humor. No me parece mal que la gente que lee mis libros piense en estas cosas. Lo importante es explorarlas, pero nunca me lo planteo en términos abstractos. Mis conocimientos de filosofía son más bien escasos y las conversaciones filosóficas resultan un tanto difíciles. No hay película más tonta en el planeta que Blue in the face, y ese guión también soy yo. Yo simplemente observo y no me limito a contar lo más triste. Mis personajes son tristes, pero se rebelan contra la soledad; aunque a veces descubren que la elección no siempre es la más acertada.
-¿Es mucho pedir que cuente cómo se acerca a personajes?
-Es un gran misterio para mí mismo... (sonríe). De repente hay una persona en mi cabeza que no estaba el día anterior. Generalmente me toma años escribir el libro, pero ese personaje está ahí y poco a poco va cobrando vida y realidad. En el momento en que lo veo en tres dimensiones y está en su plenitud, me dejo llevar... Me dejo llevar y lo sigo.
-¿Todo lo que escribe está en el propio pasado?
-De una manera u otra, cada uno escribe sobre lo que experimenta y vive. Y con esto no quiero decir que la imaginación no sea la fuerza más importante dentro de la literatura. Pero siempre se reflexiona sobre aspectos de la propia vida. Yo lo he hecho, no siempre evidentemente, pero he visto una piedra levitando, como le pasa a Lulu. (Y otra vez la sonrisa irónica. Auster aprovecha el momento de relax y enciende un purito suave y dulzón. De los mismos que venden en el quiosco de Cigarros.)
-Ese sentimiento de soledad que padecen sus personajes, ¿es también una experiencia personal?
-No siempre hablo de la soledad. En mis novelas, algunos personajes están solos y otros viven en grupo. Creo que parte del trabajo que he hecho en los últimos años trata de gente que busca nuevas formas de familia. Familias que no están conectadas necesariamente por la sangre, pero sí por los afectos y las circunstancias. Todos buscan estar en compañía continuamente. En realidad, en todo mi trabajo lo que quiero captar es el sentimiento de estar vivo. Este es el significado de mi obra.
Auster es un hombre alto y atractivo, amable, con voz cálida y envolvente, pero intensa. Está sentado, recto, en su silla, como un colegial dispuesto a responder todo lo que le pregunten, aunque se permite muy brevemente hablar de Timbuktu, su última novela, que se publicará después de cinco años de trabajo.
"Es la historia de un poeta vagabundo y esquizofrénico y su perro, que tiene su propia voz en la novela. El perro piensa y el poeta sabe que el perro es un ser excepcional. Es una metáfora sobre lo que ocurre después de la vida", señala.
Volviendo al lenguaje que hoy ocupa su atención, el escritor cinéfilo tiene a Frank Capra, Preston Sturges y Howard Hawks entre sus cineastas favoritos y confiesa que ha crecido con el western, "que ha marcado mi vida y mi obra. Mis gustos cinematográficos también están junto a las comedias fundacionales, las de Buster Keaton, Charles Chaplin, los hermanos Marx". Con la misma vehemencia con que fustiga el cinismo imperante en el cine de hoy, se entusiasma con el cine de Jean Vigo y Jean Renoir: "Los films franceses han significado mucho para mí. La gran ilusión es una de mis películas favoritas". Satyajit Rat y Ozu también entran en su mitología particular. En sus tiempos de estudiante en París, Auster intentó entrar sin éxito en la escuela de cine.
-Le gusta definir su película como "la historia de un hombre que proyecta la imagen de su mujer ideal". ¿Cómo es eso?
-Los hombres necesitan y tienden a reinventar a las mujeres, y muchas veces trato de explicarme esa fascinación que la mujer ejerce sobre ellos, que los lleva a convertirlas en mito. Ellas no se inventan a los hombres; son más realistas. Las pantallas, las revistas, están llenas de mujeres hermosas que alimentan de manera constante las fantasías de los hombres en cualquier parte del mundo. La experiencia es la misma.
-¿Cómo se decidió a revisar el mito de Lulú en una historia de fantasía romántica?
-Quise conocer tres capas sobre el mito de Lulú. Por un lado está la propia figura de Mira Sorvino como mujer y lo que ella representa en cuanto a juventud y modernidad; por otro, el personaje que ella interpreta, Celia, una joven aspirante a actriz que debe trabajar en un restaurante para sobrevivir, y por último, la encarnación del mito de Lulú, es decir, mujer de grandes encantos y capaz de variar la vida de un hombre sólo con su presencia.
-¿Por qué el título Lulú en el puente?
-Cualquier título que he utilizado en mis libros es algo que se me presenta de pronto, no sé bien de dónde, está ahí. Este apareció y lo amé. La historia es entre dos mundos: la vida y la muerte, pasado y futuro, la noche y el día. Creo que es lo suficientemente distante y que captura el espíritu de la historia sin informar demasiado ni develar el secreto de la misma.
-Cómo definiría esta historia: ¿romántica, intelectual, fantástica?
-Es romántica, no intelectual. La gente se conecta con ella, no es tan rara ni tan difícil. A la gente a la que les causa problemas es a la gente del cine, a los críticos, porque no la aceptan. Lo único que puedo decir es que abran su mente, vean con el corazón, sientan, y si el corazón se agita, estoy convencido de que tendrán una fuerte experiencia emocional. Lo bueno es salir del cine y seguir pensando en ello. No se puede hablar de una película hasta que no se sienten sus efectos.
-¿Ha pensado en escribir alguna obra en colaboración con su mujer, Siri Hustvedt, también novelista?
-Lo hemos hablado varias veces y nos agradaría. Nos gustaría escribir juntos una screwball comedy. Es un tipo de comedia televisiva muy común en los Estados Unidos en los años 30 y 40, que cuenta una historia que pasa en una sola noche. Son comedias que tienen mucho trabajo de diálogos.
-Para tener un final de entrevista clásica, ¿qué puede decirme de Brooklyn?
-¡La maravillosa República de Brooklyn me hace creer en el azar! Allí suceden cosas inesperadas, por eso acostumbro recorrer sus calles y dar un paseo por la mañana. Es un lugar donde convive gente de todo el mundo, un barrio donde hay 96 grupos étnicos. Un lugar así es ideal para explorar lo más hondo del alma.
Un debut sin complejos
La primera incursión de Paul Auster en el mundo del cine fue en 1993, con la adaptación de su novela La música del azar. En 1995 fue guionista y codirector, con Wayne Wang, de Cigarros y Blue in the face. Lulu on the bridge (el guión está editado por Anagrama), una mezcla de cuento mágico, relato romántico y thriller, fue presentada en el Festival de Cannes y en el Festival Internacional de Cine de Valladolid, y cuenta una historia genuinamente austeriana. Dos personajes solitarios, Izzy Maurer, un músico de jazz deprimido, que resulta herido accidentalmente después de un tiroteo en el bar donde actúa (Harvey Keitel), y Celia Burns, actriz que encarna a la mujer ideal (Mira Sorvino), intentan encontrar un sentido a sus vidas. Ha sido el destino, el azar, como es habitual en Auster, lo que ha unido a Izzy y Celia. Aún más, es un encuentro fortuito provocado por un elemento mágico, una piedra que despertará en ellos el amor y, en definitiva, su salvación personal.
Para su debut como director, Auster ha contado con un reparto espectacular: Mira Sorvino, Harvey Keitel, Willem Dafoe, Gina Gershon, Vanessa Redgrave. Y hacen apariciones breves Lou Reed (Me da buena suerte) y David Byrne. Actúa también su hija, que ya había trabajado en Washington Square, de Agnieszka Holland. A Paul Auster no le preocupó que su historia fuera demasiado espiritual para los Estados Unidos: "Hay un público ahí esperando para ver algo diferente y alternativo, y con Lulu puedo cumplir esas expectativas. Para resumir la situación, somos como un barquito de papel en un mar lleno de Titanics".
MIRA
Mujer neumática
Has visto qué piernas?", se escucha al pasar por un pasillo. "¡Esta mujer es neumática", dice otra voz masculina en tono admirativo. "Encantadora", concluye el fotógrafo después de un lujo de sesión fotográfica en la terraza del hotel. Eso sí, Mira Sorvino dejó muy claro que quería ser retratada de su lado bueno, el izquierdo, y con iluminación no dirigida. Sabe de qué habla; uno de sus entusiasmos favoritos en su tiempo libre es la fotografía.
La atractiva intérprete de Poderosa Afrodita, la película de Woody Allen, deja atónitos a todos con sus piernas interminables y, además, no tiene reparos en usar zapatos con tacones que la hacen aún más alta. Pero también seduce su sonrisa generosa, su gesto alegre, su naturalidad cuando habla. No es la primera vez que visita España. También estuvo en Barcelona varias veces, una de ellas acompañando al incombustible Tarantino cuando paseaban su romance, y puede hacer alarde de un modesto castellano.
Esta vez pasó por España para promocionar Lulu on the bridge, para ella "una aventura llena de emociones por la sensibilidad de la película, un estilo que quizá ya no se lleva en el cine actual".
Falda corta y Coca-Cola en mano, la actriz que ganó un Oscar por su papel de prostituta ingenua en la película de Woody Allen, luce una media melena de color oscuro, lacia y brillante, que le cambia totalmente su imagen. Sin embargo, hace poco sufrió otra transformación: acaba de dar vida a Marilyn Monroe en una película biográfica sobre la actriz y está dispuesta a cortarse el cabello para interpretar a Juana de Arco. Sus últimos trabajos: Summer of Sam, de Spike Lee, y At first sight, que protagonizó junto a Val Kilmer.
Mira Sorvino cuenta que toma tan en serio sus papeles que investiga sobre los personajes, su circunstancia y su geografía. De repente, suelta que lo que más le gusta es bailar y confiesa que sueña con hacer algo como lo que hacían Fred Astaire y Ginger Rogers, y que conoce muy bien los locales y rincones neoyorquinos en donde se pasa música salsa. "Me vuelven loca los ritmos latinos", dice riéndose y moviendo la cabeza con picardía.
Su plan de investigación pasa, sobre todo, por estudiar diferentes modos de hablar. "Grabo las voces, las escucho e imito lo que dicen después, y esto es muy importante, me escucho a mí misma. Esto me lo enseñó mi padre; me dijo que los actores debemos escucharnos como si fuéramos extraños." Su padre, el actor Paul Sorvino, será una presencia constante a lo largo de la conversación. Mi padre me dijo... mi padre me aconsejó, con mi padre tal cosa...
Para certificar su obsesión por los idiomas y por su método, Mira pasó el verano en París actualizando su biblioteca con poesía -"me apasionan Baudelaire y Rimbaud"- y perfeccionando el francés. Si del italiano aprendió los modismos y malas palabras que decían su padre y su abuelo cuando conducían, más sorprende saber que es licenciada en Sinología, la ciencia que se adentra en el conocimiento de China, en la Universidad de Harvard. Fue precisamente su padre el que le dio el empujón para irse a vivir un año a Pekín. Si habla chino, no es de extrañar que quiera trabajar con Chen Kaige y Zhang Yimou. "Sus películas son luminosas", comenta.
Pero como la película de Auster habla de amor, también queremos hablar con ella de ese tema. "Yo acepto que el amor es algo que puede saltar en cualquier momento, en cualquier lugar."
-¿Qué tal ha sido Auster como director?
-No tenía experiencia como director, pero no por eso dejó de demostrar seguridad. Paul tiene una gran capacidad visual y deja libertad a los actores para jugar. Yo ya había leído todos sus libros y me entregué ciega a sus manos.
-Acaba de dar vida a Marilyn Monroe en una película biográfica sobre la actriz.
-Marilyn fue un mito de varias generaciones de hombres y yo intenté acercarme a ella como a la persona real, como una forma de homenaje a quien estaba detrás de esa mujer tan sexy. Traté de ver todas sus películas y leí muchos libros sobre ella. Sé que nunca podría ser tan atractiva y adorable como ella, pero entendí su tristeza y he sentido su dolor. Y si bien pretendí mostrar su lado más sexy, no quise dar una imagen de mujer fatal. El mejor elogio que recibí fue el de Arthur Miller. Cuando se estrenó la película, Winona Ryder estaba trabajando en el teatro con Miller y él comentó especialmente que le había gustado cómo yo había expresado ese dolor de Marilyn.
-Comentaba al comienzo de la entrevista que hace cinco años que sólo lee guiones.
-Sí... es todo un trabajo. No quiero hacer siempre lo mismo ni que me encasillen en un mismo rol. La selección es siempre personal y requiere leer atentamente y con responsabilidad lo que te ofrecen. Si el personaje no me gusta o no lo entiendo del todo, espero un tiempo o no lo acepto porque no me puedo meter en su piel.
-Y de Lulú, ¿qué le atrajo?
-El guión, una especie de cuento de hadas moderno en el que hay emociones muy fuertes. Soy una persona muy romántica. Quiero encontrar esas cosas en la vida y por eso he hecho esta película. Intenté sentirme más como un animal y guiarme por el instinto.
-Auster dice que Celia Burns, la protagonista, tiene algunos rasgos de carácter suyos.
-El personaje que interpreto puede ser una persona del Medio Oeste que llega a Nueva York para intentar realizar su sueño, que es ser actriz, pero antes tiene que trabajar como camarera para poder sobrevivir. Algo parecido me ocurrió a mí. Yo fui camarera y después de hacer cinco películas tuve que volver a trabajar en un restaurante porque no me quedaba dinero. Creo que eso forma parte de la historia de Nueva York.
-Cuando recibió el Oscar por Poderosa Afrodita , hizo un agradecimiento especial para su padre y hoy ya lo ha nombrado varias veces. ¿Qué influencia ha tenido sobre usted?
-Era muy meticuloso y riguroso actuando. Siempre lo he admirado. Me enseñó que actuar es una forma de arte y que merecía la pena dedicarse a eso. Desde los 8 años hasta los 22 ha estado detrás de mí ayudándome a encarar los distintos personajes que he interpretado.
-Tal vez por eso se decidió a ser actriz y abandonar sus estudios sobre China, que también serían bastante rigurosos.
-Actuar es lo que siempre quise hacer, con todos sus pros y sus contras. Hay veces en que sufres situaciones incómodas en los rodajes o no lo pasas muy bien. Sin embargo, creo que son esos momentos más difíciles, de crisis, los que te fortalecen. ¡Aunque llores de rabia porque algo no sale cómo tú pensabas!
-¿Es verdad que disfrutó trabajando con Woody Allen porque a usted le gusta proponer ideas al director y él la escuchaba?
-El ya tenía las ideas claras, pero si el director lo permite, me gusta dar opiniones y hacer sugerencias. Lo bueno de trabajar con directores abiertos a las sugerencias y con fe en los actores es que se potencia el trabajo. Si sientes el personaje y lo crees en tu piel, no puedes sólo recibir información de quien te dirige.
-Y he oído que a usted también le gustaría dirigir.
-He tenido ganas de hacerlo desde que iba al colegio y cuando me gradué en la Universidad pensaba dedicarme a eso, pero echaba de menos actuar. Ahora, no lo descarto en alguna producción entre amigos, para empezar. Ya sabes, la financiación es complicada...
-Ultimamente ha pasado de la comedia al drama, a historias más intimistas. ¿En qué registro se siente más cómoda?
-Me gustaría decir que estoy preparada para hacer de todo... Hay papeles que piden mucha técnica, porque implican determinada manera de hablar o una gestualidad especial, si es una comedia y hay que hacer reír a la gente..., pero hay otros que llevan a la intuición, que piden sensibilidad, espontaneidad y menos intelectualidad. A mí me gusta la vía instintiva, la emocionalidad de los papeles, y las historias y personajes que tienen ese tipo de exigencias.
-La mayoría de las actrices se quejan de que hay más papeles protagónicos masculinos
interesantes que femeninos.
-La diferencia de oportunidades entre hombres y mujeres también se da en el cine. Incluso los directores, a veces, prestan más atención a la opinión de un actor que a la de una actriz. Nosotras pedimos más disculpas y debemos mostrarnos más sumisas. Es vergonzoso decirlo, pero es así.
-Parece sentirse muy cómoda trabajando en producciones independientes o de bajo presupuesto.
-Creo que las películas que tienen un bajo presupuesto, en ocasiones ofrecen mejores resultados y mejores personajes que las grandes producciones. Con dinero o sin él, se trata de la posibilidad de sacarles el mejor partido a los personajes. Muchos de mis amigos trabajan en producciones de bajo presupuesto; si ellos me piden una colaboración, no tengo problemas en participar, siempre que no altere mis compromisos. Creo que hay algo heroico en la idea de hacer cine a contracorriente. Son directores con ideales y cosas que contar. En las películas de Hollywood no manda el director, sino el estudio; aunque hay excepciones, como Robert Redford.






