Perder cosas, ¿una condición genética?

Hernán Iglesias Illa
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6 de junio de 2015  

El otro día, volviendo de jugar al fútbol, perdí mi billetera. La usé a la tarde para comprar un Marroc frente a la estación de Martínez y no la encontré en casa, varias horas después, antes de salir a comer con unos amigos. Empecé a buscarla por el departamento, con pocas ganas y pánico creciente, sacudiendo pantalones y levantando almohadas. ¿Cuándo fue la última vez que la viste?, preguntó mi mujer, igual que como preguntaba mi madre hace 30 años. Perder cosas me sigue enfureciendo como cuando tenía diez años. Por razones prácticas (denunciar tarjetas, pedir nuevo DNI, nuevo registro, nueva SUBE), pero especialmente por razones psicológicas: me hace sentir muy idiota. Lo tomo como una derrota personal, otra manifestación de mi distracción incurable, de mi incapacidad para convertirme en un adulto completo.

Además de perdedor de cosas, soy un pésimo buscador de cosas. En esto también están de acuerdo mi madre y mi mujer. Busco a desgano, primero superficialmente y arbitrariamente; después, en los mismos lugares, con algo más de energía, esperando que mágicamente aparezca el objeto perdido. Sólo después de horas o días de búsqueda sin plan ni energía, me resigno a ser metódico y organizado. No hay nada más deprimente que buscar algo que uno ha perdido: por un lado se siente en falta, por otro lado teme las consecuencias prácticas y por otro está convencido de que no va a aparecer nunca. Hasta un segundo antes de ser descubiertos, las llaves o billeteras o pasaportes desaparecidos parecen imposibles de encontrar, tan improbables como una sandía o un canguro en el mismo lugar. Las investigaciones psicológicas me hacen sentir un poco mejor, o al menos más acompañado. Aparentemente la persona promedio pierde nueve ítems por día (aunque sea por un ratito) y un tercio de los consultados por una encuesta en Gran Bretaña dijeron que pasan un promedio de 15 minutos por día buscando objetos perdidos. La conclusión de otro estudio de la Universidad de Bonn me hizo sentir más tranquilo: alrededor de la mitad de la condición de "olvidadiza" de una persona tiene origen genético. Así nací, puedo decir ahora, lo tengo en la sangre: olvidadizo.

Freud, más severo, me diría que una parte de mí quería perder mi billetera: que la perdí, aun sin darme cuenta, a propósito. Pero ¿por qué iba a querer yo perder mis documentos y mis tarjetas? ¿Para olvidarme de qué? Prefiero, en estas circunstancias, el acercamiento de los psicólogos anglosajones, que además de preguntarte si tu mamá te escondía la billetera quieren ayudarte a encontrarla. Sus investigaciones confirman las intuiciones de madres y novias: pensar en detalle el recorrido del objeto desaparecido puede ayudarte a encontrarlo. Y sin embargo hay veces que no aparece: nos quedamos esperándolo, como a una novia fugitiva, preguntándonos dónde habrá ido.

Dos días después, a punto de darme por vencido y denunciar las tarjetas y el DNI y el registro y la SUBE, en un taxi rumbo a otro partido de fútbol, quise meter el pie en el botín y vi que algo me lo trababa: era la billetera, atrapada ahí desde el partido anterior. Me reí, le conté la historia al taxista y me sentí un genio y un idiota al mismo tiempo. Un idiota porque perdí dos días de gestiones y un viaje desesperado a Martínez tratando de buscar una billetera que tenía a dos metros. Pero me sentí un genio porque había visto algo raro, que debía desconfiar incluso de mi capacidad para perder cosas: ni para eso soy demasiado bueno. Y tenía razón.

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