
Ponele la firma
Pocas son las cosas que nos hacen singulares, nos resultan auténticas y gozan de una aceptación del otro tan complaciente como la propia firma. Unos pocos trazos nos representan. La propia firma es una especie de huella digital dibujada. Una creación que, como el juego o el dibujo, está exento de códigos que la condicionen. Es una marca que nos identifica. Una escritura que deviene el logo de uno mismo.
Las edades de la vida acompañan el itinerario del propio nombre y su modo de portarlo.
No firma aún; así la infancia, como la prehistoria, quedan delimitadas y definidas ambas por no haber accedido aun a la escritura. Y así comienza la historia, una historia que nos descubrió a todos alrededor de los cuatro, cinco años dibujando monigotes y luego trasladando de allí a la letra escrita algunas formas: un redondel, dos palitos, una raya acostada para componer el propio nombre. Es éste un momento de conquista que hace sentir al niño un constructor de sí. Y así, llegando desde el dibujo mismo, se funda el lenguaje escrito, dejando atrás ese estado ágrafo propio de los comienzos de la vida.
Es este un hito clave en la apropiación del nombre que nos fue dado. Dice Juan Tessone, en el lúcido libro que dedica a este tema: "El nombre propio es inseparable de nosotros mismos, es la esencia de la persona. El nombre sella de manera indeleble el derecho de cada uno a ser reconocido por los otros en su identidad inalienable."
La firma de la infancia enfatiza en general el nombre de pila, aquel que nos diferencia y singulariza. El apellido aporta, por entonces, apenas alguna inicial al cuerpo del nombre y/o algún rulo con el que el niño remata el acto de firmar.
Llegando a la adolescencia, la fisonomía de la firma cambia radicalmente. El apellido gana protagonismo en el papel y en la vida y el empeño en sostener una firma pareja se torna un desafío. Con trazos enérgicos y una letra algo desdibujada, los jovencitos practican infinitas veces su nombre hecho firma, acompañando, de esta manera, la ardua búsqueda adolescente de adueñarse de sí mismo.
La firma, entonces, ya ganó el respeto de una posesión valiosa e incanjeable, y justamente por eso, ¿quién no ha intentado imitar la firma de los padres, aquella cuyo armazón suele estar de alguna manera presente en la firma que uno diseña para sí?.
Con el correr de los años, la firma va conquistando solemnidad. Registrada, certificada y sobre todo única, tiene una impronta de legitimidad que la convierte en incuestionable para los otros y un baluarte intransferible para uno mismo. En La escena inmóvil, Raúl Levín, al referirse a "la firma de una persona, con la que se asienta, demuestra y garantiza su unicidad", enfatiza que "no deja de sorprender que (…) exista un rasgo tan específico como para constituirse a lo largo de su historia como garante de la identidad individual".
El valor de un obra de arte cuando está firmada por el artista, de un libro autografiado por su autor, la validez de un documento en su versión original, dan cuenta de la vigencia que aún hoy tiene la firma manuscrita, la de puño y letra. Firma y aclaración, como exigen todos los formularios que completamos, evidencia que hay entre ambos -el dibujo original y único y el nombre al que alude-, una aceptable distancia. No necesariamente coinciden.
Con cierto pudor, al detenernos en el tema y mirar retrospectivamente, tomamos conciencia del lazo afectivo que fuimos haciendo con lo que hoy es nuestro modo de firmar. Nos acredita, nos representa, no nos plantea conflictos. Es uno de los aspectos auténticos del sujeto que misteriosamente sobrevive intacto en la era digital. A esta altura es inevitable la pregunta: ¿este universal, tendrá fecha de vencimiento?
La autora es psicoanalista







