¿Puedo tocarte? El mundo del yoga debate el consentimiento

Fuente: LA NACION - Crédito: Shutterstock
Katherine Rosman
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7 de diciembre de 2019  

NUEVA YORK.- Rachel Brathen no se imaginó el aluvión que se le vendría encima cuando les preguntó a sus seguidoras de Instagram si alguna vez, al hacer yoga, las habían tocado de un modo que se sintiera fuera de lugar. Eso fue hace casi dos años. A Brathen, de 31 años y dueña de un estudio de yoga en Aruba, la contactaron cientos de personas.

Los mensajes describían una constelación de abusos de poder e influencia: se les habían insinuado después de clases y en retiros de yoga, las habían besado a la fuerza en sesiones privadas de meditación y algunas fueron agredidas en las camillas de masaje luego del yoga. Entre las quejas también mencionaban que las habían tocado de manera inapropiada en las clases de yoga, es decir, prácticamente en público.

Más de 130 de las personas que respondieron le dieron permiso a Brathen de compartir sus historias con alguien que pudiera ayudar a conseguir algo parecido a un ajuste de cuentas. Brathen, la autora de Yoga Girl, escribió algunas entradas en su blog con fragmentos editados de las cartas. Y hasta ahí llegó el asunto. Cinco meses después, nueve mujeres revelaron en un artículo de una revista cómo las había tratado uno de los gurús de yoga más importantes e influyentes. Una vez más, la cosa no pasó a mayores.

Ignorar las quejas sobre contacto físico indeseado, o cosas peores, ha sido el modus operandi en el yoga desde hace décadas. Gran parte de la comunidad del yoga no se ha apresurado a reaccionar o se ha rehusado hacerlo, quizá porque los maestros se muestran reacios a criticar a quienes ven como gurús. Además, muchos maestros han construido sus negocios y marcas personales en parte gracias a que se relacionan con estas personalidades.

Si has tomado clases de los tipos llamados vinyasa, power yoga o flow yoga, has practicado una versión del ashtanga. Krishna Pattabhi Jois, quien falleció en 2009 a los 93 años, nombró y popularizó esta vertiente del yoga. El ashtanga, una serie físicamente ardua de posturas y movimientos dinámicos, atrajo a celebridades como Gwyneth Paltrow, Madonna, Willem Dafoe y Mike D. Ellos ayudaron a popularizar a Jois y el ashtanga entre los estadounidenses deseosos de un ejercicio intenso con un toque de espiritualidad.

Jois también ayudó a popularizar los llamados ajustes: la manera en que los maestros de yoga manipulan físicamente el cuerpo del alumno. Hoy en día, en un estudio de yoga promedio, los ajustes varían de maniobrar a la fuerza tu cuerpo para someterlo a ciertas posturas o hacer pequeños alineamientos para evitar lesiones o para que los alumnos tengan un punto de apoyo durante una postura desafiante. Algunos maestros se limitan solo a usar indicaciones verbales.

Pero en muchos casos, los ajustes de Jois no tenían que ver con el yoga, sostienen algunas de sus exalumnas. "Se ponía sobre mí, se aseguraba de que sus genitales estuvieran directamente encima de los míos, empujaba mi pierna hacia el piso y se frotaba contra mí", dijo Karen Rain, quien ahora tiene 53 años. "Restregaba sus genitales contra los míos".

Debido al poder y devoción de los que gozaba Jois -y porque estos ajustes se realizaban en público (lo cual, por alguna razón, los normalizaba) y ya que "fluir" o "dejarse llevar" desempeña una parte muy importante en el yoga-, en algunos casos tuvieron que pasar años para que las mujeres comprendieran sus experiencias.

"Intenté justificar su comportamiento diciéndome que él solo me estaba ajustando y que debía rendirme al asana -una palabra en sánscrito que se usa para referirse a posturas y movimientos del yoga-, que había una razón para que lo hiciera, pero yo todavía no la entendía y, si lo seguía haciendo, quizá algún día tendría sentido, tal vez", dijo Rain.

Cuando Jois estaba vivo, hubo algunas personas que intentaron hacer algo. Farley Harding, de 58 años, estudió en India con Jois en 1995. Indignada después de haber visto lo que Jois les hacía a las mujeres -"les agarraba el trasero y las besaba", dijo Harding- ella confrontó en privado a Jois. "Le dije: 'Eres un maestro y nosotros somos estudiantes y lo que le haces a las estudiantes está mal'".

Harding cuenta que Jois actuó como si no supiera de qué hablaba, pero Harding no se lo creyó. Dejó de estudiar con Jois.

Ambigüedad

Las duras historias de acoso y abuso también han mostrado cuán complicado puede ser navegar por situaciones más ambiguas. Entrevisté a más de cincuenta practicantes de yoga, entre ellos a maestros y dueños de estudios, sobre el contacto físico en esta disciplina. Me he dado cuenta de que quizá no haya una zona gris más gris que un estudio de yoga, donde la intimidad física, la espiritualidad y las dinámicas de poder se unen en un pequeño cuarto en el que sudas.

Este verano, para empaparme de yoga mientras hacía este reportaje, acudí al Festival Asheville de Yoga en Carolina del Norte. Ahí aprendí que por fin ha comenzado el diálogo público sobre el consentimiento y tocar al otro que durante tanto tiempo había eludido el mundo del yoga. La primera clase que tomé fue un taller de "Inversiones y ajustes". Lo impartió Jonny Kest, de 52 años, una estrella del mundo del yoga. Su programa de capacitación para maestros fue comprado en 2011 por Life Time Inc., una cadena de gimnasios con casi 150 sucursales en todo Estados Unidos.

En las clases de Jonny Kest en el Centro de Yoga, el estudio suburbano de Detroit que fundó en 1993, no es inusual encontrar a 75 o más estudiantes metidos en un espacio muy caluroso y muy oscuro. En esa clase de cuatro horas, Kest explicó diferentes tipos de ajustes a unos 30 instructores y entusiastas de yoga, la mayoría eran mujeres.

Hay ajustes verbales, en los que un maestro le indica a un alumno que mueva un brazo o gire un hombro. Hay ajustes de "punto de presión", en los que se usa un toque muy ligero como sugerencia, por ejemplo, con la palma de la mano apenas se toca la parte superior de la cabeza de un estudiante para indicarle que debe alargar su columna vertebral. Luego están los ajustes que involucran más contacto.

Después de haber seleccionado a una voluntaria que dijo que experimentaba molestias en la parte baja de la espalda cuando estaba acostada en el piso, demostró el ajuste. Con la estudiante en el suelo, él puso las rodillas debajo de la espalda baja. El trasero de ella descansó luego en el regazo de Kest. "Entonces vas a tomar sus pies, abrir las piernas y abrazarlas a los lados", dijo, mientras hacía eso con las piernas de la estudiante. Recomendó frotar los antebrazos del estudiante, inclinarse hacia adelante y presionar sobre los hombros, pero colocando las manos sobre el vientre o la pelvis.

Después de que Kest hizo la demostración, Catherine Derrow, profesora de yoga y entrenadora personal de Columbus, Ohio, se le acercó para preguntarle si alguna vez había pedido permiso antes de hacer esa posición. Él la animó para que le hiciera esa pregunta al grupo. "Me sorprendería mucho si alguien me hiciera eso en una clase", ella le comentó a todos en la sala. "Eso no me haría feliz".

Kest dijo: "¿Cómo limitas lo ofensivo? Preguntas: '¿Puedo tocarte?'. Eso no funciona realmente".

"Esto es diferente a tocar, creo", repuso Derrow. Ella reformuló la pregunta para él: "'¿Puedo sentarme entre tus piernas y abrirlas y sentarme?'".

Derrow dijo que en el estudio donde ella enseña hay "tarjetas de consentimiento", que tienen una X o un O para que los estudiantes puedan indicar sin palabras si desean que los toquen. "A lo largo de los años he descubierto que eso de las X y las O realmente no funciona", dijo Kest.

Otro estudiante le sugirió que pidiera a las personas al comienzo de la clase que coloquen su mano sobre sus corazones o vientres si quieren ser ajustados. Alguien sugirió que simplemente podía pedir permiso. "No hago nada de eso", contestó.

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