
Perito Moreno, secretos del parque
Paisajes majestuosos, una fauna al alcance de la mirada y muestras de arte rupestre están más allá de la curiosidad por el rigor del clima y el difícil acceso a la región
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Contra un fondo de lago y montañas, modelado por glaciares, la tropilla se entrega mansamente a la curiosidad de los turistas. De pronto, un gesto brusco, un acercamiento imprudente... y la señal de alerta del relincho gatilla una huida atropellada. A la distancia, esa línea en fuga parece prolongar la milenaria carrera de los guanacos color lacre que repechan las oquedades del cerro Casa de Piedra. El puma, el huemul y el choique también se espejan en este excepcional yacimiento de arte rupestre. Y, metros más allá, el río Roble corre por la árida meseta como si lo guiara la línea serpentiforme que algún artista o chamán prehistórico trazó sobre la roca. Bajo un sol copiado de las pinturas –que refulge implacable– todo semeja estar como hace una eternidad.
Faltan aquellos cazadores especializados que estamparon ritualmente sus manos sobre las paredes rocosas, se representaron a sí mismos como una mera V invertida y pintaron guanacos de cuerpo desmesurado o vientre abultado, quizá para propiciar la fecundidad en tiempos de escasez. Pero el escenario no ha variado demasiado desde sus días. Las aguas continúan descolgando su rumorosa cabellera por las cascadas. El viento oeste no ha dejado de bramar entre cumbres nevadas, ventisqueros y pajonales de coirón. El cóndor aún reina en el abierto cielo. Y, como siempre, lagos y bosques trenzan sus verdes en el reflejo. Sólo el ganado, las alambradas y el maderamen de estancias y seccionales de guardaparques oponen un contraste, perturban la simetría.
Refugio de vida
El Parque Nacional Perito Francisco P. Moreno luce un aire decididamente más agreste que sus pares de la Cordillera Patagónica. Se lo debe, sobre todo, a las dificultades de acceso que presentaba otrora y a la rudeza de su clima (vientos fuertes y persistentes, inviernos de 30°C bajo cero, nevadas hasta en pleno enero). Estas razones lo libraron del turismo masivo y otras influencias civilizadoras. La contracara fue el olvido. Desde su creación hasta inicios de los años 80, careció de otro amparo que esporádicas visitas de control, pese a que dentro de sus límites funcionaban cuatro establecimientos ganaderos. El abandono dio rienda suelta a la caza furtiva de zorros y chulengos (crías de guanaco), cortes indebidos de madera y una carga de ovejas superior a la tolerada por la vegetación. Sólo en 1982 se habilitaron las primeras viviendas para guardaparques. De ahí en más, la conservación de su patrimonio contó con argumentos más sólidos que el aislamiento y la intemperancia climática.
Dos ecorregiones se reparten las 115.000 hectáreas del área protegida. La Estepa Patagónica –de pobre representación en el sistema de parques nacionales– extiende sus arbustos y pastizales sobre el sector oriental: un llano a casi 900 metros sobre el nivel del mar, que salpica una constelación de lagunitas –cobijo de patos, cisnes, cauquenes y flamencos– y quiebran serranías de tonalidades apagadas. El Bosque Andino Patagónico, por su lado, trepa las laderas cordilleranas hasta los 1200 metros. Arriba señorean cumbres nevadas, roquedales y un heroico puñado de plantas rastreras. Y a sus pies, la retirada de los glaciares abandonó ocho lagos ariscos a la navegación aunque de hipnóticos turquesas, esmeraldas y grises. El Burmeister –corredor de vientos endiablados– es el único que drena hacia el océano Atlántico, a través del meandroso río Robles. Las aguas de los restantes marchan entrelazadas al encuentro del Pacífico, ofrendando a su paso escenarios tan subyugantes como la Angostura del río Volcán y la cascada que conecta los lagos Belgrano y Azara.
Los espejos de Perito Moreno son los únicos que se libraron de la introducción de salmónidos en toda la Patagonia Andina. Esto significa que puyenes, peladillas y demás peces nativos no soportan aquí la competencia foránea que ha diezmado sus poblaciones. El parque también brinda amparo a otras especies amenazadas: el huemul o ciervo andino –su bicho heráldico–, el macá tobiano –un ave zambullidora endémica de Santa Cruz– y el chinchillón anaranjado, otra exclusividad de la provincia. La lista de animales de valor especial se completa con el guanaco –de presencia multitudinaria y extrema mansedumbre–, el choique –la raza austral del ñandú petiso–, el cóndor, el pato de los torrentes, el carancho blanco, el chorlito ceniciento y la ranita del Nansen. Con estas estrellas convive el acostumbrado reparto de la estepa y el bosque patagónicos: pumas, gatos huiña y del pajonal, zorros, zorrinos, piches y, entre casi noventa especies aladas, el ñacurutú –nuestra lechuza mayor– y la imponente águila mora.
Holocenic Park
“Esta prodigalidad –sumada a una oferta no menos generosa de agua, leña, refugio y piedras para fabricar instrumentos– atrajo desde temprano al hombre”, apunta el arqueólogo Roberto Molinari, responsable de los recursos culturales en la Administración de Parques Nacionales (APN) y miembro del equipo que desde 1980 investiga los sitios prehistóricos de Perito Moreno, con la dirección de Carlos Aschero y Rafael Goñi.
“Según evidencias arqueológicas, la corriente pionera llegó hace unos 10.000 años –prosigue Molinari–. Desde entonces hasta poco después de la conquista de América, durante todo el holoceno, el parque fue territorio de grupos de cazadores-recolectores. Primero se asentaron en espacios acotados, como los abrigos del cerro Casa de Piedra, ya que la mayor parte del área estaba cubierta por el vasto espejo que unificaba las actuales cuencas de los lagos Belgrano y Burmeister. Al bajar las aguas, unos 2500 años antes del presente, cambiaron cuevas por tolderías y ocuparon las nuevas tierras disponibles. Su rastro en el registro arqueológico se pierde dos siglos atrás. El abandono de la región respondería, básicamente, a dos factores. Por un lado, el recrudecimiento climático conocido como la Pequeña Edad de Hielo. Y, por el otro, el cambio en los patrones indígenas de asentamiento y movilidad que produjo la adopción del caballo.” Lo cierto es que en el siglo XVIX, los tehuelches no guardaban memoria de la comarca que había cautivado a sus antecesores. Esto explica por qué Musters, Lista y Moyano –cuyos informantes eran indios– ignoraron su existencia no obstante haber andado muy cerca. El honor del descubrimiento y los bautismos iniciales quedó para los integrantes de la comisión que definió nuestros límites australes con Chile, cuando amanecía el siglo XX. La primera descripción del lago Belgrano, por ejemplo, es obra del explorador, etnógrafo y naturalista italiano Clemente Onelli, que a la sazón servía de enlace entre aquella comisión y el árbitro inglés. “Lo divisé en el bajo, azul como turquesa de Kiraz, y rodeado por renegridas montañas a pique”, escribió el polifacético conde en Trepando los Andes. Parecido deslumbramiento experimentó ante los lagos Azara y Nansen la Expedición Sueca a la Patagonia. “Desafío a cualquiera a que me muestre un escenario montañoso más variado y grandioso”, dejó asentado su cronista.
Más sensibles a la abundancia de pastos, aguadas y madera, los colonos no tardaron en entrar en escena. Con el tiempo, un puñado de estancias logró echar raíces a despecho del clima siberiano y la soledad. Las ovejas comenzaron entonces a ganarle terreno al rou (guanaco) de los tehuelches. Pero el gobierno tenía otros planes. Y el 11 de mayo de 1937, la patria de los lagos turquesa se convirtió en parque nacional.
“Estos diez milenios dejaron abundante huella”, comenta Molinari. Para comprobarlo, basta repasar el patrimonio cultural del parque: cascos de estancias pioneras, puestos construidos a puro hacha –como el Brunel, que recuerda a un mítico bandido–, reparos de indios y colonos, un taller de herramientas líticas y diez sitios con pinturas rupestres. La colección más importante adorna los aleros y las cuevas que horadan la cara norte del cerro Casa de Piedra. Sus manos estarcidas, guanacos y abstracciones cifran el mundo espiritual de los primeros habitantes de Perito Moreno.
Esta imaginería se halla vedada hoy al visitante. “Tiempo atrás, Casa de Piedra fue víctima de huaqueros y la APN decidió prohibir el acceso hasta tanto pueda garantizar un control adecuado y respuesta a las inquietudes de la gente”, explica la guardaparque Mariana Martínez.
Al parecer, no habrá que esperar mucho. Se proyecta dotar al sitio de un puesto de vigilancia, guías y cartelería interpretativa. La iniciativa también permitiría abrir a la curiosidad turística un yacimiento de madera petrificada, situado al sur del río Roble. Atesora troncos de hasta 10 metros de largo y 1,10 de diámetro.
Volver a los 17
No todas las herencias resultan tan cautivantes. La tolerancia de establecimientos ovejeros dentro de los confines del parque legó más de un dolor de cabeza a la APN. El problema más grave, sin duda, fue la degradación ambiental y paisajística provocada por el sobrepastoreo de las majadas.
Al despuntar los años 90, el organismo dijo basta e implementó un plan de erradicación de hacienda. Su vertiginoso triunfo se debió a dos aliados fuera de cálculo: el derrumbe del precio internacional de la lana y la erupción del volcán Hudson, que sacaron un par de estancias del cuadrilátero y convencieron a las restantes de que había llegado la hora de la reconversión. La Oriental optó por la actividad turística. Lago Belgrano se dedicó a un rubro ganadero de menor impacto ecológico: la cría apotrerada de vacunos y yeguarizos. Y, en 1993, las ovejas se despidieron por fin del área protegida (sólo quedan unas pocas cabezas para consumo interno).
La naturaleza no desperdició la ocasión. En menos de una década, el bosque comenzó a reconquistar terreno, los coironales ganaron altura, los mallines enfatizaron su verdor y creció el número de guanacos. Así recuperaron lozanía Península Belgrano –hogar de tropillas insólitamente confiadas–, la cabecera oriental del lago Burmeister –con sus aguas encrespadas y sus árboles bandera–, las pintorescas lagunas del Mié, el impactante valle del río Lácteo y otros hitos turísticos. Perito Moreno se parece más que nunca al escenario que retratan los milenarios frescos de Casa de Piedra.
La Revista agradece el apoyo brindado para la realización de esta nota por el Ministerio de Turismo, Cultura y Deportes de la Nación, la Administración de Parques Nacionales y Cielos Patagónicos SA (Estancia Melenik). En especial, a María Cibeira, Manuel Pardo –capataz de la estancia– y a los guardaparques Mariana Martínez, Marcelo Valverde y Alejandro Caparrós.
Conservación
El Parque Nacional Perito Moreno tiene compañía. Pegada a su límite norte está la Reserva Provincial San Lorenzo, cuyas 24.000 hectáreas incluyen la cumbre máxima de nuestra Cordillera Patagónica Austral: el espléndido monte San Lorenzo (3706 m). Y al este de la reserva, 15.000 hectáreas propiedad del conservacionista y millonario norteamericano Douglas Tompkins, que ya manifestó su intención de cederlas a la APN. De concretarse la donación e implementarse un manejo conjunto de estas áreas, la naturaleza comarcana contaría con un escudo de proporciones más que interesantes (154.000 hectáreas).
Datos básicos
- Fecha de creación: 11 de mayo de 1937, por ley número 13.895.
- Superficie: 115.000 hectáreas.
- Ubicación: centro-oeste de la provincia de Santa Cruz.
- Origen del nombre: honra a Francisco P. Moreno, con-siderado el padre de nuestros parques nacionales.
- Cómo llegar: por rutas nacional 40 y provincial 37 (220 kilómetros desde Gobernador Gregores –sede de la Intendencia del parque– y 320 kilómetros desde Perito Moreno).
- Servicios para el visitante: Centro de Informes; áreas de acampe en el lago Burmeister, Gorra de Vasco, El Rincón y lago Volcán; senderos de interpretación autoguiados en Península Belgrano y, próximamente, Alero Destacamento Onelli.
- Dónde alojarse y comer: se puede elegir entre dos estancias turísticas. Menelik, sobre la entrada al parque, ofrece habitaciones sumamente cómodas, comidas típicas y una esmerada atención (informes y reservas por el 4311-5550 o lwalker@caminos.com.ar ). Y La Oriental, sobre el lago Belgrano, tiene un hospedaje más rústico; lugar para acampar y platos caseros (4325-3098/3102 o estancias@interlink.com.ar ).
- Excursiones: las estancias mencionadas organizan salidas a pie y caballo.
- Normas: por razones de seguridad y conservación, los visitantes deben registrar su llegada en el Centro de Informes, indicar los sitios que piensan conocer y retirar del parque todos los residuos que generen. Además, está terminantemente prohibido hacer fuego, aunque pue-den usarse mecheros o anafes portátiles.
- Recomendaciones útiles: conviene estar preparado para el frío (suele haber neviscas hasta en verano) y llevar comida, dos cubiertas de auxilio y un bidón de combustible (la estación de servicio más cercana está en Las Horquetas, a 76 kilómetros).
- Temporada propicia: de fines de primavera a principios de otoño. No se cobra entrada.
- Información adicional: Parque Nacional Perito Moreno: Av. San Martín 882, 9311 Gob. Gregores, Santa Cruz, 02962-491477, e-mail: pnmoreno@uvc.com.ar .
Oficina de Turismo de la APN: Santa Fe 690, Capital Federal; 4311-0303, Interno 105. En Internet, http://www.parquesnacionales.gov.ar .






