
Periodista en formación
Eso dice de sí mismo el notero más temido de Caiga quien caiga . Atesora como una inversión la posibilidad que tiene de conocer a grandes personajes y confiesa que -contra lo que algunos pueden creer- su mayor inversión es formar una linda familia
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Diez de la mañana. Buenos Aires agacha el lomo bajo una lluvia irritante y helada.
-¿Daniel?
Daniel se da vuelta y apenas mira sobre el hombro. Ya sabe lo que va a pasar.
-¿Podemos hablar después?
Reacciona en automático. Le pasa todo el tiempo: le dicen "Daniel" y él se da vuelta y hay alguien sonriente, y entonces tiene que firmar un autógrafo o dar un beso o alzar a un nene lleno de mocos.
-Hablemos cuando quieras... Soy de La Nación .
-¡Uy!, disculpame.
En la puerta de un hotel del centro donde se anuncian las Primeras Jornadas de Planificación Estratégica para el Control de la Corrupción, organizadas por Poder Ciudadano, se humedecen unos cuantos periodistas y camarógrafos. Esperan a Duhalde.
Duhalde no es alto. Daniel Tognetti sí. El hombro de Daniel Tognetti empieza donde las cabezas de los demás terminan y eso le da cierto aire de pájaro. Esta mañana lo rodea parte del equipo de Caiga quien caiga : Fernando Lojo, uno de los productores, Miguel Azpiroz -más conocido como El Alemán- en la cámara.
-¿Nos vemos en el entrepiso, en un ratito?
Dice Daniel. Más conocido como Tognetti. Notero de CQC desde 1995. Tiene 29 años. Soltero. Poseedor del tipo de memoria que los políticos odian: detallada. Artífice de un talento que amasó a base de rapidez en las preguntas, acidez en las repreguntas y sentido de la oportunidad.
Hace tan sólo una hora, Daniel estaba en el estudio de Radio Uno, donde conduce el programa Levántate y anda, junto a Ernestina Pais, programa que hace en vivo de lunes a viernes, de 6 a 9, lo que nos lleva a la inmediata conclusión de que este hombre está despierto desde muy temprano. Pero no parece.
En el hotel, el candidato habla en un salón inmenso y el equipo CQC se relame: un libro sobre la corrupción, escrito por Duhalde y repartido entre los presentes, de 1990. Duhalde habla. Tognetti escucha. La conferencia termina.
-¡Gobernador, me parece que este libro no les llegó a algunos miembros del gabinete!
Provoca nuestro hombre, sacudiendo el libro ante la nariz apurada de Duhalde. Después, Tognetti va a decir que eso fue un chiste fácil y malo.
-Esta mañana no estuve inspirado. Dormí mal anoche. ¿Vamos a tomar café?
Un tostado y una gaseosa. Eso pide. Después enciende un cigarrillo.
-Fumo poco, más que nada cuando estoy en casa, navegando en Internet. ¿Vos tenés ICQ?
En un rincón del café hay un televisor detenido en Crónica TV. Daniel lo mira cada tanto. Por ahora, nada interesante. Las vacas del Mercado de Liniers.
-Duermo poco. Todos los días digo que tengo que dormir una siestita, para recuperar. Lo difícil de hacer radio a las 6 de la mañana no es levantarse temprano, sino acostarse temprano.
Quien sea que lo haya dibujado, lo hizo remarcando los bordes, las luces y las sombras. Tognetti luce como si alguien hubiera pasado una y otra vez lápiz de carbón por sus bordes. Parece, claro, un dibujo de El Greco. Una figura delgada, de rasgos cortados a cuchillo. El chico de la tele empezó trabajando en el diario Sur, en 1989, cumpliendo la digna tarea de comprarles yogur a periodistas hambrientos.
-Pero después empecé a ir a las agencias a cortar y seleccionar los rollos de cables. Así fue como tuve mi meteórico ascenso a cablero. Incluso escribí algunas notas. Tenía 19 años y mi trabajo anterior había sido en la tapicería de mi abuelo, Bernardo Tavosnanska. Mi jefe en el diario era Luis Tarulo. Fue el que me sacó el gusto por la noticia, porque el periodismo es muy amplio. El periodismo para algunos es un buen negocio y para otros un método eficaz de cuestionar la realidad. Para mí es eso. Mmmm. Lo segundo.
Controla la tele. Siempre está escurriéndose por algún borde. En CQC es igual: mientras hace una entrevista con el ojo derecho, caza a la próxima víctima con el izquierdo. No son ésos los modales que le enseñaron en casa, no señor.
-Mi casa era el típico hogar de clase media progresista, esa especie de contradicción semántica... No me dejaban ver televisión, para que hiciera otra cosa. Pero me dejaban ver El avispón verde , con Bruce Lee, porque yo hacía yudo y aunque Lee no era yudoca era mi ídolo.
Madre psicopedagoga y profesora universitaria. Padre ingeniero mecánico. Se divorciaron cuando Daniel tenía cuatro años. Papá Tognetti vive en Bahía, Brasil, donde volvió a casarse y tiene dos hijos más.
-Claro que me jodió que mis viejos se separaran. Pero ya estoy grande para eso. Creo que como consecuencia de la separación, los hermanos de acá somos muy unidos. Yo soy el menor de la primera tanda. Mi vieja se llama Marta Cristina y la quiero mucho. Yo sé que querer a la familia tiene mala prensa. Ser un tipo piola es ser un tipo oscuro, al que no le importa nada de su familia. Si tenés una relación de mierda con tus padres sos un tipo bárbaro. A mí eso de tener que ser un dark para ser interesante no me va.
En la tele aparece la cara de un político. Alguien respondiendo preguntas con cara de tener todas las respuestas. Alguien que, seguramente, daría un respingo si en una rueda de prensa divisara la figura larga de este hombre, listo para hacer su trabajo. Tognetti, acá abajo, parece algo más cándido. Casi inocente. Dice de sí que es un periodista en formación. El periodista en formación hizo su entrada al mundo catódico por la puerta grande. Mario Pergolini buscaba a alguien que no tuviera experiencia en televisión para, claro, hacer televisión. Y ahí, en primera fila, estaba el buen Daniel. ¿Se acuerdan de él por entonces? Un chico desgarbado, que miraba a la cámara y a los invitados con la misma desazón y se quedaba minutos enteros sin saber qué preguntar.
-Me pagaban por hacer las cosas mal. Era bárbaro, porque yo era inexperto en serio. Me fijaba mucho en cómo laburaban Andy, Juan y Nacho. Para mí, Andy es el sello del programa. Es muy talentoso y yo los tenía a todos como referencia.
Siempre habla de los demás. De cómo gracias a que todos trabajan bien él puede, también, hacer su gracia.
-Le hice mi primera nota a De la Rúa, después a Cafiero y a Irma Roy. La nota con Irma Roy le gustó mucho a Mario, y ahí tomó la decisión de que yo fuera notero estable de CQC , en 1996. Es que Irma Roy fue muy maternal. Yo le decía: "Soy nuevo en esto, ayúdeme", y ella: "Bueno, tranquilo, vos preguntame tal cosa". A todos les daba pena. Dar pena es mi fuerte. Je. Cuando empecé a hacer notas en serio, no me fue tan bien. Era inexperto en serio.
Poco queda de aquella inexperiencia. Alcanza con verlo cada martes acorralar con estocadas certeras a los políticos de turno, a los empresarios de moda, a los economistas ignotos. Alcanza con verlo recordar, en el aire y sin red, datos de los trabajos y los días de todos ellos. A eso hay que agregarle una tonelada de tesón. Ha llegado lejos, por haber comenzado tan cerca. Porque su paso fugaz por el diario Sur había sido, precisamente, fugaz. Lo desbarató un amor perdido y se fue, 23 años y mochila al hombro, de viaje por América.
-Me fui tres meses. Me había peleado con la que era mi novia y estaba un poco triste. Estuve en Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Brasil. Me tomé un barco cuatro días por el Amazonas hasta Manaos, me costó 40 dólares por cuatro días. Después me fui unos días a la casa de mi viejo en Bahía. Fue un viaje medio iniciático. Iba a decir guevariano, pero va a quedar muy zurdito, y ya demasiada imagen de zurdo tengo. Y cuando volví empecé a vender seguros de retiro. Laburé un año y medio y me terminaron echando cuando se dieron cuenta de que el chico que aparecía en la televisión era muy parecido al chico que debería haber estado vendiendo seguros. En definitiva, vender un seguro de vida es mucho más difícil que ser notero de CQC , porque tenés que decir con una sonrisa en los labios: "¡Te vas a morir, y ese momento va a ser muy bueno porque vas a cobrar tu seguro de vida!".
Caiga quien caiga termina a fin de año. Y a Tognetti esta decisión le parece a) una idea excelente, b) una idea pésima.
-Sé que voy a extrañar CQC . Para mí la televisión es un trabajo, no la meca de la felicidad, pero sé que voy a tener síndrome de abstinencia de CQC . El día que explote un escándalo, voy a pensar: "¿Por qué no estar ahí y por qué no preguntar esto o lo otro?" Igual, terminar el programa me parece una idea muy acertada, pero creo que en CQC vamos a tomar dimensión de lo que hicimos cuando pase el tiempo. Tuve pequeñas situaciones con tipos que van a ser historia. Alfonsín, por ejemplo. Mis hijos y mis nietos lo van a estudiar en los libros de texto y yo voy a decir: "Estuve sentado charlando con Alfonsín".
No ansía el descanso ni las horas vacías. Le gusta el sobresalto. Su vida 24 horas on line .
-No me molesta para nada. Si sos periodista, estás las 24 horas enchufado. Me dicen: "Mañana vas a La Rioja" y voy. Notero delivery . Claro que es muy difícil armarte una vida con este ritmo. La única actividad que hago fuera del trabajo es jugar a la pelota, y terapia una vez por semana. Tengo muy poca vida social. Si no estoy trabajando estoy en mi casa, o visito a mis hermanos, veo a mis sobrinos.
Saca una libreta del bolsillo.
-Acá anoto los chistes, las preguntas. A Bussi le pregunté cuál era la diferencia entre Bussi y Dios: que Dios no se cree Bussi. ¿Vamos? Te llevo hasta el diario en el auto.
El primer auto que Tognetti se ha comprado en la vida espera en un estacionamiento. Un chico lo reconoce y se pone eufórico: "Grandeeeeee, campeón". Pide un autógrafo.
Antes, en el café, Daniel ha dicho: "Es difícil medir la reacción de la gente, porque como ellos se divierten cuando ven las notas, creen que estoy ahí divirtiéndome, no trabajando. Uno puede tener dos posturas ante esto: transformarse en un político en campaña, ir saludando gente por la calle y alzando niños, o no darles pelota, y entonces la gente dice que sos un desagradecido. Pero la verdad es que también deben reconocer a otros para insultarlos, así que yo siempre agradezco".
El auto adentro, y afuera llueve. Otros autos se aprietan en la calle. Bestias a duras penas contenidas. Pero Tognetti maneja tranquilo. Dobla por Carlos Pellegrini, hacia Córdoba.
-La gente se toma a CQC como un lugar en el que... hacemos justicia. Somos como fiscales. Medio raro eso, ¿no? Ah, mañana hablemos de Larrea...
-¿Héctor?
-Sí. Es un capo, Larrea. Lo conocí en un café. Mañana venite y desayunamos con él. Toma café en el mismo lugar que yo y siempre cambiamos figuritas.
Va enfundado en su traje CQC . Uno más del equipo hombres-de-negro.
-¿No tenés frío?
-No, tenemos unos pilotos -di- ce, críptico y sin piloto a la vista-. Che, ¿y por qué me quieren hacer una nota a mí?
Siete y media de la mañana. Un hombre en la recepción de Radio Uno apunta con el dedo:
-Ya sé: Revista La Nacion para Tognetti. Pase. El ya avisó que iba a venir.
Escaleras y escaleritas, pasillos y pasillitos. Detrás de una puerta acustizada, Tognetti se inclina sobre una pila de diarios. Al otro lado de la mesa, Ernestina Pais. Levántate y anda, en vivo y en directo. Un programa de información general que hacen, además de Daniel y Ernestina, Pablo Basz, Fabián Tetelboim, Alejandro Lingenti, Gustavo Alvarez Núñez, Pablo Javkin, Daniela Hacker, Adrián Tavosnanska, Daniel Berlingeri, Silvia Purita, Camilo Radrizani. Tognetti ha insistido mucho en que se nombre a todos. Tiene una idea casi religiosa del trabajo en equipo.
Esta mañana viste buzo deportivo, jeans. Y rutilante campera roja. Saluda con la sonrisa de alguien que no sonríe si no tiene ganas. Siempre hace lo mismo: levanta las cejas como acentos circunflejos, estira los labios y entonces sí, muestra los dientes. Sólo que en ese momento uno descubre que su sonrisa nunca es suave. Que guarda algo de rabia. Los oyentes le dejan mensajes que empiezan siempre de la misma forma: "Chicos, dos puntos". Respetuosa ternura por un programa que se hace en FM, pero tiene el nervio de los más movidos programas de AM. Cuando termina, Daniel dice:
-Vamos a desayunar.
El bar está a la vuelta y funciona también como video. Hace un frío escandaloso. Entierra las manos en los bolsillos de la campera roja y no parece contento, ni serio ni enojado. Ni nada. Es un tipo tomando desayuno, hablando de deportes con sus compañeros de trabajo, vagamente ausente. Afuera la temperatura araña apenas los 5º y seguimos sin hablar de Larrea. Ni bien. Ni mal.
Ni nada.
Son las tres de la tarde. Otra vez en el hotel donde comenzó todo, Tognetti sube las escaleras majestuosas seguido por Fernando Casal, productor simpático, lleno de teléfonos. Esta vez hay ciertas jornadas sobre educación.
-Vas a pensar que yo trabajo para este hotel -dice Daniel.
-Ah, ¿no le avisaste del canje? -se pone chistoso Casal, persona capaz de desarrollar la increíble velocidad crucero de cinco chistes por minuto.
Y he aquí dos-situaciones-curiosas-dos.
Situación uno: Tognetti está recostado en la pared cuando una cara conocida se acerca.
-¿Ves cómo cambié? Antes te veía y me escondía en el baño.
Dice José Octavio Bordón. Tognetti estrecha la mano y sonríe como diciendo: "Oh, qué sorpresa". Días después dirá que Bordón tuvo miedo cuando él le hizo la nota.
Situación dos: Tognetti sigue recostado en la pared. Alguien me toca el brazo y dice, con mucha confianza:
-Señorita, ojo, eh... mire la gente con que se junta.
El hombre se va rápido. Alcanza para saber que era el ministro de Educación. Tognetti abre los ojos hasta la frente.
-¿Vos lo conocías? - pregunta.
-No lo había visto en mi vida.
Todos se ríen bajito. Sabemos que no me confundió con nadie.
Nueve de la mañana. Otro día. Escenario: el mismo video-bar cerca de la radio. Daniel llega. Las tres chicas que lo acompañan no pasan de 18. Se le cuelgan por los cuatro costados. Un compañero toma la foto mientras el chico CQC despliega su maravilloso número de escapismo. Les pasa un brazo por encima del hombro y posa. Ahí, pero también un poco en otro lado.
-¿Me esperás que voy a poner una moneda en el parquímetro?
Claro. Ahí, pero también un poco en otro lado.
Se dedica casi exclusivamente a hacer notas políticas y económicas. No se mueve bien entre la farándula, aunque le gustaría un poco de frivolidad cada tanto, para relajar. La inesperada entrevista de 45 minutos que le hizo a Fidel Castro este año, en el lobby de un hotel de Río de Janeiro cuando celebraba una cumbre a la que asistieron 49 jefes de Estado, no ayuda a construir la imagen de un periodista, digamos, frívolo.
-La nota la hizo todo el equipo. Habíamos hecho guardia para encontrarlo, y vimos su Mercedes negro blindado en la puerta del hotel. Esperamos. Bajó y se puso a hablar con una periodista brasileña. Yo estaba rodeado de custodios que no me dejaban mover ni un milímetro. Entonces lo llamé: "Comandante, comandante, para la Argentina". Y vino. Andaba con ganas de hablar. Capaz que se copó con las preguntas, porque todos le preguntan del bloqueo y yo le preguntaba de Maradona, de las minas, de Clinton. En un momento, la gente de la cancillería le señala el reloj. Se pasaba la hora de la entrevista con Chávez. Castro se da vuelta y dice: "El amigo Chávez puede esperar". Cuando terminé, caminé dos cuadras, mudo. La nota tiene un montón de baches: le tendría que haber preguntado otras cosas, más de la Argentina, de actualidad, incluso lo interrumpí. Pero, bueno...
Con la misma inconsciencia armó otros malabares sublimes. Deslizó en las manos del hombre más poderoso de la tierra un ejemplar del Kama Sutra -en plena vigencia del affaire Lewinsky- y logró que Menem y Duhalde se dieran un abrazo durante la inauguración del Parque de la Costa cuando no podían verse ni en figurita.
-Todos en CQC tenemos un estado de inconsciencia. Es como cuando estás con una chica, a punto de darle el beso y te preguntás: "¿Le doy el beso, qué pasa si le doy el beso y me dice que no?" Ah, te quería contar una anécdota que no la conté nunca. Yo tengo una estampita que llevo a todos lados.
Saca la billetera, la abre, suelta una estampita del Sagrado Corazón de Jesús. O algo así. En todo caso, es Jesús y también hay un corazón.
-¡Oh, Tognetti místico! Eso también tiene mala prensa. Creer en Dios. Creer en Dios no tiene buena prensa, ¡con tantos beneficios que tiene creer en Dios! Ponele que no existe. Bueno, está bien, pero... el caso es que yo tengo estampitas. Tampoco creo mucho en los santos, pero la figura de Jesús me resulta muy atractiva. Estaba en el lobby de este hotel en Río y te juro que pedí: "Barba, bajámelo al Barba". Y bajó. También el tipo habló porque tenía ganas de hablar, o capaz que el tipo no me hablaba y yo le decía: "Che, me fallaste..." Pero a mí no me falló nunca. Sé que hay muchos que van a decir: "Pero no, bobo, habló porque tenía ganas". Fue una situación media mágica, honestamente. Ya vengo.
Oh, oh. Ahí va de nuevo, Monsieur La Dispersión. En otra mesa del bar desayuna el equipo de la radio en pleno. Uno podría apostar a que él estuvo, también, atento a aquella charla. Vuelve. Con dos cigarrillos encendidos. Qué detalle.
-Es que ahora hay una crisis de valores. Va a parecer que soy un chupacirios diciendo esto, pero lo cierto es que no se sabe dónde está el bien, dónde está el mal, se pierden valores como la solidaridad, el compañerismo, preocuparse por cómo están los demás. Este individualismo acérrimo a mí no me va, y me parece que religión viene de eso, de religar, de unir, y en todo caso la economía de mercado es una religión mucho más severa que el cristianismo o el budismo, y tiene consecuencias feroces. La Iglesia como institución es contradictoria. Hay miembros de la Iglesia que apoyaron las dictaduras militares, la represión ilegal, los golpes de Estado, y hay otros hombres de la Iglesia que guiados por el amor y la solidaridad le solucionan la vida a la gente todos los días. Está la Iglesia de los pisos de mármol y la de los caminos de tierra. Yo me siento identificado con la Iglesia de los caminos de tierra y, por otro lado, no me siento para nada identificado con la posición ultramontana de la Iglesia con respecto al control de la natalidad y todo eso. O sea, no soy católico de ir a la iglesia. Mi fe es una cuestión íntima. Es más, empecé a tener una relación con Dios cuando empecé a estudiar filosofía moderna en Ciencias de la Comunicación.
El paraíso de este hombre no tiene formas extrañas. Los ingredientes básicos son más bien conseguibles: mujer, hijos, una casa. Claro que él dibujará esa vida a su manera. Mucha luz, mucha sombra. Una vida con las tintas cargadas.
-Es un objetivo en mi vida. Formar una familia. Todo bien. Viste que soy conservador, ¿no? Tengo aspectos conservadores. Uno quiere que la vida de uno no cambie mucho cuando las cosas andan mal, y bueno, a mí me gustaría tener una esposa, hijos. Pero no sé, soy un poquito adolescente. Tengo cierta... no sé...
-¿Inconstancia? Abandonaste el yudo.
-Sí, de chiquito. ¿Te conté lo del yudo?
-Claro. Me dijiste que te dejaban ver El avispón verde...
-¡Uy!, mirá las cosas que uno cuenta en una nota.
-Pero eso no tiene nada de...
-... de relevante...
-... de impublicable...
-Ah, no. No, para nada. Además, hasta el día de hoy mi vieja me llama y me dice: "¿Estás mirando tele? No, dormí, dormí". Es que duermo cinco horas por día, y ella se preocupa por mi descanso.
Cosa rara. La pregunta más tonta, más desprevenida, oficia de varita mágica traicionera y sin intención. Levanta una baldosa que debió quedar ahí, sin remover.
-¿A qué colegio fuiste?
-A muchos... ¿Quéres que te dé los nombres de todos? ¿Cuántas páginas va a tener la nota?
-¿Por qué a tantos?
-Tuve una adolescencia díscola.
Si esto fuera una selva, él sería un pájaro, volando con el gusanito de la situación controlada retorciéndose en el pico.
-¿Doy otra imagen? Sí, ya sé. Era buen chico, pero no fue una adolescencia feliz. Fue medio traumática. Pero no, no. No quiero hablar de eso. En serio, prefiero no hablar. Igual aprendí muchas cosas. Era un pibe muy de plaza, de barrio, de esquina. Aprendí un montón de cosas. ¿Terminamos? Vamos, que te presento a Larrea.
Larrea está en el bar de enfrente. Toma café con diario al frente. Ve a Daniel y se pone de pie con modales de duque. Daniel lo mira como si Larrea fuera Obi Wan Kenobi. O el Jedi. En todo caso, como si fuera el lado bueno de la Fuerza.
-¿Usted está yendo a las notas que hace este chico? Póngase lejos. Siempre tengo miedo de que le pase algo, porque la verdad... le tengo mucho aprecio.
Por la cara de Daniel se derrama, ahora, cierta calma. Cierta plenitud.
-Un gran tipo, Larrea.
Dice después.
Retiro, un día de calor. Son más de las 4 y hay un encuentro de la Alianza con las Pyme, que promete la presencia de peces gordos: Chacho Alvarez, Fernando de la Rúa y José Luis Machinea. El recinto huele a celulares. Señores de traje duro y pelo flojo se saludan a gritos de "Ingeniero, qué tal" y "Doctor, cómo está usted".
-Ahí viene Dani... -dice Casal-, de malhumor. Ya lo veo por cómo camina.
Pero no. Dani T. saluda. Sonrisa de oreja a oreja.
-Todo lo que te diga Casal es impublicable -avisa.
La tarde corre despacio, pero los rumores no podrían ser peores: no van a llegar Machinea, ni el Chacho, ni De la Rúa. El Alemán está sentado con el traje universal del camarógrafo: cámara a cinco centímetros del pie, lista para todo, gesto de espera, pantalón amplio, zapatilla con agarre al piso.
-Che, ¿no estuve muy místico esta mañana? -dice Daniel-. Cuando te hablé de la fe.
-No. No me parece.
Fernando Casal arremete agitando uno de sus múltiples teléfonos: "Levantamos. No viene nadie, man, qué desastre". Daniel ofrece el auto para llevar a todo el mundo a casa. Son más de las siete de la tarde.
-Si Belgrano hubiera visto el cielo al atardecer -dice Fernando Casal-, la bandera hubiera sido celeste y rosa.
El Alemán hace preguntas de este tipo: "¿Vivís sola o en pareja? ¿En casa o departamento? ¿Consumís drogas?" Hay risas de todo tamaño por los cuatro rincones del auto. Pero Daniel sonríe apenas, y no queda claro si semejante despliegue de ingenio se debe a la presencia nueva o si es siempre así. Cuando el camarógrafo, el asistente y el productor se bajan, Daniel sigue por Córdoba al fondo hasta su casa, en algún rincón de Belgrano. Se despereza al volante. Ha tenido un día duro. Problemas privados, vida pública. Mezcla explosiva. En Retiro, mientras la nota con la gente de la Alianza se caía a pedacitos, él había dicho algo.
Había dicho cómo le molesta que personas desconocidas armen con datos sueltos un Tognetti monstruoso. Un Frankenstein inconexo, fundido y soldado con frases -hipotéticas- del tipo "vivía acá, era maleducado", "nunca saludaba y era gordito", "¡uh!, de pibe se volvía loco por el dulce de leche".
-Gente que vos no conocés, que no sabe nada de tu vida, que cuenta cosas de vos como si te conociera... Eso es feo... y es inmanejable.
Ahora hay silencio en el auto.
-¿Tenés un cigarrillo? -dice.
Enciende. Enciende dos.
-Ahora voy a comprar comida china, me voy a tirar en la cama y me voy a dormir.
Ocho y media de la tarde. Pasan los autos.
En el final, el día late sin pausa, despacio.
"¡Que venga el flaco!"
El segundo fin de semana de septiembre, Daniel y el equipo de CQC partieron raudos a La Rioja y terminaron tomando café y mirando el partido Independiente-River en la casa de Menem, en Anillaco. Para que entiendan: en el living de la casa del Presidente.
-Estábamos esperando -dice Daniel- y después de un rato nos avisan: "Pasen, que los va a atender". Yo dije: "Qué bien, dos minutos con el Presidente". Hacemos la nota, y el Presidente me dice: "Bueno, flaco, ahora vamos a mirar el partido, así que vení". Acepté el café, pero me quedé afuera, en la pileta, porque pensé que me lo decía para ser amable, como quien dice: "Bueno, ya está, ahora me voy a mirar el partido". Resulta que me traen el café y me llaman: "Che, flaco, andá a mirar el partido". Entro y el Presidente me mira: "Vení acá al lado mío, flaco". Y ahí estaba yo, al lado del Presidente, rodeado por Alderete, flanqueado por el gobernador Mazza, otro montón de gente, incluidos Fernando Casal y el Alemán. Todos mirando el partido.
Tognetti, un privilegiado
El trabajo de Daniel Tognetti consiste en el contacto cotidiano con personajes que el resto de los mortales suelen ver en televisión. Presidentes, economistas y ministros son para él caras de todos los días.
-A mi mamá la veo cada tres semanas y a Duhalde lo veo dos o tres veces por semana. Los empezás a ver como a gente cotidiana. Me siento muy privilegiado. Estoy conociendo a hombres que son protagonistas de un momento histórico. Menem, fuera de joda, va a ser un hito en la historia, y yo fui testigo de muchos momentos en los que el Presidente estuvo. A este ritmo, cuando tenga 60 o 70 años, no me imagino a toda la gente que voy a conocer. Mi abuelo me contaba que había estado en el golpe del 30. Si yo durante el golpe del 30 hubiera tenido este trabajo hubiera estado en la puerta de la casa de Yrigoyen. Pero bueno, estoy aprendiendo. Soy un periodista en formación.





