
Proyecto de fuga
Tal vez, oleadas de argentinos opten por el beneficio de la muerte digna, ya que el paso previo, la vida digna, no se ha podido obtener
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En animoso gesto que habrá que valorar, en Diputados se removió otra vez el proyecto llamado muerte digna que intenta darle a la película personal un final feliz. En nuestro caso, con un valor agregado: nos permitiría alcanzar socialmente algún contacto con la dignidad. Es de lamentar que los modos del vivir no se hubieran atendido con igual seriedad a lo largo de nuestra historia. Pero no hay mal que por bien no venga: precisamente sobre esta certidumbre se apoya este proyecto de consuelo social. Es que de aprobarse, es por su intermedio que nuestra sociedad conocería el beneficio de la dignidad pública (aunque sea por única vez, por tratarse de una dignidad terminal).
Si bien fue Holanda la primera en ocuparse de este tema, aquí se busca imprimirle un carácter más democrático. Y pragmático. Por ejemplo, el proyecto obvia, por improcedente, el paso previo, esto es, el de una vida digna, que, como se sabe, y tras repetidos intentos, no ha podido consolidarse en el país.
Imagino una irrefrenable reacción en cadena que lleve a los argentinos por oleadas a optar por el beneficio. Hasta entreví nuestro solitario futuro cuando acogidos todos en la piedad de esta ley, hayamos dejado el país, otra vez, a la buena de Dios. Con territorio vuelto otra vez precolombino. Puro paraíso, pero yermo. Con uruguayos mateando en dos orillas, chilenos abusando de ambos océanos, y demás vecinos urgidos en hacer valer en las Naciones Unidas derechos de ocupación por contigüidad y abandono del paisaje.
También pensé en la conmoción internacional que provocaría la noticia de que toda nuestra población se hubiera acogido al derecho de una precipitada muerte digna. Por fin, tanto estupor por nuestra falta de brújula se convertía en admiración ante el original modo de enfrentar el destino.
No incorregibles habrían resultado ser aquellos desprolijos párvulos del sur del globo, sino héroes, al grado de la inmolación social por imperiosos deseo de ser dignos. Pioneros en dar con la respuesta que merecía la globalización y primeros en reivindicar de la especie su esperanza original.
Es que este puntual asunto lleva miles de años esperando. Lo que la arqueología recoge del ayer prueba que desde su primera noche en el planeta el hombre no pensó en otra cosa que en preparar las maletas y salirse de un lugar tan monstruoso. Hábitat que impone como natural vivir en el hielo, soportar maremotos o sufrir la pérfida humedad argentina.
Incómodo por destino, el hombre no ha tenido más que dos obsesiones básicas: soportar y escapar. La primera lo llevó a la oración, al bricolage y a la anestesia. La segunda a Mozart, a Felisberto Hernández, a Macedonio Fernández y al cohete Shuttle. (El turismo no sería más que un módico ensayo de esta ansiada fuga final.) No parecerían ser Sócrates ni Descartes nuestros referentes más precisos. Ni la aventura mental que va del ¿ser o no ser? al no somos nada otra cosa que una inmensa alfombra mágica en despiste. Apenas placebo, para matar el tiempo hasta el momento de partir.
Era hora que la sensibilidad del Congreso apuntara a tema tan extremo. El modo de morir no debía quedar al azar del destino. El de vivir, sí. ¿O acaso no es la vida finalmente un viaje de tránsito? Breve. De cabotaje simple. Local.






