
Prisionero Lord Byron en Chillon
En el elegante balneario de Montreux se alza el castillo que inspiró al poeta inglés versos en honor de un héroe suizo encadenado durante seis años a una columna
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Cuentan las biografías que pese a padecer una evidente cojera -durante la infancia se le desvió un pie y ningún cirujano se lo pudo enderezar- Lord George Byron era un hombre muy atractivo y perseguido por las mujeres. Es sabido también que nunca opuso demasiada resistencia a tal acoso. Claro que el legado del notable poeta inglés radica en su intensa obra literaria y no en los avatares de su vida íntima, pero cierto es que sus desenfrenadas aventuras eróticas acabaron convirtiéndose en la comidilla de la sociedad puritana de Londres. Aquellas conductas licenciosas desembocaron en un escandalete cuando se divorció de su esposa, y nada menos que a causa de la relación medio incestuosa que mantenía con su medio hermana Augusta. Fue censurado por inmoral y obligado a abandonar Inglaterra. Mientras su ex recorría los tribunales solicitando que lo declararan demente, el 25 de abril de 1816 emprendió el exilio. Atravesó Bélgica remontando el Rin hasta Ginebra para instalarse a orillas del lago Leman, donde por un tiempo intentó calmar sus ímpetus libertinos y llevar una vida lo más ordenada posible. Entonces, los poblados que bordeaban el lago -que hoy constituyen la región del Vaud, en el cantón francés- eran muy recomendados para la cura de la tuberculosis, la bronquitis y la debilidad mental. Pero cincuenta años antes, el elegante balneario de Montreux, en la orilla septentrional, había sido consagrado por Rousseau en su novela La nueva Eloísa, atrayendo con la publicación a lo más granado del turismo europeo.
Acusado de vicioso y degenerado por la prensa inglesa, Byron pasó un tiempo a solas. La abrupta huida y los aires renovados lo inspiraron para iniciar una nueva etapa en su producción literaria porque, según los críticos, en adelante trató afanosamente de limpiar su nombre y remontar la injusticia de la que había sido víctima. Ese mismo verano se encontró en Ginebra con su amigo el poeta Percy Shelley, recién fugado con su novia Maria Goldwin, una adolescente de quince años. En compañía de la flamante pareja emprendió varias excursiones a las montañas de Berna -allí comenzó a escribir Manfredo, su primera obra dramática-, y el 25 de junio llegó a Clarens, un barrio con puerto propio a metros del centro de Montreux. Fue durante esa estada que recorrió el castillo de Chillón, la imponente fortaleza construida sobre un montículo de rocas y donde siglos antes estuvo prisionero Francisco Bonivard. El escritor y político ginebrino alcanzó una triste celebridad en 1532, cuando aliado al partido popular intentó emancipar a Ginebra del dominio de la Casa de Saboya.
Conmovido por la escalofriante historia de aquel pobre hombre al que el duque Carlos III dejó pudrir encadenado a una columna durante seis años, Byron concluyó en pocos días El prisionero de Chillón, el célebre poema que, si bien no es su obra más valiosa, entusiasmó a toda Europa hasta constituirse en una especie de himno a la libertad. Desde entonces es un lugar de peregrinación de todos los románticos. Pero, en rigor, la literatura no ha hecho sino rescatar una porción de la historia, porque el castillo refaccionado en el siglo XIII es hoy un monumento nacional que alberga una vasta colección de mobiliario, tapices, frescos, platería y armas pertenecientes a la casa de Saboya y que atraen algo más de 100.000 turistas al año.
Remontando la costa de Montreux se divisa la fachada del castillo, en las afueras del barrio de Vayteux y al costado de una modernísima autopista. Del otro lado pasa el funicular de Mont Pelerin, surcando como un rayo las montañas que en primavera se cubren con una alfombra de increíbles narcisos.
Sucesivas excavaciones arqueológicas demostraron que en ese peñón rocoso acamparon los primitivos de la edad de bronce (1800 a 1000 a. c), y que mucho más tarde los romanos levantaron una fortaleza. Según el historiador suizo Albert Naef, en el siglo IX después de Cristo comenzaron las primeras construcciones de murallas y torres de las que se encuentran vestigios en suelo del castillo, actualmente accesible al visitante. Fueron edificadas sin planos ni estrategias definidas por la antigua abadía de Saint Maurice, para alojar una guarnición cuyo cometido era vigilar y controlar el paso al país del Vaud y cobrar impuestos por las mercancías. En el siglo XII, la propiedad pasó a manos de los obispos de Sión, que confiaron la custodia a los señores de Allinges y luego a los condes de Saboya, que se lo quedaron definitivamente.
Reyes del Piamonte y luego en el siglo XIX, reyes de Italia, uno de los descendientes más lúcidos de esta familia, el conde Pedro II, apodado el pequeño Carlomagno, que reinó desde 1255 hasta 1268, administró con justicia los bienes públicos y tuvo el tino de contratar un arquitecto especialista en castillos para remodelar sin tirar abajo instalaciones originales. Quería una fortaleza con habitaciones para residencia y tan bien dirigido estuvo el proyecto que nadie diría que la planta de Chillón es sólo una suma de 25 edificios pegados. De esa primera época data la capilla dedicada a San Pantaleón, cuya cripta es la más antigua de Suiza.
Elevado unos 25 metros del suelo, el castillo tiene alrededor de 110 de largo, 50 en su parte más ancha y tres torres semicirculares de 8 metros de altura. Cuenta con 30 habitaciones comunicadas por corredores y patios, en su mayoría con vista al lago y desprovistas de protección, sencillamente porque todo el lago era propiedad de los Saboya y sólo ellos poseían una flotilla de galeras de guerra. Los recintos destinados a reuniones sociales conservan las aberturas de roble del siglo XIII y unas gruesas columnas de mármol negro. Pero los arquitectos modernos han calificado de brillante la innovación ejecutada en los subterráneos (que en realidad no lo son, pues el suelo se encuentra a nivel del agua), donde el arquitecto Pedro Manier reemplazó todo un conjunto de vigas por un corredor de columnas con robustas nervaduras y bóvedas ojivales, típicas de las catedrales góticas. Logró un aspecto impresionante. Unas ventanitas rectangulares dan a los Alpes, y a falta de vidrio es de imaginar que en invierno eso debe ser una auténtica cámara frigorífica. Sin embargo, allí funcionó una cárcel: en 1348 fue quemado vivo un grupo de judíos acusado de envenenar las fuentes de agua, y en 1379, Pierre Gerbaix, el tesorero general de los Saboya, fue torturado por que-darse con un vuelto. Como un turista vulgar y silvestre, Lord Byron talló su nombre en la tercera columna, donde Bonivard estuvo encadenado. Este dato que bien podría ser sólo un anzuelo turístico, fue confirmado por Victor Hugo en su libro El Rhin, editado en 1842.
Para entrar en el castillo hay que hacer cola, y es imprescindible solicitar un guía si se lo desea explorar a fondo, aunque para ese pequeño lujo haya que desembolsar más de cincuenta francos. De lo contrario, los folletos sirven, al menos, para no perderse entre tantos pasadizos y escondites.
Es de imaginar cuán entrenados debían estar aquellos condes y princesas para subir hasta los aposentos o llegar a tiempo al baño -resuelto con ingenio, por decirlo de alguna manera- sin desmayar en el camino. Manier planeó una verdadera suite o cammera domini en la planta alta, con un estupendo techo artesonado, un ventanal policromado, frescos y soportes en las chimeneas. En el ángulo sudeste, una puerta comunica a una escalerilla caracol por donde se descendía directamente a la capilla privada. Los encargados de la última restauración suponen que en realidad esa salita de retiro fue más bien un guardarropa, pues en el cuarto contiguo, estaban las primeras letrinas. Al parecer, este tipo de excusados era un lujo peligroso, ya que estaban creados a partir de una madera horadada en el medio y suspendida sobre un foso de 25 metros de profundidad.
Los sucesores de Pierre II introdujeron pocas reformas, pero con criterio decorativo: en los patios colocaron baldosines de colores gris, blanco y bermellón, colgaron buena tapicería, muy adornados y agregaron tréboles y rosetones a las ventanas imprimiéndoles un toque elegantísimo. Aburridos, en 1436 los Saboya se mudaron al castillo de Ripaille, cerca de Thonon, y encargaron la custodia a unos magistrados que continuaron el cobro del peaje. Cada uno de ellos escogió un sector del castillo para vivir mientras cumplían funciones, pero en 1536, los berneses los desalojaron para guardar ahí sus arsenales. A partir de 1733, los magistrados se mudaron a Vevey, a cinco minutos de Montreux.
En 1798, los habitantes de esta villa se apoderaron, sin resistencia, del edificio, y empezó el período de la dominación del Vaud, que aún continúa. En 1887, la Comuna fundó la asociación para la restauración del castillo, bajo las órdenes del arqueólogo Otto Schmid y del arquitecto Albert Naef, que pacientemente desenterraron los utensilios de la edad de bronce y rescataron convincentemente cada detalle. Sin ir más lejos, la firma que Lord Byron asentó en la tercera columna del subterráneo fue enmarcada en una plaqueta de vidrio.





