Preguntarnos quién creemos ser (quién somos en verdad)

Eduardo Chaktoura
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7 de diciembre de 2014  

Crédito: Eva Mastrogiulio

Tal vez puedan encontrarle cierto tono agresivo o connotación negativa a la pregunta ¿Quién te creés que sos? Pero ya verán que todo es una cuestión de intencionalidad, de sentido, de costumbre, de interpretación. En nuestras cuatro clases anteriores hemos aprendido a identificar en qué hacemos foco a diario (¿en qué y en quiénes invertimos nuestro tiempo, energía y dinero?). Entendimos la importancia de establecer prioridades saludables (¿qué es lo urgente, lo importante y/o necesario?). Conectamos con el mindfulness para sincronizar relojes, en relación a este aquí y ahora; sin juicios, con aceptación y compromiso, más allá de la nostalgia del pasado y la ansiedad que pueda despertar el futuro (¿qué dice tu mente en este instante?). Hemos adquirido, así como el flow, técnicas para detener el tiempo (¿cuántas y qué calidad de horas dedicamos a las actividades que nos dan verdadero placer?).

Es hora de reflexionar acerca de que, en definitiva, somos lo que creemos. Así como somos lo que de ahora en más decidamos creer, porque todo puede re-significarse. Nuestro cerebro es plástico (neuroplasticidad) y, según hacia donde deseemos orientar nuestras ideas y emociones, allí irán nuestras neuronas, reafirmando o tejiendo nuevas conexiones, nuevas creencias. No todo está dicho ni determinado. Habrá que estar dispuesto a poner en duda nuestras formas de creer, pensar y sentir. El riesgo puede ser alto, pero el resultado promete ser categórico: descubrir qué y quiénes deseamos ser en verdad.

La pregunta ¿quién te creés que sos? suele asociarse a una actitud inquisitiva; un latiguillo con pretensiones de quitarle autoridad al otro, en medio de un duelo de egos. Es que todo es en un contexto y en torno del sentido que ha adquirido. Así como la frase ¿quién te creés que sos?, con nosotros pasa lo mismo. Podemos ser, parecer algo muy distinto a lo que somos o creemos ser en realidad. Podemos llegar a convertirnos en lo que alguien dispuso, lo que fue conveniente para unos u otros, lo que parecía ser lo mejor, lo que creímos que era nuestro destino.

Tal vez algo cambie si evitamos sentirnos merecedores o condenados a algo/nada en particular. Que nuestro deseo tenga un propósito positivo, y de manera responsable vayamos por él, más allá de lo que resulte. ¿Quiénes somos en verdad? ¿Qué dicen de nosotros? ¿Qué nos gusta escuchar cuando se refieren a nuestra persona? ¿Qué solemos escuchar al respecto? ¿Cuánto de lo que escuchamos condiciona nuestra existencia? ¿A quién le creemos?

Aunque parezca un entuerto, nunca está demás preguntarnos cómo es que hemos llegado hasta acá. Construimos nuestra identidad y nuestra forma de ver el mundo en relación a lo que nos han dicho, a lo que hemos interpretado. Somos dadores de significado. Todo lo que hemos heredado, aprendido y asimilado de cada uno de nuestros contextos ha dado por resultado una creencia.

Así es como nos hemos creído que somos lo mejor, que vos sí que vas a llegar lejos, que no hay nadie más lindo, que no llegaremos a ningún lado, somos la oveja negra… (cada quien complete con lo que corresponda a su experiencia). Así como la humanidad ha ido consensuando ciertas verdades, ciertas normas y leyes para vivir en sociedad, cada uno de nosotros construimos y reafirmamos a diario un conjunto de creencias que motorizan nuestra propia existencia.

La propuesta de hoy es detenernos a escuchar qué resulta de la pregunta ¿quién te creés que sos?; desterrando toda connotación violenta o agresiva, con la que ha sido teñida la cuestión. También se trata de desteñir toda connotación que haya adquirido todo lo que se ha dicho, creído o esperado de nosotros; para que, en definitiva, logre imponerse, saludablemente, quien creamos (y queramos) ser en verdad. ¿Quién te creés que sos? Para la próxima clase, vayan consiguiendo uno o un par de globos.

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