
Por nuestro propio bien
Señor Sinay: Durante mi infancia mis padres no tuvieron en cuenta el efecto de sus palabras en mí. Suponían que no debía dudar de su amor, y que podían decirme cualquier cosa, porque se presume que somos incondicionales. En esos códigos, todo es permitido y todo se perdona. Fui herida y también herí en mi relación con ellos. Tengo 50 años, estoy divorciada, y en mis parejas el tema del trato ha sido una constante.
Es evidente que la forma en que fui tratada me ha afectado. En las discusiones de pareja pareciera que cuidar cómo se dicen las cosas hace menos sinceras y menos auténticas a las personas. Como si se pudiera ser "auténtico" sin hacerse responsable de lastimar a otro. Veo también el maltrato en todos los ámbitos, los laborales, los escolares. La descalificación, los gestos de desaprobación o de rechazo. Creo que en todos los vínculos es fundamental el buen trato, que proviene del respeto por el otro. Con buen trato uno saca lo mejor de la gente en general y de los afectos en particular. Liliana Vidal
Con el dolor que trasunta su mensaje, nuestra amiga Liliana toca algo esencial: "Es evidente que la forma en que fui tratada me ha afectado", dice sobre su niñez. Es así, no sólo para ella, sino para todos. Los adultos que somos devienen de los niños que fuimos. El rigor, la desvalorización, la exigencia desmesurada y a veces devastadora, la distancia o frialdad emocional, los "correctivos" (físicos o no) con que un niño es educado no son temas menores, ni simples anécdotas que se olvidan. La memoria corporal y emocional conserva aquella penuria, aquel miedo y aquella humillación. Eso que un niño vive en una absoluta indefensión y soledad del alma, aun cuando se pretenda que comprenda y que, en su adultez, lo acepte como algo que se hizo "por su bien". Pero para eso, ya adulto, deberá contarse otra historia de su vida, convencerse de que no vivió lo que vivió, lo que equivale a decir que no es quien es. Deberá pagar traicionando a su ser. Lo que "olvide", retornará en maltrato de él hacia otros. O se acostumbrará a ser maltratado.
Si esto se convierte, a lo largo de generaciones, en algo "natural" en diferentes sociedades y culturas, si se lo ve como parte normal del paisaje educativo, no es casual encontrar luego secuelas extendidas y preocupantes, como el maltrato (no sólo corporal) entre adultos en la pareja, en las relaciones interpersonales, en el vínculo entre jefes y subordinados, entre servidores y usuarios, entre gobernantes y gobernados. La psicóloga y filósofa Alice Miller, nacida en 1923 en Polonia y radicada en Suiza, donde estudió y desarrolló su carrera, investiga desde hace tiempo cómo el maltrato infantil atraviesa las historias personales e impregna el alma de las sociedades. Otra es la historia cuando prevalecen hacia los niños la aceptación, la empatía y el respeto.
Miller hace un trabajo único, monumental y necesario, de enorme rigurosidad, compromiso y honestidad. Llama a las cosas por su nombre y convoca a revisar las propias historias para que millones de adultos puedan rescatar sus vidas y eviten trasladar a sus hijos y posteriores generaciones lo no dicho, lo callado, lo tergiversado. El drama del niño dotado, Salvar tu vida, El cuerpo nunca miente, Por tu propio bien son algunos de los trece títulos de su obra, cuya lectura, aunque pueda resultar por momentos dolorosa, es siempre sanadora.
El primero de los libros citados se abre con esta frase: "La experiencia nos enseña que, en la lucha contra las enfermedades psíquicas, disponemos, a la larga, de una sola arma: encontrar emocionalmente la verdad de la historia única y singular de nuestra infancia". Y agrega: "No podemos cambiar en absoluto nuestro pasado ni anular los daños que nos hicieron en nuestra infancia, pero sí podemos repararnos, recuperar nuestra identidad perdida". No es un proceso fácil y no puede quedar en un simple ejercicio intelectual. Para Miller, los maltratos que, desde la infancia, inciden en la adultez y, desde los adultos, en la sociedad, no son sólo físicos. Ella habla de una "pedagogía negra", donde entran los abusos y ofensas evidentes, corporales, y de una "pedagogía blanca", donde, en nombre del "amor", aparecen la manipulación, las extorsiones emocionales, los desconocimientos sutiles. Si Liliana ve en todos los ámbitos el maltrato, es porque este no se corrige desde el follaje ni con verdades a medias, sino desde las raíces. Una tarea que, en lo íntimo y en lo social, está a menudo pendiente.
El autor responde cada domingo en esta pagina inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.
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