Pintura

Guillermo Jaim Etcheverry
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8 de junio de 2003  

La historia relatada durante un reciente encuentro por Pedro Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras, proporciona una sugerente metáfora para describir la situación actual de nuestro país. Un renombrado artista recibe el encargo de retratar a una dama muy, pero muy fea. Todavía húmeda la última pincelada, el entusiasmado pintor descubre su obra ante la modelo. Sorprendida, ella comprueba que en la pintura luce una imagen femenina de belleza deslumbrante. Antes de que la desconcertada mujer logre articular algún interrogante crítico, el artista se apresura a responderlo: "¡Ahora, querida señora, a parecerse al retrato!"

Durante las recientes elecciones, cada uno de los ciudadanos argentinos ha contribuido a la tarea colectiva de pintar el retrato del país que queremos para el futuro. Con nuestra pincelada, todos hemos ayudado a dar forma a la imagen de la Argentina a la que aspiramos. Resaltando algunos colores, esfumando otros, hemos logrado diseñar un cuadro complejo de lo que son hoy las expectativas colectivas. Sin duda, la imagen que ha resultado del conjunto de esos millones de trazos individuales es muy diferente de la realidad horrible en la que hemos vivido. Es decir que, al igual que el pintor que retrataba a la dama fea, hemos optado por expresar un ideal.

De allí que también se aplique a nuestra situación la exhortación del artista ante la modelo que se desconoce a sí misma en la beldad de la pintura: ¡ahora, a parecerse al retrato! Es que es esa la tarea que enfrenta la Argentina: intentar parecerse al retrato que de ella hemos pintado sus ciudadanos. La misión es la de tratar de concretar en la realidad ese modelo que construimos cuando expresamos nuestra aspiración de cambio, nuestra renovada apuesta a la superación. Hacerlo es responsabilidad primordial de los dirigentes que hemos elegido pues a ellos corresponde acertar en la interpretación, nada sencilla, de lo que queremos como sociedad. Porque, a diferencia de lo que sucedió con el retrato de la dama, la imagen no resulta tan fácilmente perceptible. Descifrar sus claves ocultas, el andamiaje de fuerzas y tensiones que estructura el equilibrio que sustenta la composición de la obra, requiere de la intuición y la competencia de quienes desde ahora orientan el destino de la sociedad.

Pero es preciso reconocer que también nos compete participar activamente a nosotros, los gobernados, a quienes avanzamos hacia la tela para dejar sobre ella nuestras pinceladas en el instante en que nos correspondió hacerlo. Debemos comprometernos a colaborar, en el ámbito en que cada uno deba actuar, en la tarea de concretar en los hechos la que hasta ahora es sólo una imagen de lo que quisiéramos ser. Deberemos ir señalando a los arquitectos de la nueva realidad nuestras preferencias, inclinándonos, aquí y allá, por un matiz, por una forma, por un efecto de luz.

Sólo de este modo lograremos que la imagen de los mejores tiempos que hemos intentado plasmar en nuestra pintura común, tan alejada de la realidad como lo estaba el retrato de la dama fea, logre adquirir una forma concreta en el ámbito en el que vivimos y trabajamos, sufrimos y gozamos. En éste, el otro lado de la tela.

El autor es rector de la Universidad de Buenos Aires (UBA)

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