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"Probé parches, chicles, caramelos de nicotina, y nada. Probé salir sin plata, pero los kiosqueros me conocían, entonces me terminaban fiando. Hasta una vez probé prender uno y tirar por la alcantarilla el resto del paquete: ese día me llegué a comprar 35 atados", cuenta Orlando, 51 años, fumador desde los 13, hasta hace poquito, de un promedio de 60 Parisiennes diarios. "Hace dos años que vapeo. Dejé de toser, ya no me agito ni se me manchan los dientes. Tampoco mi familia siente más olor a cenicero por todos lados".
Al parecer, al cigarrillo le apareció una competencia de peso y se llama vaping –en inglés, la acción de fumar con cigarrillo electrónico y exhalar el vapor–: quienes se encargan de comercializarlos en nuestro país estiman que más del 70% de los que lo prueban no vuelven a encender un pucho. Según la encuesta Eurobarómetro de 2017, en España el índice de eficacia del cigarrillo electrónico alcanza el 92%. El motivo principal de su éxito, dicen los usuarios, es que mantiene vivos los hábitos del fumador.
Al cigarrillo electrónico lo inventaron en 2004 los chinos. Tampoco se rompieron el mate, su mecanismo es sencillo: una batería calienta una solución líquida para convertirla en vapor. Aunque existen descartables, los más vendidos contienen un cartucho recargable. El líquido, una mezcla en proporciones variables de propilenglicol, glicerina vegetal y nicotina. Tan variable es la mezcla que el cigarrillo electrónico (e-cig) permite graduar la cantidad de nicotina o directamente eliminarla. Por lo general, para evitar el síndrome de abstinencia, el descarte se hace a lo Mostaza: paso a paso. "Empecé con 18 mg/ml, ahora estoy en 4 mg/ml y en poco tiempo bajaré a 2 mg/ml", confiesa orgulloso, Orlando, nuestro vapeador estrella. Hasta acá, todo muy lindo, pero nos faltó un detalle: el cigarrillo electrónico está prohibido.
¿Eficaz o puro humo?

A pesar de que en nuestro país a nadie le sorprende ver por la calle a personas echando humo por la boca como si fueran dragones afónicos, y que se organizan festivales para promocionar nuevos aromas y sabores, desde 2011, por disposición de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT), la importación, venta, comercialización y publicidad del cigarrillo electrónico está prohibida: "No existe suficiente evidencia científica que demuestre que se trata de un producto que ayude realmente a dejar de fumar". La Organización Mundial de la Salud (OMS) tampoco le levanta el pulgar: "No está probada su inocuidad. El vapor en el pulmón podría generar daños a la salud". En otros lares –Japón, EE. UU., Francia, Italia, España, Alemania– son legales. En el Reino Unido, por caso, los vaporizadores son parte de los servicios públicos de ayuda para dejar de fumar.
Los primeros cigarrillos electrónicos imitaban –forma y tamaño– a los de tabaco. Cilíndricos, con el cuerpo blanco y un extremo marrón clarito. De lejos era difícil distinguirlos. Más de un chicato intentó prender un e-cig con un fósforo. Luego el diseño metió la cola: hay alargados como una lapicera, gorditos como una granada, cuadraditos como una radio portátil. Y del color que uno quiera. Los full full tienen dos baterías –proporcionan mayor autonomía y potencia– y cuestan arriba de los $4.000.
En Argentina, la mayor parte de los especialistas de la salud los miran de reojo. "Es una nueva forma de fumar que, se cree, no hace absolutamente nada, pero no es así. Es menos tóxico que el cigarrillo convencional, pero no es inocuo: genera daños para el consumidor y para quien lo rodea", dice Jorge Tartaglione, médico cardiólogo, presidente de la Fundación Cardiológica Argentina, que, sin embargo, le deja la puerta abierta: "Al fumador hay que ayudarlo, la nicotina genera una adicción similar a la que producen la cocaína y el alcohol. Si el cigarrillo electrónico funciona como paso previo para dejar definitivamente de fumar bienvenido sea". Oscar Mendiz, director del Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro, opina en el mismo sentido:
No parecen ser buenos, pero sí menos malos que los cigarrillos comunes. Pueden ser una alternativa para dejar de fumar
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A pesar de la prohibición, la oferta en internet y en locales –los ofrecen hasta en gimnasios– es cada vez más abundante. "Las ventas van en aumento, más del 15 % por año", dice Javier, propietario de una de las tiendas online de este metié más antiguas de Buenos Aires. "Hay mucha competencia, hace un año y medio estábamos prácticamente solos". Si bien es cierto que por su tamaño son fáciles de camuflar, siempre en la aduana hay alguien que hace la vista gorda. No hay noticias de decomiso de este tipo de mercadería. Tampoco se pone mucho esmero en perseguir su comercialización: a fines de 2013 se dio de baja a tres sitios que promocionaban e-cig a través de la web.Al tiempo, reabrieron bajo otro dominio.
Foto apertura: Juan Francisco Sánchez
Fernando Bersi






