
Piropos
Por Alejandra Herren (*)
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Qué curioso, ¿no?, que los señores ya no digan tantos piropos por la calle, pensaba hace un tiempo.
Cuando yo tenía 18, edad que ya he superado con creces, no había cuadra en la que no me dijeran algo. Unas veces, expresiones poco aptas para repetir en esta elegante página; otras, halagos capaces de estremecer hasta al más hierático de los mortales. Con la salvedad de que a esa edad siempre despertó mi suspicacia eso de ¡mamita!
Pero volviendo al tema y para no pecar de psicologista, al caminar por la calle ya nada resuena en mis oídos que no sea el ruido de los coches. Eso me llevó a la conclusión planteada inicialmente, que se encadenó con otros interrogantes: será que aquella tradición cayó en desuso; será que el estrés ha hecho estragos en nuestras emociones; será que hemos sido capaces de dominar nuestros instintos...
Llegué a tener la certeza de que la pasión popular estaba aplastada, anulada por completo.
Eso pensé. Hasta que un día, mi hija (de 19 años) y sus amigas (de 19) clamaron porque yo (de tantísimos y tantos) las acompañara a comprar ropa por la avenida Santa Fe. Entonces sí resurgió la creatividad de que hacen gala los varones de esta urbe (obviamente, jamás dirigida a quien escribe). Hubo genuinas, efervescentes innovaciones y se escucharon algunos clásicos inmortales. Aunque es digno puntualizar que pasé del antaño sospechoso ¡mamita! a ¡suegra! y, en ciertos casos, ¡cuñada!
Este último epíteto -debo confesarlo- supo levantar mi ánimo.
*Subeditora de la Revista






